Fui hasta el portal de la comunidad aquella noche solo para recoger un paquete, pero cuando se abrieron las puertas del ascensor y vi a mi vecina con una maleta y una extraña expresión de culpabilidad, supe que algo estaba ocurriendo en nuestro edificio a mis espaldas.

Anoche bajé al portal de mi comunidad simplemente para recoger un paquete, pero cuando las puertas del ascensor se abrieron y dentro vi a mi vecina con una maleta y el rostro cargado de culpa, supe que algo raro estaba ocurriendo en nuestro edificio sin que yo me enterase.

Me miró como si fuera la última persona en el mundo que quería encontrarse.
La maleta, a sus pies, estaba entreabierta, dejando ver carpetas y papeles.

Es tarde para viajar le comenté, más por cortesía que otra cosa.

No respondió al instante. Encogió los hombros y murmuró que solo se iba unos días.
Algo en su voz me pareció demasiado tenso.

Llevo cinco años viviendo en este edificio de la calle Serrano, en Madrid, y conozco, aunque sea de vista, prácticamente a todos. Ella vive en el piso justo encima del mío y siempre ha sido la imagen de la tranquilidad y el orden.

Pero aquella noche supe que algo no cuadraba.

El ascensor descendió en silencio unos segundos que se hicieron eternos.
Sin embargo, ella me miró y formuló una pregunta que no esperaba para nada:

¿Ha preguntado alguien por mí hoy?

Negué con la cabeza.

No he oído nada.

Suspiró aliviada, aunque eso solo añadió más rareza al momento.
Al llegar al portal, casi salió corriendo hacia la calle.

Yo, en cambio, me quedé unos segundos quieto, pensativo. Aquello que acababa de ocurrir me removía por dentro.

Fue entonces cuando noté algo en el suelo del ascensor.

Una tarjetita de plástico.

La recogí. Era una tarjeta de acceso a un edificio de oficinas; el nombre y la dirección me resultaban muy familiares: era el mismo edificio en el que trabajaba mi mejor amigo, Diego.
Miré hacia la puerta de la calle, por donde mi vecina, Lucía, ya había desaparecido.
Y de pronto recordé.

Dos días antes, había visto a Diego charlando con Lucía delante del portal. No le di importancia en su momento, pero ahora las piezas comenzaban a encajar.

Al día siguiente, le llamé para quedar a desayunar.
Nos sentamos en una pequeña cafetería cerca de su oficina, en la Castellana.

Él ya parecía nervioso antes de que yo dijera nada.
Saqué la tarjeta y sin decir palabra la puse sobre la mesa.

Encontré esto ayer en el portal.

Se puso pálido.

¿Dónde la encontraste?

En el ascensor.

Tragó saliva.

¿Ella estaba allí?

¿Quién, Lucía? pregunté.

No me contestó.
Y en ese instante supe que estaba metido en asuntos mucho mayores de lo que pensaba.

Mira dijo en voz baja, hay cosas que es mejor no saber.

Esa frase siempre significa lo mismo: la verdad es mucho peor de lo que imagino.

¿Está Lucía sacando los documentos? pregunté finalmente.

Me miró con una mezcla de reproche y alarma, como si hubiera revelado un secreto que no debía conocer.

De repente lo comprendí todo.

Lucía no se marchaba de viaje.
Huía.
Y Diego lo sabía. Quizá incluso la estaba ayudando.

Me acomodé en la silla y solté una frase que transformó la expresión de su cara:

Lo curioso es que esa tarjeta ya no sirve.

Frunció el ceño.

¿Cómo?

Anoche llamé a la seguridad del edificio dije tranquilo. Les conté que había encontrado una tarjeta de acceso.

Su rostro se volvió blanco como el papel.

¿Y?

La han desactivado.

El silencio se volvió imposible de soportar.

Y en ese momento, Diego entendió lo mismo que yo:
Si Lucía intentaba entrar esa misma mañana al edificio
ya había llamado la atención de demasiada gente.

Me levanté de la mesa.

¿Sabes qué es lo más extraño? le dije.

No contestó.

Que yo en realidad no quería verme envuelto en esto.

Salí hacia la calle y me quedé pensando

Si no hubiera encontrado esa tarjeta ¿alguna vez habría descubierto quién de mis amigos realmente estaba jugando en el otro equipo?

Hoy aprendí que a veces, por casualidad o por instinto, te metes donde no te corresponde; y solo entonces te das cuenta de hasta dónde llegan realmente las dobleces de la gente.

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Elena Gante
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Fui hasta el portal de la comunidad aquella noche solo para recoger un paquete, pero cuando se abrieron las puertas del ascensor y vi a mi vecina con una maleta y una extraña expresión de culpabilidad, supe que algo estaba ocurriendo en nuestro edificio a mis espaldas.
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