¡Pero, Carmen, que se te descuelga la piel! mi marido, que acaba de cumplir 60, me pellizcó descaradamente el costado delante de todos. Así que cogí el espejo y le mostré bien qué se le descuelga a él.
Carmen, ¿pero qué llevas aquí? preguntó Luis, relamiéndose tras la tercera copa de pacharán casero, mientras su mano se lanzaba, muy en plan “amo de casa”, directo al michelín que asomaba sobre la cintura de mi falda.
Justo allí, donde la tela tiraba un poco al sentarme. Y lo hizo con entusiasmo, en alto y totalmente desinhibido.
¡Luis, por favor! intenté quitarle la mano con cuidado, como quien espanta una mosca pesada en septiembre, pero él, ni caso.
Los dedos de mi marido, que parecían más bien chorizos resecos de fiesta, se apretaron de nuevo a mi cintura, causando más bochorno que daño.
¡Pero mira tú! dijo, llamando la atención a nuestro vecino Ricardo, que ya calculaba cómo asaltar la fuente de boquerones en vinagre. Yo le digo: Carmen, deja ya de zamparte pan de pueblo antes de dormir, y ella que La culpa es de la edad, que si las hormonas
Luis se rió, y su barriga tembló acompasada, con los botones de la camisa dispuestos a dar la vida por no saltar.
¡Pero qué hormonas ni qué niño muerto! ¡Eso es la pereza, Carmen! declaró, recorriendo el comedor con la mirada como si acabara de descubrir la penicilina.
Deja ya, Luis susurré entre dientes, notando cómo el rubor me subía por el cuello hasta inundarme la cara.
Ricardo soltó una risita nerviosa, examinando con pasión la coreografía de la mayonesa en su tapa, como si no hubiera nada más interesante en el mundo.
Su mujer, Marisol, desvió los ojos y empezó a trastear con la servilleta, fingiendo contemplar la inmortalidad del cangrejo.
¿Que deje qué? Luis, más crecido que un toro en San Fermín, no estaba para retiradas. ¿Ahora no se puede decir la verdad? ¡Si es que se te descuelga la piel!
Me volvió a señalar el costado como quien testea la masa del roscón.
Aquí, mira, un pliegue de lo más profesional siguió con su clase magistral. ¡Como un shar pei!
El silencio se instaló en la habitación, roto solo por el ronquido del viejo frigorífico.
Si yo lo hago por ti añadió, echando la tripa hacia atrás y cruzándose de brazos cual entrenador personal frustrado. Mujer tiene que cuidarse pa que al marido le guste mirarla, lo dice la naturaleza, no yo.
Le miré fijamente.
Atenta, como si me encontrara delante de un extraño.
Sesenta y dos años.
Barriga extendida sobre el cinturón, avisando tormenta.
Doble papada fundiéndose con el cuello y hombros, sin rastro de formas atléticas.
Calva brillante como la luna llena en la Plaza Mayor.
¿O sea, que lo importante es el deleite visual, no? pregunté, y me sorprendió lo templada que sonó mi voz.
Sentí por dentro el clac de un interruptor gigante, esa claridad que precede a la sinceridad implacable.
Ya ni vergüenza, ni ganas de suavizar, ni ese aguante automático de siempre.
Solo quedaba la absoluta nitidez.
Por supuesto. Luis se golpeó el pecho, emitiendo un sonido sordo ¿No ves que yo me mantengo en forma?
¿Qué forma? le pregunté, sin bajar la mirada.
La de hombre se enderezó, lo que le permitió la espalda. Que todos los días hago cuatro estiramientos y levanto pesas cinco minutos, ¡yo estoy en forma!
Intentó meter barriga para demostrarlo pero el resultado fue digamos, mejorable. La panza sólo quiso cambiar de hemisferio y regresó, triunfante, sobre el cinturón.
El hombre tiene que ser un águila, no un saco de patatas remató su soliloquio.
¿Un águila, dices? Me levanté con una calma digna de Santa Teresa.
¿Dónde vas? ¿Te has molestado? gritó tras de mí, sirviéndose más pacharán. La verdad no ofende, Carmencita. ¡Hay que cuidarse, no enfurruñarse!
Me marché al pasillo, donde olía a ropa antigua y betún del que ya no se usa.
En la pared colgaba el espejo heredado de mis padres. Pesado, de marco ovalado grandioso, testigo de nuestra juventud.
Lo descolgué decidida. Pesaría por lo menos cinco kilos, pero en ese momento me pareció más ligero que una hoja de parra.
Entré en el salón como si portara un escudo medieval y, en cierto sentido, era una sentencia inapelable.
Nos quedamos todos congelados, Marisol casi se atraganta con el pepinillo.
Luis, levanta le dije bajo, pero del modo que no deja opción a réplica.
¿Para qué? se sorprendió, pero ante mi expresión prefirió obedecer. ¿Me vas a sacar a bailar?
No me planté delante, percibiendo la mezcla de cebolla y aguardiente. Vamos a contemplar al águila real.
Le planté el espejo en la cara bruscamente.
Toma.
Agarró el marco sin querer, alarmado por el peso.
¿Pero qué tontería es? le empezó a temblar la voz por primera vez en toda la noche.
Mírate bien ordené con la voz de quien educa a un gato rebelde. Atento.
Luis miraba su reflejo, pálido, el espejo oscilando entre sus manos.
¿Que me veo? Sí, claro, ¿y?
Ahora baja la mirada ataqué señalando justo donde la camisa clamaba auxilio. ¿Ves eso?
¿Qué? balbuceó, ¿aún en pie, defendiendo su postura?
¡Tú sí que tienes la piel colgandera! exclamé con entonación de presentadora de concursos. Pero no solo cuelga, Luisito: ¡Eso es panceta en toda regla!
¡Carmen! intentó escabullirse, la cara afrodita.
¡No, sujeta! insistí, empujando el borde inferior. ¿Eso son músculos de acero, campeón?
Ricardo soltó un bufido, tapándose la risa con la mano mientras fingía atragantarse con una anchoa.
No, querido, eso es un flotador, por si naufragamos en grasa rematé sin piedad.
Luis, rojo como un tomate a puntito de estallar, tragó saliva.
¿Y eso de aquí? señalé sus costados, desbordando los pantalones. ¿Son las alas del águila o las de la morcilla de Burgos?
¡Basta ya! siseó tratando de girarse. ¡Carmen, que la gente nos está mirando!
¡Que miren! subí el tono con alegría desafiante ¡Si tú eres el juez de la estética familiar!
Di un paso atrás para mirar el conjunto.
Pues hablemos de la tuya declaré sentenciosa. Gira al trasluz, por favor.
Que no, ni hablar murmuró, pero se paró en seco.
¡Venga, gira ya! ordené, y hasta las cucharillas temblaron.
Luis, hipnotizado, se giró. El espejo devolvió la poesía de su perfil: ni romano, ni griego, ni nada.
El cuello, o la ausencia de él, con una triple arruga digna del sabueso catalán.
Marisol ya no disimulaba, nariz pegada a la servilleta, hombros convulsionando de la risa.
¿Ves esa bolsa bajo la barbilla? seguí yo en modo polisano amable. Eso es un papo de pelícano, ¿andas guardando boquerones ahí?
¡Que soy un hombre! protestó Luis, la voz ya el mero eco del gallardo de antaño. ¡A mí se me permite!
¿Ah, sí? me eché a reír, pero fue una risa fría, cortante. O sea, que mi pliegue es una ofensa a la vista, pero tú después de dos hijos y treinta años rescatando camisas del horno, puedes ser un flan, ¿no?
Le miré muy de cerca.
¿Y tú, que el único peso que has levantado es el mando a distancia, eres el Adonis de la manada?
De un tirón, le quité el espejo; las manos ya le dolían.
Se quedó plantado, desanimado, con el botón del cuello concedido por fin la libertad, saltando bajo la mesa.
Todo ese porte de “gran crítico doméstico” se desinfló de golpe, como el globo en San Isidro.
Delante de mí había, de pronto, solo un hombre normal, algo fondón y de los que han probado todos los callos del barrio.
Y, sí, muy, muy blandito.
Siéntate ordené, dejando el espejo junto al aparador. Y cena.
Luis se dejó caer en la silla. El mueble refunfuñó bajo él.
Y que no vuelva a oír ni media, ni un murmullo, sobre mi silueta dije, ajustando el pelo al pasar por el espejo.
Me giré y añadí bajito:
Porque si no, te planto el espejo enfrente; y a ver cómo cenas con el pelícano mirándote.
Ricardo, ya desatado y descojonándose a gusto, se secaba las lágrimas.
Luis pinchó un champiñón en vinagre con aire penitente, masticando lento, como para hacerse invisible.
En la sala el aire resultó más ligero. Como si alguien hubiera abierto por primera vez la ventana en un bar de tapas lleno de humo.
Regresé a mi puesto de reina y me serví una porción obscenamente grande de tarta “San Marcos”, la que horneé la tarde entera con la secreta intención de no probar, por la operación bikini.
El relleno de yema rebosaba, y el bizcocho crujía alegre bajo el tenedor.
Carmen, pásame un trozo, el más grande pidió Marisol, levantando el plato en plan rebelde. Que le den a la dieta, sólo se vive una vez.
Y para mí también, por favor asintió Ricardo, rellenando el vaso de tinto de verano. Me parece que me están saliendo plumas, tengo que alimentarlas bien.
Luis alzó la vista apenas un segundo.
Me miró con una especie de respeto desconfiado. Luego miró la tarta. Y luego, de reojo, al espejo, que seguía firme junto a la pared como el centinela de su derrota.
En la zona baja se veían sus pies: un calcetín negro y otro azul marino casi violeta.
Águila, sí pero de la república independiente del salón.
Perdóname, Carmen murmuró, concentrado en la servilleta. No he debido decir esa tontería.
Tú cena, Luis, cena tranquilo dije saboreando el primer pedazo, con el sabor del caramelo. Que vas a necesitar fuerzas.
Levantó una ceja.
Para levantar mancuernas le sonreí. ¡Si eres el campeón del fitness!
La noche siguió entre tertulias de precios, siembras y tiempo.
Pero algo en la jerarquía de la mesa ya no era lo mismo.
Mi juez estético particular se desinfló y emergió la humana ternura de la tripa floja, los miedos y todos los pliegues.
Y eso hizo que la tarta estuviera gloriosa.
La más sabrosa en veinte años.
No quité el espejo del salón. Y Luis, cada vez que pasa, mete barriga y se pone erguido.
De mi “piel colgandera” no volvió a decir ni pío.
Supongo que teme despertar al pelícano.





