EL DESAGRADECIDO GREGORITO
Por la mañana, el marido de Carmen la llamó directamente al despacho para anunciarle, con tono de funcionario en hora punta, que después de trabajar se iría a casa de los Vázquez a celebrar el Día del Trabajador.
Si te apetece, pásate, añadió, fingiendo indiferencia, convencido de que ella preferiría enterrarse en una novela o pegarse al portátil toda la noche.
Vale, respondió ella también sin mucha chispa, aunque, en cuanto llegó la pausa para comer, salió escopetada al Corte Inglés en busca de un regalo para el susodicho esposo. El departamento de perfumería era una batalla campal de señoras tocando frascos y oliendo tiras de papel.
Carmen vio enseguida un frasco de colonia buenísima; el envase, negro y sofisticado, lucía la imagen de un señor elegante, con una americana tirada al hombro, ojos pícaros y media sonrisa irónica. Era clavadito a su Gregorio.
La dependienta envolvía paquetes en papel de regalo y pegaba lazos más rápido que un cajero contando euros un viernes. Una abuela, que se había acercado de puntillas, soltó de pronto:
Ay, hijas, os gastáis los cuartos en colonias para los hombres, pero al final quien las huele son otras Y los que miran esas corbatas tampoco suelen ser sus legítimas.
Las compradoras se partieron de risa. Carmen, por dentro, se dio cuenta de que su vida era igual: todo para Gregorito, y Gregorito para el resto del mundo. Cuando eran jóvenes le quería con locura; él aceptaba aquella entrega como el sol acepta salir cada día.
Cuando entró en la universidad claro, a distancia ella le hacía los trabajos durante noches enteras. Cuando llegaron los niños, Carmen se echó la casa a la espalda y listo.
Durante un tiempo, él agradecía sus desvelos. Luego se acostumbró y lo dio por hecho, como si fuera el impuesto del ayuntamiento. Desde fuera probablemente parecían una familia de postal: cómodos, tranquilos, niños aplicados y sin dramas.
Pero los críos crecieron, estudiaron y se marcharon. Y Carmen se quedó a solas con su marido, dándose cuenta de que le faltaba algo y no era la tele nueva que le prometían cada año.
Veinte años antes, su madre no quería el enlace. Pero hija, si es demasiado guapo y lo sabe, y se va a pasar la vida recreándose en el espejo le repetía la pobre señora a la enamorada. Un hombre guapo es hombre de muchas; él, de lejos, tú, de propina.
Así, punto uno: tenemos esposa no querida. Punto dos: la buena mujer tiene ya 43 primaveras. Punto tres: no le interesa ni a la comunidad de vecinos
Carmen se asomó a la ventana. El sol caía con fuerza, típico ya de primavera en Salamanca. Dentro de poco el Día de la Mujer ¿Y qué? Otra vez sola Si la vida ya está medio vivida ¿Qué me queda?.
Desde la calle se oía el alboroto de los gorriones y, de repente, un golpetazo en el cristal. Carmen bajó la mirada; allí estaba uno, hecho un cuadro, el plumón desordenado y un ojillo curioso fijo en ella.
Esto debe de ser una señal, pensó. Justo entonces, de una manera bastante teatral, el reloj de pared empezó a dar campanadas, como en la Puerta del Sol.
Bien, que aún hay tiempo. Punto uno: si no te quieren, al menos quiérete tú
De una portazo digno de serial, Carmen echó a correr por la escalera: primero la peluquería, luego una tienda de ropa
A las siete menos cuarto, el espejo no daba crédito: sentada, balanceándose en la silla giratoria del despacho, había una mujer misteriosa. Un vestidito negro y ajustado, corte de pelo actual, con un flequillo tricolor, y unos ojos profundos (gracias a una capa de eyeliner, sombra, y más paciencia que en una asamblea de vecinos), labios brillantes y bien marcados: listas para una noche de Oscar patrio.
Punto dos: a los 40, la vida solo acaba de comenzar.
Cruzó la cocina, llenó una copa de vino de Rueda y brindó con su reflejo: Punto tres: ¿Para qué queremos un marido que no sabe valorar un tesoro como este, ¿eh?
Mejor no contar la entrada triunfal en casa de los Vázquez: tacones finos, pasito seguro, general desconcierto; de inmediato, media sala de caballeros compitiendo por quitarle el abrigo, buscarle sitio o, por poco, pelarle una manzana.
¡Anda, pero si mi marido está aquí! Fíjate, ni lo había visto dijo con sorna, como quien se cruza con un actor de famoso y finge indiferencia.
El contrincante, Gregorio, ni se lo esperaba. La estrategia de Carmen le dejó seco y el coro de aduladores hizo el resto.
Y ya por la mañana, Gregorio, intentando recuperar un poco de autoridad con su tonillo de siempre, suelta:
Bueno, desayunamos o qué
Pero aquí se equivocó o no se había sacudido bien el sueño aún porque a su lado no estaba la de siempre, la sirve-y-trae.
En la cama roncaba dulcemente una mujer caprichosa y segura de sí misma, ajena al desayuno y al mundo.
Sin volverse, remoloneando entre sábanas, contestó mimosa:
¿Ah, sí? ¿Y ya lo has preparado tú, cariño?
Se estiró, y, entre sueños, pensó: Así, querido. Porque si no, volvemos al punto tres, y aquí ya no cuela nada.







