Se llevó a una niña ajena de la maternidad para salvarla, pero dieciocho años después, llamó a su puerta alguien que volvió de las tinieblas del pasado, trastocando todo su mundo.
En aquel noviembre gélido de 1941, el viento arremetía entre las ramas desnudas de los olmos castellanos, aferrándose a los últimos jirones de calor que la tierra parecía no querer soltar. El camino, convertido en un lodazal interminable, apenas permitía avanzar al desvencijado carreto tirado por una mula exhausta; las ruedas viejas se hundían en charcos de agua helada y fango.
No llegaremos jamás al hospital con este camino, qué horror de barro lloriqueó con voz áspera Marta Estévez, limpiándose las lágrimas de unos ojos enrojecidos por el relente.
Aguantaremos, Marianita, calma replicó su marido, Tadeo Ortega, agitando de forma inútil las riendas entre sus manos entumecidas por el frío seco de la sierra, mientras animaba a la mula a seguir.
La joven tumbada sobre sacos de paja en el carro apenas lograba gemir, mordiendo el labio para soportar una punzada tras otra. Solo deseaba liberarse ya, culminar aquel dolor y terminar al fin el calvario. El destino volvía a ponerse de espaldas: la comadrona en quien confiaban se había roto la pierna, y el practicante del pueblo vecino se había marchado urgentemente para atender a un niño enfermo.
Piensa en tu hijo, en León, en tu marido susurró Marta al oído de su hija, acariciando su vientre sudoroso.
No hago otra cosa, mamá, constantemente.
¿Sabes ya cómo se llamará si es niña o niño? intentó distraerla Marta, esforzándose por dominar un temblor en la voz.
León siempre decía: Si viene niña, la llamaremos Lucía; si es niño, será Vicente.
Pues qué bonito, hija. Tu padre te llevará, no tengo dudas, susurró Marta. Mira, ya se distinguen las chimeneas de la fábrica, ya casi estamos…
Al llegar finalmente a la puerta del hospital de Ávila, el cuerpo de la parturienta comenzó a temblar en estertores. Entre ansias y gritos, nació una niña diminuta y cálida, cuyo primer berrido llenó la sala de vida. María, aún con lágrimas de dolor, sonrió de alegría al tenerla en brazos: todos los males quedaban pequeños ante el amor arrollador que sentía.
Lucía, así te llamó tu padre. Vencerá todas las guerras y volverá sano con nosotras. Eres nuestra esperanza…
Apenas la enfermera salió de la habitación llevándose a la recién nacida, María pidió papel y lápiz a una auxiliar para escribir a León.
Espere, Ortega, le traigo ahora mismo lo necesario dijo la joven, rebuscando en los cajones.
Sin embargo, la enfermera, con gesto brusco y aire cansado, apenas intercambió palabra. Pateaba carpetas y refunfuñaba por los pasillos.
¿Ocurre algo? se atrevió a preguntar María.
Déjeme en paz un rato zanjó la enfermera, sin mirarla.
De regreso a la habitación, María coincidió con otra parturienta: una muchacha de rostro afilado llamada Zoila, que estaba recogiendo sus enseres.
¿Ya le dan el alta? se sorprendió María.
Sí… me marcho. susurró Zoila.
Había en sus ojos una tristeza tan profunda que a María le recorrió un escalofrío. Zoila salió arrastrando una cesta, su paso era torpe, como si se dejara olvidada una parte de sí. Al rato, la enfermera trajo papel y lápiz para María con un seco portazo.
Le han dado el alta tan pronto, y a mí me tienen tres o cuatro días más comentó María.
Se fue ella sola. Dejó aquí al bebé, no tiene dónde llevarlo. Hay muchas como ella, buscan amores de paso y luego no aceptan responsabilidades.
¿Qué tuvo?
Niña. Rosadita, fuerte lo que todas querrían espetó la enfermera y salió con prisa, dejando paso a una doctora.
María apenas logró concentrarse para contar a León la noticia feliz.
En la siguiente toma, trajeron a Lucía para alimentarla y luego la llevaron. Al caminar por el pasillo, María escuchó un sollozo infantil tras la puerta de la sala de neonatos. Se detuvo e, intranquila, asomó la cabeza. No era su hija quien lloraba, sino otra criatura sola en una cuna.
¿Qué hace aquí? preguntó una cuidadora de gesto severo, con el moño apretado y el ceño fruncido.
Pensé que lloraba mi niña, pero ¿por qué no acunan a esa criatura?
No tiene madre. La otra madre la ha dejado aquí, no volverá por ella. Llora por falta de calor, y ni siquiera la alimentan… Vaya, vuelva a su sala.
María se fue impactada, cenó sin probar bocado, incapaz de apartar de su mente el llanto inconsolable. Esa noche, la atormentó la imagen de la niña sola.
Poco después del amanecer, en la sala de neonatos, se atrevió a preguntar:
¿Puedo alimentarla? dijo, casi suplicando.
¡Ni hablar! Bastante nos cuesta ya, y será enviada al hospicio pronto. Si la cuidas, se encariña, y luego manos frías, corazones fríos allí.
¿Al hospicio? se estremeció María, como si la hubiesen abofeteado.
¿Qué creía usted? resopló la auxiliar.
Aun así, María resolvió dirigirse al médico de guardia, el mismo que había atendido su parto.
Doctor Domínguez, ¿me concede unos minutos?
¿Qué necesitas, Ortega? Estoy liado
En la sala de neonatos hay una niña abandonada. Permítame llevármela. Si tengo leche para una, tengo para dos.
¿Hablas en serio?
Absolutamente.
El médico la miró largo, sopesando su determinación, y finalmente asintió. Con el corazón desbordante, María volvió corriendo a la sala. Sostuvo a la criatura entre brazos, la arropó y notó cómo el instinto maternal se desbordaba en cada caricia.
Todo irá bien, mi pequeña. Ahora estarás con nosotras Te llamaré Alba. Lucía y Alba, dos nombres para llenar de luz estos días oscuros.
La decisión estaba tomada.
¡Virgen Santa! exclamó Marta, al llegar la carreta a casa, en el pueblo de Arévalo. ¿Pero qué es esto, que traes dos?
Dos niñas, mamá: Lucía y Alba.
Pero si no se parecen en nada Las gemelas de la vecina idénticas.
Aquellas son mellizas. Las nuestras son diferentes, pero igual de hijas mintió María, bajando la mirada.
Pues ya está bien, así no habrá líos bromeó Marta mientras Tadeo, con una ternura nunca vista, acogía a Alba en sus brazos.
Las crio igual, sin hacer distinciones. María amaba a ambas por igual; apenas recordaba ya que no había parido a Alba. Lo que importaba era haberla sostenido, alimentado, amado desde el primer día.
Pasaron cinco años de privaciones y alegría. Volvería León cuando acabara la guerra, y esa idea llenaba de esperanza su corazón.
Aquel día, como siempre, fue el mozalbete Sebas quien dio la noticia:
¡Soldado! ¡Soldado llega al pueblo!
Las gentes llenaron la plaza, y María, arrodillada junto al pilón, dejó todo y corrió al encuentro. León bajó la cuesta del puente, flaco, uniformado, pero con esa forma de andar inconfundible. No tuvo duda: era él. Alzó los brazos y la estrechó con tanta fuerza que María apenas respiraba de la emoción.
La vida recuperó su curso en Arévalo. El abuelo Tadeo se hizo cargo del huerto, del pequeño soto de serbales que había legado a las nietas, y la familia prosperaba unida, pese a las heridas y los silencios de la posguerra. Pero el tiempo no se detiene: los padres de María partieron, León trabajaba ya en el ayuntamiento del pueblo, y ellas crecieron, risueñas, sanas y bellas. Lucía y Alba, con dieciocho años, preferían el aire del soto y el olor de la tierra al ruido del Madrid distante.
María veía claro que había llegado el día de casarlas, pero León se resistía:
Son pequeñas aún, María.
¡Por Dios, si ya son mujeres hechas y derechas!
Pero temía quedarse solo si se iban. Sabía, en el fondo, que sin niñas el hogar quedaría vacío.
Un día, Lucía fue al corral tras recibir de su madre un encargo para la tía Agripina, mientras Alba se escabullía hacia los serbales, donde la esperaba Genaro, el tractorista que la rondaba.
A la media hora, gritos alteraron la armonía de la siesta.
¡Mamá! ¡Mamá! Lidia temblaba en la puerta.
¿Qué ocurre, hija?
Salid, venid los dos…
María y León se alarmaron de inmediato. Junto a la entrada, les esperaba una mujer elegante, con aires de la ciudad, perfectamente vestida y calzada con unos tacones imposibles para andar por tierras abulenses.
Buenas tardes saludó con un tono seco. María la miró, intentando recordar.
¿Quién es usted?
Me llamo Nieves Sampedro.
No caigo
¿Me permite pasar? Lo que tengo que hablar es importante.
Se sentaron en silencio, mientras Nieves mantenía la compostura. Luego habló:
Usted me recuerda, ¿verdad? Fui madre con usted en el hospital de Ávila. Noviembre del cuarenta y uno.
María se estremeció, el alma encogida de terror.
Lo recuerdo bien Pero no entiendo, ¿para qué ha venido ahora?
Quiero ver a mi hija.
¿Qué dice usted? bramó León, enfurecido.
¿No le contó su mujer que una de sus hijas no lo es realmente?
Sí. Pero mi mujer es íntegra, no como otras
Pues entonces, una de sus hijas debe saber la verdad.
Váyase de mi casa. ¡Váyase ahora mismo! gritó María, rota de rabia y dolor. Dejaste a esa niña sola. Yo la crié, la alimenté y no dormí por ella más de mil noches Ahora, ¿vienes después de dieciocho años a quitármela?
No pude llevármela entonces, era solo una muchacha del pueblo, sola en la ciudad y embarazada, sin atreverse a regresar. Mi padre me habría echado ¿Cómo iba a mantenerla? No tenía nada. Luego, encontré a quien me ayudó, pero no tuvimos hijos Dios no me dio más. No pude olvidar. Años después averigüé que fue usted quien recogió a mi hija.
¿Y ahora pretendes arrancarla de nuestra vida? ¿Crees que vendrá contigo de la mano? ¡Lárgate! León, llorando de rabia, arrojó la silla contra la puerta.
En ese instante, Lidia entró, blanca como el papel:
¡Mamá! ¿Quién dice la verdad?
María la miró, incapaz de contestar.
¿Quién de nosotras, mamá? ¿Quién?
Alba
Se hizo un silencio denso como la tierra tras la lluvia.
No me iré sin hablar con ella dijo Nieves, herida en su dignidad.
Entonces Alba entró corriendo, se detuvo, y de su garganta salió un grito: reprochó a sus padres el engaño, sollozó, y salió corriendo de la casa. Lidia, perdida, la siguió. Nieves se marchó más tarde. Dejó atrás solo dolor y desgarro.
Por la mañana, Alba se había ido. Una nota breve, apenas unas líneas de rabia y desconsuelo, dejó a María hecha pedazos.
No puedo más, me devora el dolor lloraba María en el soto de serbales, las manos hundidas entre las hojas. Un mes, y ni una carta, ni una señal.
Volverá, ya lo verás. El aire del pueblo tira mucho, y aquí la esperan su hermana, Genaro No lo soportará allá susurraba León, aunque la pena lo arrugaba por dentro.
Un atardecer, Alba apareció: desgarbada, cansada, lagrimeando.
He vuelto, madre.
Se fundieron en un abrazo al pie del serbal mayor. Alba les pidió perdón por sus palabras amargas. Había entendido que una madre no es solo la que da la vida, sino la que la sostiene cada noche, la que cura las heridas, la que nunca duda en compartir el último mendrugo por amor a una hija.
Una semana después, bajo los serbales rojizos, celebraron dos bodas: Lidia se casó con Víctor y Alba con Genaro. Danzaron hasta bien entrada la noche, el aroma de las hojas y de las guirnaldas perfumando el aire. Nieves jamás regresó al pueblo, y Alba aprendió que lo único que realmente importa es quien se queda a tu lado sin importar el pasado, quien alimenta el corazón con generosidad y dedica sus desvelos a tu felicidad. Porque madre no es solo quien te da la vida, sino quien te entrega la suya cada día.






