Treinta años he trabajado en una fábrica para que mis hijos tuvieran una vida mejor. Ahora, en mi setenta cumpleaños, han decidido regalarme una cesta de flores a domicilio.
Estoy aquí, de pie, sola en el piso con el cesto en brazos, llorando. Si hace cuarenta años alguien me hubiese dicho que en mi setenta cumpleaños estaría así, habría pensado que era una broma de mal gusto. Pero la vida tiene un sentido del humor negro, y no suele preguntar si una está lista para la moraleja.
Este jueves, como siempre, me despierto a las seis de la mañana, aunque no tengo obligación de levantarme. La costumbre, después de tres décadas madrugando para llegar a la primera tanda de la fábrica.
He cosido batas, uniformes, ropa de trabajo. Cuando llegué a Valladolid había varias fábricas así y siempre un ejército de mujeres dobladas sobre la máquina de coser, con agujas clavadas en los dedos y los sueños puestos en sus hijos. Porque, ¿para quién era todo aquel esfuerzo, sino para ellos?
Mi marido, Salvador, que en paz descanse, era revisor en Renfe. Entre los dos sacábamos adelante el hogar. No me quejo, teníamos lo nuestro: primero un piso de protección oficial en Delicias, luego cambiamos por uno en Parquesol, dos habitaciones y cocina.
Calefacción central, un balcón que da al parque. Pero mis hijos siempre iban impecables, con comida caliente y sus libros del colegio. Gabriel iba a clases particulares de inglés, Laura a cursos de informática. Salvador hacía todas las horas extra posibles y yo cosía cortinas y vestidos de fiesta a las vecinas por las tardes.
Y mira, mereció la pena. Gabriel ha acabado Derecho; ahora tiene despacho en Madrid. Laura tiene su propia empresa en Valencia, algo de marketing nunca termino de entender exactamente el qué, pero le pagan y le va bien. Estoy orgullosa de ellos, de verdad lo estoy. Pero ese orgullo últimamente tiene el sabor de una infusión sin sacarina: no es lo mismo, falta algo.
Salvador se fue hace ocho años. El corazón. Rápido, sin despedirse; se acostó, y ya no despertó. El primer año tras su marcha, los niños llamaban todos los días. Al segundo, cada semana. Ahora Gabriel me llama los domingos por la tarde, cuando no se olvida.
Laura manda mensajes, breves, como si fueran telegramas: Mamá, ¿cómo estás? Besos. Yo le respondo: Bien, hija. ¿Qué le voy a escribir? ¿Que por las noches hablo con la tele? ¿Que el sábado la única persona que me habló fue la cajera del Mercadona?
Para este cumpleaños llevé una semana preparándolo todo. Una tontería, pero horneé tarta de queso, la de base de galleta, igual que hacía mi madre. Compré un mantel nuevo. Saqué la vajilla de porcelana que nos regalaron en la boda y nunca usamos, cuatro servicios. Porque Gabriel dijo Intentaré escaparme, y Laura me escribió Veré cómo tengo la agenda.
A las nueve de la mañana llamó Gabriel. Sonaba cansado, como si no hubiese dormido. Mamá, no puedo ir, tengo un juicio, me lo han adelantado, no puedo faltar. El sábado sin falta estaré, ¿vale?
Una hora después, Laura mandó un mensaje. Ni siquiera llamó. Mamá, tengo conferencia en Sevilla, no me da tiempo, te quiero, el finde lo compensamos!!! Tres signos de admiración. Como si cuantos más pusiera más me fuera a notar.
Me quedé en la cocina mirando los platos preparados, la tarta de queso, ese mantel ridículo de girasoles que me pareció animado cuando lo compré. Y después lo guardé todo. Platos al armario. El mantel, doblado. La tarta, bien tapada.
A las tres suena el portero automático. Es el repartidor. Un chico joven, veintitantos, con chaqueta azul marino. Trae una cesta enorme de flores: rosas, lirios y alguna más que no conozco. Me da el sobre: Querida Mamá, te deseamos salud y todo lo mejor. Gabriel y Laura.
Me sonríe el repartidor. ¡Felicidades, señora! Se nota que la quieren mucho.
Dejé la cesta en la mesa de la entrada y cerré la puerta. Me senté en el taburete junto al perchero y estuve allí, no sé, cinco minutos o veinte. Las flores olían demasiado fuerte en ese recibidor tan pequeño.
Por la tarde me llama Carmenmi única vecina aún cercana. Tiene setenta y cinco, vive un piso más abajo, también sola. Isabel, que es tu cumpleaños, sube a tomar una manzanilla, he hecho tarta de manzana. Fui. Estuvimos hasta las diez en su cocina. Carmen no preguntó por los hijos. Sabía.
El sábado Gabriel vino. Solo. Sin esposa ni nietos. Tres horas estuvo; una de ellas, hablando por el móvil en el balcón. Me dejó un sobre con dinero encima del aparador. Laura al final anuló el fin de semanaha surgido algo, mamá, pero en Navidad seguro.
Ese día comprendí algo. No es que mis hijos no me quieran. Me quieren. A su manera, entre juicios y congresos en Sevilla. Me quieren igual que yo quería mi trabajo de costurera: de verdad, pero siempre pendientes del reloj. Trabajé treinta años por ellos y estoy orgullosa de que no les falte de nada. Pero nadie me advirtió de que el precio por su mejor vida sería el silencio de mi piso cuando oscurece.
La tarta de queso nos la comimos Carmen y yo. Las flores duraron una semana y luego las tiré. El sobre de Gabriel lo guardé en el cajón de los papeles de Salvador.
Ayer me compré un billete para una excursión a la Ribeira Sacra. Autocar, dos días, grupo de jubilados. Carmen viene conmigo. Cuando se lo conté a Laura por teléfono, se sorprendió: ¿Mamá, y eso desde cuándo viajas?
Desde los setenta, hija, le contesté.
Se hizo el silencio tres segundos. Luego Laura dijo qué bien, mamá y cambió de tema. Pero ese silencio valió más que todos los signos de admiración de sus mensajes. Sé que algún día lo entenderá. Tal vez cuando le falte alguien a su mesa a los sesenta años. Pero no pienso quedarme esperando.
Tengo setenta años, las piernas fuertes, un billete de autocar y una vecina que hornea tartas de manzana. Salvador diría: Isabel, deja de lamentarte y vete. Así que me voy.







