En la facultad de medicina militar enseñaba una doctora de gran experiencia. Toda su vida profesional la dedicó a trabajar en un hospital infantil en Madrid. Un día, nos compartió algo digno de reflexión. Sus hijos, a pesar de que ella era médica, se contagiaban de todas las enfermedades infecciosas posibles. No había invierno en que los pequeños, activos y risueños, no se vieran afectados por algún virus, hasta tal punto que su madre estaba exhausta de cuidarles y buscar remedios.
Naturalmente, la doctora era extremadamente cuidadosa con la higiene: nada más llegar a casa se duchaba, se cambiaba de ropa y se lavaba bien las manos. Pero, aún así, sus hijos acababan contrayendo las enfermedades de los niños a los que ella misma había tratado ese día. Cuando tenía entre manos algún caso especialmente complicado y preocupante, la historia se repetía: esa misma noche, sus hijos caían enfermos también. Ni las vitaminas ni los baños de agua fría lograban cambiar la situación, hasta que la madre, completamente desanimada, ya no sabía qué hacer.
En una ocasión, después de un día larguísimo en el hospital, la doctora se sentía tan agotada y temía tanto contagiar a sus hijos, que ni siquiera encontraba la fuerza para volver directamente a casa. Así que, en un impulso, decidió ir al cine de la Gran Vía y ver una película de aventuras de Indiana Jones. Salió de la sala con una mezcla de culpa y alegría, y volvió a casa, temerosa de lo que podría encontrar. Pero esa vez, sus hijos no enfermaron, y continuaban tan vitales y alegres como siempre.
Otra tarde, aceptó la invitación de una amiga para tomar un café con pastas en su casa y reírse juntas de un chiste. De nuevo, al volver, sus hijos permanecían sanos y sin novedad. Sin darse cuenta, la doctora empezó a no regresar inmediatamente tras su jornada, aunque las tareas domésticas siguieran esperándola. En su lugar, paseaba por el parque del Retiro, donde disfrutaba del aroma de las flores y el rumor del agua de la fuente. Se sentaba en un banco bajo los castaños, respiraba hondo, y sólo entonces regresaba a su hogar. Y así, sus hijos dejaron de enfermarse.
De esta experiencia, la doctora extrajo una conclusión sencilla pero invaluable: no son sólo los microbios lo que trae uno a casa. Es también la carga invisible de información y emociones negativas la que puede afectar a nuestros seres queridos. Esa mala energía como ella la llamaba parecía traspasarla a los niños sin que mediara ni una sola palabra sobre los problemas del día. Desde entonces, en su casa no se volvió a escuchar ni una tos ni ver un termómetro sobre la mesa.
Con los años, la doctora nos aconsejaba siempre lo mismo: tras una jornada difícil, no se debe correr a abrazar a la familia llevando encima el peso de lo malo. Es mejor hacer una pausa, cambiar de ambiente, darse un respiro. Sólo cuando el ánimo mejora y el corazón se aligera, es momento de volver junto a quienes amamos. Los científicos aún estudian el misterio que encierra este fenómeno, pero ella, como tantas madres sabias, decía con una sonrisa que, a veces, basta con un paseo entre rosales o una película de aventuras para dejar atrás las sombras antes de cruzar la puerta del hogar.






