Luna

Luna

  • ¡Vaya aparición! ¿Tú de quién eres?

Diego se agachó frente a la puerta de su departamento. El gato arqueaba el lomo, bufando con fiereza y erizando los pocos pelos que le quedaban en la cola.

  • ¡Qué carácter! Lo admito. Amigo, necesito entrar a mi casa. Vengo de trabajar, tengo hambre y sueño. ¿De dónde saliste tú?

El gato se lanzó hacia él, intentó arañarlo, pero perdió el equilibrio y cayó de lado sobre el felpudo. Diego sonrió con ternura.

  • ¿Las patitas no te responden? No tienes buena pinta… estás flaco, pelado y con cara de haber pasado por mucho. ¡Ey! ¿Ni siquiera se puede tener compasión?

Le quedaban fuerzas solo para un último intento. El gato alcanzó a clavar las uñas en la bota de Diego y allí se quedó, temblando, gruñendo bajito, sin poder moverse más.

  • Ya veo… Oye, ¿y si te doy algo de comer? Mi mamá decía que un hambriento nunca es buena compañía. Y ella era una mujer muy sabia. Vamos a hacerle caso, ¿te parece?

Con cuidado, Diego despegó al animal de su bota, lo levantó con suavidad y lo pasó de un brazo al otro, esquivando las uñas débiles. El gato ya no luchaba; colgaba como un trapo mojado.

  • Pobrecito… La vida te ha golpeado fuerte, ¿verdad? —murmuró Diego mientras abría la puerta—. Pasa, ya que viniste.

El departamento lo recibió con un silencio pesado y olor a cerrado. A Diego no le gustaba volver a casa. Desde que su mamá se había ido, el amplio tres ambientes se sentía demasiado grande y vacío. Había cerrado las puertas del dormitorio de ella y de la sala, y vivía entre su cuarto, la cocina y el baño. Limpiaba poco; ya nadie le reclamaba el desorden. Solo mantenía su costumbre de lavar los platos inmediatamente después de comer, como ella le había enseñado.

Extrañaba terriblemente a la mujer que no solo había sido su madre, sino su mejor amiga. Solo con ella podía hablar de todo lo que llevaba dentro.

Su padre se había marchado cuando Diego tenía trece años. El dolor lo volvió rebelde y descargó toda su rabia contra su madre. Ella lo soportó todo: sus silencios, sus gritos, incluso cuando llegó borracho una noche. Lo acostó, le acarició el cabello mojado y lloró en silencio a su lado. Aquella noche Diego entendió que la única persona que realmente lo necesitaba y lo quería incondicionalmente era ella.

Desde entonces comenzó un largo camino de reconciliación. Y siempre, ahí estaba su mamá, sosteniéndolo.

Hacía solo seis meses que ella se había ido, y Diego aún no lograba aceptarlo. Ya no lo esperaba en la puerta secándose las manos en el delantal, ni lo abrazaba por el cuello para besarlo en la frente y comprobar si tenía fiebre.

«¿Cómo estás, hijo? ¿Tenés hambre?»

Darían cualquier cosa por escuchar esa frase una vez más.

Pero ya no estaba. Y ni siquiera había podido despedirse como correspondía.

Cuando la ambulancia se la llevó, tosiendo de aquella manera terrible, Diego creyó que volvería a verla. No fue así.

Se enfermaron casi al mismo tiempo. A pesar de todas las precauciones, Diego lo pasó mucho peor. La fiebre no bajaba y el dolor de cabeza lo dejaba aturdido. Su mamá llamó a la ambulancia, pero no se lo llevaron.

—Él es joven, va a salir adelante. Quédese con él unos días.

Ella se desvivió cuidándolo. No durmió, no se separó de su lado. Cuando Diego mejoró, ella cayó. Y esta vez los médicos no dudaron:

—Está muy grave. La llevamos.

Nunca más la vio.

Meses después, revisando sus cosas, encontró una carta dirigida a él. Su mamá siempre prefería escribir a mano. En esa última carta le hablaba de todo: de la vida, del amor, de las caídas y de las segundas oportunidades. Le advertía que Laura, su novia, probablemente se iría algún día y le pedía que no se derrumbara. Le recordaba que él era su continuación y que algún día tendría sus propios hijos a quienes contarle sobre ella.

Laura se fue dos meses después de la muerte de su mamá. Lo acompañó en los primeros días difíciles, pero luego eligió su camino. Se despidieron sin rencores, pero el vacío se volvió aún más grande.

Diego seguía yendo a trabajar, comprando comida, intentando cocinar. La mayoría de las veces terminaba tirando todo a la basura y saliendo al balcón con una taza de té a mirar la noche de Buenos Aires.

Por eso, la llegada de aquel gato callejero le resultó casi una bendición. Al menos tenía algo en qué ocuparse.

Le puso un plato de leche. El gato bebió con desesperación. La salchicha que le ofreció la rechazó con asco. Diego se rio.

—Difícil de conformar, ¿eh? Bueno… quédate si querés.

El gato se bebió la segunda porción y luego, para sorpresa de Diego, fue hasta la puerta y empezó a maullar insistentemente.

—Entiendo… Gracias por la visita —dijo Diego con tristeza, abriéndole la puerta.

El gato bajó las escaleras sin mirar atrás.

Esa noche, mientras lavaba la taza en la cocina, Diego escuchó ruidos en la entrada. Alguien arañaba la puerta con urgencia.

Abrió.

Allí estaba el gato… con un gatito en la boca. Lo depositó con cuidado sobre el felpudo y miró a Diego.

—¡No puede ser!

Antes de que pudiera reaccionar, el animal ya bajaba las escaleras otra vez. Volvió con un segundo gatito. Y luego con un tercero.

Diego se sentó en el primer escalón del pasillo y esperó.

Al quinto gatito, la gata (porque claramente era una hembra) se sentó a su lado y lo miró fijamente, como esperando una respuesta.

—¿Qué? ¿Ahora soy responsable de todos?

La gata parpadeó, se levantó y entró al departamento con total naturalidad, como quien regresa a casa.

Diego sonrió por primera vez en mucho tiempo.

Esa noche improvisó una cama con una vieja canasta de su mamá y un chal de lana. La gata inspeccionó todo, aprobó el lugar y acomodó a sus crías.

—Necesito ponerte un nombre… ¿Luna?

La gata lo miró con atención y no protestó.

—Luna entonces.

A la mañana siguiente, Diego despertó con una patita suave tocándole la mejilla. Luna estaba sentada sobre la almohada, mirándolo con exigencia.

—Entendido, jefa. Ya me levanto.

Por primera vez en meses, volvió a casa con ganas. Había que limpiar, comprar comida decente, preparar un lugar digno. Luna dejó muy claro que no toleraba el desorden.

En la veterinaria le confirmaron que Luna era una gata de raza, con chip, pero su antigua dueña la había rechazado por completo. Diego no lo pensó dos veces.

—Ahora son míos. Todos.

Pasó un año y medio. Los gatitos encontraron buenos hogares. Uno de ellos, el más travieso, se quedó con Diego y con una chica de ojos grandes y manos cálidas que supo ganarse el corazón desconfiado de Luna.

Una noche de primavera, mientras Diego y su novia hablaban bajito en el balcón, Luna saltó a sus brazos. Cuatro manos la acariciaron al mismo tiempo.

De pronto, la joven le susurró algo al oído a Diego. Él se quedó quieto, emocionado. Luna ronroneó con fuerza, satisfecha.

En esa casa ya había demasiado amor como para guardárselo solo para ellos.

Pronto llegarían los propios gatitos de Diego… pero de dos patas. Y Luna, la reina de la casa, estaría allí para ayudar a educarlos.

Porque a veces, cuando crees que ya no te queda nadie, la vida te envía una gata flaca y terca para recordarte que todavía hay mucho amor por dar… y por recibir.

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Elena Gante
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