Nunca llegué a amar a mi esposa, aunque se lo confesé cien veces. No fue culpa suya: nuestra vida juntos era buena

Nunca he amado a mi esposa, aunque se lo he dicho innumerables veces. Ella no tenía la culpa de nada: nuestra vida era agradable. Nunca discutía conmigo, jamás me reprochaba nada era buena y dulce. El único problema entre nosotros era la ausencia de amor. Utensilios de cocina y de mesa.

Cada noche me acuesto y me despierto con la misma idea: quiero irme de su lado de una vez. Encontrar a esa mujer a la que de verdad pueda amar.

Pero, ¿seré capaz de lograrlo? Con Carmen me siento cómodo. Además de ser excelente llevando la casa, mi esposa posee una belleza fuera de lo común. Hasta hoy, todos mis amigos me envidian y no entienden cómo he tenido tanta suerte en la vida. Ni siquiera yo sé por qué esta mujer me ha amado a mí.

Soy un hombre corriente, que no destaca en nada entre otros cientos. Pero ella me quiere Es extraño, la verdad.

Su amor y su entrega no me dejan tranquilo. Pero es su belleza la que más me inquieta. Sé perfectamente que en cuanto cruce el umbral de esta casa rompiendo todo lazo con Carmen, aparecerá alguien enseguida intentando conquistar su corazón: uno más rico, más guapo, más exitoso.

Solo de imaginar a otro abrazándola, casi pierdo la cabeza. Carmen es mía, aunque no sienta nada por ella. Ni lo sentí nunca. Me casé porque me halagaba estar al lado de una mujer tan hermosa.

Pero no se puede vivir toda la vida con una persona a la que no se ama, ¿verdad? Creí que podría, pero estaba equivocado. Cocina y comedor.

Mañana mismo tengo que contarle la verdad me repito, y finalmente consigo dormir.

Por la mañana, mientras desayunamos, me armo de valor:

Carmen, siéntate un momento. Tengo que decirte algo.

Te escucho, cariño.

Imagina esto: tú y yo nos separamos, cada uno rehace su vida en otro rincón de Madrid.

Carmen se ríe:

Vaya situación más rara ¿Es algún tipo de juego?

Escúchame hasta el final, que es importante para los dos.

Vale, ya me lo imagino. Regalos para la esposa.

Dime la verdad, ¿después de que me marche, buscarías a alguien más?

¿Fernando, qué te pasa? ¿Por qué ibas a irte de casa?

Porque no te quiero y nunca te he querido.

¿Cómo? ¿Estás de broma? No entiendo nada

Quiero irme, pero no puedo soportar pensar que estarás con otro hombre.

Carmen se queda callada unos minutos, reflexiona y al fin contesta:

Mejor que tú no encontraré, así que vete tranquilo, que no tendré a nadie más que a ti.

¿Me lo prometes?

Claro que sí asegura Carmen. Accesorios femeninos.

Entonces, ¿a dónde voy a ir yo?

¿No tienes a dónde ir?

No, hemos estado juntos toda la vida. Supongo que nos tocará envejecer juntos dije con resignación.

Tranquilo, no te preocupes. Cuando nos divorciemos, vendemos el piso y compramos dos estudios, uno para cada uno.

¿De verdad? No esperaba que quisieras ayudarme tanto. ¿Por qué lo haces?

Porque te quiero, y cuando quieres de verdad a alguien, no puedes obligar a esa persona a quedarse contigo.

Pasaron unos meses y finalmente nos divorciamos. Al poco tiempo, me enteré de que Carmen no cumplió su promesa y sí encontró a otro hombre. Además, jamás pensó dividir el piso que heredó de su abuela.

Me quedé sin nada más solo que la una. ¿Cómo volver a confiar en las mujeres después de esto? Sinceramente, no lo sé

¿Qué opináis de Fernando?

Este relato está inspirado en una historia real compartida por uno de nuestros lectores. Cualquier semejanza con nombres o lugares reales es pura coincidencia. Las fotos que acompañan el artículo son ilustrativas.

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Elena Gante
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Nunca llegué a amar a mi esposa, aunque se lo confesé cien veces. No fue culpa suya: nuestra vida juntos era buena
La carta del 93