Reflexión de fuerza
– Sergio, ¿qué estás haciendo? – Marina escuchó su propia voz como si viniera de lejos, demasiado aguda y temblorosa.
Él ni siquiera se giró de inmediato. Estaba de pie junto a la barra, con la mano en la cintura de aquella mujer. Alta, con corte de cabello corto, chaqueta de cuero. Ella le susurraba algo al oído y él sonreía. Sonreía de una forma que hacía mucho tiempo que no le sonreía a Marina.
– ¡Sergio! – repitió ella más fuerte.
Entonces él se volvió. Primero con sorpresa, luego con fastidio. Como si ella hubiera interrumpido algo importante.
– Marina, ¿de dónde sales? – ¿Cómo que de dónde? Tú mismo me dijiste que viniera a las ocho y media. Recogí tu traje del sastre, pensé que nos veríamos…
La mujer a su lado se apartó, pero no asustada, sino con curiosidad. La miró de arriba abajo con una mirada larga y evaluadora. Marina sintió de golpe su viejo abrigo gastado, su bolso desgastado, las raíces canosas que llevaba meses prometiéndose teñir.
– Vicky, ella es mi… esposa – dijo Sergio, pronunciando la última palabra casi como una disculpa–. Marina, mejor no aquí, ¿sí? – ¿No aquí? ¿Y entonces dónde? En casa llegas a las dos de la mañana, por la mañana te vas corriendo, no contestas el teléfono…
Vicky sonrió con ironía. No con maldad, más bien con comprensión. Eso dolió más que el desprecio.
– Sergio, ¿por qué no hablan? – dijo ella en voz baja–. Yo espero. – No, quédate – Sergio tomó su mano delante de Marina, con naturalidad–. Marina, yo pensé que ya habías entendido. Te lo dije el jueves pasado. Vicky y yo… – ¡Estabas borracho! Pensé que eran puras palabras… – Estaba sobrio. Y te dije la verdad.
Marina recordó esa noche. Él llegó tarde, ella calentaba la cena. Dijo algo sobre que estaba cansado, que la vida se le escapaba, que quería… Ella no escuchó bien. Pensó que eran las típicas quejas de hombre de cierta edad. Crisis. Pasaría.
– Veintiocho años, Sergio. Veintiocho años. – Precisamente por eso – suspiró él–. Quiero vivir el resto de mi vida de otra forma.
Vicky puso la mano en su hombro. Con posesión. Con seguridad. Marina miraba esa mano con delgada pulsera de cuero y uñas cortas sin esmalte, y algo dentro de ella se revolvió lentamente.
– Vete a casa, Marina – dijo Sergio cansado–. Mañana paso y hablamos como es debido. – No.
Ni ella misma esperaba decirlo. Ni esperaba dar un paso adelante. Ni esperaba empujar a Vicky en el hombro, torpemente, como una señora.
– ¿Tú quién eres? ¡Zorra!
Todo pasó muy rápido. Vicky interceptó su mano, la giró y la presionó contra la barra. No le hizo daño, pero sí con fuerza. Mucha fuerza. Marina intentó soltarse, pero su cuerpo no respondía. El brazo se le durmió y el hombro le dolió.
– Suéltala – dijo Sergio en voz baja.
Vicky la soltó. Marina retrocedió, frotándose la muñeca. Todo el bar las miraba: el bartender, dos hombres en una mesa, la mesera con su bandeja. La miraban a ella. A la mujer patética con abrigo viejo que ni siquiera había podido golpear bien a su rival.
– Perdón – dijo Vicky con calma–. Fue un reflejo. No quise.
Marina se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Rápido, tropezando. Las lágrimas la ahogaban, pero no lloró. No delante de ellos. Solo afuera, en el frío aire de diciembre, cuando la puerta del bar se cerró detrás de ella, se apoyó contra la pared y dejó que las lágrimas corrieran.
Caían copos grandes de nieve. En la vitrina del bar brillaban las luces navideñas. La gente pasaba envuelta en bufandas. Nadie miraba a la mujer que lloraba. En la Ciudad de México nadie se detiene por eso.
Llegó a casa muy tarde: metro, pesero, luego caminando por las calles conocidas. El departamento estaba oscuro. Marina no encendió la luz. Se quitó el abrigo en la entrada y lo dejó tirado en el suelo. Se acostó vestida.
Sergio no regresó ni al día siguiente ni al otro. Llamó tres días después, seco y corto. Dijo que pasaría a recoger sus cosas el fin de semana, que el departamento se quedaba para ella, que le pasaría dinero. Como si hablara de un negocio.
Marina escuchaba y asentía, aunque él no la veía. Colgó y volvió a acostarse. Así pasó una semana. Y otra.
Su amiga Sandra la llamaba todos los días. – Marina, ya basta. Sal, aunque sea a caminar. – No quiero. – ¿Estás comiendo algo al menos? – Sí.
Mentira. Marina casi no comía. Tomaba té con galletas, a veces calentaba sopa de sobre. El estómago se le cerraba solo de pensarlo.
Pasaba mucho tiempo en redes sociales. Encontró el perfil de Victoria. Fotos en el gimnasio, en la montaña, en motocicleta. Textos cortos y seguros: “Entrenamiento”, “Fin de semana”, “Nuevo reto”. En una estaba sobre un ring con guantes. Comentarios llenos de admiración.
Marina leía todo, bajaba hasta las fotos de hacía cinco años. Buscaba un defecto, una debilidad. No encontraba nada.
Una noche, ya oscuro, encontró una publicación de Victoria sobre su trabajo. Era entrenadora de autodefensa y artes marciales mixtas. Dirigía grupos para mujeres. En una foto estaba junto a un cartel: “Centro de Artes Marciales Aztlán. Grupo femenino. Nivel inicial”.
Marina miró esa foto largo rato. Luego dejó el teléfono y se miró en el espejo frente a la cama.
Cara hinchada, cabello opaco, ojeras. Cincuenta y ocho años. Un cuerpo que hacía mucho había dejado de importar. Que solo existía: cargaba bolsas del súper, lavaba platos, planchaba camisas.
¿Cuándo fue la última vez que pensó en su cuerpo? No en si le dolía la espalda o si necesitaba ir al doctor, sino en cómo se movía, cómo sentía, cómo vivía.
No lo recordaba.
Victoria no había ganado porque fuera más joven o más guapa. Había ganado porque era más fuerte. Físicamente más fuerte. Detuvo una mano ajena como quien espanta una mosca.
“Reflejo”, había dicho.
Reflejo de un cuerpo que sabía defenderse. Que estaba entrenado. Que no tenía miedo.
Marina se levantó de la cama. Se acercó a la ventana. Abajo, en el patio, los faroles encendidos. Un niño en patineta a pesar del frío. Su mamá lo llamaba desde el edificio.
La vida normal seguía.
Y la suya se había terminado aquella noche en el bar. Terminó la Marina que esperaba a su marido con la cena, que soñaba con envejecer juntos, con nietos, con viajes en la jubilación. Todo se disolvió en un instante.
¿Qué ahora?
No lo sabía. Pero sí sabía que no podía seguir acostada en esa cama.
Por la mañana se levantó temprano, por primera vez en tres semanas. Preparó huevos, tomó café. Se sentó frente a la computadora.
“Clases de deporte para principiantes CDMX”.
Había miles: yoga, pilates, aquaeróbics, baile. Demasiado suave. Marina quería algo distinto. Algo que le enseñara a no ser víctima.
Escribió: “Autodefensa para mujeres Ciudad de México”.
Una hora después tenía una lista de cinco gimnasios en Coyoacán y Tlalpan. Uno quedaba a veinte minutos caminando. Se llamaba simplemente “Energía”.
En la descripción decía: “Fitness, box, entrenamientos funcionales. Grupos para principiantes. Todas las edades”.
Todas las edades. Bien.
Marina tomó el teléfono. Miró el número largo rato. Luego marcó.
– Club Deportivo Energía, buenos días. – Hola. Quería información sobre clases para principiantes. – Claro. ¿Qué le interesa? Fitness, box, estiramiento… – Box – dijo Marina, sorprendida de sus propias palabras. – Perfecto. Tenemos grupo femenino los martes y jueves a las siete de la noche. La entrenadora es Irene. Venga a una clase de prueba, es gratis. – ¿Y ahí… hay gente joven?
La voz al otro lado dudó un segundo. – De todo. En el grupo de Irene hay mujeres de cuarenta y de cincuenta y tantos. No se preocupe. Irene es de las nuestras, no es una niña, entiende.
– Gracias. Iré el jueves.
Marina colgó. Se sentó en el sofá. Le temblaban las manos. De miedo o de emoción, no lo sabía.
Sergio pasó a recoger sus cosas el sábado. Llegó solo, guardó trajes, libros y documentos en cajas sin decir casi nada. Marina estaba de pie junto a la ventana, mirando el patio. No se dio la vuelta.
– Te voy a seguir depositando – dijo él al cerrar la última caja–. Si necesitas algo, avísame. – No necesito nada. – Marina… – Ya vete.
Se fue. La puerta se cerró sin ruido. Marina se quedó de pie. Luego caminó por el departamento. Se sentía más grande. Más vacío. Más suyo.
El jueves por la noche se puso unos pants viejos que encontró al fondo del clóset, una camiseta y una chamarra. Tomó una botella de agua. Salió con media hora de anticipación para no llegar tarde.
El gimnasio estaba en un semisótano de un edificio viejo. Letrero sencillo. Adentro olía a sudor y tapetes de goma. En la entrada había una chica de unos treinta años con una tablet.
– Buenas noches. ¿Viene a box? – Sí, llamé. Soy Marina. – Pase, los vestidores están por allá. Irene ya viene.
En el vestidor había tres mujeres. Dos jóvenes, una mayor. Todas se cambiaban en silencio. Marina se puso la camiseta vieja y de pronto se sintió ridícula. ¿Qué hacía ahí?
– ¿Primera vez? – preguntó la mujer mayor mientras se amarraba las zapatillas. – Sí. – No se asuste. Irene es buena, no apura. Todo va poco a poco.
En el salón había unas diez mujeres. De distintas edades. Algunas golpeaban costales, otras se estiraban.
Irene apareció minutos después. Baja, fuerte, cabello corto y una cicatriz en la ceja. Cincuenta y tantos años.
– Hola a todas. ¿Alguna nueva?
Marina levantó la mano. – ¿Cómo te llamas? – Marina. – Irene. Bien, Marina, ponte de lado a ver cómo lo hacemos y luego te unes. ¡Vamos, chicas, calentamiento!
Los primeros treinta minutos fueron un infierno. El cuerpo no obedecía. Los brazos no subían, las piernas se enredaban. Cuando Irene mostró cómo golpear el costal, Marina falló tres veces seguidas. Se moría de vergüenza.
– Normal – dijo Irene acercándose–. La primera vez siempre es así. Inténtalo otra vez.
Marina lo intentó. El puño entró en el costal, inseguro pero entró.
– Así. Otra vez.
Golpeó y golpeó. Primero despacio, luego más rápido. El costal se movía. El sudor le corría por la espalda. Le faltaba el aire.
– Basta. Descansa.
Marina se sentó en la banca. El corazón le retumbaba. Todo el cuerpo temblaba. Pero dentro había algo nuevo. Extraño. ¿Rabia? ¿Ganas?
Vida.
Después de la clase apenas llegó a casa. Le dolían los músculos. Bajo la regadera caliente se miró las manos. Los nudillos enrojecidos. El moretón en la muñeca que aún quedaba de aquella noche en el bar.
Casi había desaparecido.
– ¿Vas a volver? – le preguntó Irene en el vestidor. – Sí – respondió Marina–. Voy a volver.
Y volvió. El martes. El jueves. Cada martes y jueves durante dos meses.
El cuerpo cambió poco a poco. Primero dejó de dolerle por las mañanas. Luego sintió ligereza en los movimientos. Después notó que subía al quinto piso sin jadear. Luego vio en el espejo que el abdomen se había endurecido y los brazos estaban más firmes.
Pero lo más importante cambiaba por dentro.
Dejó de pensar tanto en Sergio. O pensaba, pero distinto. Sin lástima de sí misma, sin rabia. Con calma. Como de alguien que fue parte de su vida y se fue. Simplemente se fue. Como se va el invierno, como termina una película.
Sandra lo notó. – Has bajado de peso – le dijo cuando se vieron en un café–. Y te ves… diferente. – Voy al gimnasio. – ¿En serio? ¿Tú? – Yo.
Sandra se rio, luego se calló. – Perdón. No pensé que tú… Siempre decías que el deporte no era lo tuyo. – Dije muchas cosas.
Se quedaron en silencio. Sandra movía el azúcar en su café.
– ¿Sergio te ha llamado? – No. – Dicen que ya vive con esa… Victoria. – Lo sé. – ¿Y te da igual?
Marina pensó. – No me da igual. Todavía duele. Pero se puede vivir.
La primavera llegó de repente. La nieve se derritió en una semana y la ciudad se llenó de sol y agua. Marina empezó a ir al gimnasio caminando. Cuarenta minutos. Irene lo aprobó.
En marzo, después de una clase, Irene la llamó aparte. – Has avanzado muy bien. ¿Quieres probar sparring? – ¿Qué? – Suave. Con casco y protección. Solo para aprender a reaccionar ante una persona real, no contra el costal.
Marina tuvo miedo. Luego asintió.
El primer sparring fue con Olga, una mujer de cincuenta y dos años que llevaba dos en el gimnasio. Olga golpeaba preciso y controlado.
Marina recibió varios golpes en el cuerpo y uno en el hombro. Se defendía mal, los músculos se le tensaban de miedo. Pero de pronto algo hizo clic. Vio venir el golpe de Olga y logró bloquearlo. Luego contraatacó. Conectó.
Olga se rio. – ¡Muy bien!
Después del sparring, Marina se sentó en la banca quitándose el casco. Le temblaban las manos. Pero no de miedo. De pura emoción. Había conectado. Había reaccionado. Su cuerpo había hecho lo que le enseñaron.
– Normal para la primera vez – dijo Irene sentándose a su lado–. Muy bien.
– Tenía miedo. – Todas tenemos. Pero no te detuviste.
Marina miró a la entrenadora. – Irene, ¿por qué haces esto? El box, entrenar…
Irene se encogió de hombros. – Historia larga. En resumen: mi marido me golpeaba. Mucho tiempo. Hasta que aprendí a responder. Me fui, entré al gimnasio y entendí que quería que otras mujeres no esperaran tanto como yo.
– ¿Tú también tienes historia? – preguntó Irene. – Sí. Solo que mi marido no me pegaba. Solo se fue. – Eso también duele. – Duele – aceptó Marina–. Pero pasa.
En abril, Marina fue por primera vez en seis meses a la peluquería. Se tiñó el cabello, se cortó. Compró chamarra nueva, jeans, tenis. No caros, pero nuevos. Suyos.
Sergio depositó el dinero a principios de mes, como prometió. Ella no lo gastaba. Lo ahorraba. No sabía para qué. Solo lo ahorraba.
Una tarde, al volver del entrenamiento, entró a un pequeño centro comercial. Quería comprar agua. Subió por la escalera eléctrica y la vio.
Victoria estaba frente a una tienda de ropa deportiva. Sola. Mirando chamarras. Se veía igual que aquella noche. Segura. Tranquila.
Marina se detuvo. El corazón le dio un vuelco. El viejo miedo y el dolor regresaron. Quiso darse la vuelta y huir.
Pero no huyó.
Dio un paso. Luego otro.
Victoria levantó la mirada y la reconoció. Su rostro se tensó.
– ¿Marina? – Hola.
Se quedaron frente a frente. Victoria apartó la mirada primero, luego volvió a mirarla.
– ¿Cómo estás? – preguntó en voz baja. – Bien. – Tú… has cambiado. Has bajado de peso. – Voy al gimnasio.
Victoria asintió.
Hubo un silencio incómodo. Marina miraba a la mujer que medio año atrás representaba todo lo peor. Enemiga. Rival. Causa de su dolor.
Ahora solo veía a una persona. Cansada, con ojeras, una nueva arruga junto a la boca.
– ¿Cómo está Sergio? – preguntó Marina de pronto.
Victoria sonrió con amargura. – Sergio… bien. Terminamos hace dos semanas. – ¿Qué? – No funcionó. Él quería que yo fuera… da igual. No funcionó.
Marina no sintió nada. Ni triunfo ni satisfacción. Solo vacío.
– Perdón – dijo Victoria inesperadamente–. Por aquella noche. Por todo. – No es necesario. – Sí lo es. No pensé que te haría tanto daño. Solo estaba bien con él. Después me di cuenta de que no era tan bueno como parecía.
Marina la miró con atención. – Tú eres entrenadora de artes marciales, ¿verdad?
Victoria levantó las cejas sorprendida. – Sí. ¿Cómo lo sabes? – Te busqué en internet después de aquello. – ¿Para qué? – Quería entender quién eras. Y entendí que el problema no eras tú. Era yo. No perdí la pelea por mi marido. Me perdí a mí misma hace muchos años.
Victoria guardó silencio. Luego asintió. – Eres sabia. Más que yo. – No. Solo soy mayor.
Sonrieron al mismo tiempo. Torpe, pero sonrieron.
– Bueno, me tengo que ir – dijo Victoria–. Suerte, Marina. – Igualmente.
Victoria se fue. Marina se quedó mirando cómo se alejaba. Luego se dio la vuelta y caminó en dirección contraria.
Afuera hacía calor. Mayo había llegado. Los árboles estaban verdes, los niños gritaban en los patios. Marina caminaba despacio, mirando todo.
Su teléfono vibró. Sandra. “¿Cómo estás? Hace rato que no nos vemos. ¿Hoy?”
Marina contestó: “Hoy no puedo. Entrenamiento. ¿Mañana?” “¡Hecho!”
Guardó el teléfono. Entró a su edificio. Miró las ventanas de su departamento en el quinto piso. Tenía la luz encendida. Se le había olvidado apagarla.
Antes eso enfurecía a Sergio. Ahora le daba igual. Que se quedara encendida. Su departamento. Su luz. Su vida.
En el banco de afuera estaba el vecino, don Luis, dando de comer a las palomas.
– Buenas tardes, doña Marina. – Buenas tardes, don Luis. – Regresa tarde. – Del gimnasio. – Qué bien. A su edad yo ya estaba tirado en el sillón. Usted está muy animada.
Marina sonrió. – Lo intento.
Subió los cinco pisos caminando. Sin jadear. Abrió la puerta, se duchó largo rato y se sentó en la cocina con un té. Miró por la ventana los patios, las luces lejanas de la ciudad.
Un año atrás pensó que su vida terminaría si Sergio se iba. Que no podría, que se moriría de soledad.
No se murió.
Sobrevivió.
Y su vida continuaba. Distinta. Difícil. Solitaria. Pero suya.






