La dueña de su casa. (Relato)

La dueña de su casa. (Relato)

– Ana, otra vez dejaste la mantequilla sin tapa –dijo doña Carmen con un suspiro, arrastrando ruidosamente la silla hacia sí–. Ahora toda la noche ha absorbido los olores de la nevera. Alejandro, mi cielo, mejor unta el queso fresco; lo compré ayer bien fresquito.

Ana sintió que los dedos se le crispaban alrededor del mango del cuchillo. Siguió cortando el pan en silencio, intentando que los cortes fueran perfectos, aunque las manos le temblaban ligeramente. Fuera, en la Ciudad de México, caía una llovizna fría de octubre que dibujaba caminos irregulares en los cristales. La cocina parecía demasiado pequeña para tres adultos.

– Mamá, la mantequilla está bien –murmuró Alejandro sin levantar la vista del teléfono, masticando el pan mecánicamente.

– Claro, claro. Solo lo digo por cuidar de ustedes. Son jóvenes y no se dan cuenta de que los alimentos se echan a perder si no se guardan bien. Después les duele la panza y ¿quién los va a curar?

Ana colocó el plato con el pan en la mesa y se sentó. Desde por la mañana le daba vueltas la cabeza y tenía un sabor desagradable en la boca. Se sirvió un té de bolsita y esperó que la bebida caliente calmara las náuseas que subían por su garganta.

– Ana, casi no comes nada –continuó su suegra, observándola por encima de los lentes–. Mírate, estás flaquita. Alejandro, ¿cómo piensas tener hijos con una esposa así? Un niño necesita una mamá sana.

Algo se contrajo con fuerza dentro de Ana. Tomó un sorbo de té, que le quemó la lengua, y se obligó a sonreír.

– Doña Carmen, es que por las mañanas no tengo hambre. Siempre he sido así.

– Siempre, siempre… En mis tiempos, con fiebre nos íbamos a trabajar y nadie se quejaba. Ahora los jóvenes piden baja por cualquier cosa. Yo a tu edad ya criaba a Alejandro sola, iba a la oficina y mantenía la casa impecable.

Alejandro por fin apartó la mirada del celular.

– Mamá, ¿qué tiene que ver eso? Ana ayer se quedó hasta las ocho en la oficina terminando reportes.

– No discuto, no discuto. Solo me preocupo. Son una pareja joven, ya deberían pensar en darme un nieto, y con esta salud tan frágil…

Ana se levantó, llevó su taza intacta al fregadero. A través del reflejo en la ventana vio cómo doña Carmen le servía más queso a su hijo y le daba una palmadita cariñosa en el hombro. A su espalda sonaba la voz suave y atenta de su suegra, dirigida solo a Alejandro.

– Hijito, no olvides que hoy tienes esa reunión importante. Ya te planché la camisa azul; está colgada en la silla.

Ana permaneció junto al fregadero, apretando la taza con el té ya tibio, sintiendo cómo algo pesado y sordo crecía en su interior. Parecido al cansancio, pero peor. Parecido al enojo, pero más profundo.

Y pensar que tres meses atrás se había alegrado sinceramente de la llegada de su suegra.


Doña Carmen llegó a finales de julio. Llamó por la noche, con la voz alterada, casi llorosa. Los vecinos de abajo habían inundado su departamento en Guadalajara; el agua dañó el piso de madera, parte de los muebles y hacía falta una reparación seria. Los albañiles prometieron terminar en una semana, diez días como mucho.

– Alejandro, ¿puedo quedarme con ustedes una semanita? El hotel sale caro y me sentiría muy sola –suplicó por teléfono, y Alejandro, por supuesto, aceptó sin pensarlo dos veces.

Ana incluso se alegró en ese momento. Su suegra vivía en Guadalajara, se veían poco, solo en fiestas, y la relación siempre había sido cordial. Doña Carmen parecía una mujer enérgica y agradable, un poco habladora, pero de buen corazón. Desde que enviudó cinco años atrás vivía sola, trabajaba en un archivo municipal y criaba violetas africanas.

– No pasa nada, una semana pasa volando –le dijo Ana a su esposo mientras planeaba mentalmente cómo arreglar la habitación de invitados–. Hace mucho que no platicamos bien con ella.

Alejandro la abrazó y le besó la coronilla.

– Eres un sol. Sé que es incómodo, pero me quedo más tranquilo sabiendo que mamá no está sola lidiando con la reparación.

Doña Carmen llegó con dos maletas enormes y una caja de cartón amarrada con mecate. Ana y Alejandro fueron a recogerla a la estación de autobuses. La suegra se veía cansada, con los ojos enrojecidos y los labios apretados.

– Anita, gracias por recibir a esta vieja –dijo abrazando a su nuera en la puerta del departamento–. Seré rápida, lo prometo. En cuanto terminen allá, me voy y no les molesto.

Los primeros días fueron casi idílicos. Doña Carmen cocinaba, limpiaba mientras ellos estaban en el trabajo. Por las noches tomaban té con galletas que ella había traído de Guadalajara, y compartían anécdotas. Alejandro florecía, bromeaba más que nunca; se notaba lo feliz que estaba de tener a su madre cerca.

Pero hacia el final de la segunda semana algo empezó a cambiar.

Al principio fueron detalles pequeños. Doña Carmen cambió de lugar los frascos de especias en la cocina porque “así era más práctico y correcto”. Después reorganizó la ropa en el armario a su manera. Ana encontraba sus cosas en sitios nuevos y no sabía si decir algo. Eran tonterías, al fin y al cabo.

– Anita, noté que hay polvo en las cornisas –comentaba la suegra como quien no quiere la cosa mientras servía la sopa–. Hace rato que no las limpian, ¿verdad? Eso es malo, puede dar alergia. Hoy pasé un trapito húmedo; ahora está todo limpio.

– Gracias, doña Carmen –murmuraba Ana, sintiendo que se le encendían las mejillas. Realmente no tenía tiempo de limpiar las cornisas cada semana. El trabajo la agotaba y por las noches solo quería sentarse en el sofá con un libro o una serie.

– No te estoy reprochando, hijita –sonreía la suegra–. Solo ayudo. Así les va mejor.

A las tres semanas llamaron de Guadalajara: la reparación se alargaba. Habían encontrado problemas con la instalación eléctrica y había que cambiarla; otros diez días más. Doña Carmen se entristeció, pero no lo demostró.

– No pasa nada, Alejandro. ¿No les molesto? Solo un poquito más y su mamá se va.

– Mamá, claro que no molestas –respondió él abrazándola fuerte.

Ana los observaba en silencio. Dentro de ella empezaba a nacer una ligera inquietud, pero la apartaba. Una semana más. No era para tanto.

Luego pasó un mes. Luego mes y medio. La suegra se había instalado sin que nadie se diera cuenta en el pequeño departamento de dos recámaras. Dormía en la habitación que antes era el despacho de Ana. Ahora Ana trabajaba con la laptop en la cocina o en el dormitorio, era incómodo, pero no se atrevía a pedir que le devolvieran su propio espacio.

Cada noche doña Carmen preparaba la cena. Rica, había que reconocerlo, pero siempre lo que le gustaba a Alejandro: carne con papas, caldo de res, tortitas. Ana prefería comidas más ligeras, verduras, pescado, pero le daba pena decirlo.

– Anita, otra vez no comes nada –movía la cabeza la suegra–. Alejandro, mira a tu esposa, está en los huesos. Deberían ir al médico, a lo mejor tiene algo en el estómago.

– Ana, de verdad estás comiendo menos –decía Alejandro con ligera preocupación.

– Es que no tengo hambre –repetía ella, y era verdad. El apetito se le había ido. Por las mañanas sentía náuseas, durante el día le daba una debilidad extraña. Pero no quería ir al médico; temía que le dijeran que era estrés o cansancio. Y admitir estrés significaba admitir que la presencia de su suegra la estaba ahogando. ¿Cómo decir eso en voz alta?


A mediados de septiembre empezó el caos en la oficina. Hacienda pedía reportes urgentes corregidos y los tres contadores, incluida Ana, se quedaban hasta tarde. Llegaba a casa a las nueve o diez de la noche, exhausta y con dolor de cabeza.

El departamento la recibía con luces cálidas, olor a cena y la voz de doña Carmen.

– Anita, por fin llegaste. Alejandro y yo ya cenamos; te dejé en la olla, caliéntalo. Solo no muevas las cosas de la estufa, las dejé así porque es más cómodo.

Ana asentía, calentaba la comida que apenas podía tragar. Alejandro llegaba, le daba un beso en la mejilla y le contaba su día. Doña Carmen se sentaba cerca, tejiendo o hojeando una revista, siempre presente. El aire del departamento parecía más denso.

– Ale, ¿me parece a mí o tu mamá piensa quedarse mucho tiempo? –preguntó Ana una noche, ya en la oscuridad del dormitorio.

– Pues la reparación todavía no termina –murmuró él medio dormido–. Aguanta un poco más. Allá no puede vivir todavía.

– Pero ya van dos meses…

– Ana, es mi mamá. Está sola, le cuesta trabajo. ¿No puedes ponerte en su lugar?

Algo dolió en el pecho de Ana. Se calló, se dio la vuelta hacia la pared. Alejandro se durmió en un minuto; ella se quedó con los ojos abiertos, escuchando cómo al otro lado de la delgada pared se movía doña Carmen.

Al día siguiente la suegra la recibió con una nueva propuesta.

– Anita, he pensado que los sábados puedo ayudarte con la limpieza. Te veo muy cansada. Entre las dos terminamos más rápido.

Ana quiso negarse, pero doña Carmen ya había sacado cubeta, trapeador y trapos. Limpiaron juntas y la suegra no paraba de comentar.

– Ay, aquí atrás de la estufa está muy sucio, hay que pasar la aspiradora. Y las cortinas ya necesitan lavarse, mira qué polvosas. ¿Cómo limpias el refrigerador? Debería ser cada quince días, si no crían bacterias.

Ana escuchaba, asentía, frotaba y lavaba, y con cada observación sentía cómo crecía dentro de ella un sordo enojo. Pero no podía decir nada fuerte. Doña Carmen ayudaba, se esforzaba, se preocupaba. ¿Cómo reprocharle?

A finales de septiembre Ana comprendió que en su propio departamento se sentía como invitada. Inexperta, torpe, nunca suficiente. Doña Carmen controlaba la cocina, el baño, hasta la lavandería. Lavaba y planchaba la ropa de Alejandro, la doblaba de una forma especial y le ponía almidón a las camisas.

– A Alejandro le encanta que la camisa quede bien tiesa –decía con sonrisa tierna–. Desde niño lo acostumbré al orden.

Ana lavaba su ropa por separado, en los pocos ratos en que la lavadora estaba libre. A veces sentía que se movía por su propia casa como de puntillas, intentando no molestar, no irritar, no ser vista.

Por las noches tenía sueños extraños. Caminaba por pasillos interminables buscando su habitación, pero todas las puertas estaban cerradas. O estaba en la cocina intentando cocinar, pero las ollas, platos y alimentos se le desaparecían de las manos.

Despertaba sudando frío, con el corazón desbocado, y se quedaba largo rato escuchando la respiración de su marido. A veces quería despertarlo, contarle lo pesado que se sentía todo, lo asfixiante. Pero las palabras se le quedaban atoradas en la garganta. ¿Qué iba a decirle? ¿Que su mamá la estaba aplastando con tanto “cariño”? ¿Cómo sonaba eso?


El primero de octubre empezaron las cosas realmente raras.

Ana despertó con náuseas fuertes. Apenas alcanzó el baño y vomitó. Mientras se lavaba la cara, pálida y temblorosa, escuchó al otro lado de la puerta la voz preocupada de doña Carmen.

– Anita, ¿estás bien? ¿Llamo al doctor?

– No, no, estoy bien –respondió con voz ronca–. Debe ser algo que comí.

– ¿Algo que comiste? –en la voz de la suegra había un tono ofendido–. Ayer hice tortitas de carne con carne fresca, yo misma la revisé. Alejandro comió y no le pasó nada, y tú en cambio…

– Doña Carmen, no es por las tortitas. Es que tengo el estómago delicado.

Todo el día la debilidad no la abandonó. En el trabajo apenas podía mirar la pantalla; los números se le borraban. Su compañera Mariana se preocupó.

– Ana, te ves fatal. ¿Por qué no te vas a casa?

– No puedo, mañana entregamos los reportes.

– La salud es primero. Ve al médico.

Pero Ana no fue. Regresó tarde y doña Carmen la recibió con cara casi hostil.

– Toda la tarde estuvimos preocupados. Alejandro también. ¿Entiendes que nos asustas?

– Perdón, mucho trabajo.

– Trabajo… siempre el trabajo primero. ¿Y la casa? ¿Y la familia? Tu marido pasó la tarde solo; al menos yo lo cené como Dios manda.

Ana se metió en la recámara, cerró la puerta y se dejó caer en la cama. Le estallaba la cabeza. A través de la pared llegaban las voces apagadas de doña Carmen y Alejandro. No entendía las palabras, pero las entonaciones eran claras: la suegra se quejaba y Alejandro la consolaba.

Ana apretó la almohada y pensó que le gustaría gritar con todas sus fuerzas hasta quedarse sin voz. Pero, como siempre, se quedó callada.

Al día siguiente, mientras se vestía para ir a la oficina, descubrió que su blusa blanca favorita de seda tenía una mancha amarillenta extraña en el cuello. La noche anterior estaba impecable, Ana estaba segura.

– Doña Carmen, ¿sabe qué le pasó a mi blusa? –preguntó al salir a la cocina.

La suegra se volvió desde la estufa con cara de sorpresa.

– ¿Qué blusa?

– La blanca. Estaba limpia y ahora…

– Anita, yo no toco tus cosas. ¿No te habrás echado algo encima y no te acuerdas?

Ana la miró a la cara redonda de ojos inocentes y comprendió con claridad que su suegra mentía. Lo sabía. Lo había hecho ella.

Pero no había pruebas, y Ana volvió a callar. Se puso otra blusa y salió con una piedra pesada en el pecho.

Las rarezas continuaron. Desapareció su taza favorita, la grande de cerámica que Alejandro le había regalado en su cumpleaños. No apareció. Doña Carmen se encogía de hombros.

– A lo mejor se rompió y la tiraste. Yo no la vi.

Luego, en el baño, el shampoo de Ana se acabó de la noche a la mañana, casi lleno. Doña Carmen abrió los brazos.

– Qué raro. A lo mejor se derramó. Sucede con estas tapas.

Ana dejó de preguntar. Sentía que cada día se hundía más en un estado viscoso e irreal. De día trabajaba en automático, por las noches se quedaba en la cocina con la laptop porque no quería entrar a la habitación que ocupaba su suegra. Alejandro se volvió más callado e irritable. Varias veces casi pelearon.

– Ana, últimamente estás muy nerviosa –le dijo una vez–. ¿Es por el trabajo?

– No. No es el trabajo.

– ¿Entonces por qué?

Ella lo miró y quiso decirle la verdad: que no soportaba la presencia constante de su madre, que se ahogaba, que se sentía extraña en su propia casa. Pero las palabras se le atoraron, como siempre.

– Solo estoy cansada. Perdón.

Él la abrazó y le besó la sien.

– Aguanta un poco más. Mamá pronto se va, ya hablé con ella. La reparación casi termina.

Pero la reparación no terminaba. Cada semana doña Carmen llamaba a los albañiles y regresaba con cara preocupada.

– Dicen que ya falta poquito. Están poniendo el papel tapiz y los zócalos. Otra semanita y listo.

Las semanitas se convertían en meses.


A finales de octubre Ana se dio cuenta de que ya casi no dormía. O dormía, pero era un sueño ligero y angustiado, y despertaba hecha pedazos. Tenía ojeras profundas y las manos le temblaban.

Una noche despertó por un ruido extraño: un arrastrar suave, un susurro. Venía de la habitación de doña Carmen. Ana se incorporó y escuchó. El ruido se repitió y luego todo quedó en silencio.

Por la mañana le preguntó a su suegra si había oído algo.

– No, hijita, duermo como piedra. ¿Por qué?

– Me pareció que alguien caminaba.

– Seguro fue un sueño. Los nervios, ya te lo digo, deberías ir al médico.

Unos días después Ana percibió en el departamento un olor extraño: dulce, como a cera. Como en una iglesia. Recorrió todas las habitaciones y se dio cuenta de que era más fuerte cerca de la puerta de la habitación de su suegra.

– Doña Carmen, ¿está quemando velas? –preguntó por la noche.

– ¿Velas? No, ¿para qué? ¿Por qué lo preguntas?

– Huele a cera.

– No sé, Anita. A lo mejor viene de los vecinos por el ducto de ventilación.

Pero el olor regresaba una y otra vez, siempre de noche, siempre leve pero claro. Ana empezó a despertar por él y se quedaba en la oscuridad sintiendo cómo el miedo le apretaba la garganta.

Un día, cuando doña Carmen no estaba, entró en esa habitación. Todo parecía normal: el sofá tendido, revistas apiladas, violetas en la ventana. Abrió el armario. La ropa colgaba ordenada. Abajo estaban las maletas y la famosa caja amarrada con mecate.

Ana se agachó y estiró la mano hacia la caja, pero escuchó la puerta de entrada. Se levantó de un salto y salió corriendo. Doña Carmen entraba con bolsas del supermercado y sonrió.

– Anita, ¿ya estás en casa? Pensé que estabas trabajando.

– Me sentí mal y pedí permiso.

– Ay, pobrecita. Acuéstate, te preparo un tecito.

Esa misma noche volvió el olor a cera. Y al ir al baño, Ana vio de reojo que en la repisa del pasillo estaba la foto de ella y Alejandro que siempre estaba en la cómoda de la recámara. La levantó. El vidrio estaba intacto, pero su rostro en la foto tenía rayones finos, como hechos con una aguja.

El corazón le latió tan fuerte que le zumbaban los oídos. Se quedó mirando la imagen arruinada con las manos temblorosas.

– Ana, ¿qué haces ahí parada? –preguntó Alejandro saliendo de la recámara y bostezando.

– Ale… mira.

Él tomó la foto, frunció el ceño.

– ¿Qué es esto?

– No sé. Acabo de encontrarla.

– Qué raro. A lo mejor se cayó y se rayó.

– El vidrio está entero. Es la foto la que está rayada.

– ¿Cómo rayada?

Ana se la mostró. Alejandro la examinó y se encogió de hombros.

– Tal vez fue un defecto de impresión y no nos dimos cuenta antes.

– ¡Alejandro, esto no es defecto de impresión! ¡Alguien lo hizo a propósito con una aguja!

– ¿Quién? –la miró desconcertado–. ¿Quién haría eso?

Ana se calló. Los dos sabían quién más vivía en la casa. Pero decirlo en voz alta era una locura.

– Debo haberme equivocado –murmuró–. Perdón.

Esa noche no durmió nada. Se quedó mirando el techo, escuchando los suaves ronquidos de Alejandro y los ruidos detrás de la pared.


Noviembre trajo el frío. Ana sentía frío todo el tiempo. Se ponía un suéter grueso incluso dentro de casa, pero el frío parecía venir de dentro. Las náuseas matutinas empeoraron. Casi no comía, solo tomaba té y galletas saladas cuando doña Carmen no la veía.

– Anita, te estás poniendo muy enfermita –decía la suegra con preocupación aparente, pero en sus ojos brillaba algo distinto. ¿Satisfacción? A Ana se lo parecía.

En el trabajo su jefa la llamó y le preguntó con suavidad si todo estaba bien.

– Ana, últimamente estás cometiendo errores. Ayer confundiste las cantidades en el reporte, anteayer pusiste mal la fecha. Eso no es propio de ti.

– Perdón, licenciada. No volverá a pasar.

– ¿Segura que estás bien de salud? ¿Quieres tomarte unos días?

Tomarse días. Ana imaginó quedarse en casa, en el departamento donde cada rincón tenía la presencia de doña Carmen, y todo se le contrajo.

– No, gracias. Estoy bien.

Pero no estaba bien. Se hundía en un estado crepuscular. De día trabajaba moviendo números automáticamente, por la tarde se quedaba en la cocina mirando al vacío. Alejandro intentaba hablar con ella, pero respondía con monosílabos. Él se enojaba, se encerraba.

– Ana, no entiendo qué pasa. Te estás alejando, ¿estás aquí siquiera?

– Perdón. Estoy muy cansada.

– ¿De verdad no quieres ir al médico? Mamá dice que casi no comes.

Mamá dice. Ana levantó la mirada.

– Tu mamá habla mucho.

– ¿Qué? –frunció el ceño.

– Nada. No importa.

Se levantó y se fue a la recámara. Alejandro no la siguió.

Días después ocurrió lo que rompió el frágil equilibrio.

Ana regresó más temprano, alrededor de las seis. Normalmente a esa hora doña Carmen veía telenovelas o hablaba por teléfono con sus amigas. Pero el departamento estaba en silencio. Demasiado silencio.

Ana se quitó los zapatos, fue al baño a lavarse la cara. Mientras se secaba, escuchó un sonido. Una voz. Monótona, susurrante. Venía de la habitación de su suegra.

Se quedó inmóvil. Escuchó. La voz continuaba, las palabras eran ininteligibles, la entonación extraña, como… una oración. Pero no exactamente.

Ana se acercó despacio a la puerta entreabierta. Dentro había luz. En la mesa ardían dos velas gruesas de iglesia con llama amarilla.

El corazón le golpeaba con fuerza. Empujó la puerta.

Doña Carmen estaba de espaldas, inclinada sobre la mesa. Delante tenía una foto grande de Alejandro de su graduación universitaria y otra de Ana. El rostro de Ana estaba tachado con una cruz negra de marcador.

Ana vio cómo su suegra movía la mano sobre las fotos murmurando algo y que entre sus dedos brillaba una aguja larga de coser. Doña Carmen se inclinó y acercó la aguja a la foto de Ana.

– Doña Carmen –la voz de Ana sonó ronca, ajena.

La suegra se volvió bruscamente. Estaba pálida, con los ojos muy abiertos.

– Anita… tú… no te esperaba…

– ¿Qué está haciendo?

Doña Carmen bajó rápido la mano y escondió la aguja. En su rostro apareció primero desconcierto y luego irritación.

– No estoy haciendo nada. No es asunto tuyo.

– Velas. Fotos. ¿Qué es esto?

– ¡Te dije que no es asunto tuyo! –la voz de la suegra subió de tono–. ¡Sal de mi habitación!

Algo se rompió dentro de Ana. Todo lo que había acumulado durante meses —cansancio, rabia, miedo— salió en una sola ola.

– ¿Su habitación? –dio un paso adelante, temblando–. ¡Esta es MI casa! ¡MI departamento! ¡Y esta es MI habitación donde usted lleva tres meses viviendo! ¡Tres meses!

– Ana, no grites…

– ¡Voy a gritar! Usted… está aquí con velas y agujas, rayando mis fotos, dañando mis cosas, envenenándome la vida.

– ¡Yo no he dañado nada! –doña Carmen se irguió con fría furia en el rostro–. ¡Tú eres la que lo está destruyendo todo! ¡Tú has hecho infeliz a mi hijo! Con otra mujer ya tendría hijos y una familia de verdad, pero tú… ¡solo trabajo y trabajo! ¡No eres esposa, eres una carga!

Las palabras golpearon como una bofetada. Ana respiraba agitada, con lágrimas quemándole los ojos.

– Usted… ¿cómo se atreve…?

– Me atrevo porque soy su madre. ¡Yo lo parí, lo crié sola, sin marido! ¡Le di toda mi vida! ¿Y tú quién eres? La primera que se lo llevó.

– ¿Se lo llevó? –Ana casi se ahogó de indignación–. ¡Nosotros nos amamos! ¡Somos una familia!

– ¿Familia? –la suegra sonrió con desprecio–. ¿Qué familia? Ni siquiera puedes darle un hijo. Mírate, seca y enferma. No eres para él.

Algo se rompió definitivamente. Ana se acercó a la mesa, tiró las velas al suelo. Una se apagó, la otra siguió ardiendo de lado. Tomó su foto tachada y la rompió por la mitad.

– Váyase –dijo en voz baja pero firme–. Salga de mi departamento. Ahora mismo.

– ¿Qué? –doña Carmen palideció–. No te atrevas…

– ¡Sí me atrevo! ¡Soy la dueña de mi casa y le ordeno que se vaya! Recoja sus cosas y váyase.

– ¡Alejandro no te lo va a perdonar!

– ¡Eso lo arreglo yo con Alejandro! ¡Usted ya no se queda aquí ni un día más, ni una hora!

La puerta del departamento se abrió. Alejandro había regresado. Al oír los gritos corrió a la habitación.

– ¿Qué está pasando aquí?

Doña Carmen se lanzó hacia su hijo y lo agarró del brazo.

– Alejandro, ¡me está corriendo! Tu esposa me insulta y me echa a la calle.

Alejandro miró a su madre, luego a Ana. Ella temblaba, con la foto rota en las manos y lágrimas en las mejillas.

– Ale –dijo con voz temblorosa–. Mira. Mira lo que estaba haciendo.

Le mostró la mesa, las velas en el suelo, las fotos, la aguja. Alejandro se quedó callado observando todo; su rostro cambió lentamente: desconcierto, comprensión y luego horror.

– Mamá… ¿qué es esto?

– Nada, hijito, solo… estaba rezando por ti…

– ¿Con aguja? ¿Con fotos tachadas? –su voz se volvió dura–. Mamá, ¿qué demonios?

– ¡Quería ayudarte! ¡Ella no te conviene, yo lo veo!

– ¡Cállate! –gritó Alejandro. Tanto Ana como doña Carmen se sobresaltaron. Nunca lo habían oído gritarle así a su madre–. ¡Simplemente cállate!

Fue al armario, sacó la maleta y la tiró sobre el sofá.

– Empaca. Te llevo a la estación de autobuses. Ahora mismo.

– Alejandro…

– ¡Ahora mismo!


Una hora después doña Carmen se iba. Empacaba en silencio, con el rostro pétreo. Alejandro la ayudaba, también en silencio. Ana permanecía en el pasillo apoyada en la pared, sintiendo que las últimas fuerzas la abandonaban.

Cuando las maletas estuvieron listas, doña Carmen se detuvo en la puerta y miró a Ana largo y pesado.

– Te vas a arrepentir.

Ana no respondió. Alejandro tomó las maletas y salió. Doña Carmen lo siguió. La puerta se cerró.

Ana se quedó sola.

El silencio del departamento era ensordecedor. Entró en la habitación que había ocupado su suegra y miró alrededor. La mesa con restos de cera, las fotos, las velas volcadas. Lo recogió todo, lo sacó al balcón y lo tiró a la basura.

Luego abrió la ventana de par en par, dejando entrar el aire frío de noviembre. Se quedó mirando el cielo oscuro y los techos mojados, y por primera vez en mucho tiempo sintió que podía respirar a pleno pulmón.

Alejandro regresó muy tarde, pasada la medianoche. Se veía agotado. Entró en la recámara y se dejó caer en la cama.

– La dejé en el autobús a Guadalajara.

Ana se sentó a su lado y le tomó la mano.

– Perdón.

– ¿Por qué?

– Por todo. Por cómo terminó.

– Ana, no. Yo soy quien debe pedir perdón. No vi… no quise ver. Pensaba que solo estabas cansada por el trabajo. Y resultó que…

Se calló y se frotó la cara con las manos.

– Se volvió loca. No sabía que era capaz de eso.

– Ale, está sola. Perdió a tu papá y solo te tiene a ti. Para ella eres todo.

– Eso no justifica nada. Lo que hizo… duele. No es normal.

Se quedaron en silencio. Luego Alejandro la abrazó con fuerza y Ana sintió que él también temblaba.

– Tuve miedo de perderte. Estas últimas semanas estabas tan lejana, tan… extraña. Pensé que ya no me querías.

– No. Solo… me estaba ahogando.

– Ya no te vas a ahogar. Te lo prometo.

La mañana siguiente fue extraña. Ana despertó con el sol que se colaba entre las cortinas. Se sentó en la cama y escuchó. Silencio. Ningún paso en la cocina, ningún ruido de ollas, ninguna voz de doña Carmen.

Se levantó y recorrió el departamento. Abrió la puerta de aquella habitación. Vacía. Solo el sofá, la mesa y los estantes vacíos. Su habitación. Otra vez suya.

En la cocina Alejandro preparaba café. Se volvió cuando ella entró.

– Buenos días.

– Buenos días.

Desayunaron juntos. Estaba extrañamente silencioso, pero tranquilo. Ana comió una tostada con mantequilla y no sintió náuseas. Primera vez en muchos días.

– Ana, de verdad tienes que ir al médico –dijo Alejandro–. Te ves muy mal. ¿Te agendo para hoy?

– Sí.

La agendó para el día siguiente con una doctora en la clínica. Ana fue al trabajo y por primera vez en mucho tiempo se sintió… no del todo bien, pero más ligera. Como si le hubieran quitado un peso enorme de los hombros.

Por la noche, sentados en el sofá, Alejandro la abrazó.

– Sabes, estuve pensando en mamá. No ha llamado desde entonces.

– ¿Crees que está enojada?

– Seguro. Pero… Ana, no puedo cortar completamente la relación. Es mi mamá. Pero tampoco te voy a perder a ti. Nunca.

– Entiendo.

– Cuando todo se calme, tal vez venga de visita. No a quedarse, solo de visita. Un día. Hablamos y arreglamos todo.

Ana asintió. Dentro de ella aún vivía el miedo, pesado y frío, pero comprendía que no podía exigirle a Alejandro que rompiera del todo con su madre. Era su mamá.


Al día siguiente Ana fue al médico. La doctora, una mujer mayor de rostro amable, escuchó sus quejas de náuseas, debilidad y falta de apetito. Le hizo algunas preguntas.

– ¿Cuándo fue tu última regla?

Ana pensó. Y de pronto se dio cuenta de que no lo recordaba. Habían pasado tantas cosas que había perdido la cuenta del ciclo.

– Hace mucho. Más de un mes, creo.

– Entiendo. Vamos a hacerte una prueba de embarazo.

Ana se quedó helada. ¿Embarazada? Ni siquiera lo había considerado. No podía pensar en eso cuando todo se derrumbaba a su alrededor. Pero ellos no se cuidaban; querían un hijo… algún día. Más adelante.

La prueba dio positivo.

– Felicidades –sonrió la doctora–. Aproximadamente seis semanas. Las náuseas y la debilidad son síntomas clásicos del primer trimestre. Te voy a referir con la ginecóloga para que te inscribas al control prenatal.

Ana salió del consultorio aturdida. Embarazada. Estaba embarazada. Un bebé. El hijo de ella y Alejandro.

Se sentó en una banca del pasillo de la clínica y lloró en silencio, con la cara entre las manos. Lloró de alivio, de alegría, de miedo, de todo a la vez.

Por la noche se lo contó a Alejandro. Al principio no lo creía, luego la levantó en brazos, la hizo girar y la llenó de besos.

– ¿De verdad? ¿De verdad?

– De verdad. Seis semanas.

– Yo… ni siquiera sé qué decir. Ana, esto es… ¡increíble!

Se quedaron en la cocina tomados de las manos. Alejandro no paraba de repetir que la amaba, que todo iba a estar bien, que haría todo lo necesario para que ella y el bebé estuvieran bien.


Pasaron tres semanas. Doña Carmen no había llamado. Alejandro intentó comunicarse un par de veces, pero ella no contestaba. Luego mandó un mensaje corto: «Estoy bien, no te preocupes». Nada más.

Ana se recuperaba poco a poco. El malestar seguía, pero era soportable. Comía más, tenía más energía. Por las noches ella y Alejandro arreglaban la habitación que volvía a ser su despacho. Quitaron los rastros de doña Carmen, cambiaron los muebles de lugar y compraron cortinas nuevas.

El departamento se transformó. Se volvió más ligero, más luminoso. Ana volvió a cocinar los platillos que le gustaban. Alejandro la ayudaba y se reían en la cocina como antes, antes de que llegara doña Carmen.

Una noche, acostados en el sofá, Alejandro la abrazó por los hombros.

– Ana, estuve pensando en mamá. Cuando nazca el bebé seguro querrá venir.

– Seguramente.

– ¿Tú… te opondrías?

Ana guardó silencio un momento. Luego se volvió hacia él.

– Que venga. De visita. Un día. No se quedará a dormir nunca más. Esa es mi condición.

– De acuerdo.

– Y al principio no la dejaré sola con el bebé. Tal vez después, cuando pase el tiempo y vea que ha cambiado… pero ahora no.

– Entiendo. Y estoy totalmente de acuerdo.

– Ale, no quiero ser mala. No quiero pelear con ella. Pero no puedo permitir otra vez que destruya nuestra vida. No quiero que nuestro hijo crezca en un ambiente de tensión constante.

– No habrá tensión. Habrá límites. Claros y firmes. Mamá los aceptará o no. Pero nosotros no vamos a sacrificar nuestra paz.

Ana se apretó contra él y cerró los ojos. Fuera llovía y golpeaba en la ventana, pero dentro del departamento hacía calor y reinaba la calma.

– ¿Crees que nos va a salir bien? –preguntó en voz baja.

– ¿Qué cosa?

– Todo. El bebé, la familia, la relación con tu mamá.

– Nos va a salir bien. Seguro. Porque estamos juntos. Y ahora sabemos lo que no queremos repetir.

Ana asintió. Dentro de ella aún vivía el miedo y la incertidumbre. No sabía cómo serían las cosas con doña Carmen en el futuro. No sabía si aceptaría los límites o volvería a invadir, manipular y presionar.

Pero en ese momento se sentía fuerte. Más fuerte que nunca. Había sido capaz de decir “no”. Había defendido su casa, su vida y su derecho a ser ella misma.

– Ale –dijo poniendo la mano sobre su vientre, donde crecía su hijo–. Prométeme que si vuelve a ser difícil, me vas a escuchar. No harás como si todo estuviera normal.

– Te lo prometo. Te voy a escuchar. Siempre.

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Elena Gante
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La dueña de su casa. (Relato)
«Un año sin trabajar… y yo cargando con todo.»