Échalo a la calle. Encontré bajo la nieve al gato doméstico de la vecina y su dueña se negó a rescatarlo

Tira al gato a la calle, dijeron. Esa es la historia de cómo encontré al gato doméstico del vecino debajo de la escarcha, y la dueña prefirió que sobreviva el más fuerte.

Carmen jamás sintió antipatía por los gatos, pero siempre miró con recelo al minino de la vecina. Era un enorme y descarado atigrado que consiguió sacarla de quicio un día de verano.

Esta historia va de cómo, pase lo que pase, hay que seguir siendo persona.

Aquel verano, el gato del vecino, Pancho, decidió que el huerto de Carmen era el mejor cuarto de baño de toda Segovia. Más de una vez se lo encontró hurgando entre los tomates, como si estuviera excavando en busca de una tabla del siglo XVI. Entre gritos y zapatillas volando, Pancho no se inmutaba; salía corriendo con dignidad, la cola en alto. El chalet de Carmen era chiquitito, una casa fuerte de abuela, a las afueras del pueblo, cerca de la ciudad.

Bastaba con caminar unos metros para sentir uno estar en plena Castilla profunda, pero al cruzar la carretera ya veías el centro de Segovia a un paso. Cuando la abuela vivía, Carmen adoraba ir a desconectar allí. Y hasta después de que la abuela se fuera, seguía yendo con las amigas: sauna casera, chuletillas a la brasa, y una expedición salvaje al pinar a por níscalos. Paz, aire puro y campo, un plan perfecto. Además, en el pueblo vivía su prima segunda, la hija de Tito Claudio, el hermano de su madre. De niñas no se despegaban. Con el huerto, el río y las aventuras, aburrirse era imposible.

Carmen plantaba unas poquitas cosas: unos rábanos, algo de lechuga, y una hilera de cebollino. Mi huertito, pensaba ella pero Pancho se lo tomaba como parque de atracciones. Carmen se hartó y fue a ver a la dueña de Pancho, la tía Rosario, una señora con menos tacto que un perchero. ¿Y qué quieres que haga, Carmen? ¿Me pongo a vigilarle, o qué? Tírale un ladrillo si te atreves, porque yo ya he tirado la toalla.

El caso es que Rosario nunca quiso gatos. Pancho era cosa de su difunto marido, Don Manuel. A mí los gatos ni regalados, se quejaba, muy entregada a su cariño por los perros. El pobre Manuel le dejó el gato como herencia forzosa cuando se murió unos años atrás.

Pancho, la verdad, se las apañaba solo. Cazaba ratones como si fueran premios, y decían por ahí que incluso pillaba truchas en el río. Antes, ni corto ni perezoso, acompañaba a Manuel a pescar. Solo necesitaba techo y una estufa para pasar el temporal.

Pero Carmen y Pancho comenzaron una auténtica guerra fría. Ella le hablaba, le sobornaba con restos de jamón york, pero Pancho, muy digno, ni los miraba. Se quedaba a una distancia prudente, entre el desdén y el desinterés.

Un día Carmen, harta, le echó agua helada con la manguera. Otro, salió a desherbar con un silbato y al ver a Pancho en sus dominios, persiguió el minino dando pitidos como árbitra escandalizada. Al final, ambos exhaustos, Pancho saltó la verja y desde el otro lado, le dedicó una mirada reprobatoria: Esto no estaba en el contrato, señora. Carmen acabó riendo en el suelo.

Rosario, la dueña, miraba la escena tras el seto, partíéndose de la risa, más aún porque por fin tenía lo que siempre quiso: ser perrera. Su hija le había dejado el verano a una diminuta perrita toy llamada Pelusa, y Rosario se dedicaba a mimarla. Carmen, por su parte, solucionó el lío del huerto echando tres sacos de virutas detrás de las ortigas, en el rincón más feo del jardín.

Pancho entendió la indirecta y trasladó allí sus excavaciones. Carmen hizo la señal de la cruz por lo bajo. Sin embargo, notó que Pancho seguía observándola: desde los arbustos, desde el tejado, a través de las rendijas de la valla. Un día, ya de noche, salió al patio, y casi muere del susto al ver unos ojos verdes fosforitos en la penumbra. Su grito seguro se oyó hasta en Ávila. Carmen siempre mantenía la distancia, jamás se fiaba de cuándo aparecería Pancho.

Pasó el verano entre disfraces de jardinera y ataques al huerto, hasta que llegó septiembre, y la rutina de la universidad le obligó a volver a la ciudad. Volvía al pueblo solo algunos fines de semana.

Y en una de esas escapadas, nada más salir por la puerta una gélida mañana, vio en el porche trasero un bulto cubierto de escarcha. Era Pancho. El pobre estaba completamente blanco por la nieve, con carámbanos en los bigotes. No se movía, no levantó el rabo, ni fuerza tenía para bufar. Carmen le quitó la nieve y, suavemente, lo acarició. El gato, intentando maullar, ni aire sacó; se abrió la boca muda, como una caricatura lastimera.

Carmen lo cogió y lo entró en casa. Lo envolvió en una manta, le calentó las patitas, y hasta le derritió el hielo del hocico con una toalla templada. Pancho ni se resistía; era un trapo. Carmen, tras dejarle junto a unas botellas de agua caliente, se fue a ver a Rosario.

Pero Rosario era un muro de piedra. Ese gato vive en el cobertizo. ¡Me ha orinado el sofá y ha intentado hacerle la guerra a Pelusa! Que no entre más en casa. Donde se apañe, me da igual. Resulta que desde que llegó Pelusa, Pancho la tomó como rival y se pasó el verano haciendo de las suyas. Así que Rosario, entre cabreada y resignada, lo echó del salón al cobertizo.

Sobrevivió al verano, eso sí. Pero el invierno en un cobertizo de tablas era otra cosa. Carmen intentó razonar con la vecina: el gato era antes un tipo fuerte, ahora tiritaba de frío Nada, Rosario seguía en modo Guardia Civil: Le echo pienso en el cuenco y que beba nieve. No se morirá de hambre. ¡Tira el gato a la calle si no te gusta!.

Volviendo a su casa, Carmen por fin entendió que no era coincidencia: Pancho había venido a su puerta buscando ayuda, después de todo un verano de guerra por el huerto.

Carmen empezó a llamar a medio pueblo, a ver si alguien necesitaba un gato enorme y con carácter. Nada, ni una oferta. Su prima sugería meterlo en la cuadra con la vaca y los cerdos, que haría más calor al menos, pero en la casa ya tenían dos felinos.

Cuando Pancho recuperó algo de calor, salió de la manta, se acercó a Carmen, y se le quedó mirando con esos ojos que solo tienen los gatos cuando saben que su vida está en tus manos. Carmen, resignada, llamó a su madre. A mamá nunca le gustaron los bichos en casa, pero al recordar lo majo que fue Don Manuel en su día, cómo ayudaba a la abuela con todo y repartía raspa de trucha para las vecinas, le enterneció el alma. Hasta se le saltó alguna lagrimita, pensando en la suerte que tiene el gato de seguir vivo.

La decisión estaba tomada.

Carmen fue al súper, compró un transportín de plástico, colocó a Pancho delicadamente dentro y, junto a la estufa y un paquete de chuches para gatos, se lo llevó a su pisito en Segovia. Allí, para Pancho, comenzaba una vida nueva.

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Elena Gante
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Échalo a la calle. Encontré bajo la nieve al gato doméstico de la vecina y su dueña se negó a rescatarlo
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