Iván ha frito unas patatas y ha abierto un bote de pepinillos. Hoy hace un año que su Elena ya no está. De repente, llamaron a la puerta.

Juan ha frito unas patatas, ha abierto un bote de pepinillos. Hoy se cumple un año desde que su Lucía se fue. De pronto, llaman a la puerta. Has venido Juan sonríe al ver a su vecina Verónica en el umbral, y la invita a pasar. Se sientan, guardan silencio un momento, recuerdan a Lucía. De repente, Juan saca un sobre del bolsillo. Verónica, este sobre me lo dio Lucía justo antes de que se fuera le explica Juan, entregándole el sobre. Pero si esto es para ti… se sorprende Verónica. Lee, y lo entenderás todo le dice Juan en voz baja. Verónica abre el sobre, lo lee y se queda sin aliento.

Su yerno prometió recoger a doña Verónica el sábado por la mañana. Da pena irse de la casita del campo, pero ya acaba octubre. Han cortado el agua, es hora de volver a casa.

¡Veróniiiiica! Doña Verónica, ¿estás en casa? el vecino de la finca, don Juan, llama a la puerta.

Pasa, Juan, sigo por aquí. Estoy recogiendo las cosas, mi yerno me dijo que venía pasado mañana a buscarme. Seguro que me riñe porque siempre llevo mil bolsas. Pero, ¿qué puedo hacer? Si casi todo es cosecha, no son cosas mías. Manzanas secas, este año fue buenísimo para los manzanos. Pepinillos, pisto, mermelada. ¿Y a quién se lo voy a dejar todo? Si lo hago, es por ellos. A mí mucho no me hace falta.

Y que lo digas, Verónica. Yo también me preparo para volver, pero aguantaré hasta más tarde. Ahora el campo está precioso, el otoño es mi estación favorita. A Lucía le encantaba el otoño. Mira, Verónica, ¿te acuerdas cuando cerrábamos la temporada todos juntos? Tu Sergio aún vivía, éramos jóvenes, los niños pequeños… Ahora todo está más descuidado, pero antes todo limpio, los manzanos pequeñitos… Parecía que nunca crecerían. Eso, lo que te quería decir, Verónica. Hoy hace un año de Lucía. Me gustaría recordarla. No me apetece hacerlo solo, contigo será más fácil. ¿Te apetece venir? He hecho patatas fritas. Así recordamos juntos a Lucía. Además, tengo que hablar contigo. ¿Vienes?

Claro que sí, Juan. Toma, llévate unos pepinillos en vinagre caseros. En media hora estoy, que lo tengo todo empacado.

Sus familias habían sido amigas tantos años. Construyeron las casas juntos, plantaron los árboles, se ayudaron siempre. Cumpleaños de verano, todos juntos, verano era otra vida. Cada verano era vida nueva compartida. Ahora Verónica pasa el verano con los nietos, no tiene tiempo para la nostalgia. Sergio se fue hace siete años, pero Juan y Lucía habían seguido siendo sus vecinos y amigos. Bueno, fueron, porque Lucía se fue el otoño pasado. Se reía de que había perdido peso, decía que parecía una modelo. Y luego… Este verano fue raro, Juan no encontraba su lugar. Preparó la huerta, pero ¿para quién sembrar, si Lucía ya no está? Solo se escuchaba cómo trataba de arreglar cosas en el cobertizo, a menudo enfadado porque nada le salía. A Verónica sus hijos apenas le trajeron a los nietos. Unas veces al campamento, otras al mar de vacaciones. Y ella ni sabe para quién planta tanto. Riega, deshierba, en fin, para estar ocupada.

Verónica suspira, no hay mucho que decir. Se cambia y va a casa del vecino, ya lo había prometido.

Juan la espera. La mesa está puesta: patatas fritas, tomates, abre los pepinillos de Verónica:

Siéntate, Verónica, mañana vienen mis hijos. Pero hoy recordaremos a Lucía nosotros. Mira, encontré estas fotos viejas. Aquí está Sergio plantando contigo el cerezo. Y aquí volvemos del monte llenos de setas. Qué cestas más llenas. Y aquí la barbacoa… Mira la hoguera, Lucía cierra los ojos por el humo. Juan sirve un chupito de anís Brindemos, por los nuestros. Por Lucía, y por tu Sergio. Guardan silencio. Crujen los pepinillos. Juan saca un sobre del bolsillo:

Verónica, no te inquietes y escúchame. Lucía el pasado otoño se fue deprisa. En agosto nos marchamos de la casita del campo, pero aguantó, no se quejaba. Era muy fuerte. En casa repasamos toda nuestra vida, día por día, como si la viviéramos de nuevo. Veíamos juntos películas viejas, hablábamos de todo. Un día Lucía me dice: Juan, prométeme que harás lo que te pida. Pero no es un favor, es mi última voluntad. No digas nada, ambos sabemos lo que pasa. Y me da este sobre. Imagínate, lo escribió sabiendo que yo jamás lo tiraría. Léelo y Juan le da el sobre a Verónica.

Pero… esto no es para ti…

Tú lee, y lo entenderás.

Verónica abre el sobre y saca una hoja escrita con la letra de Lucía:

Juan, cariño, ¿qué se le va a hacer? Me voy antes. Pero la vida sigue, ¡vive por los dos! Mi deseo es que seas feliz. Eso no significa que me olvides. Es solo que me atormenta pensar que para ti todo acaba. No quiero mirar desde arriba y verte triste. No dudes de buscar la felicidad, a los dos nos gustaba tanto la vida. Quiero que no estés solo. Quizá encuentras a alguien, y que sepas que no me importa, es más, yo lo deseo. Ojalá fuera Verónica, siempre pensé que te caía bien. Es maravillosa, seguro lo entenderá. Pídele que viváis juntos, sería lo mejor para todos. Tú y yo nunca nos rendimos, ¿verdad? Por favor, vive a pesar de todo, Juan. Tuya, Lucía.

Verónica lo lee, lo relee, mira a Juan.

Le prometí hacer lo que Lucía me pidió en su carta. Quería que lo supieras, tú decides Juan está nervioso. Verónica, deberíamos intentarlo. Lo nuestro ha sido una amistad cariñosa, y eso es mucho. Nadie nos puede juzgar. Vivir y disfrutar cada día es una bendición, amargarse es pecado. Sé mi compañera, Verónica, te prometo que no te arrepentirás.

Verónica no sabe qué decir, la sorpresa es enorme. Mira a Juan y, finalmente, siente que en sus palabras hay verdad:

Vale, Juan, lo pensaré. Le diré a mi yerno que no me ha dado tiempo a recogerme, que me quedo una semana más.

Así quedó. Juan acompaña a Verónica a casa.

Esa noche Verónica no puede dormir. La decisión no es fácil. Toda su vida le pasa por delante de los ojos. Y casi al amanecer sueña con Sergio. Está de pie, se ríe: ¿Ves? Entre dos se vive mejor. Di que sí, Verónica. Yo no estoy en contra, es más, me alegra que no estés sola.

El verano siguiente, Verónica y Juan quitan la valla entre sus parcelas. Ahora tienen el doble de nietos correteando entre los árboles. Juan les ha hecho un columpio. Prepara la huerta y Verónica planta de todo, para toda la familia. Las nietas ayudan y ella les da una pequeña parcela. Los hijos, ya mayores, vienen los fines de semana. Se alegran de ver que sus padres no están solos, que se apoyan.

Quizá hay quien los juzgue. Pero arriba Lucía y Sergio sonríen, satisfechos. Su legado de felicidad, cumplido. Y la vida, por mucho que pase, sigue adelante.

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Elena Gante
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Iván ha frito unas patatas y ha abierto un bote de pepinillos. Hoy hace un año que su Elena ya no está. De repente, llamaron a la puerta.
Tía, ¿no querrías llevarte a tu hermanito? Sólo tiene cinco meses desde que nació, está muy débil por el hambre y tiene muchísimas ganas de comer…