Del odio al amor
Alonso siempre detestó a los perros. Desde aquel lejano día en que él, regordete pelirrojo de primero de primaria, con gafas enormes y la mochila repleta de libros y cuadernos, fue rodeado tras los edificios por una jauría de perros callejeros.
El líder de la manada, un can flaco y oscuro con manchas rojizas sobre el hocico, le observaba intensamente.
Alonso lloraba y les suplicaba que le dejaran ir, desmenuzando para ellos los bocadillos de chorizo que no se había querido comer en el recreo. Sin embargo, los perros se mantuvieron implacables.
El jefe, cada vez que el chaval intentaba moverse, levantaba el labio superior de la derecha, mostrando unos colmillos de un tono marfil viejo, y gruñía con un eco sordo que parecía venir de las profundidades de un sueño extraño.
La jauría le tuvo sitiado más de dos horas, tiempo suspendido como en una siesta de verano. De repente, el líder giró la oreja derecha hacia atrás, escuchó un sonido remoto, y corrió sin un ruido hacia el bosque fantasmagórico tras el descampado.
Los otros le siguieron en hilera, desvaneciéndose uno a uno entre los árboles como reflejos en el agua.
Alonso, secándose las lágrimas, apretó su mochila contra el pecho y echó a correr hacia casa flotando como si pisara nubes.
Pero su hogar había desaparecido: el viejo caserón de madera donde vivía con la familia y algún que otro vecino ardía aún un fogonazo de gas le había consumido.
En el incendio murió su abuelo, el abuelo de su padre, a quien el niño llamaba abuelico.
El abuelico había sido marinero, curtido por vientos salobres y olas, siempre oliendo a sal. Tenía bigote y barba blanca como la nieve; se la afeitaba solo una vez al año, tras los Reyes. Luego la dejaba crecer y la trenzaba, a veces la enrollaba y la sujetaba con una gomita de color, y otras se la echaba tras la oreja como si escondiera un secreto.
Alonso tartamudeó durante mucho tiempo tras la pérdida del abuelico y el encuentro con aquellos perros.
La segunda vez que un perro se cruzó en su vida, él ya era un adolescente más delgado y alto, con lentillas en vez de gafas y cierta sombra triste bajo los ojos. Había acompañado a casa a la más guapa del curso, Inés Salcedo.
A Inés la pretendía Samuel, el macarra del instituto, repetidor eterno y terror de todos. Pero aquel día, Alonso se atrevió a caminar junto a la chica a pesar de la sombra del matón.
De pronto, como surgido de una esquina torcida de la realidad, un perro enorme les cortó el paso, gruñendo y arrinconando a Alonso mientras Inés desaparecía tras el portal de su casa. El animal le apartó a empujones y, cuando la amenaza se desvaneció en el patio vecino, el chico soltó el aire contenido y se marchó tambaleante a su casa.
Al día siguiente en clase de matemáticas recibió una nota en el cuaderno, escrita con letra nerviosa:
No vuelvas a acompañarme. Ayer Samuel quería pegarte. Lo siento.
La amistad con Inés no cuajó, y su rencor hacia los perros se hizo aún más profundo.
Pasaron los años y Alonso creció. Estudió en Salamanca, se hizo empresario y su vida prosperó. Ganaba buenos euros, tejía redes de contactos, y la suerte tejía para él un destino amable.
Inés, aquella misma Salcedo, fue al cabo su esposa, y de su unión nació un niño brillante, Manolito, que llevaba el nombre del querido abuelico.
El pequeño, apenas de ocho meses, aún no decía palabra alguna, pero desde su cochecito sonreía a todos los perros y les saludaba:
¡Guau, guau!
Un domingo paseaban Alonso y su hijo por el Retiro, bajo el azul turbio de un cielo imposible, charlando de mirlos e invitando a las ardillas a comer pipas que depositaban, como si sembraran sueños, en comederos vibrantes de vida. Una ardilla les robaba nueces de la mano y Alonso creía ver en ella el ojo vivo del abuelo perdido.
Era hora de volver a casa. Abandonando el parque, empujó el carrito hacia el paso de peatones. Esperó el hombrecillo verde, cruzó el umbral del asfalto, y entonces…
¡De la nada, una salchicha roja, esa criatura extraña que solo aparece en los sueños, les interceptó! Ladraba tan fuerte y desesperada, impidiéndoles cruzar, que parecía que sus ladridos tejían una telaraña invisible.
En ese instante, un coche pasó rozando a apenas unos centímetros del carrito; acabó estampado contra una farola, liberando un enjambre de adolescentes que huyeron chillando en dirección opuesta al tiempo y la razón.
Alonso sentía su corazón golpearle el pecho, tan fuerte que pensó que los viandantes escucharían una campana.
La salchicha había desaparecido; extraños se arremolinaban junto al coche. Un hombre delgado le tocó el codo y le preguntó:
¿Estás bien, paisano? ¿La silla no la ha rozado el coche?
Alonso asintió con gruñidos confusos, el niño siempre a salvo, todo intacto.
El regreso a casa fue un salto en el vacío. Y no le contó nada a Inés, ¿para qué alimentar su ansiedad si todo había acabado bien? Pero en su corazón sentía ahora una extraña gratitud hacia aquella perra color canela que les había salvado; un agradecimiento que tejía puentes sobre antiguos miedos.
Aquella tarde meditó en silencio, repasando los tres encuentros oníricos con los perros. Ya no sentía miedo ni rencor: los animales le habían protegido siempre de la manera más inesperada. Inés le miraba curiosa, extrañada de su ensimismamiento, pero respetando su mutismo.
Al caer la noche salieron en familia a respirar la brisa de la plaza del barrio. Junto al banco del fondo, un grupo de vecinos cuchicheaba:
¿Y ahora qué hacemos? ¿Quién lo va a querer así?
Alonso, intrigado, asomó la cabeza por encima del hombro de un vecino y vio una caja de cartón sobre el banco. Dentro, un cachorro de chocolate sin ojosquizá un error del azar onírico. Los murmullos flotaban, quedos:
¿Y quién se queda a un perro tan dañado?
Pobrecillo, yo no podría…
Alonso se acercó. El cachorro gimoteaba y giraba la diminuta cabeza buscando un aroma familiar que solo existe en los sueños. El frío de primavera le erizaba la piel.
Sin pensárselo dos veces, se quitó la bufanda aún fresca la noche madrileña y con suavidad levantó al perrito, que también tenía las patas traseras torcidas, tal vez dobladas por el peso de las penas en el mundo de los sueños.
¡Madre mía! susurró una mujer, sofocando una lágrima.
Con la bufanda arropó al pequeño ciego y, acunándole como a un hijo soñado, Alonso murmuró:
Bueno, chiquitín, parece que ya me toca a mí…
Vamos, voy a presentarte a nuestra mamá, la mejor de todas. Seguro que encuentra leche fresca en la nevera para ti.
Y, con el cachorro dormido entre las manos, puso rumbo hacia la mujer joven y hermosa que esperaba al lado de la sillita, mirándole con unos ojos llenos de amor y de la promesa de nuevos comienzos.







