Colega
– Chicas, ¿quién tenía turno hoy para ordenar la sala de descanso? – Mariana colocó su taza de café caliente sobre la mesa y se volvió hacia sus compañeras. – ¡Ya basta! Ayer lo limpié todo yo sola y hoy está hecho un desastre otra vez. ¿Tan difícil es lavar tu taza y dejarla en su lugar?
– Había muchísimo trabajo – respondió Catalina en voz baja, escondiéndose detrás de su monitor. – El jefe López pasó durante el descanso y pidió los informes finales. Dejamos todo como estaba.
– ¿Y luego qué? – insistió Mariana. – ¿Tenían una cita y salieron corriendo todas juntas? ¿O pensaron que soy la empleada del hogar aquí?
Doña Luisa se levantó en silencio y se dirigió a la puerta.
– No te preocupes, Lu, ya lo ordené yo – dijo Mariana solo cuando la otra casi había salido. – Pero para la próxima, no se hace así. Si tomaron café, recogen lo suyo.
Luisa no contestó con palabras. Volvió a su sitio, sacó una carpeta nueva con documentos y cruzó una mirada con Catalina. Las dos le tenían un poco de miedo a Mariana: estricta, exigente, pero muy profesional. Había asumido la jefatura del departamento hacía poco. A diferencia de la joven Catalina o de la mayor Luisa, Mariana no temía perder su puesto y no le importaba demasiado la opinión ajena. Catalina intentaba imitarla, mientras que Luisa fingía neutralidad, aunque sabía perfectamente que muchas cosas dependían de Mariana.
En la oficina se hizo el silencio. Cada una intentaba concentrarse en su tarea, pero los pensamientos volaban en todas direcciones. A Luisa le dolía la cabeza desde la mañana; con los años, la sensibilidad al cambio de clima solo empeoraba. Tenía que sacar adelante a los hijos: el menor seguía portándose mal y la llamaban de la escuela casi a diario. La hija mayor vivía un nuevo romance, pero seguía peleando con el exmarido. Al final, quien pagaba las consecuencias era el nieto Alejandro, a quien había que recoger de la guardería y preparar para la escuela, porque en un año cumpliría siete. Los adultos estaban todo el día ocupados con sus problemas. Luisa misma le enseñaba a leer y escribir, y soñaba con algo sencillo: pasar una tarde tranquila con un libro o una serie. Pero hacía mucho que no tenía esa oportunidad: siempre había alguien que pedía algo o una nueva preocupación familiar que caía como avalancha.
Al marido Luisa lo había dejado ir hacía tiempo. El divorcio fue pacífico, sin dramas. Pablo regresó de un viaje de trabajo, planeaba casarse de nuevo y tendría otro hijo, una nueva familia. Hubo rabia y amargura, pero Luisa no las dejó quedarse. Decidió guardar solo los buenos recuerdos y aceptar lo que no se podía cambiar.
La llegada del nieto la distrajo de las tristezas: Alejandro se convirtió en su nuevo motivo para seguir. La hija no sabía ser mamá adulta, así que toda la responsabilidad recaía en Luisa.
– Mamá, es tu nieto. ¡Tienes que ayudarme! ¿Quién más, si no tú?
Luisa, con una pastilla para el dolor de cabeza en la mano, corría del trabajo a casa de su hija: empezaba el segundo turno. El hijo adolescente de quince años vivía su propia vida y no dejaba que su mamá se acercara a sus asuntos. Ahora Luisa entendía que antes había dedicado poco tiempo a los hijos y que solo podía esperar una gratitud formal por la ayuda económica y doméstica.
Catalina, en cambio, había crecido como la princesita de la casa: hija tardía y muy deseada, rodeada de cariño y atención. Su padre trabajaba como funcionario en Guadalajara; la niña estudió música, danza, pintura y dominaba idiomas extranjeros. Tras la muerte inesperada del padre, su mamá se volvió a casar y se mudó a otra ciudad, dejándole a la hija un departamento y un buen ahorro para sus estudios.
– ¡Sé feliz, Cata! Ahora todo está en tus manos – le dijo al despedirse.
Catalina no se quedó atrás: llamó a un amigo abogado de la familia, averiguó cómo pagar los servicios y dónde conseguir los papeles necesarios. Revisó las páginas de dos universidades en Ciudad de México y calculó que el dinero alcanzaría para un par de años; después tendría que trabajar y estudiar al mismo tiempo. Llevaba más de un año trabajando, terminaba la carrera a distancia y pensaba si casarse con su novio o esperar un poco más.
Mariana, por su parte, sabía poco de sus subordinadas y tampoco buscaba acercarse demasiado. Tras varios intentos fallidos de ser madre por problemas médicos, decidió adoptar. Tenía todo: una buena casa en las afueras de la Ciudad de México, un salario decente. Por las noches revisaba páginas de orfanatos con la esperanza de encontrar algún día a sus niños. A nadie le contaba su sueño: creía que la felicidad ama el silencio.
Fuera, la tarde se oscurecía; una llovizna fina golpeaba los vidrios. Las mujeres pensaban que pronto tendrían que dejar el cálido despacho, caminar bajo la lluvia fría por las calles mojadas en el húmedo atardecer otoñal, y en casa las esperaban más obligaciones y preocupaciones, sin un minuto de descanso. Típico otoño capitalino: lluvias, viento frío y esos raros días soleados que siempre faltan.
De pronto la puerta se abrió y la oficina se llenó de risas: en el umbral estaba una joven con un gorro tejido de colores llamativos y un acuario en las manos. Un pez dorado nadaba de un lado a otro. La recién llegada tenía rizos claros, mejillas sonrosadas y unos ojos azules llenos de alegre confianza.
– ¡Hola! Soy Ana. La nueva colega. ¿Dónde está mi escritorio? ¿El de la ventana? ¡Genial! ¡Gracias por dejármelo! Justo me encanta sentarme junto a la ventana.
Mariana se quedó sin palabras unos segundos y luego preguntó:
– Disculpa, ¿de qué departamento vienes?
– De sistemas. Me dijeron que viniera hoy y que mañana empiezo.
Ana dejó el acuario en el borde del escritorio, se desenrolló una bufanda larguísima y miró la oficina con curiosidad.
– Está muy acogedor aquí. Solo… faltan plantas. Mañana puedo traer una palmera. La ponemos en la esquina y parecerá que estamos en la playa, no en este otoño de la Ciudad de México. Odio este clima. En otoño hay poco sol, todo está sucio y mojado. Sueño con vivir junto al mar, en traje de baño todo el año.
Mariana, recordando que sus dos trajes de baño eran negros, sonrió con ironía. Catalina ya no pudo contener la risa y hasta la seria Luisa sonreía, secándose las lágrimas de los ojos.
– Ana, espera. ¿Qué puesto exactamente vas a ocupar? El equipo está completo.
– Programadora. Pero me asignaron a este departamento porque no había otro lugar disponible. ¡Me encanta aquí! Y miren, les presento a Gerónimo, ¡mi pez dorado!
– ¿Por qué Gerónimo y no Gero? – preguntó Catalina entre carcajadas.
– ¡Porque es macho! Chicas, ahora somos colegas. Les cuento un secreto: Gerónimo concede deseos, pero solo si crees de verdad. ¿Quieren probar? – Ana acercó el acuario.
Catalina, mirando a las demás, se acercó y puso el dedo en el vidrio junto al pez.
– ¿Hay que decirlo en voz alta?
– No hace falta. Lo importante es desearlo con el corazón.
Catalina cerró los ojos: “Que todo se arregle en mi vida”. El pez se quedó quieto y Ana sonrió:
– ¡Listo, ya empezó! ¡Siguiente!
Luisa se levantó, tocó el acuario con el dedo y pidió en silencio felicidad para sus hijos. Mariana al principio quiso bromear, pero también se acercó. “Que aparezcan mis niños”, pensó.
Ana aplaudió fuerte:
– ¡Ya está! ¡Prepárense! Gerónimo es un pez con carácter, pero si crees en los milagros, seguro que se cumplen.
Así comenzó una nueva vida en la oficina. Al día siguiente Ana trajo una maceta con una palmera; don Luis apenas pudo arrastrarla hasta la esquina.
– Por la ayuda, Gerónimo cumplirá también tu deseo – le guiñó Ana al jefe y le propuso repetir el ritual.
En pocos minutos la sala olía a café recién hecho con un aroma especial. Catalina, tras dar un par de sorbos, recordó que ese era café de civeta y miró la taza con sorpresa.
– No pienses tanto – rio Ana. – ¡Es solo café! Lo importante es el buen humor.
A la vida del pequeño despacho llegaron cambios. Aparecieron las risas, el trabajo fluía más rápido. Cualquiera que llegara enfadado terminaba visitando a Ana y a Gerónimo, aceptaba un dulce y olvidaba las quejas.
El primer deseo se cumplió para Catalina. Una tarde, al bajar del camión, vio a su novio en la puerta del edificio con otra chica. No lloró: le quitó las llaves del departamento, horneó un pastel de manzana y, riendo con comedias, entendió que Gerónimo había hecho lo correcto. Al día siguiente le susurró al pez: “Gracias”.
Luego le tocó a Luisa: el hijo entró en un instituto técnico en Monterrey y ella preparaba los papeles, mientras la hija llamó para decir que había vuelto con su marido y que ambos necesitaban a Alejandro los fines de semana. Luisa lloró largo rato de alegría y luego volvió a agradecer a Gerónimo.
La historia de Mariana la completó la propia Ana. Un día llegó más temprano, imprimió una foto de dos hermanitos que acababan de entrar al orfanato porque su mamá había perdido la custodia. Se la entregó a Mariana: “¿Quizás sean tus hijos?”. Meses después, Mariana se convirtió en su mamá.
Poco tiempo después, Ana recogió sus cosas, dejó la palmera y a Gerónimo, y se fue a Guadalajara: su mamá había fallecido y una hija y un nuevo trabajo la esperaban.
Catalina y Luisa intentaron saber más de la vida de Ana, pero ella siguió siendo un misterio. Sin ella, se turnaban para cuidar al pez, recordaban sus bromas divertidas y los viernes organizaban un “día de playa” bajo la palmera, evocándola.
– ¿De dónde saca fuerzas para hacer todo con esa luz en los ojos? – se preguntaba Catalina. – Mamá, trabajo, hija, casa… todo lo carga y se cae, pero siempre se levanta y sonríe…
– No sé – respondió Mariana sacudiendo la cabeza con tristeza. – Pero ahora creo que si compartes calor y apoyo, tu día se vuelve más brillante, aunque sea un poquito. El verdadero milagro es aprender a alegrarse incluso por las cosas pequeñas.
Luisa sacó un paquete aromático de café:
– ¿Café, chicas? ¡Que el día sea alegre!
Sentadas bajo la palmera verde, tomaban café y agradecían a aquella que un día trajo luz y cambios a su rutina. Porque lo principal es no tener miedo de cambiar, probar cosas nuevas, apoyarse mutuamente y aprender a ver lo bueno incluso en un otoño lluvioso. Entonces siempre habrá espacio en la vida para un pequeño milagro.






