Nicolás acudió a la llamada. Le abrió un niño de unos diez años junto a una niña. —Mi madre llegará enseguida, ¡pase usted! El grifo de la cocina gotea, —dijo el niño.

Miguel acababa de terminar su último servicio del día: cambiar el grifo del baño de una señora mayor que le lanzaba caramelos de violetas como agradecimiento.

Ya se imaginaba en casa, metiéndose entre las sábanas y viendo el fútbol, cuando sonó el teléfono del trabajo. Miguel, ¿te importaría pasar por una dirección más? Es que el grifo de la cocina no para de gotear Le dijeron. Desde que empezó, hacía ya medio año, en la pequeña empresa de fontanería y chapuzas en Madrid, había aprendido que siempre hay un grifo que gotea esperando.

Miguel llegó al bloque de pisos en Vallecas y tocó el timbre. Le abrió un chico, serísimo, de unos diez años. A su lado, una niña rubia de unos ocho, que a esas horas seguro debería estar chapoteando en la bañera.

¿No está ningún adulto en casa? preguntó Miguel, asomando la cabeza con desconfianza.

Le habían prohibido entrar en casas sin adultos presentes, pero el niño se apresuró:

¡Mamá llega enseguida! Pase, por favor, el grifo de la cocina no para. He intentado arreglarlo con celo, pero ni con esas Y no se preocupe, ¡tenemos dinero! aseguró, levantando una hucha en forma de cerdito que había visto tiempos mejores.

Miguel, con el sueño ya evaporado, decidió confiar. Mientras cambiaba la válvula del grifo, la niña le abordó:

Mi mesa cojea y el interruptor de la luz tampoco va… dijo, con esa urgencia infantil tan melodramática.

Mi padre lo habría arreglado, pero claro, es piloto. Siempre anda volando por ahí, y no puede venir nunca, añadió la niña, ensayando el discurso que evidentemente le había soltado su madre.

En ese momento, llegó la madre: una mujer de unos treinta y cinco años, cansada como si hubiese corrido la San Silvestre con un saco de naranjas.

Hijo, ¡esta iniciativa! Llevo semanas prometiendo llamar al fontanero suspiró mientras pagaba a Miguel en euros, contados con el esmero de quien vigila la cesta de la compra.

La niña insistía con su mesa y su interruptor y al final quedaron en que Miguel volvería al día siguiente. Antes de irse, el niño salió con Miguel para tirar la basura. Ya sabía que se llamaba Martín.

Apenas se alejaron de la portería, el chaval le soltó con un suspiro trágico:

No tenemos ningún padre piloto, eso se lo inventa mamá. Piensa que somos tontos y no nos enteramos. Si existiera, vendría alguna vez, ¿no? Hasta los regalos los compra ella. Dijo que mi muñeca la había mandado mi padre, pero yo la vi comprándola en El Corte Inglés…

Miguel puso su mejor cara de fontanero-psicólogo:

Bueno, nunca se sabe, a veces las cosas son más difíciles de lo que parecen, intentó consolarle.

Martín le miró como si le hubiera dicho que los Reyes Magos tampoco existen, y no dijo nada más.

Aquella noche, en su apartamento de Carabanchel, Miguel se quedó dándole vueltas a la palabra piloto. Resulta que, antes, él también había sido uno.

Vivía en una gran ciudad, volando de aquí para allá, sin echar raíces en ningún sitio. Tenía una esposa preciosa, pero harta de que él viviera más en el cielo que en la tierra. Sin hijos, y con unos suegros entusiastas que se fueron a vivir a Alemania, a invitarles a seguirles.

Él se negó, y ella le dejó. Miguel siguió pilotando hasta que la salud decidió estrellar sus planes y tuvo que jubilarse antes de tiempo.

Se fue a vivir con su madre, poco después ella falleció y él, de la tristeza, se dio a la fiesta como si tuviera veinte años en la Feria de Abril. Amigos y allegados llenaban su casa hasta que una noche soñó con su madre, que le miraba y lloraba en silencio. La mañana siguiente, Miguel echó a todo el mundo y se puso a arreglar la casa.

En un arranque de lucidez leyó en el periódico local un anuncio: Se buscan chapuzas con coche propio y ganas de trabajar. Y pensó: ¿por qué no? El horario era flexible, el dinero justo, pero siempre daba para un pincho de tortilla y un café.

Al día siguiente fue, como siempre, el último servicio. Pensaba que la madre de Martín y Lucía así se llamaba la pequeña llegaría tarde, pero ya estaba en casa, en chándal y con cara de querer ser invisible.

Miguel arregló la mesa coja, el interruptor rebelde y hasta le dio vida a una estantería torcida.

Esto necesita una reforma en condiciones, soltó Miguel, barriendo la estancia con la mirada.

Yo encantada, si acepta el reto, dijo la madre, Clara, que era educadora infantil en una guardería. Algo de dinero nos queda, creo que podemos pagarle.

Mientras colocaba azulejos y cambiaba bombillas, fueron conversando. Clara le invitó a cenar tortilla y croquetas. Los niños le reclamaban a la mesa con risitas curiosas. Miguel se quedó.

Terminaron charlando hasta las tantas. Miguel, que nunca contaba nada a nadie, soltó toda su vida; Clara escuchaba como si fuese la única persona en el mundo capaz de entenderle, con un brillo de comprensión infinita en los ojos.

Ella, a su vez, tampoco tenía ningún marido. Solo dos intentos de pareja fracasados y dos hijos con tres años de diferencia. Lo del padre piloto era un cuento para cuando fueran lo bastante mayores.

Al irse, prometió volver al día siguiente: aquella casa era una fuente inagotable de chapuzas.

Al día siguiente, Clara abrió la puerta y se quedó helada. Miguel entró vestido de piloto gorra incluida con un ramo de flores y una tarta de fresas.

¡Papá, papá! ¡Nuestro papá piloto ha vuelto! gritó Lucía, abrazándole.

He regresado. Es que no os había reconocido al principio, hace mucho que no os veía. ¿Verdad, Clara? dijo Miguel, lanzándole una mirada de esperanza tan grande como la Gran Vía.

Clara asintió, y desde ese día la familia antes incompleta se volvió entera y feliz.

Martín tardó un poco en creérselo, pero al final aceptó que su padre-piloto había regresado. Miguel acabó adoptando a Martín y a Lucía. Y, un año y medio más tarde, llegó otro niño a la familia para completar el cuadro.

Si te ha gustado esta historia tan castiza y real como un cafetería de barrio a las ocho de la mañana, ¡no olvides dejar un comentario o un me gusta! Anda, que así seguimos contándote vidas y milagros made in Spain.

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Elena Gante
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Nicolás acudió a la llamada. Le abrió un niño de unos diez años junto a una niña. —Mi madre llegará enseguida, ¡pase usted! El grifo de la cocina gotea, —dijo el niño.
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