Amor | ¡Mamis!

Amor | ¡Mamis!

En la opinión de las mujeres del pueblo (y también de muchos hombres), Luisa Morales se comportó, según ellos, de forma inadecuada con su propia hermana Catalina.

Esta es la historia.

Los Morales son una familia respetada en el pueblo de San José. Sebastián Andrés trabajó toda su vida como tractorista en los campos, y Verónica Nicolás era cocinera en la escuela primaria local.

Desde joven, Verónica tuvo muchos problemas para quedar embarazada. Visitaba curanderas, tomaba remedios de hierbas y rezaba sin parar. Sus lágrimas no fueron en vano: Dios le concedió una hija, Luisita.

A pesar del nombre tan dulce, la niña creció sin ser bonita. Pero para los Morales eso no importaba: lo importante era que era una hija muy deseada. Caminaba un poco de lado, con los pies algo torcidos, inclinaba la cabeza hacia un costado y tenía una pequeña joroba en la espalda, como si llevara siempre una mochila invisible.

Luisita se convirtió en una joven muy hogareña, cariñosa y suave, pero no se llevaba bien con los compañeros de su edad. Siempre sola, calladita, en su rincón.

Cuando Luisa terminaba la secundaria, en la familia Morales ocurrió un verdadero milagro: de repente llegó una segunda hija.

Nació Catalina.

A diferencia de la mayor, Catalina resultó ser una verdadera belleza, alegre y de lengua afilada. Aprendía todo rápido, corría detrás de los niños por la escuela con un palo en la mano y no le tenía miedo a nada, ni siquiera a los varones.

Luisa adoraba a su hermanita menor. Se convirtió en su niñera y, entre pañales y cuidados, nunca terminó una carrera de verdad. Además, los estudios no se le daban bien, así que sus padres no tenían prisa por mandarla a la ciudad grande.

Cuando Catalina creció, Luisa por fin obtuvo un diploma de cocinera repostera, pero no se atrevió a ejercer. Le parecía demasiada responsabilidad. Al volver del curso en la ciudad, su mamá le consiguió trabajo en la oficina de correos del pueblo: repartir cartas por las casas.


Pasaron los años: Catalina ya era universitaria y Luisa vivía en su propia casita. Sus padres la ayudaron a construirla: una casita modesta de adobe y madera, con baño de vapor, un cuarto extra y un gallinero. La arreglaron con mucho cariño y quedó muy acogedora.

Luisa nunca quiso irse del pueblo. “¡Quiero vivir aquí, cerquita de ustedes!”, les repetía a sus padres.

La vida seguía su curso normal, solo que Luisa nunca se casó. No aparecieron pretendientes decentes y ella misma se había resignado… (¡aunque se apresuró al hacerlo!).

En uno de sus primeros fines de semana libres, Catalina llegó a visitar a la familia, pero no sola. Primero con una amiga y, al mes siguiente, con un joven.

Los Morales se quedaron de piedra.

—¿Quién es este? —preguntó la mamá sorprendida.

—Mamá, papá, les presento a mi amigo Diego. Solo somos amigos, ¡no piensen mal!

—¡Catalina! —se alteró Verónica Nicolás—. Te mandamos a estudiar a la ciudad y tú andas con muchachos. ¡Tienes que parar eso!

La madre se quejaba y agitaba las manos:

—¿No puedes estar sin novio? ¡Todavía eres una niña! Apenas saliste de debajo de nuestras alas y ya… ¡Felicidades!

—Mamá, no ando de parranda. Él vive en la misma residencia estudiantil. Cocinamos juntos. Yo le enseño a preparar comida y él me ayuda con las tareas.

Verónica parpadeaba sin entender:

—¿Y cómo te ayuda?

—Con las tareas de la universidad.

—Es bueno, mamá —lo defendía Catalina—. Te va a caer bien.

La madre miraba a su hija con severidad: ¡su hija había traído a un desconocido de la ciudad! El joven tenía como treinta años, barba de varios días, cara de vivo, la camiseta sucia y los tenis rotos.

A Verónica no le gustó nada recibir a ese invitado. No lo dejó entrar a la casa y se quedó parada en la puerta, bloqueando el paso.

A Sebastián Andrés le picaban las manos; casi le da una patada al muchacho.

—Catalinita, tú siempre eres bienvenida. Pero él no, lo siento —dijo Verónica—. Que se vaya.

—¿Y adónde va a ir? —protestó Catalina.

—Que vuelva a la parada del autobús —respondió la madre—. Alguien lo llevará.

El joven, tranquilamente, entrecerraba los ojos bajo el sol y miraba alrededor con pereza:

—Se me olvidó dónde está la parada.

—¡Yo lo acompaño! —exclamó Catalina.

Y sí lo acompañó… pero no a la parada, sino a la casa de Luisa.

—Vamos, Dieguito, no te preocupes —le susurraba Catalina—. Con mis papás no funcionó, ¿quién iba a saber?

—Tus padres son como dinosaurios —se reía Diego—. Cuando tu papá agarró el hacha casi me muero del susto.

—Solo lo hizo para hacerse el valiente. Mi papá es un encanto, créeme, de él se puede hacer lo que uno quiera.


Luisa no esperaba visitas. Era una chica retraída, se sentó en un rincón, bajó la mirada y se puso roja de vergüenza.

—Luisita —suplicaba Catalina retorciéndose las manos—, llegué con mi amigo y mis papás no lo dejaron entrar, lo echaron de la casa. ¿Qué hago con él? El autobús sale hasta mañana. Déjalo dormir aquí, por favor, y mañana se va. No le digas nada a mamá y papá.

…¿Quién iba a imaginar lo que pasaría?

El joven comió con buen apetito, miró la casa y le preguntó a Luisa:

—¿Y tu marido dónde está?

—No tengo marido.

—¿Cómo? ¿Y esta casa de quién es?

—Mía.

—Qué raro. Tantas mujeres y vives sola.

Luisa casi se cae de la impresión. La cabeza le daba vueltas, las mejillas le ardían y la garganta se le secó.

Pasó toda la tarde dando vueltas por el patio, sin atreverse a entrar a la casa. ¿Qué iba a hacer con ese invitado?

Al atardecer regresó, preparó la cena nerviosa y lo llamó a la mesa.

Había decidido: le daría de cenar, luego se iría a casa de sus padres y cerraría la puerta. Regresaría por la mañana.

Ya lo tenía todo planeado, pero… cuando estaba acomodando la almohada del invitado, de repente la abrazaron por detrás.

Unos brazos fuertes de hombre. El corazón se le fue a los pies y se quedó sin aliento.

—Luisita, ¿me tienes miedo? —la voz del invitado se volvió ronca.

—No… no.

—¿Entonces por qué tiemblas?

Por primera vez en su vida, Luisa sintió la cercanía de un hombre. Se quedó paralizada: las piernas como de algodón, la lengua no le respondía…

Todo se oscureció. Cuando despertó, ya era de mañana y se oían los gallos a lo lejos.


La noticia de que la “solterona” del pueblo, como la llamaban a sus espaldas, de pronto tenía un novio joven, conmocionó a todo San José.

En cada esquina las mujeres murmuraban: la hija mayor de los Morales se va a casar.

—¿De dónde lo sacó? Si ella nunca sale de su casa. ¡Le cayó del cielo!

Al lado de la sencilla Luisa, el novio parecía casi guapo. Lavado, con ropa nueva, despertaba curiosidad.

—Qué muchacho tan simpático y de la ciudad. Ella ya anda cerca de los cuarenta y él ni los treinta. ¿Será que le falta algo? ¿O tiene mala vista?

Las más hirientes comentaban:

—Las muchachas jóvenes no encuentran marido y esta se robó uno. ¡Pobrecita! ¿Cuánto durará? Seguro se separan. Mejor que lo suelte. Catalina Pérez está criando sola a su hijo, que Diego se quede con ella… Y tú, Luisa, ya viviste tu vida, búscate un viudo.

—Como el viudo Ignacio, por ejemplo. Era buen hombre, ahora toma, pero se casaría.

Las malas lenguas no paraban.

Dondequiera que vivan las buenas gentes, siempre habrá envidia y veneno.

Siguieron chismeando mucho tiempo y vigilando a Diego: qué tipo de hombre era y por qué quería a esa novia.

Solo los Morales sabían de dónde había salido el novio. Y ni siquiera ellos lo entendieron al principio.

Primero se fue Catalina, ofendida.

Luego Verónica notó que Luisita visitaba menos a sus padres. Cuando iba, tenía los ojos brillantes, las manos le temblaban y todo se le caía.

—¿Será que empezó a tomar? —le comentaba al marido—. Ha cambiado mucho.

Empezaron a vigilarla y descubrieron que no estaba sola: estaba con Diego, el mismo de la ciudad.

Recibieron al futuro yerno de mala manera: él se escondió en el armario cuando llegaron los padres.

—Hola, hija —entró Sebastián Andrés—. Muéstranos a quién escondes.

Luisa sonrió con pena y se hizo a un lado:

—¿A quién voy a esconder?

El padre suspiró:

—No sabes mentir, Luisa. Ni lo intentes.

—¡Sal del armario!

En la casa reinaba el silencio, solo se oía el tic-tac del reloj de pared.

Los padres se sentaron. Luisa servía el té nerviosa. Hubo un largo silencio mientras miraban el armario.

—¿Se van a casar? —preguntó Sebastián Andrés con voz seria.

Diego salió del armario:

—Buenos días.

Y así, entre sorpresas, chismes y el destino que a veces juega de formas inesperadas, Luisa encontró el amor que nunca imaginó. Una historia que demostró que la vida puede dar giros maravillosos incluso para las personas más calladas y hogareñas.

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Elena Gante
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Kiedy matka naprawdę odchodzi…