¡Debes vivir! (Cuento)
Era una tarde avanzada de otoño en el cementerio municipal de las afueras de Guadalajara. Entre coronas marchitas y ramos de flores frescas, una joven mujer estaba sentada junto a una tumba recién cubierta. Lloraba en silencio, con los hombros temblando.
En la fotografía del monumento, su esposo Carlos la miraba con esa sonrisa tranquila que ella tanto amaba. Habían estado juntos solo seis años. Seis años de risas, planes y sueños. Discutían por tonterías como adónde ir de vacaciones, si cambiar el auto o ahorrar para la casa que querían construir en las afueras de la ciudad. Todo parecía eterno.
— Carlos, mi amor… estoy tan cansada sin ti —susurró Tamara, con la voz rota—. No quiero ni puedo seguir así. Pronto nos veremos. Voy hacia ti.
Sacó de su bolso un frasco de pastillas. Lo abrió con dedos temblorosos y vertió una buena cantidad en la palma de su mano. Las miró por última vez bajo la luz naranja del atardecer. El viento agitó las hojas secas a su alrededor.
De pronto, sintió una mano cálida sobre su hombro.
Se giró sobresaltada. Allí estaba Carlos. Vivo, sonriente, con la misma chamarra azul que llevaba el día del accidente. Se sentó a su lado y la abrazó con fuerza, como siempre lo hacía cuando ella tenía un mal día.
— Tamara, te lo pido por favor —dijo con voz suave pero firme, acariciándole el cabello—. Debes vivir. ¿Entiendes? ¡Debes vivir!
— No, Carlos, no… —respondió ella entre sollozos, negando con la cabeza—. Sin ti no tiene sentido. Todo duele. La casa está vacía, las mañanas son horribles, hasta el aire me pesa.
Él la apretó más contra su pecho. Olía exactamente igual: a su colonia favorita y a ese leve aroma a taller que siempre traía del trabajo.
— Tamara, mi vida… no puedes rendirte ahora.
Ella cerró los ojos, dejando que las lágrimas cayeran sobre la chamarra de él. Por un momento, todo parecía un sueño imposible y hermoso.
— Debes vivir por nuestra hija —susurró Carlos junto a su oído.
Tamara se separó un poco y lo miró confundida, con los ojos muy abiertos.
— ¿Qué hija? —preguntó, casi sin voz—. Nosotros no tenemos…
Carlos sonrió con ternura y colocó suavemente su mano sobre el vientre de ella.
— Esa que ya está aquí dentro, Tamara. Cuídala por los dos. Las amo tanto a mis dos chicas…
Tamara bajó la mirada hacia su propio abdomen. No se había dado cuenta. Entre el dolor y el duelo, ni siquiera había notado los primeros síntomas. Las náuseas que atribuía al estrés, el cansancio extremo, la falta de período que achacaba al shock.
Las pastillas cayeron de su mano al suelo húmedo.
— Carlos… —susurró, tocándose el vientre con incredulidad.
Él asintió, con los ojos llenos de amor.
— Vive, mi amor. Vive por ella. Enséñale a reír como tú sabes, a ser fuerte y buena. Cuéntale de mí. Yo estaré cuidándolas desde aquí.
El viento sopló más fuerte, levantando algunas hojas. Cuando Tamara levantó la vista, Carlos ya no estaba. Solo quedaba el silencio del cementerio y el peso cálido de una nueva vida creciendo dentro de ella.
Recogió las pastillas del suelo con manos temblorosas y las guardó de nuevo en el frasco. Se levantó despacio, se limpió las lágrimas con la manga del abrigo y colocó un beso en la fotografía de su esposo.
— Te prometo que viviré —murmuró—. Por las dos.
Caminó hacia la salida del cementerio bajo el cielo que ya se teñía de violeta. Por primera vez en muchas semanas, sintió algo distinto al vacío: una pequeña llama de esperanza latiendo en su interior.
Carlos había partido, sí. Pero una parte de él se quedaba con ella. Y esa parte merecía nacer y crecer.
Debes vivir.






