«Busco una mujer alegre y enérgica, no una de mi quinta»: A los 50, eso ya no es lo mismo… Un caballero de 55 ocultó siete años y la barriga, pero se ofendió al descubrir la edad de la mujer…
A ver, necesito una mujer que no pase de cuarenta y dos. Ese es mi tope. Pero vamos, que debería aparentar como máximo treinta y cinco. A los cincuenta, eso ya está de capa caída, Pablo. Yo busco una mujer con chispa y energía, no a mi coetánea.
Que sí, que yo tampoco soy el doble de Antonio Banderas, pero por dentro tengo veintiocho, palabra. Y bueno, se sabe, el hombre con los años gana en valor, no como la mujer… tú ya me entiendes.
Mi amiga Rocío y yo nos sentamos en la mesa de al lado y, sin querer, nos vimos envueltas en el monólogo existencial de ese señor. Nos habíamos pasado a picar algo tras el gimnasio, debatiendo sobre la última dieta que seguimos, y se nos coló su discurso como quien mete los codos en una barra de bar.
¿Lo has oído? murmuró Rocío, conteniendo la risa . Él se cotiza, pero está para el 2×1 del súper.
Baja la voz respondí sonriendo . Vamos a seguir escuchando, esto es pura dramaturgia.
Mientras tanto, el caballero seguía a lo suyo:
Yo, por ejemplo, nada de comida recalentada del día anterior. Eso jamás. Hay que cocinar a diario. Y mira que viviendo solo, pues hago unos macarrones y punto, pero si vamos en serio, lo quiero todo: cocido madrileño, croquetas, empanada Y que la mujer sea delgadita, ojo, que contraste: yo soy sólido, ella delicada.
¿Y los hijos? preguntó con recelo su amigo, lanzándole una mirada a la tripa que desbordaba el pantalón. Que tienes ya los tuyos, y los nietos caerán pronto.
No necesito herederos, gracias, tengo la saga cubierta. Yo busco compañera: para el alma… y el cuerpo. Activa, vamos, de esas de las que piden excursión por la Sierra, o al menos escaparse a la casa del pueblo.
Casi me atraganto con el zumo. ¿A la sierra? Si ese hombre lleva años sin ir más lejos que la panadería.
Rocío, ¿apostamos algo? A ver si viene a conocerme susurré, guiñándole un ojo.
¿Estás loca? Rocío abrió los ojos como platos Sofía, no tienes ni cuarenta.
Sssh me llevé el dedo a los labios . Se trata de un experimento social. Quiero medir la profundidad del autoengaño masculino.
La toma de contacto fue coser y cantar. Intercambiamos teléfonos y esa misma noche ya bromeábamos por WhatsApp como viejos amigos.
En la app de citas se llamaba Macho48.
La foto: un Audi de hace diez años, tripa metida a pulmón, mirada decidida.
A los pocos días, Julián propuso quedar.
Apareció en modo domingo de comunión. Los botones de la chaqueta pedían ayuda a gritos desde la tensión sobre el vientre.
Sofía me sonrió con una fila de dientes visiblemente desordenada . Hoy estás espectacular.
Gracias, Julián respondí, bajando los ojos . Tú también… imponente.
Nos vimos varias veces más.
Para mí fue puro teatro. Escuché sin perder detalle historias sobre “su imperio empresarial” (un puesto en el mercadillo), el coche que “casi compró” (pero mejor invierte en negocio), y lo importante que es el hogar dulce hogar para un hombre de verdad.
Paseaba por el Retiro pero a los cien metros resoplaba como un futbolista retirado. Decía que era una rutina sueca de entrenamiento respiratorio.
Hasta que llegó el clímax.
Julián, tierno tras la cena y dopado de halagos, decidió abrirse.
Sofía dijo tomando mi mano. Eres perfecta: delgada, hacendosa, jovencísima. Por cierto, tengo que confesarte algo… No tengo cuarenta y ocho.
¿Ah, no? arqueé la ceja.
Tengo… cincuenta y cinco exhaló, como esperando el “qué horror”. Pero estoy bien conservado, ¿no?
¡Por supuesto, Julián! A lo sumo pareces cincuenta y cuatro recién cumplidos. Yo valoro la experiencia, es sabiduría vital.
Se le pusieron los ojos como un campo en primavera.
Menos mal. Me tenía mosca, porque tengo un principio: mujeres mayores de cuarenta y dos, ni hablar. Les falta empuje. Pero tú eres un volcán, muchacha.
Gracias, cariño respondí, acariciándole la calva . Por cierto, yo también tengo un secreto.
¿Un exmarido? ¿Deudas? se puso tenso.
No, hombre. La edad.
La tensión en Julián se cortaba con cuchillo.
¿No tienes cuarenta? preguntó medio sudoroso.
Casi.
¿Treinta y ocho? insistió con un hilo de esperanza.
Saqué el carnet de identidad y se lo puse delante.
Ábrelo. Mira tú mismo.
Lo tomó con dedos temblorosos. Miró la fecha. Sumó en la cabeza.
1975.
Cincuenta… susurró en blanco. ¿Tienes cincuenta?
Justos, Julián. Celebré los cincuenta hace dos meses.
El documento le resbaló de las manos. Me miraba como si me acabara de transformar en la mismísima bruja de la Zarzuela.
Pero… si pareces…
Una mujer que se cuida, Julián. Y que no cena porras todos los días.
¡Esto es un engaño! chilló . Lo dije claro: máximo cuarenta y dos. Es mi norma. No puedo salir con una de mi edad.
Técnicamente no lo soy respondí, con dulzura. ¿Te molestaba? ¿O se me está cayendo el granito?
Julián se coloreó hasta las orejas.
No, pero el número Cincuenta. Eso es jubilación casi.
Mira, Julián, la vejez llega cuando uno se niega a ver la realidad me levanté con una sonrisa . Yo estoy en plenitud. Y ahora sé muy bien lo que busco.
¿El qué? me miró desconcertado con sus ojos de cordero.
Que yo, con mis cincuenta, necesito un hombre, no un pack de complejos, barriga y tenderete en la plaza. Mi chispa te funde antes de arrancar.
Recogí mi carnet y me dirigí hacia la puerta.
¡Sofi! gimió. ¿Y nosotros?
¿Nosotros qué? me giré. Según tus propias reglas, somos de la misma quinta. Y tú necesitas jovencitas. Pues sigue buscando, a ver si pillas alguna que tenga la vista cansada.
Me fui del “nido de la abuela” donde vivía Julián y respiré hondo en Plaza Mayor.
Abajo, Rocío ya me esperaba en el coche.
¿Y bien? preguntó cuando entré.
Más que desenmascarado reí . Tendrías que haber visto su cara cuando le enseñé el DNI. Como si le confirmaran que Colón llegó a las Américas.
¿Y a qué se llegó entonces?
A que seguirá buscando “chicas jóvenes” y autoflagelándose. Nosotras vamos a celebrarlo. Hoy tengo cita con un hombre decente: tiene cuarenta y cinco, y le trae completamente al pairo lo que ponga mi carnet.
Julián sigue en la página de citas. Perfil renovado. Ahora pone: Busco mujer, máximo 40 años. Sincera. Foto, la de siempre: hace diez años y coche incluido.
¿Por qué será que algunos hombres tienen terror a las mujeres de su edad? ¿Y vale la pena ocultar años para tener una oportunidad, o mejor la verdad desde el principio?





