Un gatito tiritando con una carita poco agraciada apareció de pronto en la puerta de un supermercado de barrio, como quien se equivoca de parada o simplemente termina allí tras alguna aventura. Era una minina diminuta, hecha un ovillo que no paraba quieta, se la veía encogida de patas y temblorosa por el frío y la humedad propia de los días en los que hasta las gaviotas consideran quedarse en casa. El lamento de su miau no conmovía a nadie; la pobre tenía la carita llena de costras, ojos entrecerrados, y el poco pelo que le quedaba en el cuello y las orejas estaba tan despoblado que parecía haber pasado por el barbero municipal más chapucero de Castilla. De dónde había salido, ni idea, pero el panorama era de esos que invitan a suspirar, por no llorar.
Los dependientes, que eran duros pero tenían su corazoncito, permitieron que la gata entrara al calor y hasta le dieron unas gotas contra los bichillos, pero sólo lograron que el animal tuviera un look más brillante, porque milagros, milagros, tampoco existen. La gata insistía en volver al súper a diario, como quien ficha en el trabajo, y maullaba pidiendo brazos; claramente, no quería ser autónoma.
El invierno avanzaba despacio pero con firmeza, y la pequeña, que ya temblaba a cinco grados bajo cero (ni hablar del frío serrano que baja a veinte bajo cero), parecía estar sentenciada si no encontraba compaña. Una de las dependientas, recordando el episodio del verano pasado cuando recogimos a otro felino abandonado en este mismo supermercado, nos volvió a pedir ayuda, como quien toca a la puerta de la esperanza.
Llegamos al rescate y la gata, nada tonta, empezó a girar en círculos entre nuestras piernas y alrededor del transportín, como si supiera que ese era su último billete para largarse de la intemperie. Se puso de pie sobre las patas traseras, te envolvía las manos con la cola y hacía lo imposible para caer bien. Una show-woman.
En cuanto vimos las fotos, diagnosticamos: sarna. Por suerte, pillada a tiempo y de las que son agradecidas con un buen tratamiento. Así que unas gotitas de Stronghold o Inspector en la nuca y, en un abrir y cerrar de ojos, vuelta a la pasarela castiza.
El cambio fue inmediato al calor del hogar de acogida: empezó a ronronear como el motor de un Seat 600 y regalaba arrumacos a tutiplén. Los dos primeros días sólo hacía lo que todos soñaríamos: comer y dormir, en rigurosa alternancia.
El nombre vino solo: Patatita. Porque sinceramente, la minina parecía una pequeña patata de huerta segoviana: de forma irregular, peculiar, pero tan tierna que cualquiera se la llevaría a casa. Por fortuna, el estado de patatita desvalida fue breve; tras dos tratamientos ya era una gata con ojos vivos y, dentro de lo que cabe, mona.
El pelo de las orejas y las patas aún necesita tiempo para volver a su antigua gloria, pero eso ya es cuestión de paciencia. Patatita está apuntada para la esterilización y no para de transformarse en una gata sana, cuidada y más simpática que el pan de pueblo.






