El corazón no miente (cuento)
Laura entró en el portal del edificio, llamó el ascensor, subió hasta el quinto piso, salió y se detuvo frente a la puerta del apartamento donde había pasado toda su infancia y juventud.
Por costumbre sacó las llaves de su bolso, las miró un momento, miró la puerta y las guardó de nuevo. Luego tocó el timbre.
Abrió su madre:
—¿Por qué tocas? ¿Olvidaste las llaves otra vez?
Laura asintió y, con una sonrisa alegre, dijo:
—¡Hola! ¿Cómo están?
—Hola, mi vida —su madre se acercó y la abrazó fuerte; Laura le dio un beso en la mejilla—. Todo bien, pasa.
Laura le entregó las bolsas con comida y medicamentos que había comprado para ellos y respiró aliviada: su madre parecía de buen humor y, al parecer, no tenía planeado darle ningún sermón.
En ese momento apareció también su padre:
—¡Hija! ¡Por fin! ¿Y sola? Pensábamos que vendrías con Carlos.
—Pues… —Laura se dio cuenta de que no había preparado ninguna excusa—. Tenía cosas que hacer.
¿Qué más podía decir?
La última vez que fueron juntos, sus padres habían presionado tanto al pobre Carlos con el tema de la boda que él se cansó de defenderse y prometió pedirle matrimonio en breve.
De regreso a casa, fueron en silencio todo el camino. Una vez en el apartamento, Carlos le armó una escena:
—¿Acaso no te he pedido matrimonio ya? —estalló—. ¡Sí lo hice! Eres tú la que me tienes en vilo sin fijar una fecha para poder decírselo a los padres.
Carlos fingía estar muy ofendido, aunque tal vez realmente lo estaba porque Laura seguía posponiéndolo.
Ella lo abrazó:
—¡Eres el mejor! Te quiero —fue lo único que pudo decir.
Realmente pensaba que Carlos era un hombre maravilloso y lo quería, pero… no sentía que fuera su media naranja. Todo estaba bien, pero faltaba algo. Y no sabía explicarlo. Sobre todo, no sabía qué hacer.
—Está bien. Ve a lavarte las manos, siéntate a la mesa y cuéntanos las novedades.
Todo siguió su curso habitual. Laura conversó con sus padres, comieron juntos y ella ya se preparaba para marcharse cuando sus padres se miraron entre sí y su madre tomó la palabra:
—Dime, ¿quieres a Carlos?
—Sí, lo quiero.
—¿Y te propuso matrimonio?
—Sí…
—¿Te lo propuso? ¿Y?
—Pedí un tiempo… estoy pensando.
Laura bajó la mirada y se puso a observar el dibujo del mantel como si lo viera por primera vez.
—¡Laura! —probablemente su madre levantó las manos, pero ella no levantó la vista—. ¡Laura! La semana pasada nosotros le dimos una buena charla a Carlos… ¡y resulta que la que está frenando todo eres tú! ¿En qué estás pensando?
—No lo sé…
—Hija, te entiendo.
Laura se sorprendió y levantó la mirada.
—¿En serio?
—Claro que sí. Yo también tenía miedo de elegir el día equivocado para la boda, de que lloviera, de que pasara algo con el animador o los invitados, de que las damas no se vistieran como yo quería… Pero, cariño, todo salió perfecto.
Laura sonrió.
Claro, a su madre ni se le ocurría que lo que asustaba a Laura no era nada de eso.
—Al final, hija, tú y Carlos se complementan de maravilla. Lo supe desde que lo vi y por eso apoyé con gusto la idea de sus padres de presentarlos…
Espera… A Laura le pareció que el tiempo se detenía.
—¿Cómo que presentarnos?
—Literalmente. Primero Carlos vio tu foto y le gustaste. Luego se “encontraron” y te conquistó.
¡Vaya! Entonces aquel encuentro no fue casualidad.
—Claro, podíamos haberlos invitado a él y a sus padres aquí a casa, pero no habría sido tan romántico.
…………………
Laura conducía de regreso a casa y en su cabeza no dejaba de repetirse la frase de su madre: “No habría sido tan romántico”.
¡No tan romántico! ¡No tan romántico!
Al principio se enfadó con sus padres, pero al final del trayecto se calmó.
Al fin y al cabo, el hecho de que se hubieran gustado demostraba que sus padres sabían bien quién podía encajar con ella.
Y sin embargo, en su relación con Carlos faltaba algo. ¡Ojalá supiera qué!
…………………
—Laura, ¿llegas tarde? ¡Te perdiste todo! —apenas entró en su oficina, su compañera Ana se le echó encima.
—¿Qué me perdí? —preguntó Laura sonriendo.
—No qué, sino a quién. Tenemos un nuevo. Estoy segura de que te va a encantar.
Laura soltó una carcajada.
—¿A mí? Más bien a ti ya te gustó. ¡Pero si estás casada y con dos hijos!
Ana se sonrojó.
—¡Ya no te cuento nada más! —refunfuñó y se hundió en su computadora.
Laura encendió la suya y se sumergió en el trabajo.
Se acercaba la hora del almuerzo.
—Bueno, yo voy a comer.
Se levantó y tomó su bolso.
—¿Vienes? —preguntó desde la puerta, pero Ana contestó:
—No.
Laura se encogió de hombros y salió.
Mientras caminaba por el pasillo pensaba que se estaba volviendo un poco mala. ¿Por qué se había burlado de Ana? Fue una broma, sí, pero no muy amable.
De pronto, el chico que iba delante se detuvo y ella, por supuesto, chocó contra él.
¡Clásico total!
—Ay, perdón —dijo él, aunque había sido ella quien chocó.
Laura abrió la boca para protestar, pero se arrepintió. Seguramente era el nuevo, porque nunca lo había visto antes en la oficina.
—Soy Laura, analista —se presentó, porque no se le ocurrió nada mejor.
—Diego, programador.
—Mucho gusto.
—Igualmente.
Y entonces Diego sonrió. En ese instante Laura supo que estaba perdida. Cuando solo se había girado ya le había gustado; pero aquella sonrisa… Todo. El corazón le dio un vuelco y empezó a latir más fuerte. ¡Esas hoyuelos en las mejillas! ¡Esas chispas en sus ojos verde-gris!
El silencio se alargaba.
—Voy a comer —soltó Laura lo primero que se le pasó por la cabeza.
—Buen provecho.
Laura también le sonrió y siguió caminando. Por fuera parecía normal, pero en realidad tenía que obligarse a mover las piernas, que no querían ir en esa dirección y amenazaban con girar y correr detrás de él.
En el almuerzo apenas probó bocado. Sus pensamientos volvían una y otra vez a Diego.
«No, imposible. ¿Amor a primera vista? No… Bueno, es guapo. Tiene una sonrisa increíble… y esos ojos. Pero eso es solo apariencia. Quién sabe qué hay detrás».
Decidió que lo primero sería hacerse amiga de él.
Cuando volvió a la oficina, Ana le soltó otra bomba:
—No te hagas ilusiones. Ya averigüé: el nuevo tiene novia. Así que ni para ti ni para mí hay nada.
Laura se sentó en su escritorio.
—Entendido —fue lo único que dijo, pero en el fondo sintió una enorme decepción.
—En realidad tengo novio, así que ni pensaba en el nuevo —añadió secamente.
Si Ana hubiera contestado, seguro habrían discutido, pero se quedó callada.
…………………
Pasó el tiempo.
Los padres de Laura seguían esperando que anunciara la boda. Carlos también esperaba su decisión. Incluso los padres de él la miraban con esperanza cada vez que iban de visita.
Laura sentía la presión. Todos sonreían y parecían contentos, pero en sus ojos había siempre la misma pregunta: ¿Cuándo?
«Tengo que hacer algo», pensaba, pero no se decidía por ninguna opción y, por tanto, no hacía nada.
Quizá era porque esperaba a Diego. Sí, se habían hecho amigos. Ahora sabía todo de su vida: llevaba cinco años con su novia, habían roto y vuelto varias veces, y él todavía no estaba seguro de si era la definitiva.
«Es curioso y extraño —pensaba Laura—. Él también vive en una especie de limbo, igual que yo».
…………………
—Laura, ¿sabes que pronto llega el verano? —le preguntó Carlos un día durante el desayuno.
—¡Claro! Lo espero con muchas ganas. ¡Me encanta el verano!
Laura sintió que se le levantaba el ánimo y casi le crecían alas.
—Creo que deberíamos casarnos en verano. En julio o agosto. ¿Qué te parece? Hace calor y es bonito.
Y Carlos lo arruinó todo:
—¿Otra vez la boda? ¿Por qué tiene que haber boda? ¿No podemos seguir como estamos?
—¿Qué dices? —preguntó él.
—¿Y si mejor en otoño? —sugirió tímidamente Laura—. En otoño también hace bueno y es precioso. En verano, si vamos de luna de miel, en todos lados hace mucho calor y es caro. ¡Es temporada alta!
—No. Hablamos de la boda. La luna de miel será después. En verano nadie nos dará vacaciones. Así que decide: ¿julio o agosto?
Carlos la miró fijamente y Laura entendió que no tenía escapatoria.
—Agosto —dijo.
—¡Perfecto! Por fin. En dos meses vamos a pedir la cita.
…………………
Llevaba varios días sintiéndose rara. Carlos había puesto el tema sobre la mesa sin más: elige julio o agosto…
«Tengo que hacer algo», se repitió Laura. Pero ¿qué? ¿Dejar a Carlos? ¿Y adónde ir? Sus padres no la aceptarían de vuelta; ya había tanteado el terreno. ¿A casa de una amiga? Tal vez. Lo mejor era ahorrar algo de dinero.
Fue a almorzar y, claro, se encontró con Diego. Charlaron un rato, coquetearon. Entonces Laura soltó:
—Al final me caso en agosto.
—¿Te decidiste?
Laura asintió.
—Bien hecho. Yo todavía no me aclaro…
«¿Eso es todo lo que tienes que decirme?», pensó ella.
Tal vez se lo había imaginado todo y Diego tampoco era su persona. Aunque siempre se sonreían, se buscaban… Muchos en la oficina pensaban que tenían un romance, pero no había nada.
—¿Vas a la fiesta de esta noche? —preguntó de pronto Diego.
—¿Qué fiesta?
—Hubo un correo. Es un evento importante de la empresa e invitan a todos. Yo voy.
—Envíame el correo, por favor. Creo que yo también iré.
…………………
«¿Para qué vine a esta fiesta? ¡Qué aburrimiento!», pensaba Laura.
Miró a un lado y a otro. Diego no aparecía, pero vio a unas conocidas de contabilidad y se acercó a ellas.
—¿Por qué hay tan poca gente hoy? —preguntó.
—Los de sistemas se equivocaron y no enviaron el correo a todos. Mejor, menos gente, más aire.
—Entiendo.
Laura volvió a mirar alrededor, pero no vio a Diego.
«¿Dónde estará?»
—¿Buscas a Dieguito? No va a venir. Lo llamó su novia y salió corriendo para allá.
Laura se encogió de hombros:
—¿Por qué piensan que lo busco? Tengo novio.
Y trató de sonreír con naturalidad.
Las chicas cambiaron de tema. Laura las escuchaba e intervenía, pero por dentro estaba muy decepcionada.
«¿Qué hago? ¿Me voy?»
Podía marcharse cuando quisiera, pero ¿iba a dejarse afectar porque Diego no había venido? ¡Claro que no!
Intentó no pensar en él y se integró en las conversaciones. Primero con las de contabilidad, luego con otro grupo, después con otro más.
Después todos se fueron a otro restaurante, luego a otro, y terminaron paseando en grupo por el parque.
Poco a poco la gente se fue yendo, pero a Laura no le apetecía volver a casa.
…………………
Miró el reloj.
¡Las seis de la mañana!
Sacó el teléfono, que estaba en silencio, y vio decenas de llamadas perdidas de Carlos.
Luego levantó la vista y se dio cuenta de que de todo el grupo solo quedaban ella y el director general, que habían pasado la noche hablando de libros y películas.
En ese momento se sonrojó.
—Ay, se nos hizo tarde —fue lo único que pudo decir.
—Un poco sí —sonrió Pedro Alejandro—. Ahora te pido un taxi.
Llegó el taxi y Laura intentó actuar como si nada hubiera pasado. En realidad, objetivamente, no había pasado nada…
—Estuvo genial —dijo al despedirse—. Habría que repetirlo alguna vez.
Casi se mordió la lengua.
Pedro Alejandro se rio y contestó:
—Claro, cuando quieras.
Laura volvió a sonrojarse.
…………………
—¿Dónde estabas? —preguntó Carlos enfadado.
—En la fiesta de la empresa, ya te escribí…
—¡Una fiesta hasta las ocho de la mañana!
—Sí, perdón. No volverá a pasar.
—Pues mejor que no. Recoge tus cosas y vete.
Probablemente Carlos esperaba que ella suplicara, pero Laura se ofendió, recogió sus cosas y se fue a casa de sus padres.
…………………
—¿Cómo que se pelearon? ¡Si eran la pareja perfecta! —Laura veía cómo su madre levantaba las manos al cielo y ponía los ojos en blanco.
—Mamá…
—¿Qué mamá? ¡Nosotros te elegimos un novio excelente y tú…!
«Exacto, ustedes lo eligieron», pensó Laura, pero dijo otra cosa:
—¿Me aceptan o busco dónde vivir?
—Claro que te aceptamos, ¿qué remedio…?
Suspiraron los padres.
…………………
En el trabajo Laura estaba pensativa. Después de aquella noche el encanto de Diego había desaparecido y se dio cuenta de que él tampoco era su persona.
¿Entonces quién? ¿Cuándo lo encontraría? ¿O tal vez no necesitaba encontrar a nadie?
De pronto sonó el teléfono de su escritorio.
«Seguro es de contabilidad», pensó y casi gruñó al contestar:
—¿Qué quieren ahora?
—Ejem… Laura, ven a mi oficina.
Colgaron.
Laura se quedó mirando el teléfono horrorizada.
—¿Por qué miras el teléfono como si fuera una serpiente? —le preguntó Ana.
Esa pregunta la hizo reaccionar. Murmuró algo, se levantó y fue al despacho del director.
—Hola —saludó a la secretaria—. Me llamó el jefe.
—¿A ti? —preguntó sorprendida la secretaria.
Laura asintió.
La secretaria marcó:
—Pedro Alejandro, aquí está Laura del departamento de análisis… Bien.
Colgó y miró a Laura sin entender:
—Pasa, te está esperando.
Laura suspiró y empujó la pesada puerta.
—Buenos días, Pedro Alejandro —decidió mantener distancia—. ¿Me llamó?
—Hola. Sí. Laura, quiero invitarte al cine.
Laura juraría que sus ojos se abrieron como platos.
—¿Qué?
—Pasamos a tutearnos, ¿no? Quiero invitarte al cine. ¿Aceptas?
Laura se humedeció los labios, reunió fuerzas y abrió la boca para decir “no”, pero dijo:
—Sí.
—Perfecto. Paso por ti después del trabajo.
—No, no hace falta. Mejor nos vemos en el café que está cerca de la oficina y te espero allí.
—Está bien.
Laura salió del despacho.
—¿Todo bien? —preguntó la secretaria.
—Bien, todavía no me despiden —bromeó.
Luego Laura y Pedro se vieron, y otra vez, y otra…
—¿Te casarías conmigo? —le preguntó él un día.
—Claro que sí —respondió ella.
Y pensó en lo maravilloso que era que Diego no hubiera ido a aquella fiesta, porque si hubiera ido, nunca habría prestado atención a Pedro. Y qué bueno que Carlos hubiera decidido terminar la relación, porque ella sola nunca se habría atrevido a dar el paso.
El corazón no miente.






