Envejecer no es algo a lo que debamos resistirnos, sino algo que debemos honrar.

Envejecer no es algo contra lo que debamos luchar; es, más bien, un proceso digno de ser honrado. Los años no arrebatan tu belleza, tu valía ni tu luz; si acaso, el paso del tiempo las revela con mayor intensidad. Conforme transcurren los inviernos, las capas de expectativas ajenas van desprendiéndose poco a poco, dejando a la vista lo que realmente eres: la persona bajo el bullicio del mundo.

El tiempo no te resta, sino que te purifica. Lima las asperezas que ya no te son útiles y fortalece aquellas partes de ti que verdaderamente importan. Te enseña a soltar el peso de lo que nunca te correspondió cargar la obligación de deslumbrar, de encajar en todas partes, de intentar ser todo para todos.

Y es justo entonces, en ese acto de soltar, cuando algo poderoso sucede.

Comienzas a ser más tú que nunca antes.

Las arrugas en tu rostro no son señales de una juventud que se desvanece, sino un mapa de las sonrisas, las penas, el coraje y el amor vivido. La plata en tu cabello no señala pérdida, sino que es una corona forjada por la experiencia, testimonio de batallas libradas y momentos atesorados.

Con la edad llega la clarividencia.

Amas de forma más consciente. Hablas con mayor sinceridad. Aferras lo que importa y abandonas con serenidad lo que no.

Envejecer no resta valor.

Te hace más profundo, más sabio, más íntegro.

Por eso, al recibir cada año nuevo, hazlo sin temor y con gratitud: por la sabiduría adquirida, la fortaleza descubierta y por la persona extraordinaria en la que no dejas de convertirte.

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Elena Gante
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