Regalo del cielo. Capítulo 2/3

Regalo del cielo. Capítulo 2/3

Laura llegó de forma inesperada a su casa. Marta acababa de regresar del trabajo, se había cambiado a ropa cómoda y se disponía a preparar la cena.

Marta abrió la puerta y se quedó sorprendida al ver a su vieja amiga de la universidad parada en el umbral con una pequeña maleta y una expresión de cansancio en el rostro.

— ¡Laura! ¿Qué haces aquí? — exclamó Marta, abrazándola con fuerza —. ¡No me avisaste de que vendrías! Pasa, pasa, no te quedes ahí.

Laura entró, dejando la maleta en el pasillo, y suspiró profundamente. Tenía los ojos ligeramente hinchados, como si hubiera llorado durante el viaje.

— Lo siento, Marta. No quería molestar, pero no sabía adónde ir. Todo se derrumbó de repente… Mi relación con Carlos terminó de la peor manera, perdí el trabajo en la oficina de Madrid y… bueno, necesitaba alejarme de todo eso. Pensé en ti, en vuestra casa en Barcelona. ¿Puedo quedarme unos días? Solo hasta que organice mis ideas.

Marta la miró con compasión y la llevó directamente a la cocina, donde el aroma del café recién hecho aún flotaba en el aire.

— Por supuesto que puedes quedarte. Eres como de la familia. Mi marido, Antonio, llegará en un rato del taller. Le encantará verte. Siéntate, te preparo algo caliente. ¿Has comido algo en el tren?

Mientras Marta calentaba la sopa y cortaba pan fresco, Laura comenzó a contarle con voz entrecortada todo lo que había sucedido en los últimos meses. La traición de Carlos con una compañera de trabajo, las discusiones interminables, el despido injusto de la empresa donde había trabajado durante cinco años y la sensación de vacío que la invadía cada mañana al despertar en su pequeño apartamento vacío.

— Me sentía como si el mundo entero se hubiera puesto en mi contra — confesó Laura, removiendo el azúcar en la taza —. Todo lo que construí se desmoronó en cuestión de semanas. A veces pienso que quizás merecía algo así, por haber confiado demasiado.

Marta negó con la cabeza y le apretó la mano con cariño.

— No digas tonterías. Nadie merece que le rompan el corazón de esa forma. Has sido siempre una mujer fuerte, Laura. Recuerda cuando éramos estudiantes y tú eras la que organizaba todo, la que nos animaba cuando los exámenes nos superaban. Esta es solo una mala racha. Aquí, en Barcelona, con el mar cerca y el bullicio de la ciudad, podrás respirar y empezar de nuevo.

En ese momento se oyó la llave en la puerta principal. Antonio entró, quitándose la chaqueta manchada de aceite del taller mecánico donde trabajaba. Al ver a Laura, su rostro se iluminó con una sonrisa sincera.

— ¡Pero mira quién está aquí! ¡La famosa Laura de los tiempos universitarios! — dijo, acercándose a darle un abrazo fraternal —. ¿Qué te trae por Barcelona? ¿Vacaciones improvisadas?

Laura repitió brevemente su historia, intentando sonar más ligera de lo que en realidad se sentía. Antonio escuchó con atención, asintiendo con la cabeza.

— Quédate el tiempo que necesites. La habitación de invitados es tuya. Mañana mismo te llevo a dar una vuelta por el barrio, a ver el mar en la Barceloneta. Nada como el Mediterráneo para aclarar las ideas. Y si buscas trabajo, tengo contactos en varios talleres y oficinas de la zona. No estás sola.

La cena transcurrió en un ambiente cálido. Marta preparó su famoso arroz con verduras y pollo al estilo catalán, y entre risas recordaron anécdotas de sus años en la universidad en Valencia. Por unas horas, Laura sintió que el peso que cargaba en el pecho se aligeraba un poco. Las bromas de Antonio, la preocupación genuina de Marta y el ambiente hogareño de aquella casa en un tranquilo barrio de Barcelona le recordaban que aún existían personas en las que se podía confiar.

Sin embargo, cuando llegó la noche y se acostó en la cómoda cama de la habitación de invitados, las dudas regresaron. ¿Estaba haciendo lo correcto al imponer su presencia en la vida de sus amigos? ¿Cuánto tiempo podría quedarse sin convertirse en una carga? Mirando el techo, susurró para sí misma:

— Dios mío, si realmente existe un plan para mí, muéstramelo. No quiero seguir sintiéndome perdida.

Al día siguiente, la vida en la casa siguió su ritmo habitual, pero con una nueva inquilina temporal. Marta salía temprano a su trabajo en una librería del centro, Antonio se iba al taller y Laura se quedaba ayudando en las tareas domésticas o dando largos paseos por las Ramblas y el puerto. Poco a poco, comenzó a sentir que Barcelona, con su luz especial, sus calles vibrantes y el apoyo incondicional de Marta y Antonio, podía ser el lugar donde empezara a reconstruir su vida.

Lo que ninguno de ellos imaginaba era que aquella visita inesperada traería consigo no solo consuelo, sino también sorpresas que cambiarían para siempre el destino de los tres. Porque a veces, lo que parece un golpe del destino es en realidad un regalo del cielo disfrazado de crisis.

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Elena Gante
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Regalo del cielo. Capítulo 2/3
«19 años después… el abogado era él.»