Viernes, 17 de noviembre
¿Has comprado pan?
Me miró como si le hubiera preguntado algo en un idioma extranjero. No era incomprensión, no. Simplemente una pausa. Una larga, incómoda pausa que no encajaba en el patrón de nuestra vida cotidiana.
¿Qué pan? respondió por fin, pero no fue una pregunta. Solo una afirmación, sin entonación interrogativa.
El de siempre. Barra gallega, de la panadería La Flor, la que está al lado de la Plaza Mayor, donde lo compras siempre.
Dejó la bolsa en el suelo y se quedó mirando la cocina, como si la viera por primera vez.
No he pasado por la panadería.
Asentí y me giré hacia la vitrocerámica. Nada raro, me repetí. Estaba cansado. Había estado fuera toda la semana, en una conferencia en Valencia; hotel, comida de fuera, otro aire. Lógico que llegara agotado.
Pero el pan siempre lo compraba. Diecisiete años; cada vez que regresaba, aunque fuese de una escapada breve, entraba a La Flor y traía una barra gallega. No era un acuerdo explícito, ni una rutina impuesta por necesidad. Era su manera de volver, de regresar verdaderamente a casa.
Removí la sopa y no dije nada más.
Se llama Vicente. Vicen, para los amigos. Yo tengo cincuenta y ocho, él sesenta y uno. Vivimos en Salamanca, en un piso de dos habitaciones que compramos en el noventa y nueve, cuando Lucía, nuestra hija, era pequeña. Lucía ya es adulta, vive en Madrid y me llama los domingos. Yo trabajo en la biblioteca del instituto, Vicen lleva tres años jubilado, aunque da clases sobre normativa de construcción en un centro de formación profesional. Llevamos una vida tranquila, rutinaria, casi sin discusiones. Es importante entender eso. No había nada que explicase lo que empezó a pasar después de su regreso.
Cenamos en silencio. Comía despacio, mirando hacia la mesa. Esperaba que levantase la mirada y contase algo del viaje, de sus compañeros, del ascensor del hotel que no funcionaba, o cómo echaba de menos mi cocido. Siempre contaba algo en la primera cena de vuelta a casa.
¿Qué tal Valencia? pregunté por romper aquel silencio.
Bien.
¿La conferencia fue bien?
Sí.
Dejé la cuchara en el plato.
Vicen, ¿estás bien?
Me miró. Sus ojos de siempre, grises, cansados.
Bien. Sólo cansado.
Recogí la mesa. Él se metió en la habitación, se tumbó con el móvil, como si no ocurriera nada especial, como si nada hubiera cambiado. Sólo que no hubo pan. Ni conversación. Y algo más, algo indefinible.
La primera noche se lo atribuí al cansancio. La segunda también.
El viernes, mientras tomaba café junto a la ventana mirando al patio, sucedió lo realmente extraño. Él salió del baño, fue a la cocina y se sirvió agua. Luego cogió el bote de garbanzos del estante, lo abrió, olió y lo volvió a dejar. No dije nada. Pero Vicen nunca come garbanzos. Jamás lo hizo. En nuestra primera cita se rio diciendo que eran comida de gente sin imaginación. Yo siempre le preparo arroz, lentejas, o incluso cuscús, lo que sea, menos garbanzos.
Pero allí estaba, oliendo el bote, como si quisiera animarse a probarlos.
¿Qué pasa, te apetece un potaje? intenté sonar casual.
No contestó, y se fue al salón.
Me quedé mirando aquel bote durante un largo rato.
El sábado llamó Lucía.
¿Ha vuelto papá? preguntó nada más descolgar.
Sí, el miércoles.
¿Qué tal está?
Hice una pausa brevísima.
Ha venido muy cansado, pero está bien.
Vale, mamá. En octubre iremos Santi y yo de vacaciones.
Claro, hija, veníos, me hará ilusión.
No le dije nada. ¿Qué iba a contarle? ¿Que su padre no compró pan y ha olido los garbanzos? No parece importante. Nada de esto lo parece.
Pero ya intuía que algo iba mal. Ni lo razonaba ni lo explicaba. Una alarma por dentro, en un rincón indefinido del cuerpo.
El domingo le propuse un paseo. A veces íbamos al parque de los Jesuitas los domingos, no todos, pero muchos. Le gustaba un banco junto al estanque, a veces comprábamos horchata en un puesto si lo encontrábamos abierto, él se quejaba de la espalda en los paseos largos y yo le decía que debía hacer algo de ejercicio, él lo restaba importancia y acabábamos riendo. Un ritual pequeño, insignificante.
¿Quieres que vayamos al parque? pregunté.
Dejó el móvil.
¿A qué parque?
Al de los Jesuitas, hace buen día.
Se lo pensó. Otra rareza, porque normalmente contestaba venga, o espera que me pongo la cazadora. No era cosa de pensar.
Vale aceptó al cabo.
Salimos sin apenas hablar. Yo le observaba. Miraba el entorno de forma recta, sin interés y sin la relajación típica de los domingos. Como quien recorre un sitio desconocido y se esfuerza en recordar un camino.
En la entrada del parque había un señor mayor con un perro, un cocker, gordito y canela.
Mira, Chispa dije, así llamábamos a todos los cockers rollizos tras el perro con ese nombre que tuvo nuestra vecina Carmen hace años. Era nuestra broma privada.
Vicente miró al perro. Nada.
Chispa repetí, más bajo.
Es buen perro dijo, correcto, neutral.
Me paré junto al rosal, fingiendo que miraba las flores. El corazón me latía más rápido de lo normal.
No recordaba a Chispa. O fingía no acordarse. Pero, ¿para qué iba a fingirlo?
En el lago ya habían retirado el puesto de horchata; eran ya días fríos. Vicente se sentó en el banco, mirando el agua.
Se está bien aquí comentó.
Solemos venir mucho.
¿Sí?
Le miré.
Llevamos viniendo aquí al menos diez años.
Asintió tranquilo.
Bueno, me refería a que está agradable el sitio.
Algo dentro de mí se encogió sin soltarse en lo que quedó de día. No supe explicarlo hasta la noche, tumbada aún despierta, oyendo su respiración. No dijo claro ni cómo no. Solo bueno, como quien asiente a algo ajeno.
Esa noche no dormí. Pensé en qué nombre tiene esto, cuando la persona a tu lado está, pero algo esencial dentro de ella ha desaparecido. Sé que la gente cambia tras grandes pérdidas o estrés; me viene a la mente un término médico, pero no lo recordaba. Pero esto era una conferencia en Valencia. Nada como para cambiar tanto.
A las tres, me levanté y bebí agua. Miré el patio vacío, una farola parpadeando. Quizás sólo le pasa algo que no quiere contar. Disgustos de la edad, un pequeño achaque… Son cosas normales. Sobre todo después de los sesenta.
Me tumbé de nuevo. Él dormía hacia la pared. Le puse una mano en la espalda, suavemente, como siempre. No se movió.
El lunes llamé a mi amiga Marisa. Nos conocemos desde la Universidad. Vive al otro lado de Salamanca, trabaja en el centro de salud. Marisa es directa, sin adornos, por eso la aprecio.
Mari, ¿puedo pasarme por tu casa?
¿Ha pasado algo?
No lo sé. Quizá no. Necesito hablar.
Vente para las cinco, ya estaré en casa.
En su cocina siempre huele a empanada aunque no haya horneado. Nos sentamos. Le conté. Lo del pan, los garbanzos, lo del perro, lo de la horchata.
Marisa me oyó en silencio.
Carmen, puede ser que esté deprimido, o algo de memoria, hija, ya tenemos una edad dijo finalmente.
Mari, tiene sesenta y uno.
Pues igual, que yo también te digo que el Domingo, el del tercero, empezó con eso a los sesenta y dos…
Vicen nunca ha sido olvidadizo. Mejor memoria que yo. Fechas, nombres, todo.
Todo cambia alguna vez.
Miré el té en mi taza.
Esto no es olvido. Es… otra cosa. Me mira como si intentara ser correcto con una desconocida.
Marisa partió un trozo de empanada.
¿Descansas bien últimamente?
No.
Pues eso. Carmen, no te obsesiones. Está cansado, a lo mejor alguna movida en el curro, los hombres nunca cuentan nada. Dale una semana.
Asentí. Puede que tenga razón. Seguramente la tiene.
Pero al volver me acordé de cómo olfateó los garbanzos. Un gesto mínimo, pero tan ajeno a él que todavía noto el nudo en la garganta.
En casa estaba sentado con sus apuntes. Puse el hervidor; deshice la bolsa de la compra. No levantó la cabeza.
He estado en casa de Marisa.
Ajá.
Ha hecho empanada.
Alzó la vista hacia la empanada.
¿De qué?
De espinacas. Tu preferida.
No me van mucho las espinacas.
Dejé la bolsa en la mesa despacio, muy despacio.
Vicen.
¿Qué?
De niño te encantaba la empanada de espinacas. Me lo dijiste más de una vez. Tu madre siempre la hacía los viernes.
Me miró fijo.
Mi madre las hacía de atún.
Silencio.
Su madre, doña Asunción, falleció hace ya doce años. La conocí. Vi cómo preparaba sus empanadas, muchos viernes en aquella cocina pequeña, con el mantel de cuadros verdes. Siempre de espinacas con huevo duro, era su especialidad.
Vicen, Asunción hacía la empanada de espinacas dije bajito. Me acuerdo perfectamente.
Bueno, quizá sí. Hace mucho… encogió los hombros y volvió a sus papeles.
Me fui al salón. Me asomé a la calle; coches y gente, una tarde otoñal como tantas otras.
Recordaba perfectamente ese olor de empanada. Esa cocina, ese mantel. Él la recordaba incluso mejor que yo; lo había contado tantas veces, con cariño, hasta ternura.
Saqué el móvil y busqué el contacto de su hermana, Laura. Vive en Ávila, no están muy unidos, pero se hablan. Llamé.
¡Carmen! ella siempre tan efusiva. ¿Qué tal?
Laura, bien. Oye, ¿te acuerdas de qué hacía tu madre la empanada?
Pausa breve.
Pues la de toda la vida, vamos. Espinacas y huevo duro, ¡claro! ¿Por qué?
No, por nada, que quería pedirte la receta otra vez. Gracias, Laura.
Guardé el teléfono. Me temblaban las piernas. Absurdo, temblar por una empanada, pero ahí estaba.
Algo con la memoria. Algo neurológico, o qué sé yo. Habrá que llevarle al médico, hablar claro.
En la cena le pregunté:
Vicen, ¿te duele la cabeza últimamente?
No.
¿Duermes bien?
Sí.
¿No querrías ir un día al médico para revisión?
Dejó los cubiertos.
¿Por qué?
Por control. La tensión, hace mucho que no vas.
Me la miro en casa, está bien.
Vicen, te lo digo porque me preocupo.
Me sostuvo la mirada, largamente, casi como si estudiase mis gestos.
¿Crees que me pasa algo?
Solo que me preocupo.
Carmen, estoy bien. No insistas.
Volvió a cenar. Siempre tuvo esa capacidad: cerrar una conversación de un tajo, sin levantar la voz, sólo marcando el límite. Yo solía respetarlo.
Pero ahora, mientras le observaba, junto a él pero analizando cada movimiento, revisaba detalles: postura, manera de sostener el tenedor, si era igual. Me parecía que antes se sentaba más erguido. El tenedor en la mano derecha siempre fue diestro, ¿verdad? Sí, diestro.
Recogí y fui al baño. Me miré en el espejo. Una mujer cansada me devolvía la mirada, con el pelo gris corto hace tiempo que no me lo tiño y las arrugas en los ojos; Vicen solía decir que eran de reír. Pensé: Carmen, te estás obsesionando. Ya no sabes ni cómo cogía el tenedor. Sólo tienes miedo de lo desconocido. Es normal. Las personas cambian. Más de lo que imaginamos.
Me lavé la cara y me acosté.
Esa noche me desperté por el silencio. No por un ruido, sino porque faltaba su presencia. Toqué con la mano; su lado estaba frío.
Fui a la cocina. La luz estaba encendida. Él sentado, escribiendo en un cuaderno. Escribiendo, a mano, algo raro, porque apenas escribe nada últimamente.
¿Vicen?
Levantó la cabeza, tranquilo, como si esperase mi llegada.
No conseguía dormir.
¿Qué escribes?
Solo cosas mías.
¿Puedo ver?
Pausa.
Es personal.
Nunca en diecisiete años me había respondido es personal a una pregunta. Siempre hubo espacios propios, sí, pero nunca lo dijo así.
Vale acepté, salí al dormitorio.
Oí que volvió poco después, apagó la luz. Tardó en dormirse; notaba su vigilia.
Por la mañana ya no estaba el cuaderno en la mesa.
Lo busqué, sin saber por qué, solo buscaba. Miré en la cocina, nada. Me asomé a su mesita de noche algo impensable hasta ahora, estaba casi vacía: unas gafas viejas, monedas sueltas, papeles. No había cuaderno.
Se lo había llevado.
Me fui al trabajo. En la biblioteca el mundo es ordenado y tranquilo, huele a papel y polvo, lo que me reconforta. Colocaba libros, respondía dudas de Sara, la nueva, ayudaba a encontrar revistas. Un día normal.
Durante la pausa de la comida, pensando en todo esto, me pregunté: ¿cómo se sabe que una persona ha cambiado de verdad? No solo por detalles, ni por el paso del tiempo, sino así, de raíz. ¿Qué significa, después de diecisiete años, no reconocer a la persona con la que compartes cama?
Me viene a la memoria aquel término: extrañamiento psicológico. Cuando el otro cambia tanto, que parece una persona nueva. Puede ser síntoma médico, efecto del estrés o simplemente la vida. Las personas cambian. Y muchas parejas al cumplir los cincuenta, o los sesenta, se dan cuenta de que no reconocen al otro.
Pero yo creía conocer a Vicen. Estaba segura.
Por la noche, cuando llegué, estaba en la cocina, mirando por la ventana. Solo eso.
¿Qué haces, Vicen?
Miro.
¿El qué?
Simplemente, miro.
Una respuesta extraña en él, que siempre era activo, resolutivo. Si estaba quieto, pensaba en voz alta o garabateaba. No contemplaba así, sin más.
¿Qué tal el día?
Bien, clases, lo habitual.
¿Y los alumnos?
Lo de siempre.
Saqué pollo de la nevera y empecé a preparar la cena.
Vicen, ¿me cuentas cómo fue lo de Valencia?
¿El qué?
Lo que quieras. Dónde estabas, a quién viste, ya sabes, cuenta algo.
Una pausa.
Hotel normal, la charla en el centro de la universidad. Hicimos una visita a un edificio nuevo. Nada especial.
¿Y los compañeros? ¿Estaba Manuel?
Manuel Serrano lleva tres años impartiendo clase con él y el año pasado incluso fueron juntos de pesca. Sé mucho de él.
¿Serrano? No, no estaba.
Pero creo que siempre va a los congresos.
Esta vez no.
Vale, puede que no.
Esa noche, cuando Vicen dormía, mandé un SMS a la mujer de Manuel. No somos íntimas, pero tengo su número. Le escribí: María, buenas noches. ¿Regresó bien Manuel de Valencia?
Ella contestó rápido: Buenas, Manuel no fue a Valencia. Se quedó en casa toda la semana. ¿Ha pasado algo?
Respondí que todo bien, que me ligaría.
Me quedé tumbada en la cama, a oscuras.
No sabe si Serrano estaba en la conferencia. Alguien con quien comparte jornada y aficiones. O lo sabe, y miente. Pero, ¿por qué?
Pensé que, igual, no estuvo en Valencia. Que la semana pasó en otro sitio.
Demasiado lejos va mi pensamiento.
Al día siguiente, miércoles, encontré un pretexto: le dije que necesitábamos cortinas nuevas para el dormitorio. Le propuse acercarnos a Almacenes Ortega, una tienda de telas grande en la calle Toro. Hemos ido varias veces. Vicen normalmente se perdía de aburrimiento allí, insistía en que eligiera yo y luego íbamos a tomar una caña y un pincho al bar de la esquina, nuestro ritual.
¿Vamos hoy a Ortega? pregunté.
¿A dónde?
A por cortinas.
¿Hace falta?
Ya están muy viejas.
Él se encogió de hombros.
Vale.
Fuimos. Me lo tomé con calma, deambulé por las telas, consulté opiniones, él contestó distraído. Finalmente, rondando la hora del aperitivo, sugerí:
Vamos a por un pincho después.
¿Dónde?
El bar de la esquina, donde siempre paramos, hombre.
Me miró.
No conozco ningún bar ahí.
Esbocé una sonrisa tranquila.
Sólo no lo recuerdas. Ven, te lo enseño.
Fuimos al bar, el de la barra de zinc y croquetas caseras, El Rincón, lleva más de veinte años igual.
Le puse su caña en la mano.
Miraba la barra detenidamente, como queriendo atesorarla.
Vicen, ¿te acuerdas de mí?
Me miró extrañado.
¿Cómo no voy a acordarme? Eres Carmen, mi mujer.
Sí, pero de nosotros, de lo nuestro.
¿Qué pasa, Carmen?
Que estás distinto.
La gente cambia.
Eso dices, pero tú siempre pensé que eras de los que no cambian.
Calló. Probó el pincho.
Quizá también cambio yo dijo, al final.
De regreso, miré los escaparates, el bullicio y pensé en ese miedo: no reconocer a la persona que más has querido. No es imaginación. A veces es la realidad más cotidiana.
El jueves, aprovechando que se había ido a clase, entré en su despacho esa tercera habitación que llamamos despacho aunque sólo tenga un escritorio, una estantería, y alguna carpeta.
No pretendía cotillear, sinceramente, pero abrí el cajón superior.
Allí estaba el cuaderno.
Lo abrí. Las primeras hojas, vacías. Después, de pronto, frases, listas. La letra diminuta y regular, elegante, nada que ver con la suya Vicente escribe desordenado, medio ilegible, de médico. Esta era limpia y ordenada.
Leí:
Carmen. Esposa. 58 años. Trabaja en biblioteca. Hija, Lucía, Madrid. Café sin azúcar. Quiere cambiar cortinas. Marisa, amiga, en centro de salud. Luego: Empanada de espinacas, supuestamente le gusta. Parque los Jesuitas los domingos. Perro Chispa, broma. Más abajo: Asunción, madre. Espinacas o atún. Verificar.
No podía respirar.
Era el cuaderno de alguien que recopila datos de una vida para adaptarse a ella. Como quien estudia para no cometer errores.
Lo cerré, lo guardé de nuevo. Fui a la cocina, tomé agua.
Pensamientos claros y fríos. ¿Quién era esa persona?
Vivía conmigo, se parecía a Vicente, tenía su voz, sabía mis rutinas, pero sentía necesidad de tomar notas. Recogía fragmentos de nuestra vida como pistas.
Llamé al trabajo para decir que estaba mala. Me senté en el sillón, anestesiada, repasando explicaciones.
¿Amnesia? ¿Un estado disociativo, esa condición en que se reconstruyen recuerdos a base de retazos? ¿Algo le pasó en Valencia? ¿O en otro sitio? ¿Algún evento borró parte de su memoria y lo está recomponiendo solo, sin decírmelo, por vergüenza o miedo?
Eso cuadra. Casi todo.
Salvo por la letra. No es su letra.
Nunca le di importancia a eso de la letra, pero la de Vicente la conozco bien. Apuntes de la compra, notas, tarjetas. Siempre protesté que no entendía nada. Esa letra no era la suya.
Quizá la gente cambia la letra, tras un ictus, por ejemplo. Pero entonces habría otros síntomas, habría caído, necesitaría ayuda. Se notaría de inmediato.
Me froté la cara con las manos.
Esa tarde llegó a las siete. Había preparado la cena, intenté aparentar normalidad.
Cansada, Carmen? Hoy no fuiste al trabajo.
Me dolía la cabeza. Estoy mejor.
Asintió, fue a lavarse las manos.
Nos sentamos a cenar. Mientras le miraba, pensaba en cómo es la desaparición del ser querido: no física, no por ausencia, sino porque lo esencial se ha ido, aunque la persona esté ahí.
Vicen dije.
¿Sí?
Cuéntame algo de nosotros. De cuando nos conocimos.
Alzó los ojos, sin apuro.
¿Para qué?
Por oírlo. ¿Cómo lo tienes tú en la memoria?
Dejó el tenedor.
Nos presentaron unos amigos. En una fiesta de cumpleaños. Llevabas un vestido azul.
Esperé. Era verdad, yo llevaba un vestido azul, cumpleaños de Silvia, 23 de septiembre del 97.
Nos volvimos a ver un par de veces y empezamos a salir.
Pausa.
Y ya añadió.
Le miré.
¿Y después?
Nos casamos. Nació Lucía. Compramos este piso.
Vicen, cuando me pediste matrimonio, ¿dónde fuimos?
Carmen
Por favor. Dímelo.
Calló.
No me acuerdo de detalles.
Me dijiste que jamás olvidarías aquel día. Lo contaste en las bodas de plata, ante todos.
Silencio.
¿Dónde fue, Vicen?
Me miraba, largamente. No veía rabia, ni vergüenza. Había otra cosa, algo doloroso o tal vez frío.
Carmen dijo suavemente, ¿para qué quieres saberlo ahora?
Porque necesito saber si lo recuerdas.
Estoy cansado. Fue hace mucho. No todos recuerdan esas cosas.
No es un detalle.
Para mí sí.
Me levanté. Recogí los platos, aunque la cena estaba a medias. Él no dijo nada.
Fuimos juntos al río Tormes después de que me pidiera matrimonio. Nos perdimos, él me cogió en brazos para cruzar un arroyo, llevaba tacones. En la orilla del río me propuso pasar el resto de la vida juntos. Siempre recordó esos momentos. Le encantaba esa historia.
Pero el hombre con el que convivo ya no la conoce.
Esa noche escribí a Marisa y se lo conté todo: el cuaderno, la letra, la historia del Tormes.
Me respondió pasada la una: Carmen, tenéis que ir al médico, de verdad. Puede ser cualquier cosa, por su parte o por la tuya. Llámame mañana.
Guardé el teléfono y me quedé en la oscuridad. Oía su respiración. Pensaba en cómo alguien se puede ir sin marcharse. Eso es más difícil que cualquier adiós.
El viernes por la mañana decidí hablar claro con él. Decirle que había encontrado el cuaderno, que hablé con Laura y María, que sabía lo de los apuntes, que tenía muchas preguntas y necesitaba respuestas. Que no le culparía, pero quería la verdad.
Ya estaba en la cocina, preparándose té.
Vicen dije.
¿Sí?
Tenemos que hablar.
Se giró. Me miró. Largamente.
Lo sé contestó.
Me detuve.
¿El qué sabes?
Que sabes algo. Vi que estuviste en el despacho.
Silencio. No pedí disculpas. Esperé.
Siéntate dijo.
Nos sentamos. Él sujetaba la taza con ambas manos.
Es complicado de explicar empezó.
Inténtalo.
Lo que piensas es, en parte, cierto.
¿En parte?
No lo recuerdo todo. No como crees. Faltan cosas. Grandes.
El río Tormes.
Levantó la cabeza.
¿Perdón?
Cuando me pediste matrimonio. Fue junto al Tormes. ¿Te acuerdas?
Me miró y negó con la cabeza.
No.
¿Te acuerdas de Chispa?
No.
¿Tu madre, Asunción?
Recuerdo la cara, la voz pero los detalles no.
Le miré. Él a su taza.
Vicen, ¿desde cuándo ocurre?
No lo sé. Hace un tiempo. Poco a poco.
¿Por qué no me lo dijiste?
No sabía cómo.
Llevabas notas para no confundirte.
Sí.
Tu letra es diferente.
Pausa larga. Dejó la taza.
Lo sé.
¿Tienes explicación para esto?
No contestó. Miraba la mesa. Esperé.
Vicen, mírame.
Alzó la cabeza. Ojos grises. Igual que siempre.
¿Eres Vicente? ¿Mi Vicente?
Por primera vez le vi algo vivo en la mirada. Dolor. Descoloque. O algo aún sin nombre.
Carmen dijo bajo. No sé cómo responderte.
Le miré. A sus manos rodeando la taza, a la arruga en su boca, al pelo canoso en las sienes.
¿Eres honesto?
Todo lo que puedo ser.
Fuera llovía. Lluvia fina y otoñal. Oía las gotas caer en la repisa de la ventana. Un sonido habitual.
¿Qué hago ahora con esto? no se lo pregunté a él. Era al aire.
No lo sé contestó. Y de nuevo me pareció sincero.
Me levanté y preparé café. Solo, sin azúcar. Miré la calle mojada.
Se levantó también. Le oí acercarse.
Carmen.
¿Sí?
Recuerdo tu voz. Desde el principio. Cómo hablas. Eso sí lo recuerdo.
No me giré.
Es poco.
Lo sé.
La lluvia seguía. Se oyó un claxon y, después, silencio.
Necesito tiempo dije al fin.
De acuerdo.
No sé qué pasará.
Lo entiendo.
Le miré. Él intentaba decir algo más y no podía, quizás no quería.
Dime una cosa.
¿Qué?
¿Quieres quedarte aquí?
Dudó unos segundos. La lluvia golpeaba el cristal.
Sí respondió, al fin. Quiero estar aquí.
Le miré. A este hombre que vive en mi casa, sabe mi nombre, toma notas sobre mí, olvida nuestras historias, escribe de otro modo, pero sujeta la taza igual que Vicente siempre hizo.
Entonces ve a comprar el pan le pedí. Gallega. A La Flor, en la Plaza Mayor.
Asintió. Cogió la cazadora y salió. Se detuvo en la puerta.
Carmen.
¿Qué?
El Tormes. ¿Me lo contarás algún día?
Le miré largamente.
Ya veremos.
Cerró la puerta. Seguí en la ventana, con el café en la mano. Oí sus pasos bajando la escalera. Cuatro pisos, dieciséis peldaños. Siempre los contaba.
Salió al patio. Lo vi desde arriba. Cruzó, se subió el cuello ante la lluvia. Un hombre cualquiera, en un día lluvioso común.
En la esquina dobló hacia La Flor.
Apreté la taza. No tenía claro qué pensar, ni qué sentir. Era una especie de silencio interior: no paz ni alivio, solo la calma después del desconcierto, cuando ya no puedes fingir que no tienes preguntas.
El móvil vibró. Era Marisa.
¿Cómo estás? preguntó enseguida.
No lo sé.
¿Hablaste con él?
Sí.
¿Y?
Miré abajo. Ya no se le veía.
Mari, ¿tú podrías vivir con alguien que no sabe bien quién es?
Pausa.
¿Te ha dicho eso?
Algo así.
Carmen, al médico, en serio. Da igual lo que hablemos, aquí hace falta ayuda profesional.
Lo sé.
¿Entonces qué harás?
Dejé la taza en la repisa.
Por ahora, nada. Ha ido a por pan.
¿Qué pan?
Gallega, de La Flor.
Marisa guardó silencio.
Carmen, me preocupas.
Estoy bien, Mari. Te llamo luego.
Guardé el móvil. Bebí el café ya templado, pero seguía siendo bueno.
Dieciséis peldaños. Siempre los conté.
Veinte minutos después, se oyó la puerta y los pasos en la escalera: dieciséis de subida.
No me moví.
La llave giró en la cerradura.
Toma dijo desde el recibidor. Gallega. Era la última.
Me giré. Estaba en la puerta de la cocina, pan en mano, mojado de la lluvia, el flequillo pegado en la frente.
Déjalo en la mesa.
Lo dejó.
Nos miramos.
¿Quieres té? pregunté.
Sí.
Puse el agua a hervir. Se quitó la cazadora, la colgó. Se sentó, callado. Era un silencio sencillo, sin tensión.
Carmen susurró. ¿Me cuentas lo del Tormes?
El agua empezaba a hervir. Primero suave, luego cada vez más fuerte.
Me quedé quieta, dudando.
Ahora no dije por fin. Quizá luego.
Vale aceptó.
El agua hirvió.






