En la alegría y en el dolor. Capítulo 3/3

En la alegría y en el dolor. Capítulo 3/3

Otoño de 1945.

Carlos trabajaba en la herrería del pueblo, recuperando poco a poco las fuerzas después de la guerra, pero su cabeza… le dolía cada vez con más frecuencia e intensidad. Al principio lo soportaba en silencio, quitándole importancia. Luego el dolor se volvía tan fuerte que a veces no podía levantarse de la cama: palidecía, se mordía el labio hasta hacerse sangre para no gemir en voz alta.

— Se pasará —mascullaba entre dientes cuando Laura se acercaba a atenderlo—. Dicen que la conmoción trae estas secuelas. Se pasará, pronto me dejará en paz.

Pero solo remitía por poco tiempo. Después el dolor regresaba con más fuerza y, además, empezó la pérdida de memoria: Carlos salía hacia la herrería y olvidaba para qué iba, o se quedaba parado en medio de la calle, mirando al vacío sin saber adónde se dirigía. La enfermedad avanzaba tan rápido que a Laura le entraban ganas de golpearse la cabeza contra la pared por la impotencia. Los médicos se encogían de hombros, le recetaban medicinas, pero nada servía de mucho. Laura tenía miedo de dejarlo solo, pero tampoco podía faltar al trabajo en la fábrica textil del pueblo vecino.

Y él, un hombre adulto y fuerte, se negaba a aceptar que estaba volviéndose tan desvalido como un niño.

Hasta que una tarde de noviembre de ese mismo año 1945, Carlos salió al porche, se agarró la cabeza con ambas manos y soltó un grito terrible, como el de un animal herido. Luego se desplomó, perdiendo el conocimiento.

Laura pidió al hijo de los vecinos que corriera a buscar al médico. En el pueblo atendía un joven llamado Andrés Morales, recién regresado del frente, donde había servido como médico militar. Llegó bastante rápido, porque el dispensario donde vivía y consultaba estaba cerca. Examinó a Carlos, negó con la cabeza y dijo en voz baja:

— Hay que llevarlo al hospital del distrito. ¡Ahora mismo! Me quedo con él. Tú, Laura, corre al ayuntamiento y dile al alcalde que necesitamos urgentemente un vehículo para trasladarlo.


Se llevaron a Carlos. Laura quería acompañarlo, pero su estado de desesperación era tan evidente que no la dejaron subir. Se quedó en casa con su amiga Rosa, que había acudido corriendo. Todo en la vivienda le recordaba a su marido: su camisa colgada en el respaldo de la silla, sus botas junto a la puerta, el olor a tabaco y al jabón con el que se afeitaba cada mañana.

Al día siguiente viajó al hospital. Carlos estaba inconsciente. Dos días durmió ella sentada en una silla junto a la cama. Al tercer día él abrió los ojos; su mirada estaba nublada, quiso decir algo, pero no pudo articular palabra. Los párpados volvieron a cerrarse y, esta vez, Carlos los cerró para siempre.

Regresó al pueblo como una sombra. Apenas llegó, Rosa corrió a su encuentro. Al ver la expresión de su amiga, lo comprendió todo sin necesidad de preguntar.

— Murió —dijo Laura con voz tranquila, casi indiferente—. Se fue.

Rosa se acercó y la abrazó. Laura no lloraba; solo miraba al frente con ojos vacíos.

— ¿Cómo es posible, Rosa? —susurró—. Volvió de la guerra… y ahora se ha ido del todo.


El entierro de Carlos se convirtió en un día de duelo para todo el pueblo. A doña Carmen tuvieron que llevarla casi en brazos; no podía caminar sola. Después, con una amargura profunda en la voz, murmuró:

— Ya no me queda nadie. Ni marido, ni hijo, ni nuera. Ahora entierro a mi nieto en esta tierra fría. ¿Y yo? ¿Para qué sigo viviendo? ¿Para qué ensucio el cielo? ¿Con qué propósito?

Rosa se acercó, le tomó la mano y le dijo con ternura:

— Para nosotras, abuela Carmen. Aquí estoy yo. Y Laura también. Ahora somos sus nietas. Estaremos a su lado.

Laura, que permanecía inmóvil como una estatua, miró a Rosa y luego a la anciana. Se acercó y tomó la otra mano de doña Carmen.

— Sí… ahora estamos juntas.

Esa misma noche, mientras recogía sus cosas para mudarse al día siguiente a la casa de la abuela, Laura se permitió por fin llorar. Lloró con tanta fuerza que parecía que las paredes de la casa temblaban.


Cuidaron de doña Carmen entre las dos, y en ese esfuerzo compartido, en aquellas veladas silenciosas junto a la cama de la anciana que acababa de perder a su nieto, el último resto de frialdad entre Laura y su suegra empezó a derretirse. Laura ya no se sentía agobiada por las obligaciones; simplemente hacía lo que había que hacer. Y doña Carmen, al observarla, comenzó a comprender: su nuera no era mala ni insensible. Solo amaba a su manera, a su propio estilo.

En la primavera de 1946, doña Carmen empezó a mejorar. Lentamente, con esfuerzo, logró levantarse. Salía al porche, luego, apoyándose en un bastón, llegaba hasta la casa de la vecina e incluso intentaba arrancar algunas malas hierbas del jardín, hasta que Laura y Rosa la veían y empezaban a regañarla.

No solo el cuidado de las dos jóvenes la ayudó a recuperarse, sino también las visitas del doctor Andrés Morales. Pasaba a menudo por la casa, le medía la presión, le preparaba infusiones y siempre le preguntaba con una sonrisa:

— Bueno, doña Carmen, ¿vamos a vivir entonces? ¿No piensa marcharse todavía al otro mundo? Porque antes me amenazaba: “Me iré, no quiero seguir aquí”, —la imitaba con cariño.

— Pensaba irme, pero lo he pensado mejor —respondía la anciana con una media sonrisa—. Con estas nietas y con un médico como usted, sería pecado morirse.

Andrés Morales era de estatura media, robusto, con ojos suaves y bondadosos en los que se adivinaba el dolor acumulado. Había visto demasiado durante la guerra. Al volver de la victoria, no quiso quedarse en la capital, donde no tenía a nadie. Decidió instalarse en este pueblo del sur, donde había vivido su abuelo fallecido. Desde los tres años, Andrés había crecido en un orfanato. Ahora había regresado a la tierra de su abuelo, encontró su tumba y empezó a ayudar a quien lo necesitara, como si quisiera compensar todo lo que la vida le había quitado.

Poco a poco, entre las infusiones, las charlas y las risas tímidas que empezaban a surgir en la casa, la vida volvió a abrirse paso entre el dolor. Laura y Rosa seguían juntas, apoyándose mutuamente, mientras doña Carmen recuperaba las ganas de seguir adelante. Y Andrés, con su presencia tranquila y constante, se convirtió sin darse cuenta en parte de aquella familia improvisada que el destino había reunido “en la alegría y en el dolor”.

El tiempo, lento pero inexorable, comenzó a curar las heridas visibles e invisibles. Y en aquel pequeño pueblo rodeado de campos de olivos y montañas, tres mujeres y un hombre aprendieron que, a veces, la verdadera fuerza nace precisamente cuando parece que ya no queda nada.

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Elena Gante
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