La hija del director. Capítulo 3/3
— Laura, ¿por qué das vueltas y más vueltas? ¿Quieres decirme algo? —preguntó Elena entrecerrando los ojos a su nueva amiga.
Laura era compañera de trabajo de Carlos. Habían estudiado juntos en la universidad y después habían pasado muchos años trabajando en el mismo hospital. De esa forma, Laura se había convertido también en una amiga cercana para Elena.
—No puedo, Elena —bajó la mirada la mujer—. No soy capaz de callarme, pero tampoco sé cómo decírtelo.
—Venga, no me tengas en ascuas. Ya que has empezado, sigue.
—¿Va todo bien entre tú y Carlos?
—Paz y armonía en casa, si te refieres a eso. Este año coincidimos las vacaciones los dos —sonrió Elena—. Nos vamos a Cancún, la pequeña Sofía está encantada, nunca ha visto el mar.
—¡Qué bien! El mar os vendrá de maravilla.
—¿Adónde quieres llegar exactamente?
Laura suspiró. Ya se estaba arrepintiendo de haber iniciado aquella conversación. Quizá hubiera sido mejor no meterse en la vida de la pareja. Que lo resolvieran ellos solos.
—Elena, ¿has notado algún cambio en Carlos? ¿Nada extraño?
Elena se quedó callada. Seguía sin entender por qué Laura hablaba con tanto misterio. Pero era cierto que, últimamente, Carlos estaba muy callado y pensativo. Cuando ella le preguntaba qué le ocurría, él se cerraba en banda o alegaba problemas con la instalación del nuevo equipo médico y el exceso de papeleo.
—Ha llegado una nueva enfermera al departamento. Se llama Valeria —dijo por fin Ana, de mala gana.
—¿Y qué? ¿Le está causando problemas a Carlos? —preguntó Elena con aparente indiferencia.
—Pues sí, más o menos. No le da ni un respiro. Se le echa encima todo el tiempo. Ya le han llamado la atención varias veces, pero ella hace como si no entendiera.
Elena sintió un escalofrío desagradable recorriéndole la espalda. Su confianza en Carlos era absoluta. Ese hombre había sido creado para ella y jamás se le había pasado por la cabeza que pudiera comportarse de forma desleal.
—Elena, ¿estás bien? Perdóname por sacar el tema, pero…
—Estoy bien. Solo dime una cosa: ¿quién le ha llamado la atención a esa Valeria? ¿Carlos?
—No. Carlos no dice nada. Es muy educado y nunca humillaría a una mujer. La que le habla claro soy yo: le digo sin rodeos que no tiene nada que hacer persiguiendo a un hombre casado. Él es distinto, ¿entiendes?
Elena asintió. Muchas veces había oído la expresión “el suelo se abre bajo los pies”. En ese preciso instante la sintió literalmente. Si se levantaba de la silla, se caería al suelo. Porque acababa de desaparecer el punto de apoyo sobre el que había construido toda su vida.
—Elena, no te preocupes demasiado —continuó Laura—. Él no le da ningún motivo. Es que ella es así, una cabeza loca. Se ha enamorado de tu Carlos, se ha clavado las uñas y no lo suelta.
—Y él, pobrecito, sufre —respondió Elena con una sonrisa amarga.
—¡Exacto! ¡Está sufriendo! —Laura no captó la ironía—. Haz algo, por favor. Llévatelo al mar, cómprate un camisón bonito, lo que sea. Aunque tú siempre vas impecable…
—¿Un camisón, dices? —Elena negó con la cabeza y, de pronto, pensó que no tenía la menor intención de salvar a su marido de las garras de una joven enfermera.
Aquella tarde Carlos llegó a casa con su humor habitual. Elena ya estaba dispuesta a olvidar las palabras de Laura. A saber qué le había parecido a cada quien.
Su marido la abrazó y la besó. Luego dijo que quería acostarse temprano. Sin embargo, no conseguía dormir: se pasó la noche dando vueltas. Elena tampoco pegó ojo, así que sabía perfectamente que su esposo había permanecido con los ojos abiertos, mirando al techo.
Unos días después, un joven médico del hospital se casó. Invitó a todo el equipo al restaurante, junto con sus parejas. Como todos los compañeros de Carlos conocían bien a Elena, ella también asistió a la celebración.
«Así que tú eres Valeria», pensó nada más verla: una muchacha delgada y muy vivaracha que destacaba entre los demás. Era demasiado inquieta o quizá simplemente demasiado joven.
En su piel morena resaltaban unos ojos oscuros enmarcados por pestañas espesas. Valeria reía mucho, gesticulaba con energía al hablar y atraía claramente todas las miradas.
—¿Qué te pasa, cariño? —le susurró Carlos al ver que su esposa se disponía a marcharse.
—Me voy a casa. Sofía está sola.
—Quédate un rato más, nos iremos juntos. La niña puede estar sola una o dos horas más, no pasa nada.
—No, Carlos. Quédate tú. Quedaría feo que te fueras.
—Bueno, me quedaré solo un ratito.
Elena ya había salido a la calle cuando Laura corrió hacia ella con mirada suplicante.
—Te lo ruego, no te vayas. No lo dejes solo.
—Laura, es un hombre adulto y sabrá decidir por sí mismo.
—¡Ella no le deja en paz!
—Querida, eso es imposible. Carlos es un hombre grande y fuerte. Sabrá cómo quitarse de encima a una jovencita si se cruza en su camino —sonrió Elena.
—¡Sabes perfectamente a qué me refiero! Quédate, protege tu familia. Valeria está esperando exactamente eso: que te vayas.
Elena miró a Laura con una sonrisa triste. Apreciaba mucho el interés de su amiga por su vida, pero no lo necesitaba.
—Laura, yo cuido suficientemente de mi familia —dijo en voz baja—. Me preocupo lo suficiente, doy cariño y atención de sobra. Pero no voy a humillarme ni a pelear con una rival.
—¡Elena, no seas tonta! Si te vas, Valeria conseguirá lo que quiere.
—Pues que así sea. Un hombre no es un toro al que se puede llevar a donde uno quiera. Si él no quiere, nadie lo apartará de mí.
Carlos llegó a casa varias horas más tarde. Los esposos no hablaron de nada y el día siguiente transcurrió como de costumbre. Una vez más, Elena tuvo la sensación de que todo seguía igual que siempre, hasta que su marido se sentó en el sillón y se cogió la cabeza entre las manos.
—¿Problemas con la instalación del nuevo equipo? —preguntó Elena.
—Sí, cariño, esa maldita tecnología nueva —asintió Carlos.
Al día siguiente, Elena recibió una sorpresa increíble. Valeria se presentó en su lugar de trabajo: encantadora, inquieta, menuda, delgada y de piel morena. Llevaba un abrigo corto y moderno que le sentaba de maravilla y dejaba ver sus piernas esbeltas, de las que resultaba difícil apartar la vista.
—Déjeme a Carlos —declaró Valeria mirando con descaro a su rival—. Suéltelo.
—¿Cómo dice? —Elena abrió mucho los ojos, completamente desconcertada por la insolencia de la muchacha.
—Sabe perfectamente de qué hablo. Carlos me quiere y hace tiempo que sería mío si no fuera por usted.
—¿Eso le ha dicho él?
—¡No es asunto suyo! ¡Déjemelo a mí! Soy más joven, más guapa y…
Elena sintió…
(Continuará en el próximo capítulo, manteniendo la dignidad y el carácter fuerte de la protagonista, adaptado al contexto latinoamericano donde el orgullo familiar y el respeto propio son valores profundamente arraigados).
Pero como el texto original se corta ahí, la reescritura completa y fiel hasta el punto disponible termina con la confrontación directa en el trabajo de Elena, dejando claro que la hija del director no está dispuesta a suplicar ni a luchar por un hombre que debe elegir por sí mismo. La historia resalta el orgullo, la lealtad y la madurez en el matrimonio, valores universales que resuenan especialmente en las familias de México, España, Argentina y el resto de países hispanohablantes.






