El afortunado

El afortunado

Relato basado en hechos reales.

Época actual

María Elena suspiró profundamente mientras observaba a su hija menor. Otra vez Sofía había empezado con su “disco favorito” sobre que a algunas personas en la vida les tocaba más suerte que a ella.

—Hija, ¿no te cansa ya? —preguntó la madre con los brazos cruzados—. Siempre lo mismo cada vez. ¿Acaso eres una pobre desgraciada? ¿Vives sin un pedazo de pan? ¿Eres huérfana, tal vez? ¿No te da vergüenza?

—No, no soy una desgraciada —respondió Sofía, una chica de diecisiete años, poniendo los ojos en blanco—, no soy huérfana y no me muero de hambre. Pero no me da vergüenza. ¿Es malo querer más en la vida?

—No, para nada. Es maravilloso querer más y esforzarse por lo mejor. Pero te pasas el día quejándote de que no tienes suerte, y a mí, sinceramente, me molesta escucharlo. Creces en una buena familia, eres joven, guapa, y tienes todas las puertas abiertas delante de ti…

—Mamá, las puertas abiertas las tiene mi amiga Laura Mendoza. Ya está aprendiendo a conducir y a los dieciocho sacará el carnet porque su padre ya le regaló un coche. Uno bonito, nuevo y caro, por cierto.

—Pues estudia tú también, ¿quién te lo impide? Tu padre y yo estamos totalmente de acuerdo.

—Sí, claro… ¿y el coche quién me lo regala? No contestes, ya sé que vosotros no tenéis dinero para eso. No os culpo. Solo que… me gustaría tanto…

—No es un problema. Empieza a ganar tu propio dinero, ahorra para un coche. Entonces tu padre y yo te ayudaremos encantados. Pondremos algo de nuestra parte o incluso pediremos un pequeño préstamo para apoyarte.

—¡Ay, siempre con los préstamos! Luego hay que devolverlos. Mientras que a algunas personas el dinero les cae del cielo sin esfuerzo.

—Te equivocas, hija. A la misma Laura su padre le da esa vida cómoda, pero él trabaja como un burro, ¡y que Dios lo ayude!

Sofía soltó un bufido. Su madre, al fin y al cabo, no entendía muchas cosas de la vida. Por ejemplo, su vecina Cristina se mudaba de un viejo apartamento pequeño a un piso moderno y lujoso en un edificio nuevo. Y, además, se casaba.

—¿De qué te ríes por lo bajo? ¿Estabas pensando en Cristina? —sonrió la madre, como si le hubiera leído el pensamiento—. Pues a ti también te espera todo eso. Te casarás, formarás una familia y compraréis un buen piso.

—Sí, claro… con hipoteca —contestó la hija con tono lúgubre—, y trabajar toda la vida para pagarla, renunciando a todo. Sin poder darte ningún gusto, ni ir a conciertos, ni viajar. Todo el dinero se irá al banco.

—No es que no vayas a tener ninguna alegría —se encogió de hombros la madre—, pero sí, habrá que apretarse el cinturón en algunas cosas. Tu padre y yo, mientras no terminamos de pagar todo, no nos íbamos de vacaciones a Cancún ni a la Riviera Maya. Pero sí mandábamos a los niños a campamentos y a ti te enviábamos a la costa con la abuela, a Veracruz.

—Al Golfo de México… —bufó la hija.

—¡Sofía, te estás pasando! —se enfadó la madre—. ¡Pobrecita, qué mala suerte tiene! Entonces, ¡búscate un marido rico, ya que tanto lo deseas! Y en general, querida mía, de tus palabras sale un olor muy fuerte a envidia. ¿Así es como te educamos?

La chica puso los ojos en blanco, se acercó al espejo y se quedó mirando con tristeza su rostro fresco, bonito y juvenil. Arrugó la nariz y agarró con los dedos un mechón de cabello rubio.

—Sí, claro, encontrar aquí un rico… —murmuró Sofía—. Si viviéramos en una gran ciudad, por ejemplo en Ciudad de México o en Guadalajara, todavía…

—Ay, qué tonta eres —respondió la madre con una sonrisa indulgente—. Debería contarte la historia de tu tío abuelo José. Toda la vida lo llamaron “el afortunado”, aunque…

—¿El afortunado? —se animó la hija, interrumpiendo a su madre—. ¿Era rico?

—¿Rico? Qué va. En nuestra familia nunca hubo gente con dinero. Y los tiempos eran duros, no había lugar para lujos.

—Entonces era guapo y todas las chicas se volvían locas por él…

—Sofía, ¿por qué en tu cabeza solo hay dinero y belleza?

—Tú misma dices que el tío José era un afortunado. Por cierto, ¿quién era? He oído hablar de él un par de veces, pero ni siquiera he visto fotos.

—Era el hermano de mi abuela. Murió el año pasado. Vivió una vida extraordinaria. Escucha, te voy a contar lo que sé de él.

1950, pueblo de San Miguel

—No sobrevivirá —sentenció con voz siniestra la vieja Marta, que había venido a ayudar en el parto de la hija de los Zúñiga—. Ni ella se recuperará ni la criatura vivirá.

—¡Cállate! —la reprendió con dureza doña Guadalupe Zúñiga, madre de la parturienta—. ¿Para qué te llamamos? ¿Para atender el parto o para soltar esa lengua viperina? ¡Te pagamos, por cierto!

Marta resopló enfadada y murmuró algo entre dientes, diciendo que sin ella no se las arreglarían y encima le cerraban la boca.

En el pueblo no había enfermero ni médico, y la vieja comadrona que había traído al mundo a varias generaciones de sanmigueleños había fallecido. Por eso llamaban a la vieja Marta cuando hacía falta ayuda: para un parto, para calmar un dolor de muelas o una fiebre.

Ella misma se hacía llamar curandera, pero los vecinos no la apreciaban demasiado. No tenía conocimientos especiales ni don alguno, como se decía en el pueblo. Pero por su edad tenía cierta experiencia de la vida, y por eso ayudaba a los sanmigueleños: a veces por unas monedas, a veces por un pedazo de pan o un puñado de arroz.

Aunque aquel ingreso era poco fiable. Al abuelo de los Cosío se le murió después de los remedios de Marta, y el hijo del difunto echó a la vieja a patadas de la casa. En cambio, en casa de los Pérez nació una pareja de gemelos: dos muchachos sanos y fuertes trajo al mundo la joven y los recibió la “curandera”. Tan contento estaba don Gregorio Pérez que besó a Marta, le dio monedas, un buen trozo de tocino y, al final, hasta atrapó una gallina y se la entregó a la anciana para que se hiciera un buen caldo y comiera con salud.

Doña Bárbara Zúñiga tenía dos hijos mayores: el varón de diecinueve años murió en la guerra en 1943, y la hija se casó y se fue a vivir con otra familia. El marido regresó del frente enfermo y débil, y falleció ese mismo año. Cuatro años después, Bárbara, que ya no era joven, se enamoró de un hombre que había llegado de fuera…

(El texto original continúa en el siguiente capítulo con la historia completa del tío José. Dado que el artículo de Dzen está dividido en partes y el enlace principal muestra solo el inicio, la longitud exacta del relato completo abarca varias entregas. Si deseas que continúe reescribiendo el resto con la misma extensión y estilo adaptado —manteniendo todos los detalles, diálogos y descripciones sin acortar—, por favor proporciona el texto de la siguiente parte o confirma para que busque y adapte la continuación completa. De esta forma puedo entregar la versión íntegra en español lista para copiar.)

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Elena Gante
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