A veces los sueños atraviesan los paisajes más insólitos, y en uno de esos sueños extraños nació Lucas, tan esperado por sus padres, en una Madrid envuelta en niebla. El embarazo de Clara fue difícil, como si el tiempo la hubiera tenido en vilo, y Lucas apareció antes de tiempo, diminuto y frágil, resguardado en una incubadora del Hospital de La Paz, donde las máquinas zumbaban melodías imposibles y las estaciones del año parecían mezclarse tras los cristales.
Muchos de los órganos de Lucas no sabían todavía cómo funcionar. Respiradores, dos operaciones, la retina despegándose hacia un horizonte submarino. Dos veces dejaron entrar a sus padres para que se despidieran, pero Lucas, contra la lógica de los días, sobrevivió.
Pronto, en ese sueño, flotó la certeza de que Lucas no veía el mundo más que en sombras y apenas escuchaba los ecos del viento por los pasillos. Su cuerpo, lento pero seguro, aprendió a sentarse, a sostener entre los dedos una marioneta de trapo, a ponerse de pie junto a la vieja estufa de la abuela en la casa toledana. Pero su mente permanecía en otro lugar, como si vagara sola por la sierra de Guadarrama entre brumas.
Al principio, los padres de Lucas aún tejían esperanzas. Lucharon juntos; luego el padre, Fernando, se desvaneció silencioso como un tranvía desapareciendo a lo lejos, y la madre, Clara, batalló sola. Buscó ayudas, y cuando Lucas tenía tres años y medio, le pusieron unos implantes cocleares para que pudiera escuchar las campanas de la iglesia de San Ginés. Parecía oír, pero el desarrollo seguía anclado. Logopedas, psicopedagogas, profesoras de apoyo desfilaban como personajes de un carnaval disperso. Clara, siempre con Lucas de la mano, acudía a consultas, a talleres sensoriales, a encuentros de asociaciones.
Proponían nuevas terapias: ¿Y si probamos esto? ¿Y si probamos aquello? Clara lo intentaba todo. El resultado era siempre igual: Lucas pasaba la mayor parte del tiempo girando su muñequito en el parque infantil, golpeaba los bloques de madera contra el suelo, mordía su mano o algún objeto y, de vez en cuando, aullaba una nota grave. A veces su aullido tenía múltiples tonalidades. Clara aseguraba que Lucas la reconocía por un gorgoteo especial y que se relajaba cuando le acariciaba la espalda y los pies.
Un viejo psiquiatra, una tarde verde de lluvia en Chamberí, le soltó a Clara: ¿Qué diagnóstico quiere, mujer? Su hijo será siempre así, como un vegetal que anda. Tome una decisión y continúe su vida. Puede dejarlo en un centro o seguir cuidándolo. Pero olvidar ese sueño de profundo progreso, no le hará ningún bien. Fue el único que habló con firmeza. Así que Lucas entró en un centro especializado y Clara volvió a su trabajo.
Pasada una mínima eternidad, Clara se compró una moto lo había soñado desde niña y empezó a recorrer la Castellana, el Retiro, y las carreteras serpenteantes de la Sierra junto a otros moteros. El sonido del motor le borraba pensamientos y angustias, incluso el runrún de las pesadillas. Fernando pagaba la pensión, que ella usaba entera para cuidadoras durante los fines de semana. Lucas, al fin y al cabo, resultaba un niño fácil de cuidar si una se acostumbraba a su particular canto.
Uno de esos moteros, Raúl, se le acercó y le confesó Tienes algo tragicómicamente fascinante, Clara
Ven, te lo enseñaré sonrió Clara.
Raúl pensó en sábanas y en promesas, pero Clara le mostró a Lucas. Ese día Lucas aullaba con inflexiones tal vez sabía que había extraño en casa.
¡Madre mía, lo que hay que ver! balbuceó Raúl.
¿Y qué esperabas? replicó Clara.
Al poco tiempo, Raúl y Clara no solo rodaban juntos, sino que compartían colcha y noches. Ninguno de los dos quería que Raúl se acercara a Lucas y lo hablaron con claridad. Luego, Raúl sugirió: ¿Te atreves a tener un hijo conmigo? ¿Y si viene otro igual? ¿Qué haríamos?respondió Clara secamente. Raúl se calló largo tiempo. Finalmente insistió.
Así nació Mateo. Por suerte, saludable, con la piel dorada por el sol del verano. Raúl planteó: ¿Y ahora no entregamos a Lucas a una institución, teniendo ya un hijo como los demás? Clara dijo: Al que podría entregar es a ti. Raúl reculó: Bueno, solo preguntaba Mateo descubrió a Lucas gateando, a los nueve meses, y se quedó maravillado. Raúl se asustaba, prohibía el contacto ¡No dejes al crío con él, que puede pasar cualquier cosa! Clara, que tenía a Raúl ausente entre el trabajo y la moto, permitía a Mateo acercarse. Cuando Mateo jugaba con Lucas, este dejaba de aullar; y Clara juraría que Lucas se quedaba atento, en espera. Mateo le llevaba juguetes, le mostraba cómo apilarlos, y unía los dedos de Lucas con paciencia infinita.
Un fin de semana, Raúl enfermó y se quedó en casa. Observó: Mateo, tambaleante, pronunciaba palabras que parecían conjuros y, tras él, Lucas lo seguía; antes estaba siempre solo, en su rincón, como un fantasma. Raúl armó un escándalo: No quiero que mi hijo esté con el tuyo, protégele. Clara le señaló la puerta sin una palabra. Raúl se asustó y pidieron la paz de un abrazo.
Clara consultó con su amiga Carmen:
Es un trozo de madera con ojos, pero le quiero. ¿Verdad que es raro?
Es natural amar a un hijo, venga como venga dijo Carmen.
Hablo de Raúl aclaró Clara. ¿Y crees que Lucas es peligroso para Mateo?
Según veo, Mateo manda, pero deberían estar vigilados opinó Carmen.
A los quince meses, Mateo enseñó a Lucas a apilar los aros de madera por tamaño. Ya armaba frases, cantaba nanas populares y repetía rimas: Cocidito madrileño, que bueno viene el relente. ¿Tenemos un niño prodigio?preguntó Clara, repitiendo la duda de Raúl. Entre los amigos de Raúl, a esa edad ninguno decía ni mamá ni papá.
Quizás sea por Lucasaventuró Carmen. No todos los niños tienen que tirar del carro del desarrollo de un hermano mayor.
¡Eso le diré yo mismo a ese tronco!rió Clara.
Vaya familia, pensaba Carmen: un vegetal ambulante, un tronco de madera, una mujer con motocicleta y un niño precoz.
Cuando Mateo aprendió a usar el orinal, se empeñó medio año en enseñárselo a su hermano. Comer, beber en vaso, vestirse y desvestirse, tareas que Clara encargó al pequeño profesor.
A los tres lados y medio, Mateo preguntó:
¿Y qué le pasa a Lucas exactamente?
No ve nadarespondió Clara.
¡Sí ve, mamá!replicó Mateo. Ve mal, pero ve. Hay cosas que distingue y otras que no. Según la luz. Lo que mejor ve es la lucecita del baño, la de encima del espejo.
El oftalmólogo de la Fundación Jiménez Díaz se quedó perplejo cuando Mateo, todavía pequeño, explicó las señales de visión de su hermano. Programó más pruebas, prescribió tratamiento y unas gafas especiales, con cristales gruesos que brillaban como los charcos en la Gran Vía después de la tormenta.
En la guardería, Mateo no se adaptaba: Este chico necesita ir al colegio ya, no hay manera con tanto listose quejaba la educadoraNo para de corregir a todo el mundo.
Clara y Carmen insistieron: mejor que Mateo aprenda cosas y ayude a Lucas por ahora. Raúl esta vez coincidió: Déjalo; ¿para qué necesita guardería si aquí está bien? Además, ¿te diste cuenta? ¡Lucas lleva casi un año sin aullar!
Medio año después, Lucas dijo: mamá, papá, Mateo, dame, quiero, y miau-miau. Fueron juntos al colegio, y Mateo sufría por la separación: ¿Cómo estará Lucas sin mí? ¿Los maestros sabrán tratarle? Sigue haciendo los deberes con Lucas antes que los suyos propios.
Lucas habla en frases sencillas. Sabe leer, manejar el ordenador, le gusta cocinar o limpiar (Mateo o su madre le orientan); disfruta sentado en el banco bajo los plátanos, olfateando el aire, saludando a los vecinos. Le fascina moldear plastilina y construir piezas de Lego.
Pero, sobre todo, es feliz cuando toda la familia surca sueños por la carretera, con sus motos bajo el sol castellano: Lucas y Clara, Mateo y Raúl, y todos gritan, en un idioma que solo el viento entiende, contra el horizonte y la luz.





