Pajarillo

Diario de Ana

¡Vale ya, Valeria! ¡Que te haces de rogar! Te llevo esperando una eternidad. ¡Anda, siéntate! me llamó mi vecina Carmen nada más acercarme al banco del parque, moviéndose para dejarme un hueco.

Y, la verdad, ¿para qué quedarse en casa con una noche tan agradable? Allí solo me esperaría la tele encendida y mi gata Paca, que más aburrimiento no puede dar. Pero en la calle ya huele a primavera, aunque apenas estemos en abril y el aire ya se sienta tibio, abrazando como un vestido nuevo. Incluso el cerezo que mi difunto esposo, Juan, plantó bajo la ventana, ha llenado sus ramas de flores, como si celebrara nuestra compañía. El banco que construyó él mismo está recién pintado. Carmen lo dejó hecho un pincel la semana pasada y ahora reluce como si fuera de estreno, esperando el bullicio de las vecinas que, sentadas de corrillo, se ponen a charlar de lo de siempre: los hijos, las dolencias, las cosas de la vida y algún desamor.

¿Y de qué más van a hablar las mujeres? Siempre pensamos que ya nos lo hemos contado todo, pero las historias nunca acabadas surgen sin buscarlas. Los hijos crecen, los achaques se multiplican, y el amor Bueno, amor nunca hay demasiado. A veces hasta es demasiado escaso. Escuchar a otras hablar de cómo las quieren es como recibir un rayo de sol; aunque el corazón se te quede desierto, te reconforta saber que el amor no ha abandonado del todo el mundo.

Carmen, a la que siempre hemos llamado Carmencita aunque en el DNI ponga Carmen del Río, ha sido mi vecina de rellano durante más de medio siglo. Desde que éramos niñas pequeñas, de esas que van y vienen por los pasillos sin que sus madres se preocupen por si cierran bien la puerta, porque saben (si no están en casa de una, están en la de la otra). Aunque luego aprendieron, por aquello de la seguridad, sobre todo después de nuestra famosa aventura en busca de la felicidad.

Tendríamos unos seis años aquella vez.

La abuela de Carmen vino de Torrelavega a pasar unos días y nos contó que la clave de la dicha estaba en capturar al pájaro de la felicidad y mantenerlo cerca. Así sería la vida más fácil, sin disgustos, y todo iría sobre ruedas.

No entendimos mucho sobre la vida, pero nos quedamos con la idea de que encontrar ese pájaro arreglaría todas las discusiones familiares qué niña no quiere que sus padres vivan en armonía. Así que decidimos buscarlo.

Carmen aseguraba saber dónde vivía el dichoso pájaro. En la casa de al lado, en el piso del señor Ramón, un hombre antipático, con voz de trueno. A veces sacaba a la terraza una jaula enorme de la que salían colores y gritos rarísimos. Era grande, vistosa, y tenía un plumaje que ni en el Retiro habíamos visto cuando nos llevaban al parque. Aquella sí que era el pájaro de la felicidad.

Preparamos la expedición con esmero. Encontramos en el balcón de Carmen una jaula de cuando su abuela le trajo un conejo. ¡Tendremos que meter la criatura en algún sitio! No íbamos a estar todo el rato sujetándole del rabo, ¡que nos dolerían los brazos y no íbamos a poder sujetar los helados que, según nosotras, aparecerían en cuanto atrapáramos la felicidad!

Cogimos pan y galletas para tentar al animal y, tras mucho cavilar, añadimos un caramelo por si acaso. Impensable ofrecerle solo pan y que nos hiciera un feo.

No teníamos prisa, era asunto serio. Para entonces la abuela de Carmen se había marchado, prometiendo llevarse a su nieta al pueblo todo el verano. Nuestros padres empezaron a organizar las vacaciones también y, como de costumbre, harían el viaje juntos, dos familias en un coche para ahorrar gastos. Solo a dos horas de viaje estaba el mar Cantábrico. Llegabas, casi sin darte cuenta, y el caserón viejo que alquilábamos se llenaba de risas y el aire salado era una maravilla. Qué recuerdos de aquellas mañanas de sol y olor a pan recién hecho.

Carmen ansiaba el viaje, pero también sentía pena por mí. Yo no tenía abuela. Ninguna. ¿Quién me consentía a escondidas, me tejía sombreros de ganchillo o me narraba historias largas al irme a la cama? Carmen deseaba con toda su alma que, si atrapábamos el pájaro, a lo mejor me aparecía una abuela como caída del cielo.

La víspera del viaje bajamos a la calle, diciendo a gritos que íbamos a jugar con la amiga. Disimuladas y sofocando la risa, nos lanzamos a la aventura.

El edificio del señor Ramón estaba desierto, todos dentro ya por el calor. Miramos de un lado a otro sin saber cómo empezar la búsqueda. Carmen estaba a punto de llorar pero yo, que nunca he sido de derrumbarme, la cogí del brazo y nos acercamos al portal. Si no hay nadie, pues a preguntar a los vecinos, así de simple.

Puerta tras puerta, nadie abría o nos mandaban a paseo. Algunos casi nos echan la bronca por molestar.

¿Dónde vive el pájaro de la felicidad? repetíamos sin cansarnos.

Vaya pregunta más inocente, y cuánto desconcierto causaba entre los adultos, que nos contestaban con gruñidos y aspavientos. De la última vecina mala ni nos atrevimos a acercarnos más.

En una sola casa tuvimos suerte. Nos abrió un chaval un poco mayor. Encogió los hombros y dijo:

¡Pasad, si queréis!

De pájaros ni rastro, pero aquello era casi mágico: máscaras extrañas colgadas de las paredes, caracolas que sonaban a mar, un barco enorme de madera sobre una estantería.

Esto lo hice con mi padre. Santa Ana se llama.

¡Vaya, como yo! dije apartando la mano del mástil.

¿Te llamas Ana? Qué nombre más bonito, igual que mi madre.

¿Y está?

En el trabajo Pronto llega. ¿Os dejan estar por ahí solas?

Entonces recordamos que se nos hacía tarde y a mí me vino el miedo a lo del rincón de castigos y las caras largas de mi madre.

¡Corre, Valeria, que nos matan!

Olvidándonos de la jaula, echamos a correr. El chico salió tras nosotras y nos entregó un pequeño tesoro: plumas de pavo real, finísimas, de vivos colores.

Me las da mi madre, que trabaja en el zoo. Son para vosotras.

Ese regalo nos dejó boquiabiertas. Aceptamos, sin casi atrevernos a respirar, y corrimos a casa tan rápido como pudimos.

Y en casa nos aguardaba el huracán Las madres, llorando de susto por toda la urbanización, los padres con cara de funeral, poniéndonos en aviso de esperar a la policía si hacía falta.

Al vernos, mamá se dejó caer en la arena, aliviada hasta las lágrimas.

¡Aparecidas!

Hubo de todo, lágrimas, abrazos y algún cachete. Pero tras tanta conmoción, no hubo castigo mayor, ya no quedaba tiempo para broncas.

Días más tarde, en el pueblo, sentadas Carmen y yo en la columpio, nos susurramos:

¿Sabes, Valeria? No necesitamos buscar ningún pájaro.

¿Por qué?

Mi abuela decía que la felicidad es saberte querida. Y si no nos quisieran tanto, ¿se habrían preocupado así por nosotras? ¿Tú crees?

Supongo que sí.

Así que somos dichosas, ¿no?

No lo sé.

Pues yo, sí.

¿Y los padres?

¿Han vuelto a discutir estos dos días?

No

Pues sí pueden vivir en paz, si quieren. Ningún pájaro va a arreglar lo que uno no quiere arreglar, ¿verdad?

Verdad

Aquel verano fue el mejor de nuestra infancia compartida.

Al mirar atrás, doy gracias por tener a alguien como Carmen con quien compartir tantos recuerdos, y hasta preguntar lo que se me escape, porque la memoria, cuando se cuida por dos, nunca se pierde.

Carmen siempre se acordó mejor que yo de las cosas. Tal vez por tranquila, por tomarse la vida con calma, como quien hace repaso mental de cada paso antes de seguir. Yo, en cambio, era como la mercurio: viva, inquieta, corre que te corre, mientras ella lo meditaba todo hasta estar segura.

Tardé siglos en reconocer a mi futuro marido, Pablo, cuando nos reencontramos de adultos. Salimos más de un mes hasta que fui a su casa y allí, en la estantería, seguía aquel barco: la Santa Ana. Fue como volver a la niña que temía romper un marinero de madera al tocarlo.

El día de mi boda, saqué de mi libro favorito la pluma de pavo real que nunca perdí y se la enseñé.

¿Te acuerdas?

Nos reímos mucho. Nunca recordaba ese episodio.

Y fui feliz con él casi treinta años. Con cuidados, con agobios, con los primeros pasos de mi hija primero, y luego de mi hijo. Cuando caí enferma, Pablo se aferró a mí con todo su ser, buscando médicos y luchando para no dejarme marchar antes de tiempo. Y hubo un día en que el tiempo se detuvo y ni pude respirar: Pablo se fue, y yo casi me olvidé de cómo seguir haciéndolo. Carmen estaba a mi lado, no se asustó, y me despertó a la vida a base de gritos y caricias.

Aguanta, Anita, que tienes hijos

Y volví. Aun con el hueco de Pablo, pero con sus regalos: mis hijos, mis nietos. Y aunque se mudaron lejos, por la vida moderna, yo sé que me necesitan y me quieren. Puedo llenar la maleta de dulces y presentes, ir de visita, o esperar las vacaciones donde la casa se llena de nietos. Vuelvo a no dormir, a escuchar su respiración y, en mi cama ancha, volverme otra vez madre y abuela de corazón, contando cuentos que las mayores conocen de memoria pero disfrutan igualmente.

Vuelve entonces la paz, la alegría, silenciosa y ligera como una pluma. Puede que no tan bonita como la que me regaló Pablo, pero deseada igual.

No todo el mundo tiene esa fortuna. Nosotras, Carmen y yo, aunque no atrapáramos aquel pájaro de la felicidad, supimos reconocer cuándo la dicha se posaba en nuestra vida. Para cada mujer es distinta. Para nosotras, bastaba con tener hijos sanos, amor, algo de gracia y ganas de vivir.

Carmen quiso formar una familia aunque no pudo tener hijos con su marido, Salvador, a quien todo el barrio encontraba un bendito. Se querían tanto que nadie entendía cómo no se cansaban de estar juntos. Carmen era reservada, humilde, no hablaba mal de nadie ni se quejaba. Vivían felices, a pesar de las dificultades.

En casa de Salvador, la familia era un vendaval tías y hermanas a mansalva, y, aunque la suegra de Carmen, doña Mercedes, era un amor, sus cuñadas la hicieron la vida imposible durante años. Pero ella supo llevar la situación con elegancia y gracias al apoyo de Mercedes, pudieron adoptar un hijo. Mercedes, que había sufrido tanto tras ser abandonada por su esposo, jamás negó cariño a Carmen ni a su nieto.

Adoptaron a Íñigo y lo educaron con dedicación. Poco a poco recuperaron la serenidad, y Carmen supo establecer límites incluso con la familia política. Cuando su hijo, ya hombre, se casó con Ester (madre de un niño de otra relación), Carmen la aceptó sin reservas, y la familia volvió a crecer. No importa la sangre cuando el amor es verdadero; basta con querer como propio para que el corazón se dé por convencido.

Por eso no es raro vernos, pasados los años, organizando el viaje a la finca para Semana Santa, repartiéndonos los quehaceres y preparando la llegada de los hijos y nietos. Mientras Carmen me cuenta que su nieto mayor va a ir a estudiar a Madrid y yo le contesto, resignada, que los míos tardarán en visitar, porque aún tienen clases en el colegio.

Siempre es igual, el tiempo se arrastra esperando algo bueno y luego pasa tan deprisa que casi ni lo saboreas. Pero por ese instante de felicidad, pequeño y fugaz, yo daría todo. Porque nos alimenta durante años y la dicha, si se aprecia, nunca es poca.

¿Te acuerdas de cuando buscábamos el pájaro de la felicidad? pregunto a Carmen.

¡Cómo no! responde, riendo con ganas. No podía sentarme del escarmiento que me dio mi padre

¡Y yo saltaba a tu lado! añado con picardía.

Pues creo que ese pájaro lo atrapamos sin darnos cuenta confiesa Carmen, suspirando. Si no, ¿cómo explicamos la suerte que hemos tenido, nuestras familias, esos nietos que tenemos?

La verdad, quizá aún revolotea cerca, agitando las alas para que la dicha no falte a quien amamosNos quedamos en silencio, contemplando cómo el sol caía entre las ramas del cerezo, tiñendo de oro los últimos pétalos flotando en la brisa. Se oía el murmullo lejano de los niños jugando, y la vida seguía su curso, a veces dulce, a veces áspera, como esos recuerdos que duelen y sanan a partes iguales.

Entonces, Carmen me tomó la mano como cuando éramos niñas y, sin mirar, susurró:

La felicidad no está en cazar pájaros, Ana. Está en sentarse aquí, contigo, y saber que todavía queda mucho por contar.

Sentí que tenía razón. La felicidad es esa certeza suave de no estar nunca sola, de poder llamar a la puerta de al lado y encontrar la risa de siempre, aunque los años hayan cambiado nuestras caras.

Nos levantamos despacio, como si el banco no quisiera soltarnos. Paca nos esperaba recostada sobre la verja, y desde una ventana alguien asomó la cabeza para saludarnos.

Mientras Carmen y yo caminábamos de vuelta, el aire olía a tierra húmeda y pan tostado. Supe, con el corazón ligero, que en la próxima primavera el cerezo florecería igual, que habría nietos correteando por el jardín y nuevas historias a la vuelta de cada esquina.

Y si alguna vez el mundo se volvía oscuro, con tan solo buscar el calor de una mano amiga, el rumor de una risa compartida o el simple repiqueteo de una conversación cotidiana, sabría que el pájaro de la felicidad ese escurridizo, ese imaginado, ese que creímos perdido nunca nos ha abandonado.

Solo basta con mirar alrededor y, por un instante, quedarse muy quieta: es entonces, justo ahí, cuando escucho el batir invisible de sus alas junto a nosotras.

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Elena Gante
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