Buenas tardes, Doña Carmen. ¿Me permite pasar?
La suegra, Doña Carmen, miró unos segundos atónita a su yerno antes de abrir de par en par la puerta para dejarle entrar.
Hola, Pablo. Pasa, hombre. ¿Y eso que vienes solo y en mitad del día? ¿No trabajas hoy o qué?
No, hoy no trabajo asintió Pablo, quitándose los zapatos para ponerse las zapatillas de casa. He pedido el día libre. Especialmente para esto.
¿Para qué cosa?
Para algo muy importante. Dígame, Doña Carmen, ¿está todo en orden en su piso? ¿No falta nada?
¿A qué te refieres? volvió a sorprenderse su suegra.
Vamos, que si todo funciona bien.
¿Pero el qué? Habla claro, hijo.
Puedo hablar claro, sí, aunque mejor todavía, lo reviso yo mismo dijo Pablo y, sin más, abrió la puerta del baño.
Oye, Pablo, ¿qué estás queriendo revisar? la mujer comenzó a preocuparse al verle tirar de la cadena del váter. ¿Y a qué viene eso?
No se preocupe, Doña Carmen, es necesario musitó él, contemplando el sonido del agua y cómo corría. Me gusta que mi mujer siempre tenga todas las comodidades.
¿Qué comodidades? la suegra se inquietó aún más.
Las del día a día. Venga, echemos un vistazo al cuarto de baño salió del aseo, apagó la luz y abrió la puerta de la bañera. Abrió el grifo del mezclador y sintió el agua. Ajá… Todo fluye. ¿Siempre hay agua caliente? ¿Se corta mucho?
No, hace tiempo que no la cortan respondió Doña Carmen, ya nerviosa por su extraño yerno. ¿Pero puedes decirme de una vez para qué revisas todo esto?
Claro que sí. Pero primero lo compruebo todo, y si algo no está como debe, lo arreglo en el momento.
¿Por qué?
Pues, mujer, ahora que ha fallecido Don Eusebio, mi suegro, ya no tiene usted a nadie que le eche una mano.
Ah… Doña Carmen empezó a atar cabos. ¿Que Teresa te ha dado el toque? ¿Has venido a hacerte el yerno modelo? rió ella. Pues ya te lo digo, Pablo, que llevo diez años apañándomelas yo solita desde que falta mi Eusebio. Sé arreglar un grifo, colocar una estantería o lo que me haga falta.
Sí, sí, claro ironizó Pablo. La última estantería que pusiste terminó cayéndose con tal estrépito que casi sales malparada.
¡¿Cómo sabes tú eso?! Doña Carmen frunció el ceño. ¿Acaso Teresa te lo contó?
Bueno, todavía es mi esposa, y a la pareja nadie le niega el derecho de hablar. Vamos a la cocina a inspeccionarla.
Cerró la puerta del baño y se dirigió a la cocina.
Venga ya, inspector Doña Carmen le miraba ahora divertida con los brazos cruzados.
Pablo fue directo a la cocina, encendió el horno de gas y las hornillas, fijándose en las llamas.
Lo que me temía… dijo, esta vez serio. El gas arde de un color rojo extraño. Hay que llamar a un técnico.
¿Pero qué dices? Doña Carmen abrió el horno encendido. Eso te lo inventas; funciona perfectamente.
De momento, sí. Pero la llama debe ser azul. Si es roja, no se quema bien, y mi Teresa podría intoxicarse. Ya sabes cuánto le gusta hornear bizcochos y tartas aquí.
¡Pero Pablo, por favor! Doña Carmen no aguantó más. ¿Qué tendrá que ver Teresa con esto? No pisa esta cocina desde que os casasteis y os fuisteis.
Exacto cerró el horno. Pero pronto volverá a pisarla. Más de lo que imaginas.
¿A qué te refieres? la mujer palideció.
No es cosa mía. Es cosa de Teresa.
¿Teresa?
Eso es. Me lo insinúa casi todos los días; que cualquier cosa que no le guste, me amenaza con volver a vivir aquí. Dice: “Como no cierres la tapa del váter, hago las maletas y me vengo con mi madre”.
¿Que quiere venirse a vivir aquí? Doña Carmen se quedó helada.
Justo. Por eso, como marido responsable, quiero dejarlo todo preparado para que no le falte de nada.
Pero, Pablo, ¿te has vuelto loco?
Al contrario, creo que soy el único sensato. Si Teresa quiere volver, es su elección.
¿Elección? le gritó la suegra. ¡Pero qué tonterías dices!
¿Y qué hago yo entonces?
¡Pues lo que tienes que hacer es cerrar la tapa del váter, para que no quiera huir de ti!
Eso lo hago hace meses. Pero tu hija siempre encuentra nuevos motivos. Mira, ayer, por ejemplo, según ella, puse los pepinos frescos en la balda equivocada del frigorífico. Nunca entendí la diferencia. Donde haya hueco, ahí se ponen, ¿no cree? Por cierto, ¿tiene sitio en su nevera para sus cosas? abrió sin vergüenza el frigorífico de la suegra para mirarlo bien. ¡Oh, y aquí también tienes los pepinos fuera de lugar! Verás cuando Teresa venga…
¡Ya está bien! Doña Carmen cerró de golpe la nevera, casi pillándole la mano. Fin de la inspección. ¡Qué ocurrencia! Ahora que por fin disfruto de mi libertad, venís a cambiarme el ritmo…
No venimos nosotros: es su hija replicó Pablo. Yo no tengo culpa de que no se le vaya de la cabeza este piso.
¡Eso! ¡Este piso es mío! gimió Doña Carmen. ¡No permitiré que vuelva nadie! ¡Por favor, díselo a Teresa! Ella tiene marido legal y a su lado debe quedarse. Mejor la llamo yo.
Eso estaría bien asintió Pablo. Hace tiempo que debía usted dejar las cosas claras con su hija. Pero, aunque le llames, llamaré también al técnico del gas, por si acaso.
¡Que no! gritó Doña Carmen. Te juro, Pablo, que hablaré con Teresa y así se le acabarán las ideas de volver.
Pero, por favor, no la regañe demasiado fingió él, preocupado. Háblele con calma. No quiero que luego mi mujer esté nerviosa…
Anda, vete a casa, Pablo le dijo, agitándole las manos para que se fuera. Ya basta. No necesito lecciones sobre cómo tratar a mi hija. Si ha salido tan mimada es culpa tuya. Desde siempre con ella no han hecho falta muchas palabras. ¡A ver si piensa de verdad que va a huir de su marido! Si huye, no le va a gustar lo que le espera.
Y así, recordándolo hoy, no puedo evitar reírme de aquellas visitas de Pablo, lleno de buenas intenciones pero un tanto perdido ante el carácter de las mujeres de mi familia, siempre tan enteras y decididas a no dejarse domesticar.






