Mira, te cuento, porque todavía no me lo creo del todo. Resulta que mi marido empezó a ir a misa todos los días. Imagínate, yo pensé que le había dado por acercarse a la fe, que se había vuelto más espiritual de repente. Salía de casa cada día a las cinco y media de la tarde, muy puntual, decía que iba a misa. Yo pensaba: Vaya, a lo mejor esto es cosa de la edad, que cuando uno pasa de los cincuenta le cambia la cabeza. Nunca me imaginé que lo de la iglesia era puro teatro.
Al principio empezó todo después de Semana Santa, hablaba más de la fe, de que sentía un peso encima, de que necesitaba limpiar su alma. Pues yo, la verdad, pensé que estaba en pleno bajón de la edad, porque Antón nunca había sido precisamente creyente, pero bueno, si a él le daba paz ir a rezar, ¿quién soy yo para cortárselo? Yo cocinaba, él se iba, y al volver estaba como más relajado, como si se hubiera quitado un abrigo pesado de encima.
Al poco tiempo las cosas empezaron a cambiar en detalles que llamaban la atención Se planchaba la camisa, se peinaba con esmero, se echaba colonia. Decía que era por respeto al sitio. Que hasta Dios se merece que vaya uno arreglado. Me hacía gracia, ni le daba demasiada importancia. Al fin y al cabo no se emborrachaba, no montaba escándalos, no se pasaba el día pegado al ordenador Solo era la iglesia.
Pero todo se volcó aquel domingo, después de comer en casa de su hermana. Mira tú la casualidad, cogí su cazadora en vez de la mía. Buscando las llaves me encuentro un ticket, de una cafetería justo al lado de la iglesia. Dos cafés, dos trozos de tarta, fecha y hora: un jueves, a las seis y cinco. Justo cuando él decía que estaba rezando el rosario.
No le solté nada. Todavía. Pero al día siguiente me animé y lo seguí. Me senté atrás del todo, en el banco más apartado. La misa empezó, y él sí que estaba ahí, solo, lo vi bien de perfil, rezando de verdad. Pero tras la comunión fue el primero en salir. Yo detrás, y entonces la vi. Esperando en la esquina, una sonrisa de oreja a oreja, vestida como para una cita. Se besaron. Nada de amigos.
Volví a casa temblando, el corazón se me salía del pecho. Lo que sentí no fue rabia ni tristeza fue vergüenza. ¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Cómo pude ser tan ingenua?
Al día siguiente fui directa:
¿Cómo se llama?
Se quedó blanco. No fingió, no buscó excusas. Suspiró y me dijo:
Carmen. La conocí en la iglesia. Ayuda con la organización de las celebraciones.
¿Y tú también estabas ayudando?
Ni contestó. Su silencio fue respuesta suficiente.
No hubo gritos, ni le eché nada en cara. Simplemente le dije claro:
Si tanto te gusta rezar, ahora puedes rezar para encontrar piso. Porque de esta casa te vas.
Se marchó una semana después. Con la amiga de la parroquia. Nuestras hijas, que ya son mayores, lo pillaron rápido, aunque se quedaron en shock. Una de ellas me abrazó y me dijo:
Mamá, mejor ahora que dentro de diez años, cuando tengas setenta y solo te queden fuerzas para llorar.
Al principio fue durísimo. Me sentía engañada y sola, pensaba que nadie volvería a quererme, que acabaría como una vieja amargada. Pero con el tiempo comprendí que esta soledad es mil veces mejor que vivir en una mentira.
Hoy hace ya seis meses. A veces los veo por la calle juntos ella agarrada a su brazo, él con una cara como de no saber ni dónde está. A veces pienso, igual algún día vuelve. Pero luego me acuerdo del olor de perfume ajeno y de cómo la miraba saliendo de la iglesia.
Y sé que no quiero vivir así. Ni escondida tras unas paredes, ni con alguien que necesita un confesionario para contar su vida. Prefiero la verdad, aunque a veces duela.







