Ser feliz es imprescindible

Ser feliz es imprescindible

Mi padre se marchó de casa con otra mujer cuando Carmencita tenía solo cuatro años. Fue justo después de Reyes, y en el umbral de la puerta le dijo a su hija: «perdóname», antes de cerrar suavemente la puerta tras de sí.

Mi madre se lo tomó con una calma extraña, casi como si fuera algo que simplemente tenía que ocurrir. En su familia, ninguna mujer había tenido nunca un matrimonio duradero. Pero, a las pocas semanas, una noche se bebió toda la caja de pastillas que había en casa y se marchó para siempre, de forma silenciosa y definitiva.

Por la mañana, Carmen intentó despertar a su madre durante largo rato, casi gritando. Al no conseguirlo, desayunó lo poco que quedaba en la nevera y volvió a intentar despertarla. Al final, cansada, se tumbó a su lado y se quedó dormida, abrazada a ella.

Los días de enero se van volando, y ya estaba oscureciendo cuando la niña abrió los ojos. El frío fue lo primero que notó, así que se tapó mejor con la manta y se pegó aún más al cuerpo de su madre, aunque eso solo la helaba todavía más. En ese momento Carmencita comprendió que aquel frío insoportable venía de su madre. Las lágrimas ardientes inundaron su cara.

La puerta de la entrada se abrió en el recibidor. Carmen salió disparada. Era Aurora, la hermana pequeña de mi madre.

Carmen, estás en casa. ¿Y tu madre? Llevo todo el día llamándola, ¿por qué no coge el teléfono? ¡Estaba preocupadísima!

Carmen se aferró con fuerza al abrigo de su tía, tirando de ella hacia dentro. La miraba con los ojos grandes y bañados en lágrimas, señalaba la dirección del dormitorio gritando de forma descontrolada, pero sin que saliese ningún sonido: solo se le abría la boca, la cara se le retorcía y las lágrimas y mocos brotaban sin cesar, pero no lograba articular palabras.

Aurora nunca pudo tener hijos y, después de cinco años de matrimonio, su marido acabó abandonándola por ello. Pero siempre quiso a su sobrina como si fuera su propia hija, se dedicó a ella en cuerpo y alma y, cuando ocurrió la tragedia, gestionó toda la tutela para quedarse con Carmencita. Le entregó toda su atención y cariño, pero ni los médicos ni la terapia hicieron que la niña recuperase su voz durante los tres siguientes años.

Aquel invierno, el frío vino para la fiesta de San Antón, con nieve de verdad, de la que cruje bajo los pies. Carmencita y sus amigas se pasaron el día entero deslizándose con el trineo por el Parque del Retiro, haciendo muñecos de nieve en familia y tumbándose sobre la nieve para dibujar «ángeles».

Ya está bien por hoy. La ropa parece que está hecha de hielo y los guantes parecen piedras. Vámonos. Y de camino, paramos en el Día a por leche y macarrones dijo Aurora mientras recogía.

La gente entraba y salía del supermercado. Junto a la puerta, sentado con aires de sabio, había un gato anaranjado que parecía no necesitar nada: solo cambiaba de postura para no congelarse las patas. Carmencita se acercó, se agachó y le indicó a Aurora que fuese ella sola a comprar.

Vale, no tardo aceptó su tía pero tú de aquí no te muevas.

La niña acarició despacio al gato; este se irguió y se arqueó de gusto, ronroneando. Carmen lo abrazó por el cuello y apretó su cabeza contra su mejilla. De repente, las lágrimas calientes comenzaron a caérsele y el gato las lamía y estornudaba de vez en cuando.

¡Ay, por favor, no hagas eso! ¡Que es callejero, está sucio! protestó Aurora, cogiendo la mano de su sobrina y llevándola casi a rastras hasta el coche. La niña se resistía mientras Aurora la acomodaba de mala gana en el asiento de atrás y se ponía al volante.

El gato se acercó también al coche, maullando y mirando a Carmen a través del cristal.

No puede ser, ya lo siento mío y ahora lo abandono susurraba ella, restregando las lágrimas en la ventana.

¿Eso lo has dicho tú? ¡Repítelo, por favor, repítelo! pidió Aurora, con la voz entrecortada.

No podemos dejarlo. Sin mí morirá gritó Carmen de forma clara, justo a la cara de su tía.

Aurora salió disparada del coche, tomó al gato entre sus brazos y se sentó con Carmencita en el asiento de atrás. El gato, nervioso, se aferraba a su abrigo con las uñas, pero al ver a la niña saltó rápidamente a su regazo, se tumbó y no se movió más.

Si querías este gato, solo tenías que decirlo. Te lo habría traído antes sonrió Aurora, aliviada.

Hoy sé que uno no debe rendirse ante la tristeza ni creer que la felicidad está vetada solo porque en la familia siempre se perdió. A veces, basta un pequeño gesto, un ser peludo y unos brazos cariñosos para atreverte, por fin, a volver a hablar.

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Elena Gante
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