Busco a una mujer llamada Alejandra.

Busco a una mujer llamada Rosalía.

Recuerdo aquel tiempo, hace ya muchos años, cuando pasé bajo un arco bajo y entré en un patio interior en Madrid cubierto de nieve derretida. Era ya el cuarto patio que cruzaba esa tarde. Había un parque infantil, columpios, y unos muchachos jugaban al hockey improvisado sobre el suelo mojado mientras las viejas los miraban desde los bancos. El disco lanzaba charcos al golpear, pero a los chicos no parecía importarles.

Permanecí bajo el arco, observando el patio, deseando capturar un destello del pasado, un detalle que devolviera a la memoria aquella etapa de mi vida. Todo era distinto, claro, ¿cómo no iba a serlo? Habían pasado tantas primaveras desde entonces. Las cuerdas de tender la ropa, los pequeños cobertizos bajo las ventanas, los bancos de madera y los macizos de margaritas y claveles habían desaparecido.

Todo cambia con los años, o mejor dicho, no podía evitar cambiar.

Nadie prestó demasiada atención al hombre mayor, elegante, con boina de lana. Allí, en aquellos edificios con patios interiores, mucha gente alquilaba habitaciones. Madrid…

Debía entrar en la casa de la derecha tras el arco. Eso, al menos, no podía haber cambiado. Recordaba que era el segundo piso de un edificio de tres alturas, el apartamento en la esquina, a la derecha desde el fondo del rellano. En el quicio de la puerta vi varios timbres de colores, cada uno con el apellido escrito, recordatorio de los tiempos de las casas compartidas.

Dentro recordaba cada detalle: los pliegues de las cortinas, el pestillo torcido del ventanuco, el verde del hervidor, el crujido de las tablas, hasta una cucaracha que, juntos, perseguimos durante un par de días. Cada pedazo de esos recuerdos había quedado grabado en mí…

Pero no recordaba el número exacto del piso ni el portal. Sólo el nombre de la calle me venía a la memoria. Era fácil confundirse: patios como aquel abundaban en la zona y todos los edificios habían sido levantados por el mismo constructor, gemelos unos de otros.

Así pasé de uno a otro patio…

Segundo portal, segundo piso, puerta del fondo a la derecha, ¿será la número cuarenta y tres?

Si había portero automático, marcaba el 43.

Buenas tardes, perdone, busco a Rosalía. ¿Podría ayudarme…?

A veces ni me escuchaban, contestaban que ahí no vivía nadie con ese nombre, o confundían incluso el género. Tocaba volver a intentarlo.

Disculpe, es muy importante. ¿Recuerda si en el año ochenta vivió aquí una mujer llamada Rosalía? Necesito saberlo.

Tras el tercer patio, saqué mi libreta y anoté:

“16nada, 24seguro que no, 32Ano saben, compraron hace poco…”

Faltaban muchos por preguntar, debía volver a las casas donde no abrían, donde no respondían, donde aún quedaban preguntas.

Subí la escalera ancha, algo oscura, que olía a gatos, ese olor que ya era familiar antes. Me crucé con una mujer mayor de abrigo gris y bolsa de mercado.

Buenas tardesdije, inclinando la cabeza.

Buenas, ¿a quién busca?me preguntó.

Al segundo piso. Busco a Rosalía, una mujer de algo más de sesenta años. ¿Sabe si vive aquí?

¿En qué piso?

En la esquina. Fue hace años, cuando aún aquí eran casas compartidas… No recuerdo el edificio exacto…

¿En la esquina, dice? No, ahí viven los Muñoz, matrimonio joven con dos hijos. No hay ninguna Rosalía. Y llevo aquí desde niña.

Gracias,murmuré, y comencé a bajar los escalones, mirando mis zapatos gastados.

Ella me siguió:

¿Y de apellido…?

Si lo supiera la habría encontrado en la guía… Pero no, no lo sé.

¿Y quién es para usted, si no es mucha indiscreción?

Vacilé, sin saber qué contestar…

¿Quién era Rosalía para mí? Amor… El amor no tiene una descripción precisa, es simplemente. Está o no está. Todo lo demás son imágenes dispersas por el corazón.

Toda la vida pensé que el amor era frágil, que la distancia acabaría con él, que desaparecería, se diluiría entre recuerdos y rutinas. Pero se quedaban ahí, impulsos de felicidad y dolor a partes iguales, sosteniéndome y haciéndome daño.

Viví con esa culpa como una herida en el corazón durante cuarenta años.

Quizá ese dolor fue lo que mantuvo vivo mi corazón. Cuando perdí a mi esposa, con la que compartí casi toda la vida, aunque hacía tiempo que éramos poco más que compañeros de piso, el corazón se rindió y sufrí un infarto.

Nunca discutíamos ni aclarábamos nada. Un día dejamos de compartir habitación y apenas cruzábamos palabra, solo lo imprescindible.

Para ella, aquella casa era suya, y yo un viejo inconveniente. Lo repetía a las amigas:

¿A dónde le envío? Que se quede…

Todo era brillo y ostentación: marcos dorados, cristal tallado, muebles caros y una pianola blanca sobre la que lucía un jarrón con flores secas.

La pianola era auténtica, un auténtico “Steinway & Sons”, pero para mí siempre fue decoración. Nadie supo nunca tocarlo, el jarrón permanecía allí inmóvil.

Mi mujer, entusiasmada, intentó aprender, contrató profesora, pero pronto se le pasó la fiebre, como con casi todo salvo del salón de belleza.

Tampoco terminó su único embarazo. No soy quién para juzgar, pero siempre pensé que su excesivo amor propio le impidió ser madre.

Últimamente pensaba mucho en todo aquello. Yo conocía a alguien cuyo piano cobraría vida.

Aun así, extrañaba a mi mujer. Con los años, sin fuerzas para reproches, paseábamos por el Retiro o los jardines de al lado, dábamos de comer a los patos en el estanque, yo me aficioné a la pesca. No quedaban cuentas pendientes.

¿Por qué no hemos paseado antes por aquí, Luz? Se está bien…

Éramos unos neciosdecía ella con ternura.

Todo había sido correr de un lado a otro. Mi carrera política avanzaba deprisa, llegué a un cargo en un ministerio importante en Madrid gracias a mi suegro, don Ignacio.

No me dio tiempo a acostumbrarme a un puesto, cuando ya preparaba el siguiente ascenso.

Y digamos que tenía yo méritos, era trabajador y capaz, arriesgaba y sabía liderar. Don Ignacio, vicepresidente del Gobierno y presidente de una comisión de obra pública, soñaba con un yerno así.

Al principio, estuve a punto de escaparle, pero tomó cartas en el asunto. Así me lo confesó mi mujer, Luz, tras la muerte de su padre. Hasta ella, que no sabía mucho de aquel juego, entendió que hubo apaños.

***

Aquel otoño fue lluvioso en Madrid. Las hojas alfombraban el asfalto de dorado y la lluvia las empapaba. La ciudad bullía con mercados, puestos improvisados, y quienes vendían lo que podían.

Había llegado con mi futuro suegro desde Valladolid para un cónclave de urbanismo. Don Ignacio esperaba su traslado a la capital; yo no esperaba nada, más que trabajar.

Supervisaba una nueva fábrica, pero no era consciente entonces de la responsabilidad que recaía sobre mis hombros. Jóvenes pueden permitirse creer que la vida es manejable. Disfruté de la ciudad.

Un día, en la estación de Metro Callao, escuché una melodía que me penetró el alma y, en vez de salir, me acerqué.

Era una joven, delgada, con boina azul celeste y bufanda vaporosa, tocaba el violín junto a un muro gris, descalza y con medias viejas. A sus pies, una funda de violín abierta en la que los transeúntes dejaban unas pocas pesetas.

Me detuve hechizado. La música, la bufanda azul, el muro, sus manos enrojecidas… Todo era de una tristeza que desafiaba el frío.

Los vendedores gritaban, la gente pasaba, pero nadie se detenía más que unos segundos. Salvo yo.

Al acabar, ella acarició el violín, se ajustó la manga, y arrancó otra pieza aún más sentida, entregándose entera a esa melodía para un público indiferente.

Entonces, alguien se agachó a sus pies y se llevó la funda. Una vendedora fue la primera en gritar:

¡Al ladrón! ¡Rápido!

Ella no se inmutó, seguía tocando. Yo fui el primero en lanzarme tras el ladrón, que al subir a la superficie huyó, dejando caer la funda, rota en el suelo. Recogí las monedas mientras volvía ella, cansada y resignada.

Iba rota de antes, no se preocupe me dijo con voz grave y elegante, rechazando mis intentos por ayudar.

Intenté iniciar conversación:

¿Es habitual esto aquí?

Ella, distante, negó y se fue. La seguí hasta un pequeño puente, donde permaneció mirando al agua con su violín extendido sobre la barandilla.

Me di cuenta de que quería tirar el instrumento al río.

¡No lo haga, por favor!

Sorprendida, dudó, y ambos sostuvimos el estuche sobre el vacío. Logré arrastrarlo de vuelta.

Se resiste, ¿lo ve? Quiere dar música aún intenté bromear. ¿Por qué tanto castigo?

Prometí a mi madre no tocar en el metro susurró.

A veces las madres son demasiado severas. Hoy ha sido la primera vez que escucho un violín de verdad. Si no hubiese bajado aquí…

Ella no respondió. Caminamos en silencio hasta que reveló casi en susurros:

No tengo nada. Dinero, comida, nada…

Eso tiene arreglo contesté, ilusionado, sacando unas cuantas pesetas. No es mucho, pero puedo ayudarle.

Ella se enfadó:

No espere que le acepte el dinero. Por favor, aléjese.

Avanzó con paso firme. Corrí tras ella balbuceando:

¡Vuelva mañana al mismo lugar, por favor!

Al día siguiente, dificultades laborales me impidieron acudir hasta después de comer. No la encontré. Los vendedores me dijeron que tampoco había estado por la mañana.

Esperé horas y, cuando ya oscurecía, apareció. Yo ya era una parte del decorado. Ella montó su puesto y tocó. Escuché encantado, las horas volaron. Al terminar le tendí algunos billetes de mil pesetas.

¿Está loco?sus ojos se abrieron grandesEsto es mucho, ¡le matarán aquí, venga!

Apresurada, recogió el violín y tiró de mí hacia la salida. Bajaban al metro unos tipos duros, y la muchacha se apresuró:

¿Cuánto les debo?

¡Que pague el galán!

Y, claro, surgió la bronca. Sabía defenderme si tocaba, pero eran muchos. Ella escapó y avisó a la policía. Cuando llegaron yo ya estaba hecho polvo en una esquina, rodeado de curiosos y los otros largándose maldiciendo.

¿Vamos al hospital? preguntó ella O mejor venga a mi casa, aquí no sé ni dónde está el centro de salud.

Acepté. Cogimos un taxi a su dirección. Toda la vida intenté recordar el número y nunca pude.

Su piso olía a cebolla y a humedad. Era la clásica casa madrileña compartida. Detrás de la cortina del salón, el retrato de una mujer joven al que algún día le pondrían flores. El piano en un rincón, una estantería de libros, pequeñas figuritas encima.

Me curó las heridas con ungüento, bebimos infusión con rosquillas. Cocinar no era su fuerte, pero yo tampoco exigía.

Me contó que se había retirado del conservatorio hacía poco.

La vecina me lleva al mercado por las mañanas. Tiempos difíciles, se necesita sacar algo para sobrevivir.

Pero tocas como los ángeles…

No se necesita música ahora, sólo trabajo.

Me devolvió mis pantalones, cosidos. Su sonrisa era luminosa entre tanta dificultad. Prometí volver.

Ella protestó pero acabó admitiendo comida y promesa de visita, sonriendo desde el balcón del segundo, junto al serbal que tanto tiempo después seguiría buscando.

Ignacio, el suegro, montó en cólera al verme magullado:

¿En el centro de salud? ¡Ni un metro sin mí!

Pero pronto me las arreglé para volver solo, con una caja de dulces y más comida. Esa tarde paseamos Madrid a saltos entre cobertizos de lluvia, leyendo poesía por las aceras. Compartíamos la misma taza de café, reíamos, respirábamos el mismo aire.

Al final, la besé. Le pedí que viniera conmigo a Valladolid. Parecía feliz, y citó a Lorca:

Es la canción del último encuentro. Sólo quedaban las velas encendidas en nuestro dormitorio…

¡Pero no es el último! Vendrás, ¿verdad?insistí.

Quédate hoyaquiesció.

Esa noche, llamó Ignacio desesperado, le mentí diciendo que estaba en el hospital. Lo importante era estar con ella.

En mi camiseta, tocó un himno triunfal al piano, y después, otra vez, salimos a cazar cucarachas como una pequeña cuadrilla. Luego llegó la noche…

Sentados en el alféizar, veíamos llover y ella leía en voz baja:

La naturaleza se desarma, las mareas se hacen olas y callan los sonidos por culpa de nuestra separación…

¡Basta de tristezas!reía yo. Lo dejo todo por ti, ¿lo entiendes?

A la mañana siguiente, vino el mazazo, una llamada que me sacó del ensueño.

Están iniciando una causa penal, tienes que marchar, Susodijo Ignacio compungido.

Rosalía sólo me sonrió, leyéndome a Clara Janés:

Predigo en silencio una segunda oportunidad, el reencuentro que no puede no llegar…

No entendía apenas qué ocurría. Todos los papeles estaban en regla y, sin embargo, mi futuro suegro me apremiaba:

Te juego todo mi prestigio, pero hay que casarte con mi hija. Si no, aquí te las compongas tú solo…

En esos años era fácil manipular, acusar por un descuido. Dudé. El miedo me llevó de vuelta, y esa misma tarde partí de Madrid. En la estación, lloré por dentro.

***

Las ancianas que charlan en los bancos me resultaron las mejores informantes.

¿Rosalía?… ¿No será la que murió en primavera? Su hijo vino en coche grande…

Un escalofrío me recorrió. Era lo que más temía, haber llegado tarde, no quedara ni sombra de esperanza.

No, no, esa fue Anacleta. Rosalía vivía aquí frente, y sigue viva… ¿Se encuentra usted bien, caballero?

Mi búsqueda continuó con más timidez. Busqué el serbal, busqué los recuerdos. Caminaba por las calles, ya sin saber cuál era la suya, cuando en la acera opuesta me llamó la atención una tienda de instrumentos musicales. El escaparate mostraba cuerdas, arcos, maderas.

Crucé y entré.

¿Busca algo en particular, señor?preguntó una joven simpática.

Me gustaría ver ese violín. Conocí a una mujer que tocaba magistralmente. Vivía por aquí. Rosalía…

¿Rosalía García, quizá?preguntó la chica.

No recuerdo el apellido. ¿Sabe dónde vive?

Por aquí, sí. Es famosa y tiene un hijo pequeño, su marido es médico.

Me senté en una silla. El corazón no podía más.

¿Me encuentro bien? No, solo que otra vez… no la he encontrado.

Salí desolado.

Mirando los edificios, de repente, detrás de un único patio, distinguí unos chopos. La memoria, el serbal, el segundo piso.

En el patio encontré a una pareja mayor.

Busco a una mujer de unos sesenta, llamada Rosalía, tocaba el violín.

Era la hija de Carmen, Rosalía… Vivía en la esquina. Pero se mudó. Ahora vive aquí su hija.

La esperanza asomó y se desinfló al instante.

Suba usted a preguntar, hombre, su hija vive allí. Primera puerta, segundo piso. Es famosa, la Rosalía García.

El corazón apenas me sostenía los pasos. Pulsé el timbre.

¿Sí? Una voz masculina.

Vengo a ver a la familia García…

Me dejaron pasar. Subí con dificultad. Me abrió un hombre joven, robusto.

¿Se encuentra bien?

Por favor, necesito… el contacto de Rosalía…balbuceé.

Me tumbó en el sofá, me puso un tensiómetro, me habló tranquilizador.

Entró una mujer de unos treinta años, ropa sencilla, tranquila. Era igual que Rosalía joven la misma sonrisa, el mismo andar. Entonces lo entendí: era su hija.

Un niño pequeño se asomó curioso.

¿Cómo te llamas, campeón?

Susocontestó, y añadióMi papá se llama Luis, mi mamá Rosalía.

Me midieron la tensión, sirvieron un té.

¿Usted es… mi padre?

Nunca lo supe. Pero debía haberlo imaginado le contesté, el corazón tan agitado que apenas podía con la emoción.

Fuimos a la cocina. Bebí el té, la miré a los ojos.

¿Cómo vivisteis aquí?

Duro, al principio. Pero mi nacimiento fue la salvación de mamá. Trabajaba mucho, hubo inquilinas, pero se las arregló. Siempre dijo que sería feliz si te volvía a ver.

Soy responsable de tanto dolor…

¿Por qué se separaron?le pregunté.

Mamá solo dice que fue cosa del destino, que te esperaba, siempre te esperaba…

¿Por qué no vamos a por ella? Aún vive cerca.

No, hija. No llames, quiero sorprenderla. Tengo que encontrarla yo mismo…

El marido refunfuñó, pero accedió. Me llevaron en coche hasta las nuevas casas de las afueras. Me dieron la dirección, las llaves.

Llegué agotado, como si tuviese ya noventa años. Llamé, y no supe qué decir. Cuando abrió, era la misma Rosalía, solo más sosegada, el pelo más recogido, la mirada más profunda.

Entré. Nos miramos, llena de emociones.

Rosalía, perdóname logré articular al fin.

Caí de rodillas delante de ella, y ella también se arrodilló.

Suso, ¿cómo es esto? Tantos años…

Nos abrazamos, balbuceando, interrumpiéndonos:

Te he buscado, te he encontrado, y no sabía de tu hija, de nada…

No eras culpable… Siempre supe que volverías.

Tantos años perdidos… Lo siento…

Recordamos los versos de aquella noche:

La naturaleza se desarma, las mareas se hacen olas y callan los sonidos, por la culpa de nuestra separación…

No vayas, ahora estoy aquí… Llamo a mi yerno, él es médico, te llevará al hospital…

Ahora sí, llamadle. Me llevará pero después…

Al final, salimos los tres, Rosalía y yo de la mano en el asiento trasero, su yerno preocupado, camino al hospital. Pero por una vez, el dolor en mi pecho era solo de emoción. Sentí la certeza: había llegado a tiempo. No había perdido el amor de una vida entera.

No llores, Suso. Todo saldrá bien. Ahora estamos juntos…

Y ella, para tranquilizarme, recitó suavemente:

Aún queda una segunda cita, el encuentro inevitable contigo…

El coche se perdió entre los vientos de Madrid, luchando por hacer realidad un sueño antiguo: compartir la vida con la mujer que siempre se amó.

Había llegado a tiempo.

***El trayecto fue breve y eterno a la vez. El coche avanzó despacio entre los árboles que pintaban la ciudad de verde antiguo. Miré a Rosalía en silencio, como uno mira la certeza tras la incertidumbre, y sonreímos, torpes y desbordados, sin palabras, solo con la mano entrelazada y la promesa de la melodía que nunca se olvidó.

Al llegar al hospital, bajé con ayuda, un poco tembloroso, pero sentí en el alma que había cumplido el último acto pendiente de mi historia. Ella me sostuvo mientras entrábamos, como si el tiempo no hubiera pasado y todos los miedos fueran humo disipado por la luz de aquella segunda oportunidad.

Mientras los médicos me atendían, Rosalía tarareó bajito la melodía que tocaba en el metro, esa que me había acompañado en secreto todos estos años. Y yo juré, en ese instante, que si la vida me concedía algo más de tiempo, sería para vivirlo junto a ella. No había ya dolores antiguos, ni remordimientos, ni relojes en mi costado.

Al salir, apoyado en su brazo, escuché a mi nieto reír corriendo entre los bancos del parque. El aire olía a lluvia recién terminada. Con los últimos rayos de sol, Rosalía giró hacia mí y, simplemente, dijo:

Suso, estamos vivos. El amor nos esperó.

Y supe, al fin, que en la ciudad de los patios infinitos y los nombres olvidados, hay encuentros que no se posponen más, ni el tiempo ni el miedo los apagan. Solo estaba ahí, como una música antigua que vuelve. Caminamos despacio hacia el banco bajo el serbal, y esa tarde, mientras Madrid salía en calma del aguacero, sentí mi corazón, por primera vez en cuarenta años, latir con todas sus fuerzas.

Porque algunas búsquedas acaban donde empiezan los milagros: de la mano, bajo la lluvia, encontrando, al fin, el hogar.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

Busco a una mujer llamada Alejandra.
The Boy Who Made the Ballroom Remember