La segunda suegra
Una mujer enfundada en la bata de limpieza asomó con cuidado a la oficina del propietario de la clínica de cirugía estética Eclipse. Se llamaba Juana, y en ese momento intentaba hablar lo más bajo posible para no provocar a la jefatura.
He oído que hay una vacante para ayudante de masajista.
Tomás Granados alzó la vista y la miró con severidad. Se encontraba de un humor de perros: acababa de recibir la noticia de que una negociación clave con inversores había fracasado y sus sienes latían de puro estrés.
¿Y usted, con la fregona a cuestas, viene a dar masajes a los clientes?
No señor, pero he hecho cursos online. Hasta tengo el currículum aquí, respondió Juana tímidamente y le tendió una hoja arrugada, desenterrada del bolsillo.
En ese instante entró el subdirector de la clínica, Leopoldo Serra. Tomás, frotándose las sienes, soltó un grito:
Leo, ¿por qué narices aquí las limpiadoras van y vienen por donde les place? Sácala ahora mismo de mi despacho. Esta mujer se cree una masajista de renombre, por Dios Échala y que ni se le ocurra volver con semejantes tonterías.
Sin esperar respuesta, Granados arrancó el papel de manos de Juana, lo hizo trizas y las esparció a sus pies.
Juana, mordiéndose el labio, se agachó a recoger los pedacitos del suelo. Las lágrimas le nublaban la vista. Leopoldo la agarró por el codo sin ceremonia, la arrastró por el pasillo delante de clientes y empleados, y la metió en el cuarto de limpieza, junto al antiguo bidón de arena contra incendios, que debía llevar allí desde los tiempos de la guerra civil.
Sentada en el borde, Juana no pudo resistir más y rompió a llorar.
Llevaba poco tiempo en Eclipse. Jamás soñó con limpiar suelos, pero aquí el sueldo era mejor que en cualquier otro sitio. Y el propio Tomás Granados gozaba de reputación: decían de él que era un trabajador incansable, un hombre hecho a sí mismo que había levantado la clínica con sus propias manos.
No mentían en eso. Granados creció en un internado, nunca conoció a su madre ni a su padre, a los que buscó durante toda su vida sin éxito. Pero logró ser primero cirujano y después maestro de la medicina estética. Acudían a él, pagando fortunas, actrices y señoras de la alta sociedad madrileña. Cada año subía las tarifas y vivía a lo grande.
Por eso, Juana se atrevió a intentarlo: se enteró de la vacante y pensó que tenía que probar.
Soñaba con ser masajista. Se empapaba de libros, hizo por su cuenta todo el temario de una escuela de enfermería. Pero no tenía diploma oficial y no la dejaban ejercer. Había ahorrado algo para estudiar bien, pero su marido se largó con todo el dinero, dejándola sola con una niña pequeña y sin un solo euro.
A posteriori descubriría que Sergio tenía antecedentes por pequeños delitos y era un estafador consumado, con biografía inventada. El divorcio fue largo: él nunca se presentaba a los juicios. Juana resistía por su hija Lucía, y ahí empezaron sus desgracias.
Buscar trabajo con una hija era misión imposible. Vivían las tres: Juana, la niña y su madre, Carmen Sánchez, en un piso diminuto. A veces sobrevivían de la pensión de la abuela. Carmen era imbatible optimista: exgimnasta, de carácter de hierro. Asumía el cuidado de Lucía, permitiendo a Juana buscar trabajo.
Después, Juana terminó cursos económicos de masaje. El certificado de esos cursos era justo el que Granados acababa de destrozar.
Secó sus lágrimas, se levantó y fue a seguir fregando. Notaba las miradas y cuchicheos a su paso. Pero en casa, su madre la recibió con una buena noticia: Lucía había ganado un concurso de dibujo en el colegio. La niña tenía talento y Juana hacía lo imposible por que no le faltasen materiales. Lucía asistía a las clases de iniciación en la escuela de bellas artes, lo que a Juana le parecía un milagro.
El cubo se le hacía cada día más pesado. Cuando, extenuada, se disponía a vaciarlo, apareció don Federico, el conserje, el único en toda la clínica que nunca se las daba de importante. Hombre ya mayor, trataba a Tomás con cierta sorna, burlándose un poco de que se creyera el rey del mambo, olvidando sus orígenes humildes.
Don Federico nunca molestó a Juana. Al contrario, le llevaba pasteles que él mismo horneaba los fines de semana, la consolaba y le daba ánimos. Gracias a él, Juana se atrevió a presentar aquel desafortunado currículum al propietario de la clínica.
Ver a Federico la hizo llorar aún más.
Él la acarició en el hombro.
No llores, hija. Ya cambiarán las cosas.
Mejor no me hubiese atrevido, sollozó Juana. Ahora solo lo he empeorado.
Hoy Granados no estaba en sus cabales. Prueba otro día, sugirió él.
Me han prohibido hablarle de nuevo murmuró Juana. No sé ni por qué lo he intentado. Soñé que yo también podía salir del pozo. Me creí que Granados era otra cosa, pero no es más que un petulante con diploma.
Federico encogió los hombros. Juana guardó los trastos y volvió a casa, preocupada por la falta de dinero. Lucía pedía una muñeca cara y ella no tenía ni idea de cómo iba a conseguirla.
En casa todo estaba raro. Su madre estaba sentada, disimulando las lágrimas. A Juana le dio un vuelco el corazón. Carmen era una mujer fuerte, curtida en la vida. Si lloraba, mala señal.
¿Mamá, qué pasa? preguntó Juana, inquieta.
Nada, hija trató de quitarle importancia.
Mamá, dime la verdad, insistió Juana.
Carmen rompió a llorar:
Fui al médico, revisión del teatro municipal al que voy como voluntaria. Nos hicieron pruebas a todos, incluso al personal de vestuario. Me han detectado algo. Necesito operación, si no… un año, con suerte. La lista de espera es interminable. Pagando, imposible. Habría que ir a Madrid para las pruebas, aquí no hay medios. El viaje, las analíticas, las citas… Creo que ya me ha llegado la hora.
Mamá, no digas eso, reaccionó Juana incorporándose. Encontraremos una solución.
¿Con tu sueldo de limpiadora y mi pensión? rió amargamente Carmen. Claro, hija. Pero ya sabes: de un harapo no salen pantalones.
Juana pasó la noche dándole vueltas. Por la mañana tomó una determinación: era su deber volver a intentar hablar con Granados, aunque fuese jugándose el cuello.
Pero ese día ni siquiera la dejaron entrar en la clínica. Le comunicaron que estaba despedida por recorte de plantilla. Le pagaron tres sueldos mínimos y la mandaron a casa.
Don Federico, al despedirse, le obligó a apuntar su teléfono. Juana ni pensaba en llamar: ¿y ahora qué haría? Con suerte llegarían a final de mes y luego, ¿qué?
Juana no era mujer que se rindiera fácil. A su madre le mencionó el despido como quien se va voluntariamente. Se puso a buscar trabajo de inmediato. Sin titulación, en todos los sitios pagaban poco. Hasta que vio un anuncio: se necesitaba cuidadora. No hacía falta formación sanitaria, pero sí estar dispuesta para cocinar, limpiar, ayudar en casa.
Juana pensó: no es menos digno que limpiar suelos en una clínica. Dejó su currículum. A la hora la llamaron: era una agencia de empleo, la empleadora una mujer mayor, adinerada y sola.
Le pidieron ir con la cartilla de la Seguridad Social y los papeles de trabajo. Pronto estaba frente a Tamara, la jefa de personal.
Se lo digo directamente: la clienta es difícil. Sería usted la décima cuidadora. Nadie aguanta advirtió Tamara con frialdad.
Juana se puso tensa, pero no dijo nada.
Seguro le suena su nombre. Emma Domínguez Amorós. Otro es su apellido artístico, claro. Fue primera figura de la ópera de aquí. Caprichosa y con mucho dinero. Dicen que algún admirador ricachón la dejó bien cubierta.
Francamente, no estoy para elegir susurró Juana.
Si tiene hija, recuérdelo: Doña Emma odia a los niños. Y a los animales. Apenas se mueve con andador, y prefiere que la lleven en silla de ruedas. El periodo de prueba es de tres meses. Si aguanta, contrato anual y doble sueldo.
Juana asintió, conteniendo la emoción. El salario ya superaba el doble de sus ingresos anteriores. Era la oportunidad de salvar a su madre, y pensaba aprovecharla.
Tenía que empezar al día siguiente, a las siete de la mañana.
Por la noche buscó en internet información sobre Emma Domínguez. Encontró reseñas de hace años: en las fotos, una dama imponente de cabello negro y ojos de halcón. Nada la preparó para la realidad.
Abrió la puerta un guardia uniformado. Domínguez resultó poseer una mansión antigua en pleno centro de la ciudad. Juana, abrumada por los techos artesonados y los cuadros, avanzaba insegura.
¿Qué miras? ¿Buscas qué mangar? chirrió la voz de la dueña.
A su lado apareció una moderna silla de ruedas eléctrica. Sentada en ella, una señora canosa, menuda y acerada, de mirada de buitre.
Buenos días, Doña Emma balbuceó Juana.
Habla alto, no tartamudees cortó la señora. Ten las manos a la vista, no las escondas. Y ponte cubre-zapatos. Tengo parquet exclusivo. Allá están los de tela. Vístete y ven. Ya es hora de desayunar.
Juana se calzó unas fundas suaves, no las típicas de hospital, y se apresuró tras la propietaria.
Péiname, pero con cuidado gruñó Domínguez. No, eso no, por Dios ¿Eres tonta? Quita la redecilla. Ahora coge la peluca y la desenredas.
Perdone, es que no la entendí bien se excusó Juana.
Vaya, otra inútil ¿De qué fábrica salen tantas idiotas? Tráeme el té. Y ya.
Juana fue a la cocina.
¡No hagas ruido! gritó la señora. Me taladras los nervios.
Domínguez inspeccionó el té con desconfianza; luego, sin previo aviso, se lo lanzó a la cara a Juana.
Me diste un empujón. Es culpa tuya.
Juana respiró hondo.
¿Dónde puedo lavarme la cara?
Arriba tienes el baño del servicio espetó Domínguez, entrecerrando los ojos. ¿Ni una palabra me dices?
¿Para qué? respondió Juana, serena. A estas alturas más bien siento curiosidad por sus próximos trucos.
Hum. Anda, vete masculló la señora. Allí tienes toallas y ponte un pijama limpio, deja tu ropa para lavar.
Juana obedeció y volvió. Hasta la noche, Domínguez se dedicó a hacerle la vida imposible, poniéndole trampas y humillaciones. Juana intuyó que era una especie de prueba, así que aguantó en silencio. Pronto la señora se quedó sin energías y por la noche fue más amable. Juana le hizo un masaje relajante hasta que se durmió; luego recogió la peluca y, despidiéndose del vigilante, regresó a casa.
A la mañana siguiente, el guardia la recibió con cara de asombro:
¿Qué hiciste anoche? Doña Emma duerme como un bendito. Ni se ha levantado.
Nada especial sonrió Juana. Tal vez estaba cansada.
Esa mañana, Domínguez le dijo que vestía fatal y jamás encontraría marido si no se maquillaba. Juana aguantó las reprimendas mientras preparaba sus cosas, y hasta peinar la peluca resultó más fácil.
Luego, la señora exigió cita con manicura y que la llevasen, vestida de bata japonesa, a su tocador.
El motivo no tardó en descubrirse.
Tras la manicura, apareció un caballero de canas, alto y recto como un bailarín. Doña Emma lo presentó como un viejo amigo, Olegario, y ordenó café.
Juana preparó un café perfecto con la máquina de lujo, nerviosa, pero todo salió bien. Con el invitado, la señora se comportó correctamente.
Al atardecer, le preguntó:
¿Qué me hiciste anoche para dormir así?
Un masaje, susurró Juana.
¿Es masajista profesional?
No, he aprendido sola.
Bueno, repítelo concedió la señora.
Así acabó Juana el día, con otro masaje. Al poco, los tres meses de prueba habían pasado volando. Trabajaba seis días por semana y apenas veía a su hija, pero lograba que su madre Carmen no tuviera que trabajar: ella se cansaba mucho y en el teatro las tareas eran duras.
Con el tiempo, la relación entre Juana y Doña Emma mejoraba. La señora la estudiaba, intuía su temple. Un día le preguntó:
¿Y tu familia aguanta tu horario?
Solo tengo a mi madre y mi hija, dijo Juana. Pero no tengo alternativa.
¿Cuántos años tiene tu hija? ¿Alguna afición?
Casi seis. Le encanta dibujar, contestó Juana, recordando la advertencia de Tamara.
Tráela, que la conozca asintió Domínguez.
Desde entonces, Lucía empezó a acompañar a su madre algunos ratos. Solía estar sentada en una esquina, dibujando en silencio. Un día hizo un retrato tan fiel de Doña Emma que la señora mandó enmarcarlo y colgarlo.
La convivencia se fue estrechando. Juana perdió el miedo al despido.
Domínguez sufría una enfermedad articular compleja, sin cirugía posible; cuando los dolores eran fuertes, Juana le dedicaba largos masajes que le aliviaban algo. Una vez, la señora pidió a Juana que ella y Lucía pasaran la noche allí y las instaló en el cuarto de invitados.
Esa noche, Juana, oyendo la respiración de Lucía, imaginó por un instante que vivía allí. Había empezado a querer aquella casa histórica, impregnada de ecos del pasado.
A la mañana siguiente, Doña Emma mejoró algo. Ella y Lucía desayunaron juntas, y Juana recibió la tarea de limpiar el despacho: la tarea más delicada. Entre el polvo y los recuerdos, Juana encontró un álbum envejecido. Al acabar, lo llevó al salón.
¿Puedo ojearlo, señora?
Eran otros tiempos, gloria incluida gritó Domínguez. Mira, hace siglos que no lo abro.
Las tres se sentaron alrededor de la mesa. Al principio eran fotos de la infancia de Emma. De repente Lucía gritó:
¡Mira mamá, es la abuela! ¡Tenemos esa foto igual!
Juana se quedó helada. En la página aparecía la joven Carmen Sánchez.
¿Cómo tiene usted esa foto? susurró Juana.
Doña Emma acechó un rato a Juana y por fin exclamó:
¿Tú eres la hija de Carmencita? Pues sí que estoy tonta Ya me decía yo que tu cara me sonaba.
¿Y por qué está la foto de mi madre aquí? insistió Juana.
Amigas de juventud. Éramos una y carne. Ella se escapaba de los entrenos, yo del conservatorio. Íbamos juntas a bailar. Viviamos en el mismo bloque. Incluso empezamos gimnasia juntas, pero ella tenía más madera. Yo no quería ser la segundona.
¿Nunca más volvieron a verse? preguntó Lucía.
La vida Tu abuela tuvo un entrenador guapísimo, Íñigo. Nos peleamos por él. Íñigo, por supuesto, se quedó conmigo. Y tu abuela, por aquel drama, perdió el puesto en el equipo. Luego me casé con Íñigo y me apellidé Domínguez para siempre, aunque duró poco el matrimonio.
Desde ese día, Juana solo pensaba en reunir a las viejas amigas. La ocasión llegó sola.
Doña Emma quiso de nuevo que Lucía durmiera allí. Pero Lucía tenía excursión al día siguiente. Juana pidió a Carmen que la recogiese en la mansión.
Carmen llegó en su abrigo remendado. Doña Emma, a punto de meterse en la cama, fue al recibidor, donde Juana recogía las cosas de Lucía.
¿Quién eres tú? Yo no espero a nadie gruñó la señora.
Hola, Emma respondió Carmen, fría. No puedo decir que me alegre de verte.
Lo mismo digo bufó Domínguez. Veo que la vida te ha zurrado.
Como a todos rezongó Carmen. Por lo menos tengo hija y nieta. A ti el oropel no te curó la soledad.
¿Y tú sigues con tu apellido de soltera? soltó Domínguez.
Carmen sonrió, apacible.
Ay, Emmita Yo también seguía tus pasos, hasta me sentía orgullosa de ti. ¿Te acuerdas de aquella llamada de hace cinco años?
Doña Emma palideció.
Cuando te rondaba aquel crápula del teatro municipal Te ibas a dejar la casa y la cuenta. Oí cómo presumía entre bambalinas de sacar partido a tu vejez y luego traer a su joven amante. Por eso te llamé yo misma, cambiando la voz.
¿Tú Me salvaste entonces? preguntó Domínguez, abrumada.
No conseguí odiarte nunca, Emma. Siempre lo sentí, comprendía que de artista a artista, es otro mundo. Pero aquel día no lo soporté.
Doña Emma bajó la cabeza.
Me salvaste. Ese sinvergüenza casi me arruina la vida. Tras la llamada, contraté a un detective.
Bien hecho sonrió Carmen. Bueno, Lucía se duerme. Nos vamos.
Espera, Carmen. ¿Cómo vives ahora? preguntó Emma.
En un piso pequeño, tras la regularización de la finca. No es un palacio, pero tenemos lo justo.
Pues ya está, declaró Domínguez. Os mudáis a mi casa mañana mismo. Hay espacio de sobra. Lucía tendrá un cuarto de verdad. No discutas. Nos queda poco tiempo a las dos. Ya sé el plazo que tengo.
Carmen se hundió en un banco.
Ocho meses tal vez.
¿Qué dices? ¿Cáncer? preguntó Emma, alarmada.
No. El corazón. Pero no tenemos dinero para operar. Y en mi caso, ni ahorrando
Esto se acabo. Te vienes a vivir y punto, zanjó Emma. Me debes mucho. Siempre me arrepentí de robarte a Íñigo.
¿Te acuerdas del guapísimo Bastián? rió Carmen. Hoy nos vamos. Mañana decidimos.
Mi chófer os lleva ordenó Emma. Y mañana recogerá vuestras cosas.
Esa noche, Emma pidió detalles de la enfermedad de Carmen, rememoró la juventud, lamentó su vida perdida. La generosidad de su amiga ablandó su corazón de hierro.
En una semana, la mansión parecía otra. Llegaban obreros y decoradores. Emma andaba ocupadísima.
Por las noches, Emma y Carmen charlaban alrededor de la mesa, recordando anécdotas. Acabada la mudanza, en una cena, Emma anunció:
Carmen, mostré a un médico tus papeles. La operación es en dos semanas. El cirujano es extraordinario, el hijo de un profesor de prestigio. Eso sí, procura no flirtear demasiado.
¿Has conseguido plaza pública? preguntó Carmen, asombrada. ¿Para qué te metes en esos líos?
¿Qué plaza? Lo he pagado todo. Se acabó. Hay que internarse y curarse. Lucía necesita a una abuela activa: la otra es demasiado cascada.
Emma, siempre igual Carmen se emocionó. No tenías que hacer ese gasto
¿Y para qué quiero el dinero? se encogió de hombros Emma. Eso está hecho. Ingresas al hospital, Juana te cuida y yo me quedo con Lucía. Además, después de tus masajes, me siento mucho mejor.
A las dos semanas, Carmen ingresó en una suite de la clínica más prestigiosa de la ciudad. El cirujano era Valentín Serrano: joven, prometedor, hijo de un profesor universitario pero independiente. Era sencillo y agradable. Viendo el cuidado de Juana hacia su madre, un día Valentín le dijo:
Pocas veces veo familias tan unidas. Tu madre es afortunada. También lo sería tu marido y tus hijos.
Solo tengo una hija contestó Juana, apurada. Pero es la mejor del mundo.
No lo dudo sonrió él. Yo me casé joven, mis padres no querían. Ella pensó que se casaba con dinero y acabó en un piso pequeño en Ávila. El amor se acabó pronto.
Seguro usted encuentra el amor musitó Juana.
Puede que ya lo haya encontrado repuso él, casi en un susurro.
Juana se sorprendía de sí misma mirándole distinto. No era guapo como Sergio, pero tenía nobleza, fuerza y algo fundamental: empatía.
La recuperación de Carmen duró una semana. Emma se las apañaba sola y cuidaba de Lucía, que ya le decía “yaya” y la veía como de la familia.
Emma disimulaba, pero por las noches, cuando Juana le daba masajes, notaba en ella el cansancio creciente. Incluso en silla de ruedas se fatigaba mucho.
Una noche, antes de dormir, Emma le dijo:
Tienes que dejar este trabajo cuanto antes.
¿No quiere que siga de cuidadora? se asustó Juana.
Ay, hija, no necesito más cuidadoras con la casa llena rió la señora. Quiero que estudies bien el masaje, de forma oficial. Que saques tu título. ¿Podrás?
¡Por supuesto! Pero es muy caro
Considérame tu hada madrina rió Emma. Además, tener masajista en casa es práctico. Te pagaré la carrera de terapeuta y todos los cursos que haga falta. No me falles.
Juana aceptó. Emma ayudaba a toda la familia, pero Juana no pensaba quedarse sentada. Estaba segura de que compensaría la inversión.
El profesor de los cursos era Simón Aguilar, hombre respetado, maestro con experiencia. Vio enseguida la habilidad de Juana. Al entregarle el diploma, preguntó:
¿Conoces el spa Vainilla?
Por supuesto. Todos quieren trabajar allí, sonrió Juana. Lo han abierto hace poco, pero ya es el mejor de la ciudad.
Pues yo soy el dueño agregó Simón. Me lancé como empresario. ¿Quieres trabajar conmigo? Primamos la recuperación tras lesiones. Es duro: se necesita fuerza y precisión. Creo en ti.
Juana asintió, emocionada hasta las lágrimas.
Aprendía cada día más. Simón le pagó parte de los nuevos cursos como beca. Pronto Juana tenía su puesto fijo en Vainilla: turno de mañana y las tardes para su madre y para Emma, y para llevar a Lucía a clases de arte.
Al tiempo, los clientes pedían cita con Juana. Su fama crecía. Y su relación con Valentín también progresaba: primero amistad, luego algo más profundo. Valentín se había trasladado hacía un año para dirigir el servicio de cardiología, pero quería vida fuera del hospital. Pasaban los domingos en el circo, teatro infantil o paseando los tres.
Carmen volvió a colaborar en el teatro, pero Emma ya apenas salía de cama. Los dolores eran peores y los masajes aliviaban poco.
Valentín empezó a derivar pacientes a Juana: muchos necesitaban rehabilitación muscular tras una operación cardíaca. Charlaban a menudo sobre esos casos. Y Valentín frecuentaba la casa de Emma que, a esas alturas, era también casa de Juana y Lucía. Un día, Emma, con una sonrisa pícara, le dijo a Valentín:
Ni se le ocurra hacer sufrir a mis chicas.
Y todos rieron, sabiendo que, por fin, el destino les había reunido como una inesperada y peculiar familia.






