La masa silenciosa

La masa silenciosa

Isabel, ¿eres consciente de quién viene el sábado? Juan se apoyaba en el marco de la puerta de la cocina, observándome como si de nuevo hubiera cometido una falta. Se limitaba a mirarme en silencio.

Yo justo estaba volcando la masa sobre la encimera. Tenía las manos cubiertas de harina hasta los codos.

Lo sé, tus compañeros del despacho y sus esposas. Me lo has dicho tres veces ya.

Te he dicho que no son solo compañeros. Es Carranza con su mujer. Él es socio en la empresa. Y también viene Delgado. ¿Sabes quién es Delgado?

Juan, estoy cocinando. Déjalo para luego.

Entró en la cocina, aunque normalmente intentaba no pasar mucho tiempo allí. A Juan le incomodaba el bullicio perpetuo, los aromas, las ollas, los paños húmedos colgando de los ganchos.

No, ahora, Isabel. Quiero que lo entiendas bien. Esta gente veranea en la Costa Brava, sus mujeres visten de Loewe, van a restaurantes donde no hay siquiera carta impresa.

¿Y qué se supone que debo hacer al respecto? Le miré a los ojos.

Nada de tus empanadas. Encarga algo decente. Hay un servicio que lo trae como en un restaurante, con cajas elegantes. Yo te doy el dinero.

Me quedé callada. Miré la masa, luego volví a mirarle.

La masa ya está hecha.

Isabel…

Juan, la masa ya está hecha. Me he levantado a las seis. Iré al mercado a por la carne. Todo saldrá bien, no te preocupes.

Negó con la cabeza, con esa expresión que tenía cuando pensaba que era una niña ingenua.

No entiendes a esta gente soltó, y se marchó.

Me quedé un rato parada mirando por la ventana. Fuera era marzo y el cielo, plomizo y húmedo. En la cornisa se posaba una paloma, perdida en su propio mundo. Bajé la mirada a la masa y seguí amasando.

***

Tengo cincuenta y dos años y llevo veintiocho con Juan. Nos conocimos en Valladolid cuando yo era contable en una constructora y él recién acababa de ascender a jefe de sección, aún con aquellos trajes de hombreras enormes y corte regulero. Le recuerdo entonces, joven e inseguro con las mujeres, siempre jugueteando con el botón del puño cuando se ponía nervioso. Extrañamente, me enamoré de ese gesto. De esa humanidad torpe y viva.

Después vinieron mudanzas. Primero a Salamanca, luego a Madrid. Siempre recogía nuestras cosas, metía al gato en la trasportín, buscaba supermercados nuevos, ambulatorios, saludaba de nuevo a los vecinos. Juan prosperaba y en cada escalón suyo algo dentro de él cambiaba. No de golpe, como si fuera un río erosionando la orilla año tras año.

No tuvimos hijos. No pudo ser. Los médicos decían esto y lo otro, hasta que simplemente dejamos de hablar del tema. Yo lo sufrí en silencio y encontré una cierta paz. Toda la energía materna la volqué en la casa: cocinar, cuidar el maceto en la terraza, las plantas al sol de la ventana, en dar algún dulce a los hijos de los vecinos.

Las empanadas eran mi forma de hablar. Yo lo sabía, aunque no lo expresara en voz alta. Cuando no encontraba las palabras, me iba a la cocina. Cuando era feliz, igual. Sentía la masa con las manos mejor que con cualquier termómetro. Sabía cuándo estaba lista por su textura y calidez, por cómo respiraba bajo mis palmas.

Juan comió mis guisos veintiocho años. Sin pronunciar palabra. Eso entendí después. Confundí silencio y aprobación.

***

El viernes, tras muchas horas en pie, terminé cerca de la medianoche. Hice una empanada de ternera y cebolla, con la receta de mi abuela, ésa de costra dorada que cruje y aromatiza todo el piso. preparé croquetas de patata y queso fresco. Un plato de carne en gelatina que debía cuajar hasta la mañana. Mezclé una ensalada con col encurtida, zanahoria y arándanos. En el horno dejé una paletilla de cerdo con ajo y laurel.

Juan llegó a las once, vio todo aquello y no dijo nada; se fue, en silencio, a la habitación.

Recogí la cocina, me quité el delantal y me senté en el taburete. Tomé un té. Mañana vendría gente, se sentarían a la mesa y yo les serviría lo mejor que sé hacer. Parecía sencillo. Claro.

Me acosté pasada la una. Me dormí enseguida.

***

Los invitados llegaron a las siete. Seis en total: Carranza y su esposa Carmen, Delgado y su pareja, Lucía, y un señor más a quien Juan presentó como Don Manuel, sin más nombre ni cargo, pero con tanto respeto en la voz que intuí que era el más importante de todos.

Carmen Carranza resultó ser una mujer delgada de unos cuarenta y cinco, con un vestido que costaba, seguro, mi pensión mensual. Miró alrededor con ojos que medían, catalogaban y juzgaban todo con un solo parpadeo: el piso, los muebles, las cortinas, yo misma.

Lucía Delgado era más joven, rubia oxigenada y perfumada hasta el umbral. Sonreía demasiado, con una sonrisa de interruptor recién pulsado.

Don Manuel tenía unos sesenta, manos grandes, porte sólido y esa mirada atenta de quien observa más allá de lo que ve. Fue el único en darme la mano y saludar:

¿La anfitriona? Encantado.

Los llevé al salón, la mesa ya dispuesta. Saqué el mantel bueno, el de lino con bordados, puse velas, los cubiertos bien alineados. He colocado la carne en gelatina sobre hojas verdes, las croquetas apiladas en un bol de barro, la empanada troceada sobre madera, dorada y crujiente.

Todos se sentaron. Juan descorchó el vino que trajo Carranza, un italiano de nombre larguísimo. Sirvió copas.

Carmen miró la mesa y murmuró claramente:

Vaya, carne en gelatina. Hacía años que no veía eso.

En esa frase flotaba algo que percibí sin identificar. Como el aroma a gas de una fuga pequeña: sabes que pasa algo, pero tardas en reaccionar.

Servíos, por favordije. Empanada de carne, croquetas, la paletilla está aquí.

¿Paletilla? Lucía miró a Carmen. Por Dios, hace quince años que no pruebo eso. ¡Qué grasa!

Sustanciosa, querrás decir… corrigió Carmen carcajeándose. Una risa que te obliga a mirar al suelo y comprobar que no has metido el pie en algo.

Los hombres empezaron a servirse. Carranza tomó carne en gelatina, probó y asintió, pero no comentó nada. Delgado cortó empanada. Don Manuel se sirvió agua y observó el conjunto.

Juan, ¿tú cocinas alguna vez? preguntó Lucía con tono risueño.

No, Isabel es la chef de la casa contestó él, como si aclarara algo divertido y soportable.

Isabel, ¿eres de familia pequeña? ¿De pueblo?

De Valladolid contesté.

Claro, ahí se conservan esas cosas. Todo esto, la comida casera, empanadas y carnes en gelatina… Es muy rural, no lo digo a mal, pero la gente urbana ya no come así. Los nutricionistas dicen que la gelatina es terrible para las arterias.

Le sostuve la mirada.

Si se prepara bien, la gelatina es colágeno. Bueno para las articulaciones.

Bah, datos antiguos Carmen desestimó. Llevamos tres años sin carne, solo pescado y superalimentos. Juan, te lo recomiendo, conocemos a un nutricionista excelente.

Juan se rió, ligero. Como fingiéndose parte.

Isabel es una conservadora dijo él.

Esa palabra, “conservadora”, se me quedó grabada. Cayó sobre la mesa como una moneda que nadie recoge.

Después Lucía comentó que la masa de la empanada era demasiado densa y que ahora cuida la línea. Más tarde Carmen habló de un restaurante en el centro donde sirven cocina molecular, y el chef estudió en Barcelona. Luego cambiaron a hablar de dinero y viviendas. Entendí mi papel: decoración, anfitriona que pone la mesa y sonríe.

Sonreí.

Rellené copas. Serví platos. Retiré lo vacío. Pregunté si querían algo más. Nadie agradecía.

Hacia las nueve, Carmen fijó de nuevo los ojos en la empanada casi intacta y dijo:

Voy a ser sincera, porque somos de confianza Este tipo de comida es muy provinciana. Perdona, Isabel. Pero cuando se junta cierta gente, no encaja. Es otro nivel.

Se hizo silencio. Miré a Juan.

Juan miraba su copa.

Cada uno con sus tradiciones dijo por fin don Manuel, en tono que hizo que Carmen callara.

Pero Juan ya había abierto la boca:

Isabel, te pedí comida decente, de encargar algo. Pero has vuelto a lo tuyo.

Me levanté, recogí algunos platos y me fui a la cocina. Caminé despacio por el peso. Dejé los platos en el fregadero y me asomé a la ventana. Fuera todo era oscuridad, con la lluvia fina bajo los faroles.

Oí reír otra vez en el salón. Luego tintinear de cristales.

Colgué mi delantal. Lo quité, lo doblé y lo dejé sobre una silla.

Volví al salón.

Perdonad, me duele la cabeza. Servíos, hay comida de sobra.

Nadie me prestó especial atención.

***

Recogí la comida cuando todo terminó, cerca de la una. Juan se metió en la cama sin decirme palabra. Solo cerró la puerta.

Puse la empanada en una bandeja, la tapé con film. Las croquetas a una cazuela. La carne en gelatina en papel de horno. La paletilla, por separado.

A las dos menos cuarto saqué todo a la calle. Por suerte, cerca de casa estaban terminando una urbanización y, aun a esas horas, las casetas de obra tenían la luz encendida.

Allí estaban tres obreros, tomando té caliente. Uno fumaba y los otros se calentaban las manos.

Buenas noches dije. Perdonad la hora. He traído algo para cenar, si os apetece.

Se me quedaron mirando como si hubiera aterrizado de Marte.

¿Pero qué ha traído? preguntó el fumador.

Empanada de carne. Croquetas, paletilla, carne en gelatina (aunque ésta mejor en nevera).

Se miraron.

No fastidie dijo el primero alzándose. Ayudamos a llevarlo.

Cogieron la bandeja, la cazuela y dejaron todo junto. Enseguida uno rompió el film y arrancó un trozo de empanada. Le cambió la cara y sentí cómo algo cálido me subía por el pecho.

Esto es como lo de casa dijo masticando. Madre mía

Mi madre hacía así las croquetas confesó otro. Igualitas.

¿Usted es de ahí arriba? preguntó el tercero, señalando mi edificio. ¿Fiesta?

Tenía invitados repliqué. No lo han comido.

Qué error. Menuda comida.

Lo sé sonreí.

Me quedé unos minutos viendo cómo devoraban la comida, sin remilgos y con placer auténtico. Uno fue a por una segunda ración.

Gracias, señora dijo uno.

A vosotros contesté y regresé a casa.

***

No dormí esa noche. Me tumbé en el sofá del salón, mirando el techo. Todo estaba en silencio. Supongo que Juan dormía bien.

Pensaba en que veintiocho años es mucho. Es casi toda una vida adulta. En cómo él dijo: Otra vez a tu manera. No “estás equivocada” ni “no estoy de acuerdo”. “A tu manera”, insinuando que tener una manera propia era casi indecente.

Pensé en los trabajadores comiendo en silencio, agradecidos. Que llamaron buena comida a lo que era cierto, sin mirar si quedaba bien decirlo.

Pensé que en casa no cabía ya mi espacio. Que, aunque como persona me aceptaran, a mí como yo misma con mis empanadas, mi mercado de madrugada, la receta de mi abuela, mi lenguaje de cocina ya no me correspondía un lugar.

Ese hueco llevaban ocupándolo otras cosas mucho tiempo.

A las cuatro de la mañana tomé una decisión. Una de esas que llegan tranquilas, sin drama. Como quien por fin pide cita al médico.

***

Escribí una nota clara, con mi letra grande y recta.

«Juan. Me voy. No por enfado. Es que por fin lo he entendido. Gracias por los años. Las llaves están en la mesilla. Isabel.»

Dejé las llaves. Ambas, la de la puerta y la del buzón.

Cogí una bolsa con lo imprescindible: documentos, muda, teléfono, cargador, algo de efectivo. Por algún motivo, no me llevé comida; sentí que era importante: me iba sin mi cocina. Como si dejase atrás parte de mí e iniciase el camino ligera.

En la calle ya clareaba. La lluvia había cesado y el asfalto brillaba bajo las farolas. Paré un taxi y pedí que me llevara a casa de mi amiga Nuria al otro extremo de la ciudad.

Nuria abrió en bata, aún despeinada, y no me preguntó nada. Solo se apartó para dejarme entrar:

¿Te pongo una infusión?

Ponla.

Nos sentamos en su cocina en silencio. Nuria me observaba de reojo, sin forzarme. Era esa clase de amiga, de las necesarias.

¿Te has ido? preguntó tras un rato.

Sí.

¿Para siempre?

Me lo pensé.

Para siempre.

Ella asintió y sirvió más té.

***

Las primeras semanas fueron raras. Juan llamaba. Primero cortante: ¿Dónde estás, vuelve?. Luego más largo: ¿Podemos hablar?. Después: ¿De verdad sabes lo que haces?. Finalmente, desapareció del mapa.

Yo vivía con Nuria. Dormíamos con una pared de por medio, desayunábamos juntas, a veces veíamos series. Nuria jamás me dio consejos. Eso se lo agradeceré siempre.

A la tercera semana me puse con gestiones. Era meticulosa, pura costumbre de años de contabilidad. Preparé los papeles del divorcio, sin alboroto. El piso estaba comprado en gananciales; Juan ofreció pagarme mi parte. Acepté. No quería líos ni juicios.

El dinero terminó en mi cuenta. Lo miré y pensé: veintiocho años. ¿Está bien? ¿Mal? No lo supe. Pero alcanzaba para un tiempo.

Tardé un mes en buscar empleo. Sentía que debía respirar antes de empezar de nuevo. Caminaba por Madrid durante horas, entraba en cafeterías, observaba a la gente. Tenía cincuenta y dos años y, por primera vez en mucho tiempo, era simplemente yo, lo que fuera que eso significase.

Un día entré en una cafetería de barrio, rodeada de árboles y edificios bajos. El local se llamaba Al Paso. Sin diseño, mesas de madera, carta de pizarra, un televisor mudo en la esquina. Pero olía a pan recién hecho y a café.

Pedí té y una empanadilla de cereza. No era casera, se notaba.

Detrás de la barra estaba una señora de unos sesenta, cara redonda, cansada, con un delantal azul claro.

¿Está rica? preguntó.

Un poco seca contesté, sincera.

Suspiró.

Lo sé. El repostero nos dejó en abril. Ahora compramos en la panadería de al lado, pero no es igual. Se nota.

Estuve callada.

¿Busca pastelero?

Me miró, calibrándome.

¿Sabe usted?

Sé afirmé.

***

Se llamaba María Jesús y había abierto ese café hacía ocho años, tras jubilarse y ver que no podía estar sin hacer nada. El negocio era modesto, a veces daba pérdidas, pero era su vida. María Jesús tomaba decisiones como quien confía en el instinto.

Venga mañana temprano me propuso. Probamos.

Al día siguiente llegué a las siete. Me puse el delantal, miré la cocina: pequeña pero bien organizada.

Hice empanadillas de patata y cebolla, rollos de canela y dejé la masa de levadura preparándose para una tarta de manzana.

María Jesús llegó a las ocho, se apoyó en la puerta un rato.

¿De dónde sales tú? preguntó.

De la vida le contesté.

Los primeros clientes probaron las empanadillas a las ocho y media. Una mujer compró dos y volvió al rato por la tercera. Un obrero pidió media docena de bollos y exclamó: Así sí. Un chaval dudó entre manzana y patata y al final eligió ambas.

María Jesús contaba cambios tras la barra.

Al mediodía hablamos de condiciones. Acepté trabajar de lunes a sábado, de siete a tres. El sueldo era discreto, pero María Jesús añadió: Si funciona, lo repasamos.

Y funcionó.

***

A los tres meses Al Paso era muy conocido en el barrio. Sin publicidad, solo de boca en boca. Esas historias que se cuentan al natural: vete, que los bollos son como los de mi abuela.

Organizaba el menú semanal: lunes pasteles de bonito, martes coca vegetal, miércoles pan de masa madre (con cola desde el amanecer), jueves crepes con nata y mermelada, viernes empanada grande de carne, que se terminaba antes de comer.

Mis domingos, mi único día libre, eran para el mercado. Lo disfrutaba. Elegía manzanas oliéndolas una a una. Charlaba con las señoras del queso fresco. Compraba mantequilla a la misma vendedora, que ya era casi amiga.

Ahora vivía sola. Alquilé una pequeña vivienda cerca del café. Sencilla, daba a un patio apacible, con muebles antiguos pero sólidos. Coloqué visillos de lino en la cocina y una maceta de geranio en el alféizar. Era acogedora.

Nuria venía dos veces al mes. Tomábamos té y siempre decía:

Se te ve mejor. De verdad.

Duermo bien respondía yo.

Se nota.

Por las tardes, tras el trabajo, a veces me sentaba a leer, otras solo miraba por la ventana, escuchando el rumor del patio. Solo eso ya valía mucho.

***

Al hombre llamado Luis lo vi el primer miércoles de octubre. Entró tarde, ya no quedaba pan de masa madre.

¿Me he quedado sin? dijo María Jesús desde la barra.

Sin pan, sí admitió con una sonrisa triste. ¿Mañana habrá?

Solo los miércoles. Pero hay empanada.

Eligió un café y una empanadilla de repollo. Se sentó por la ventana. Leía un libro ajado.

Al miércoles siguiente, llegó puntual y compró dos hogazas. Justo sacaba yo una bandeja.

A tiempo, por fin bromeé.

Rió. Tenía la cara surcada de líneas, como quien ha vivido mucho o a quien le pesa el pensamiento.

Tengo que venir martes y pasar la noche aquí para no quedarme sin pan.

María Jesús cierra a las ocho. Tocaría pernoctar en el portal.

Así empezamos a hablar. Entre pan y bromas nació algo genuino.

Luis tenía cincuenta y ocho años, era ingeniero industrial, divorciado desde hacía años, dos hijos y vida pausada. Empezó parando a charlar; luego, tras el café, me acompañaba a pasear por la acera.

Se interesaba de verdad por mi trabajo. Me hacía preguntas sinceras sobre las masas, la fermentación, el porqué del pan de masa madre. Le gustaba escuchar, sin interrumpir.

Un día le dije:

Unos me dijeron que esto, las empanadas y la carne en gelatina, la comida casera, es de pueblo, pasada de moda.

Luis guardó silencio.

Depende de lo que se llame anticuado. Para mí, lo que ha pasado de moda es fingir. Eso sí.

Le miré.

Bien dicho.

Lo intento contestó sonriente.

***

La vida de las mujeres nunca va en línea recta. Ya lo sabía. La felicidad no llega de golpe, sino a tragos cortos, como el agua del pozo después de la lluvia: callada y poco a poco, pero si te asomas, encuentras algo verdadero.

Luis y yo empezamos a vernos en marzo. Sin prisa, sin promesas. Un día me invitó al cine. Dije que sí. Después cenamos en un sitio sencillo. Pidió sopa y pan.

¿El pan es bueno? pregunté.

Probó.

No, nada que ver con el tuyo.

No era halago, era constatarlo.

Sonreí en silencio y lo guardé para mí.

El café, para entonces, había crecido. María Jesús amplió el menú: platos calientes, contrató a otra ayudante. Quería poner más mesas fuera en verano, incluso consideró ampliar el local.

Soñaba con mi propio café. Pequeñito, en una calle tranquila, con el aroma de pan llenándolo todo. La idea era difusa, apenas un dibujo al agua, pero estaba ahí.

Aprendí a no tener prisa.

***

Juan apareció a finales de abril.

Le vi desde el ventanal del café. Parado bajo el letrero, dudoso. Mi corazón dio un salto, pero enseguida se calmó.

Entró.

María Jesús estaba en la trastienda. Había varios clientes repartidos. Yo estaba tras el mostrador.

Hola, Isabel dijo.

Había envejecido. O quizá solo se le notaba. Más marcas, menos firmeza en los ojos, como quien camina sin mapa.

Hola, Juan.

Te encontré gracias a Nuria. Me dijo que estabas aquí.

Aquí sigo.

Observó la sala, las mesas de madera, la carta en pizarra, el expositor de bollos. Le vi en la cara una mezcla extraña: tal vez lástima, tal vez asombro.

¿Quieres un café? pregunté.

Vale.

Se lo serví tras la barra. Cogió la taza, la sostuvo un momento. Bebió en silencio.

He oído que esto te va bien.

Va.

Te recomienda todo el mundo. Aquí hacéis la mejor repostería del barrio.

Me alegra.

Juan terminó el café.

No ando en mi mejor momento. Con Carranza me distancié, la empresa va mal Nada fácil.

Le miré sin ira, sin pena ni reproche. Era una atención amistosa: te da lástima, pero ya no le conoces.

Lamento que estés pasando un mal bache.

Quiero que regreses.

En el café pareció hacerse el silencio.

Podríamos empezar de nuevo. Tengo ideas. Igual mudarnos, cambiar de ciudad, reinventarnos juntos…

Juan…

Espera. Hablo en serio. Sé que me equivoqué. Lo he pensado mucho.

Bien. Es bueno reflexionar.

Entonces me estás escuchando.

Junté las manos sobre la barra.

Te escucho. Dime, ¿recuerdas aquel sábado? Salí a la cocina y dijiste delante de todos: Otra vez a tu manera.

Se calló.

Lo recuerdo.

No fue tienes razón ni qué buena comida. Fue a tu manera. Esa palabra, otra vez. Ahí se guardan años.

Juan bajó los ojos.

Estaba nervioso. Eran importantes para mí. Quería que todo saliera…

Importantes repetí. También lo eran los obreros que comieron mi empanada esa noche, con los monos puestos. Pero no los conoces.

Me miró.

A veces no te entiendo.

Ya lo sé. Eso es la respuesta que buscabas.

Sonó la cafetera. Entraron dos nuevos clientes. Me dirigí a ellos.

Un momento dije a Juan, tengo que atender.

Isabel…

Juan, no estoy enfadada. No guardo rencor. Pero no volveré. No es por despecho. Es que aquí siento que pertenezco. Por primera vez en muchos años estoy donde debo.

Juan lo asimiló unos segundos. Asintió, lento, resignado.

Está bien.

Se levantó, cogió la chaqueta. Ya en la puerta, añadió:

Tienes mejor cara.

Gracias.

Se fue.

***

Atendí a los clientes: uno compró pan y un pastel; otro preguntó por el plato del día. Le expliqué que serían las doce.

Fui a la cocina, bebí agua delante de la encimera. Eran las once menos cuarto: tocaba hacer nueva masa para el día siguiente.

Tomé la harina, la pesé. Incorporé la levadura natural, esa que alimentaba a diario, viva y burbujeante.

Las manos sabían perfectamente su trabajo.

***

Aquella tarde, Luis pasó por el café, como solía al acabar mi turno.

¿Cómo fue el día?

Especial le confesé.

¿Quieres contarlo?

Salimos a la calle. Hacía un día hermoso, de primavera, con sombra larga de los plátanos. Caminamos despacio.

Ha venido mi exmarido.

Luis ni se detuvo ni cambió el ritmo.

¿Y?

Quería que volviera a casa.

¿Y tú?

Le he dicho que no.

Lo meditó.

¿Duro?

Lo pensé.

Menos de lo esperado. Le compadecí, incluso. Daba la impresión de estar perdido.

Fue su camino.

Sí, aunque me dio lástima.

Luis asintió, con ese gesto de quien agradece la franqueza.

Hace tiempo que quería decirte algo y no encontraba el momento.

Dímelo.

Nunca he conocido a nadie que haga con las manos lo que tú haces. Y no hablo sólo del pan. Es algo más. ¿Sabes a qué me refiero?

Le miré de lado.

Creo que sí.

Bien. Solo quería decírtelo.

Seguimos andando. Pasamos junto a bancos ocupados por jubilados, junto al parque lleno de niños que gritaban. El cielo claro, con nubes dispersas.

Luis dije.

Sí.

He aprendido este año que durante demasiado tiempo esperé un simple qué bien lo haces. Y cuando dejé de esperarlo, todo fue más sencillo.

La primera en reconocerse debe ser una misma.

Cierto. Lástima que me costara.

Nunca es tarde. Algunos nunca lo logran.

Sonreí, bajito.

***

El café “Al Paso” iba ya a toda máquina en verano. Se montaron mesas en la terraza y siempre estaban llenas los días de buen tiempo. María Jesús negociaba con el local de al lado para ampliar y me propuso ser socia. Le pedí pensarlo.

No tardé nada en decidir. Dije que sí.

Era sabiduría sencilla, tejida pacientemente: no temas lo que sabes hacer bien. No lo escondas, ni pidas perdón. Busca el lugar donde sea querido y quédate ahí.

Y ahí seguí.

***

Una tarde de junio, ya con calor y ventanas abiertas, estaba en mi cocina escribiendo algo en una libreta. No era un diario a conciencia, sino pensamientos y recetas mezcladas. Siempre lo había hecho.

Fuera susurraba el plátano. La gitanilla en la ventana estaba en flor. Mi masa madre, en la nevera, esperaba la mañana.

Apunté: La mayor rareza de la vida es que lo mejor llega cuando piensas que ya no te queda nada.

Taché la frase.

Escribí: El secreto de una buena empanada es no tener prisa.

Sonreí. Cerré la libreta.

***

Nuria llamó ese domingo temprano.

¿Cómo estás?

Bien. He dormido hasta las ocho.

¡Hasta las ocho! Qué alegría.

Ven cuando quieras. Estoy haciendo empanada.

¿De qué?

De manzana y canela.

Voy dijo Nuria, y colgó.

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Elena Gante
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