Un padre soñaba con tener un hijo varón, pero nació una hija «inútil» a la que borró de su corazón

La noticia de que había nacido una hija le sorprendió a Tomás Ibarra en la oficina forestal de Soria, precisamente el día de paga. Los hombres, tras recibir sus pesetas, ya se iban marchando, haciendo sonar los cubos vacíos de gasóleo, pero él seguía clavado ante la puerta de la oficina, apretando entre las manos unos billetes arrugados de curso legal.

¡Ay, qué desgracia la mía! masculló Tomás entre dientes y escupió con fuerza sobre el serrín de la entrada . Ya se lo dije a la mujer: bésame un hijo. Pero no, tenía que plantarme una niña.

Le bullía por dentro la rabia y el resentimiento hacia su esposa, Agripina. Tanto hervía que ni ganas le quedaban de volver al hogar, a esa casa vacía donde ya ni la voz de mujer se escucharía. Mientras Agripina luchaba en el hospital comarcal con la recién nacida, Tomás hizo un hatillo rápido: algo de ropa, una muda y un pedazo de pan. Cruzó el Duero para refugiarse en casa de su madre, en Quintanilla de Onésimo, a unos veinte kilómetros de Soria.

Agripina, apenas recuperada del parto y al volver de la maternidad, se topó con la casa extrañamente recogida Tomás había ordenado antes de irse . Dejó a su hija envuelta en una manta sobre la cama y se sentó junto a ella, con la cabeza entre las manos. Los hombros le temblaban de un llanto mudo y agotado. La niña, apenas un bultito con un pliegue gracioso en la nuca, dormía en silencio, chupando de vez en cuando el aire con sus diminutos labios. Agripina la miró con tristeza: ¿Quién iba a pensar, criaturita mía, que serías tú la que me separase de tu padre?.

Tomás era un hombre recio, de mandíbula cuadrada y carácter fuerte, de esos que en el pueblo decían duro de mollera. No soportaba ninguna réplica, tomaba cualquier palabra contraria como una ofensa personal. Quería un hijo, un heredero; había sido el pequeño, tras dos hermanas, y pensaba que el linaje dependía de él. Pero, en cambio, una hija. Una carga inútil.

La madre de Tomás se hartó de intentar convencerlo para que volviera. Pero él, terco como una mula: Hasta que no saque a la niña de aquí, no regreso. Y esos veinte kilómetros se convirtieron para Agripina en un abismo insalvable.

Recobrada de la cuarentena, no le quedó otra que ponerse a trabajar. Allá por el cincuenta y siete, quien hablaba de bajas de maternidad. Había que encargarse de la casa y presentarse en la vaquería. Por intentar ganarse el favor del marido, llamó a su hija Matilde aunque sonara firme, casi como nombre de varón. Y Matilde crecía fuerte y tranquila. No lloraba ni pataleaba. Con seis meses ya se sujetaba sola a la cuna, y al poco más del año ya no se despegaba de su caballito de madera, regalo de un vecino. Pronto anduvo y habló, a los catorce meses ya no había quien la parase, como decía la abuela: ¡Esa chiquilla es un vendaval!.

En la guardería, Mati nadie la llamaba de otra forma fue enseguida líder. Rápida, ágil, valiente: cualquier chico de su edad le cedía el paso. Con tres años era capaz de frenar al bravucón de cinco que intentaba quitarle el cubo de arena, y tenía carácter propio: no iba a los brazos de cualquiera ni obedecía a extraños. Corría por el patio vestida con camisas remendadas y armada con una vara de sauce, espantando las vacas ajenas que se colaban en el huerto. ¿Quién le habría dado ese coraje en tan poco cuerpo?

Mientras tanto, Tomás encontró consuelo en los brazos de una mujer divorciada del pueblo de al lado, Clotilde Molina, con dos críos ya de otra relación. Al principio, sólo iba para quitarse la tristeza, pero Clotilde, lista como un ajedrez y con mucha mano izquierda, supo engatusarle. Le prometía un hijo propio: Te daré el mejor, Tomás. Él, refunfuñando pero sin el mismo frío en la voz, respondía: ¡Pero que sea varón!. Pero los meses pasaban y Clotilde no se quedaba encinta. Quizás lo intentaba, pero no salía. Tomás empezaba a desesperarse: criar hijos de otros poco le apetecía.

Para remate, le llegó desde Quintanilla el runrún: su hija, Mati, crecía como una zagala de las fuertes, atrevida y justa, más fiera que cualquier chico. Tenía sólo tres años, decían, y ya imponía respeto.

Entonces la madre de Tomás volvió a la carga: Anda, ve a ver a la niña. Que la sangre no es agua. Quizá no hubiese hecho caso si no llega a ser porque, rebuscando en la despensa de Clotilde, encontró atados de hierbas y raíces secas, y en su mente rural eso sólo podía significar brujería. No era casualidad, seguro que Clotilde iba de vez en cuando con la curandera local.

Ese mismo día Tomás hizo de nuevo la maleta y se largó, dando un portazo que hizo temblar la casa. Clotilde gritaba tras él que aquellas hierbas eran sólo para la salud y la fertilidad, pero Tomás ya no quería oírla.

Casi cuatro años más tarde, Tomás cruzó el umbral de su casa. Y fue entonces cuando vio por primera vez a su hija. Flacucha, con el pelo revuelto y una falda descolorida, Matilde le miraba de reojo, desafiante y desconfiada. Como si fuera un extraño. Ni caso le hacía al caramelo que le tendía.

Mira cómo me fulmina con la mirada refunfuñó Tomás, incómodo bajo la atención infantil. Seguro que la has puesto en mi contra espetó a su mujer, con resentimiento.

Agripina, por su parte, resplandecía de alegría al verle y agitó las manos inquieta:

¡No digas tonterías, Tomás! Si siempre hablo bien de ti. Esperaba que volvieses, que recapacitaras. No somos extraños.

Pese a tanta dureza, Agripina seguía queriéndole. Dureza, no; crueldad. Tomás casi no hablaba, siempre descontento, expresaba su ira a puñetazo limpio en la mesa. Y pronto, incluso, en la mujer. Y a veces, también a la hija.

Matilde, con cinco años, ya entendía muchas cosas. Nada más ver a su padre enfadarse, se encogía y mascullaba entre dientes:

¡Eres un ogro! ¡Como te pille te enteras!

El puñito, de niña, parecía gracioso. Pero Tomás se encolerizaba al ver esa rebeldía que él mismo se prohibía exteriorizar.

Sólo se tranquilizó tras el nacimiento de un hijo: Pablo. Desde entonces, el cuidado de Pablo recayó sobre Matilde. Ella le llevaba a cuestas cuando la madre trabajaba, le daba de comer, cambiaba los pañales, jugaba con él. Tomás se mostraba satisfecho, pero su alegría era callada, áspera. Seguía mandando y gritando en casa, y si algo no le gustaba, la emprendía con todos.

Agripina, resignada, bajaba la cabeza, soportando insultos y olvidándose de sí misma. Matilde ya con siete años no callaba y le plantaba cara, amenazando con denunciarle ante la Guardia Civil.

En una ocasión Tomás intentó azotarla con una vara. Matilde aguantó estoica, mordiéndose la orilla del delantal, sin soltar una lágrima. Tomás creyó haberla corregido. Pero, al día siguiente, Matilde trajo al sargento del cuartelillo.

Agripina, apurada, intentó disculparse:

Señor guardia, sólo es para educarla. Tomás es buen trabajador, lleva la casa

El sargento, Santiago Vargas, se quitó la gorra y secó el sudor de su calva:

Mire, Agripina, esto podría llegarle a la comandancia y sería peor para usted y para su marido. De momento, sólo aviso.

Tomás bajó los ojos fingiendo vergüenza:

¡Hasta dónde hemos llegado! ¡Llamar a la Guardia Civil! ¿Si los hijos te salen rebeldes, qué haces?

Parecía tan arrepentido y sumiso que el guardia se dejó convencer: en el pueblo nadie se quejaba, el hombre no era bebedor, y cumplía en el trabajo

Desde entonces, Tomás trató a Matilde con más cautela. No era miedo, era recelo. De vez en cuando le lanzaba alguna mirada llena de rencor:

Salvada, bicho raro

Agripina, pensando que la tormenta había pasado, volvió a quedarse embarazada. Tuvo otra niña: Natalia. Tomás apenas le hacía caso. Vivían bajo un mismo techo, pero ni la miraba. Al principio se ocupó Agripina, pero pronto le encargó el cuidado a Matilde:

Anda, cuida de Natalia. Ya tienes experiencia.

Matilde, al acabar la escuela, corría a casa, hacía los deberes en un santiamén, se comía cualquier cosa y se encargaba de la hermana pequeña durante horas. Mientras la madre trabajaba, ella lavaba la ropa. Tomás, viendo el esfuerzo de la hija mayor, guardaba un prudente silencio. Ni gritos, ni reproches, ni castigos: aún recordaba el incidente con la Guardia Civil.

Así pasó la vida hasta octavo de EGB. Al terminar, Mati anunció que se iría a Valladolid a estudiar. Tomás se puso rojo como una amapola; sus cabellos, enrojecidos de sol, parecían erizarse solos.

¿Y qué vas a comer? le aulló. ¿Seguro que quieres vivir de nosotros, después de tantos años alimentándote?

Con quince años ya, Matilde era una joven robusta y fuerte; sus puños asustaban hasta a los chicos de cursos superiores. El profesor de educación física solía bromear:

Oye, Ibarra, deberías dedicarte a la lucha, tumbas a cualquiera.

No me hace falta, rezongaba Matilde.

Y a su padre, le miró a los ojos, firme como de niña:

Ya lo he dicho: iré a estudiar.

Ni se te ocurra pedirme dinero. No te lo daré.

No te pido nada. Al menos alimenta a los pequeños, padre…

¿Cómo dices…? ¡Te…!

Tomás agarró el cinturón y se abalanzó sobre su hija. Pero Matilde, ágil, saltó hacia la cocina y empuñó el atizador.

¡Atrévete! ¡Y te rompo la cabeza!

Agripina, en medio, suplicando y llorando, frenó a Tomás. Él, viendo la determinación de su hija y la herramienta en alto, supo que esta vez sería él quien saldría malparado y humillado. Lanzó el cinturón, maldijo con rabia y salió de la casa dando un portazo.

Vete, susurró Agripina, limpiándose las lágrimas. Ya te las arreglarás. Pero vete.

Y tú deberías separarte soltó Matilde.

¡Por favor, hija! ¿Qué cosas dices?

¿Cuánto vas a tolerar más a ese cacique? insistió Matilde.

¿De dónde sacas esos vocablos?

En historia nos lo explicaron.

Ojalá os enseñasen a llevaros bien con los padres, en vez de tanto enfado.

Tú haz lo que quieras. Yo no pienso volver a mediar por ti.

Cuando Matilde abandonó el campo, Tomás suavizó el trato con los pequeños y Agripina. Y a Matilde apenas la mencionaban. Pablo y Natalia se arrimaron más al padre; se les olvidó la dedicación de su hermana, lo que ella tenía aguantado.

Nuestro papá es el mejor llegó a decir Natalia. ¡Y tú eres una gruñona! le espetó a su hermana sacándole la lengua.

Vivid con vuestro padre sonrió con resignación Matilde. Quizá algún día os premie.

Matilde se fue tras la EGB. En su bolsa, sólo dos mudas y unos bocadillos que, a escondidas, le había preparado su madre junto a unas pocas pesetas que había ido reservando.

Para que no te falte al principio le susurró, apretándole las monedas en la mano. Son mías, no son de él. Acéptalas.

Matilde miró a su madre; no era anciana aún, pero su rostro surcado de arrugas, los hombros caídos, los ojos llenos de cansancio.

Mamá, ¿hasta cuándo? ¿Por qué no le dejas de una vez?

Aquí, hija, todo el mundo vive así. Se pelean, se reconcilian, y él trae dinero a casa. Es el padre de tus hermanos, y la gente no comprendería que me separara…

Escúchame. Si te vuelve a hacer daño, escríbeme. Encontraré la manera de ponerle en su sitio.

No podemos ir contra el padre, hija Ya fue mucha vergüenza lo de la Guardia Civil, y después lo del atizador

¿Y él puede vivir como señorito y tú como criada? ¿Eso es vida?

Pues así viven muchos.

Bueno, no discutiré más. Pero yo no le debo nada. Si no consigo plaza, no vuelvo. Gracias por el dinero. Me acuerdo de todo lo bueno.

Vuelve pronto, hija. Tomás se olvidará de todo… Ya verás, yo te pondré hortalizas de mi huerta…

Te ayudaré prometió Matilde, lacónica.

Valladolid la recibió con bullicio, prisas y olor a gasolina. Eligió un ciclo formativo sin dudar: le gustaban las máquinas, los talleres, ese ruido que de niña la atraía a la herrería del pueblo. Los exámenes no supusieron problema, traía talento natural y buena base de la escuela rural.

En la residencia, conoció a su compañera de cuarto: Carmen, una chica de Segovia risueña y de rulos imposibles, justo lo opuesto a la seriedad de Matilde. Carmen había ido a estudiar técnico en industria textil, pero pronto dejó claro que su objetivo era cazar marido.

¡Mati, has visto qué chicos hay en nuestro ciclo! susurraba frente al espejo. Especialmente ese, el alto dicen que su padre tiene altos cargos.

A mí me da igual gruñía Matilde entre apuntes. He venido a estudiar.

Vaya aburrida reía Carmen, nada molesta . Isabel de la habitación de al lado ya sale con un veterano. Dice que se casa al acabar. Y tú, siempre con tus libros.

No tengo tiempo para buscar novios. Tengo que mantenerme yo sola.

Matilde encontró trabajo de limpiadora en una oficina textil; fregaba por las tardes. El dinero no era mucho, pero bastaba para vivir y no depender de su madre.

Carmen, observando a su amiga, se lamentaba:

¿Cómo puedes con todo? Estudio, trabajo y aún me ayudas con resistencia de materiales. ¡Mati, eres de hierro!

Es la costumbre respondía Matilde, medio en broma.

El profesor de hidráulica llegó en tercero. Andrés Lafuente. Joven, delgado, elegante y de gafas metálicas. El pelo oscuro, peinado hacia atrás. En la clase, donde algunos alumnos le sacaban años y envergadura, parecía frágil.

Buenas tardes. Soy Andrés Lafuente

¡Andresito! bromeó alguno desde el fondo. ¡Vaya pintas de hijo de mamá!

La clase se echó a reír. Lafuente se azoró, se recolocó las gafas y continuó, algo tembloroso. Nadie le prestaba atención.

Carmen le dio un codazo:

¡Mira, Mati! ¿Cómo va a lidiar con tanto salvaje?

Matilde observaba, indignada por dentro. El profesor escribía fórmulas en la pizarra mientras sólo recibía carcajadas.

¡Basta ya! dijo ella en voz alta, poniéndose de pie. ¡Se acabó!

El bullicio cesó. Todos la miraron.

Si no os calláis, os pongo de patitas en la calle. Entiendo que para vosotros no sea importante, pero algunos estamos aquí para aprender y no tengo ni un duro para perder un año con vuestras tonterías.

Silencio. Nadie osó enfrentarse a Mati Ibarra.

Lafuente la miraba agradecido, sorprendido. Asintió discretamente y reanudó la lección.

Carmen no tardó en atosigar a Matilde:

¿Has visto cómo te ha mirado? Seguro que se ha enamorado.

Ay, Carmen, déjalo estar. Es casado, mira el anillo.

Eso no significa nada insinuó Carmen. A lo mejor está mal en casa.

Déjalo ya cortó Matilde.

A menudo, sin querer, Mati se sorprendía recordando el modo en que el profesor la miró, la tranquilidad de su voz, la delicadeza de quién se siente fuera de lugar. Y le admiraba aquella serenidad.

Andrés, por su parte, no podía quitarse de la cabeza a esa joven de rostro decidido y mirada firme. Delegada de clase, alumna brillante, y tan seria que parecía mayor. En sus ojos no veía coquetería, sino una fuerza contenida.

Matilde apenas regresaba al pueblo. Solo por fiestas o a ayudar en la siembra o la cosecha. Pablo estaba a punto de terminar el instituto, soñaba con sacarse el carné de camión. Natalia, adolescente, era tranquila y dócil.

Las relaciones con su padre eran distantes: Tomás no era ya desafiante, pero el frío entre ambos era palpable. Matilde ayudaba si se le pedía; llevaba algún regalo o dejaba un sobre con dinero. Tomás, mirándola de arriba abajo, soltaba:

Mírala, hecha toda una señorita de ciudad. ¿No nos reconoces o qué?

No te preocupes, padre. No me he olvidado de los míos.

Carmen logró salirse con la suya y se casó con el hijo del jefe. La boda, entre acordeones y gritos de ¡viva los novios!, fue por todo lo alto. Matilde, de testigo, miraba de lejos y pensaba: ¿Y yo? ¿Tendré hijos, formaré familia, o seré como ahora para siempre?. A los veinte, en el pueblo ya eras madre de dos. Ella siempre sola o con hombres que no valían la pena. Recordaba el despotismo de su padre y pensaba: Mejor sola.

Pero el destino le tenía preparada una sorpresa.

Esteban Casares, un chico largo y discreto del ciclo del turno de tarde, se venía fijando en ella desde primero, aunque nunca se atrevía a hablarle. En una fiesta a la que la arrastró Carmen, le invitó a bailar.

¿Bailas?

Matilde, asombrada, aceptó.

Desde entonces comenzaron a salir juntos. Esteban no era como Tomás: callado, formal, fiable. No fumaba ni bebía, ni discutía jamás. Trabajaba de oficial en la fábrica de harinas. Sobre todo, la miraba como si todo el mundo dependiera de su felicidad.

¿Quieres casarte conmigo? le propuso tras tres meses.

Matilde calló un rato, luego preguntó:

¿Nunca vas a dejarme sola, como papá hizo con mamá?

Jamás prometió él.

Decidieron casarse sin ostentación, nada más recoger los títulos. Carmen fue su testigo. Se alojaron en una pequeña vivienda de protección oficial que la fábrica concedía a Matilde como técnico. Al año nació Estrella.

La felicidad duró poco. Nada más nacer la niña, Esteban se volvió frío, perezoso, distante. Apenas pisaba la casa. El dinero cada vez menguaba. Cuando Matilde quiso hacerle entrar en razón, él respondía:

¿Acaso soy un esclavo? ¡También tengo derecho a descansar!

Se le vinieron a la mente las palabras de su madre: Así es la vida. Se asustó, pensando vivir en el mismo calvario.

O cambias, o me voy le advirtió una noche.

Él se rió, borracho ya:

¿Y qué vas a hacer tú? ¿Con la cría encima?

Ya lo verás contestó Matilde y al día siguiente pidió el divorcio.

¡Estás loca! exclamaba Carmen. ¿Cómo vas a salir adelante sola?

No pienso hundirme respondió Matilde.

Y no se hundió. Trabajó en la fábrica, dejó a la niña en guardería. No les sobraba nada, pero nunca faltó lo esencial. Esteban pasaba la pensión cuando le venía en gana.

Pablo llegó a la ciudad dos años después para aprender a conducir, viviendo con su hermana. Se asombraba de su vida: tenía casa propia, agua corriente, gas y sobre todo, tiraba sola del carro.

Mati, trabajas como una burra, ¿cómo aguantas?

¿Y si no me espabilo yo, quién lo va a hacer? Nadie ayuda si tú misma no puedes.

Pablo la miraba pensando: así debería ser mi esposa, fuerte y buena a la vez.

Carmen, mientras tanto, se separó del adinerado. Lloraba en la cocina de Matilde:

Tenías razón. La seguridad no es el dinero, es la persona. Ojalá hubiese tenido a alguien como tu Andrés

¿Qué Andrés? le interrumpió Matilde.

El profesor, Lafuente. Le vi hace poco en la ciudad. Dicen que está divorciado, y muy presentable. sonrió con picardía.

Matilde calló. Hacía años que no pensaba en él, pero con sólo oír su nombre sintió algo cálido por dentro.

Se cruzaron una tarde cualquiera, casi de noche y con la ciudad medio vacía. Matilde iba cargada saliendo del trabajo y se refugió en la Cristalería, ese bar de ventanales enormes, para sentarse y echar un trago. A los pocos minutos, un hombre enfrascado en un libro la interpeló:

¿Matilde?

Era Andrés. Mayor, con un mechón canoso y las facciones cansadas, pero la misma mirada inteligente.

Buenas tardes titubeó ella.

Llámame Andrés, por favor. ¿Puedo sentarme?

Claro.

Conversaron largo y tendido, como viejos amigos. Ella le habló del divorcio, de la niña, de sus jornadas eternas. Él, de su hijo en la universidad, de una casa en un barrio de las afueras que se estaba reformando. ¿Por qué sola?, preguntó él.

Porque me tocó así. Todos los días la misma historia.

Yo también estoy solo contestó. Y mira, hoy he pensado que menos mal que te he encontrado.

Ella enrojeció. Él la observaba, viendo ya no a la delegada inflexible sino a una mujer agotada, hermosa y sedienta de afecto.

Le acompañó a casa. Caminaban despacio, sin prisa. En el portal, él le cogió la mano:

¿Te puedo llamar?

Hazlo murmuró ella.

Y la llamó.

El domingo siguiente Andrés la invitó a ver su nueva casa, en una urbanización en obras. Todo vacío salvo una caseta de madera con estufa; pero ya había orden, herramientas, un pequeño jardín. Charlaron horas sobre proyectos, reformas, pasiones; Matilde sentía que la felicidad era, por primera vez, algo sencillo: sentarse junto a alguien y escucharle.

Un ruido de motor rompió la tarde. Andrés se asomó, tenso.

Suele haber robos por aquí. Espera en la caseta.

Ni hablar, voy contigo.

Dos hombres saltaban la valla. Uno fuerte, otro flaco y con mala pinta.

¡Eh, jefe! ¡Sal a hablar! gritó el más grande.

¿Qué queréis? Andrés salió solo.

Venimos a ver si vendes algo de hierro Y si no, nos lo llevamos por las buenas.

Aquí no hay nada para llevarse. Lárguense.

Ey, ¿no quieres problemas? el flaco sacó una navaja. Lo tuyo no vale ni para un trago.

Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe y apareció Matilde con un hacha en la mano.

¡Aquí no se toca nada! ¡Fuera!

Los hombres, desconcertados por la furia de aquella mujer, retrocedieron.

Está pirada, jefe masculló uno.

¡Fuera, he dicho! repitió Matilde blandiendo el hacha.

Salieron corriendo y se largaron en la furgoneta. Andrés la miraba pálido, asombrado y admirado.

¿Estás loca?

Si no lo hacía, te podían haber hecho daño.

Él la abrazó. Ella se dejó arrullar, sintiendo el corazón acelerado.

No dejaré que te toque nadie susurró ella. Nunca.

Y desde aquel día, entre ellos se despejó cualquier barrera. Andrés supo que aquella mujer era la mujer. Matilde, por primera vez, se sintió admirada, querida, no sólo valerosa, sino también femenina.

Un mes después, Andrés le propuso matrimonio.

No tengo mucho. Apenas si el chalet está terminado. Pero te quiero, y también a Estrella. Y juntos seremos felices.

Matilde lloraba como hacía años no lloraba. Al fin, pudo decir:

Sí, Andrés. Sí.

Celebraron una boda discreta pero llena de risas. Carmen, Pablo con su mujer, Natalia con su familia, y hasta Agripina y Tomás. Él no quería ir, pero Agripina le convenció:

Vamos, Tomás. Nuestra hija se casa.

En el Registro Civil, rodeados de flores y abrazos, Matilde lucía como nunca: sencilla, elegante, sonriendo de verdad. Andrés, también nervioso, la miraba orgulloso. Estrella, con los anillos en una bandeja, empeñada en llamarle ya papá.

Tras la firma, todos se reunieron en la casa de Matilde, con la mesa llena de platos caseros. Tomás observaba en silencio, ausente, hasta que Andrés se le acercó para brindar:

Gracias por su hija, don Tomás.

Tomás bufó y, mirando a la pareja y a la nieta, por primera vez, dejó asomar una chispa de calidez:

Cuídala. Tiene carácter, pero el corazón de su madre.

Matilde alzó las cejas. Nunca le había oído nada bueno de su padre.

Así será contestó Andrés.

Al anochecer, al despedirlos en la estación, Matilde abrazó a su madre:

Venid cuando queráis, ahora sí os esperamos.

Agripina, emocionada, lloraba sin parar. Tomás, con torpeza, despeinó a su nieta:

Estudia mucho, Estrella.

Lo haré, abuelo contestó la niña solemne.

Y todos quedaron allí, envueltos por las luces violetas del atardecer.

¿Vamos a casa? susurró Andrés.

Vamos a casa respondió Matilde, sonriendo. Ya nada le faltaba.

Los años pasaron.

La casa que un día defendió Matilde era ahora un chalé de revista: dos plantas, ventanales cubiertos de jazmines y un jardín de manzanos plantados por mano de mujer. Estrella terminaba Bachillerato pensando en Medicina. Pablo ya era conductor de autobús en la ciudad. Natalia, casada con un agricultor, tenía mellizos. Agripina venía mucho a ayudar con el jardín y cuidar a los nietos. Tomás también empezó a visitarlos, primero con timidez, luego con más frecuencia. Pasaba horas con Andrés en la terraza, hablando de la vida, bebiendo té. A veces paseaba con Estrella por la ribera del río; Matilde los contemplaba desde la ventana, pensando: Todo lo malo se olvida; sólo queda lo bueno.

Un anochecer, mientras el jardín advertía el otoño, estaban sentados en la terraza: Matilde, Andrés y Estrella, el cielo bañado de oro y rosa.

Mamá preguntó Estrella, ¿tú eres feliz?

Matilde miró a su marido, a su hija, al hogar. Recordó el dolor, la soledad, los miedos y la lucha, y supo que todo mereció la pena.

Sí, hija. Soy feliz respondió sencillamente.

Andrés la atrajo hacia sí.

Y yo también susurró.

Estrella, sonriendo, se fue al jardín. Ellos siguieron, escuchando cómo el viento nocturno mecían los manzanos.

El sol se apagaba. Era solo una de tantas tardes que les aguardaban juntos. Por fin, la vida prometía ser larga y feliz.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

Un padre soñaba con tener un hijo varón, pero nació una hija «inútil» a la que borró de su corazón
«Ríe… mientras puedas»