Y así fue como se conocieron
Javi, ¿te pasa algo? preguntó Inés tras varios minutos de silencio. Te noto muy raro. Estás pálido ¿Seguro que todo bien?
Sí, todo bien respondió Javier, esforzándose por aparentar tranquilidad. Dejó a un lado el tenedor y se sirvió un poco de zumo de manzana, retrasando el momento en el que tendría que dar una respuesta sincera a Inés.
*****
Javier se paró ante el portal, sujetó con la mano el picaporte de la antigua puerta de hierro y estuvo a punto de tirar de ella. Pero justo en el último segundo, decidió no entrar.
No le apetecía.
Sabía perfectamente que lo estaban esperando. Inés se lo había pedido, le había prometido que iría. Pero los nervios eran tan intensos que no sabía cómo gestionarlos.
Hasta le daba vergüenza consigo mismo: un hombre hecho y derecho, acercándose a los cuarenta, y ahí estaba, temblándole las piernas como a un chaval al que el profesor saca a la pizarra por primera vez.
Solo le quedaba dar un pequeño paso: abrir la puerta, entrar al portal, subir al tercer piso y buscar la puerta número treinta y seis
Pero algo lo retenía.
Un miedo extraño le ataba pies y manos, impidiéndole llevar hasta el final lo que había empezado.
Solo quería darse la vuelta e irse: a casa o al otro lado de Madrid, le daba igual. Lo importante era estar lejos de allí.
¿En qué estaría yo pensando cuando dije que sí? susurró para sí, retrocediendo un par de pasos. Seguro que no les voy a gustar nada
Javier tanteó con la mirada los balcones del edificio. En la ventana del tercer piso, la luz brillaba con más intensidad que en el resto. Casi parecía un faro, guiándole hasta la casa.
Un faro para no perderse.
Había llegado, sí. Pero no le apetecía subir.
Quizá lo único que no le permitía huir era pensar en cómo reaccionaría Inés si él se marchaba de repente. Ella le había pedido encarecidamente que viniera.
Y él se lo había prometido.
*****
«Javi, hay una cosa No te asustes le había dicho Inés la noche anterior. Mis padres quieren conocerte.»
Inés era su novia.
Los dos cenaban en una pequeña terraza en el barrio de Malasaña, hablando de sus planes para el fin de semana, cuando ella soltó aquella frase bomba. Se le quedó la pasta en la boca, mirándola sorprendido, perplejo, intentando averiguar si hablaba en serio o simplemente bromeaba.
En realidad, era lo más lógico. Lo normal es que los padres quieran conocer al novio de su hija. Sería hasta raro que no lo invitaran a casa.
Lo que pasaba era
que Javier tenía miedo a no caerles bien. Mejor dicho, temía no estar a la altura de lo que ellos esperaban para su hija. Y no era un temor infundado.
Había motivos.
La madre de Inés Victoria Serrano toda una vida en la Universidad Complutense, desde profesora hasta llegar a decana, y ahora con un importante cargo en el Ministerio de Educación.
El padre de Inés Vicente Doménech, también destacado, empezó como ingeniero en una constructora de renombre, llegó a subdirector, y ahora era dueño de su propia empresa de construcción. Un hombre influyente, incluso conocido del alcalde.
Por si fuera poco, la propia Inés, recién pasada de los treinta, ya era jefa del departamento jurídico en una solvente financiera.
¿Y Javier?
Pues nada especial. Un simple administrador de sistemas informáticos, sin titulación universitaria.
No estaba mal pagado, pero su puesto no tenía mucho futuro.
¿Cómo iba a mirarse en el espejo, sentado frente a los Doménech Serrano? ¿De qué hablaría con ellos? ¿A dónde miraría?
Y os preguntaréis cómo se conocieron. Fue más azar que cualquier otra cosa.
Aquel día Javier decidió dar un paseo por El Retiro. Y resulta que Inés también, acompañada de dos amigas. Mientras ellas iban a por helados, Inés se quedó en un banco para llamar a su madre y guardar el sitio.
Y justo al teléfono, no vio cómo se le echaba encima un chico en patinete eléctrico, totalmente descontrolado.
Javier tuvo el tiempo justo de agarrarla y apartarla. El patinete pasó como un rayo.
¿Pero esto qué es? protestó Inés.
Al girarse y ver cómo el chico se estampaba contra una papelera, lo entendió todo.
Después, durante la cola para el helado, charlaron y se intercambiaron los teléfonos. Quedaron y llevan ya medio año juntos.
Todos esos recuerdos pasaron por la cabeza de Javier mientras digería lo que Inés le acababa de pedir.
Temía que al conocerle, los padres le prohibieran seguir viéndola. Que pensaran que solo iba tras el dinero. Ya le había pasado antes. Y no quería perder de nuevo a alguien que de verdad le importaba.
Javi, ¿te pasa algo? insistió Inés, al verle tan callado y pálido. ¿Seguro que bien?
Javier retomó fuerzas, dejó el tenedor a un lado y tomó un sorbo de zumo, estirando el momento antes de contestar.
Bueno No estoy seguro. Es que creo que tus padres no van a aprobar tu decisión.
¿Por qué?
Porque solo soy un tipo normal, sin carrera universitaria. Solo sé instalar programas y restaurar datos de discos duros. Tus padres seguro que quieren un yerno de otra categoría. Un alto ejecutivo, un político, o por lo menos, alguien de futuro Yo no tengo nada de eso. ¿De verdad crees que puedo gustarles?
No te preocupes tanto le agarró la mano Inés. Mi familia es más normal de lo que crees. Mañana te esperamos a las siete. No llegues tarde.
Javier asintió, aunque en el fondo no sabía si sería capaz.
*****
Llegó el día.
Ahí estaba, ante el portal de Inés, a las seis y cincuenta y cinco de una fría tarde madrileña. Y él
no sabía qué hacer.
Sabía que tarde o temprano tendría que conocerlos si quería formalizar con Inés (y lo deseaba, pues pensaba en casarse con ella). Pero hoy, precisamente hoy, se sentía incapaz.
Dentro de unos meses, con la promesa de ser trasladado al nuevo departamento de IT, todo sería más fácil. Quizá entonces Victoria Serrano y Vicente Doménech no le echarían directamente de casa.
Estaba a punto de marcharse cuando su móvil vibró en el bolsillo.
Era Inés.
¡Hola, Javi! sonó la voz alegre de Inés. Mamá y yo casi lo tenemos todo listo. Papá se retrasa un poco, pero llegará enseguida. ¿Dónde estás? ¿Subes ya?
Hola, Inés le costaba vocalizar a Javier. Sí, yo es que
Se te oye mal. ¿Vienes ya, verdad?
Sí, sí ya casi estoy llegando suspiró Javier. Pero
Cariño, si me vas a decir lo de ayer, ni te molestes. Todo va a salir bien, confía un poco. ¿Quieres que baje a por ti?
No, no hace falta Estoy al caer.
Vale, te esperamos.
Javier guardó el teléfono, se frotó la sien mientras pensaba en alguna excusa para huir de esa reunión. Pero nada convincente le venía a la cabeza.
Como venga Vicente Doménech y me cruce con él en la puerta se asustó, y decidió dar una vuelta a la manzana.
Por el camino le pidió un cigarro a un chaval. Hacía tiempo que no fumaba, pero los nervios podían con él y necesitaba calmarse, pensar.
Se quedó en la esquina del edificio, fumando mientras miraba alrededor.
A la derecha, el contenedor de basura. A la izquierda, un descampado donde, según le había contado Inés, antes había garajes. Pronto construirán pisos modernos allí.
Pero nada destacable Bueno, casi.
En el descampado había un perro tumbado sobre el frío suelo. Javier se puso alerta: los perros callejeros pueden ser imprevisibles. Más si ven a alguien extraño.
Pero pronto se dio cuenta de que aquel perro ni le miraba. Estaba acostado, quieto, casi sin moverse.
Parecía increíble que soportara tumbarse sobre la escarcha, pero ¿qué otra opción tenía?
Donde puede, allí se tumba. Dudo mucho que nadie le deje pasar al portal a calentarse.
*****
El perro se llamaba Sansón. Llevaba días sin comer nada.
Antes estaba en otro barrio, donde algunos vecinos lo alimentaban de vez en cuando. Pero
una vecina, que vivía en un tercero, empezó a quejarse al ayuntamiento, promovió un escrito y terminó por dividir a los vecinos: unos a favor, otros en contra.
Este perro callejero viene siempre a la zona infantil gritaba la señora. ¿Y si algún día muerde a un niño? ¿Habéis visto sus ojos tristes? ¡Da miedo!
Pero no eran mirada de hambre ni de rabia. Eran ojos tristes.
El primer dueño de Sansón se llamaba Nico. Un niño que, paseando por La Mancha con sus padres, recogió al cachorro de la cuneta. ¡Mamá, papá, vámonos con él a la casa del pueblo!, rogó. Y así fue.
Pero al irse de vuelta a Madrid, dejaron a Sansón allí.
No podemos meter un perro callejero en el piso, Nico insistieron los padres. ¿Te vas a levantar tú a sacarlo todos los días?
No yo no admitió el niño.
Y allí se quedó Sansón, sin entender qué había hecho mal. Más tarde lo recogió otra mujer y lo llevó al mercado; no para buscarle casa, sino para venderlo como si fuera de raza, hasta que una pareja accedió.
No os preocupéis, es pura raza les decía.
Pero al crecer, vieron que era un mestizo y una noche, lo abandonaron en las afueras de Alcalá de Henares.
Por suerte, era primavera y el frío ya no era tanto.
Desde entonces, vagaba solo. Hasta que acabó en un barrio residencial de Madrid, donde todo era tranquilo, sin mucha presencia de perros grandes. Le gustaba observar a los niños en el parque, pensando en Nico.
Soñaba con volver a verlo y tener un hogar.
Pero los últimos días le forzaron a marcharse.
La vecina de antes empezó a lanzar palos, piedras y gritos sin compasión. Otros vecinos también le miraban mal. Así que se fue. Prefería no molestar a nadie.
Ahora, Sansón yacía sobre el césped helado, sin fuerzas para moverse.
Vio al hombre con el cigarrillo, pero no tenía esperanza alguna de que le ayudara.
*****
Javier terminó el cigarro y fue a tirar la colilla en la papelera del portal. Podía haberla tirado al suelo, pero su madre siempre le decía: Si quieres mejorar el mundo, empieza por ti mismo.
Al llegar al cubo, vio un coche brillante entrando en el aparcamiento. Podría ser el padre de Inés, así que salió pitando en dirección contraria, cruzando el descampado.
Casi se había olvidado del perro hasta que lo tuvo ante sí.
Como se ponga a ladrar, apaga y vámonos, pensó. Pero el perro ni se movió.
Eh, ¿estás bien? preguntó Javier casi sin querer.
Nada. Ni se inmutó.
Se armó de valor, se acercó y se agachó a su lado. Algo más tranquilo al comprobar que respiraba, aunque apenas reaccionaba.
Sansón solo era un bloque de hielo, tenso, sin poder moverse.
Como nadie le ayude, no pasa de esta noche, pensó Javier.
Así que, sin pensarlo dos veces, lo cogió en brazos y caminó hasta el portal más próximo, dispuesto a entrar y ponerlo junto a un radiador. De ahí llamaría un taxi hasta una clínica veterinaria.
Pero todos los portales estaban cerrados. Así que decidió intentarlo en el próximo edificio.
Varias llamadas en el móvil vibraban en el bolsillo, pero Javier no podía ahora contestar. Estaba ocupado.
Al pasar por delante del portal de Inés, dudó: seguro que ella le ayudaría. ¿Pero y sus padres?
No tenía sentido presentarse en su casa con un perro medio moribundo.
Al llegar al garaje, un coche negro le deslumbró. Paró. Un señor asomó la cabeza por la ventanilla.
¿Te pasa algo, chico? ¿Necesitas ayuda?
Es que este perro lo encontré casi congelado, ahí tirado. ¿Sabe si hay alguna clínica veterinaria cerca que esté abierta?
Por aquí ninguna, pero conozco una veinticuatro horas. Además, tengo un buen amigo trabajando allí. Vamos, súbete que te llevo dijo el hombre con decisión, sorprendiéndole a Javier por dejarle con el perro en su cochazo.
¿De verdad? ¿Nos lleva?
¡Anda, entra! Tú mismo has dicho que hay prisa. No hay tiempo que perder.
No hubo que insistirle mucho. Y en minutos iban camino de la clínica.
En el trayecto, el conductor llamó a alguien:
Perdón, hija. Me ha surgido algo. Llegaré tarde. ¿A quién? No, tampoco le he visto. ¿Le has llamado ya? Sí, sí, si me lo encuentro te aviso.
¿Le causo problemas? preguntó Javier al terminarle la llamada.
No te preocupes. ¿Y el perro? ¿Reacciona?
Respira, pero le cuesta abrir los ojos.
Entonces, rápido.
En diez minutos llegaron a la clínica veterinaria. El amigo del conductor ya les esperaba, preparado para atender al perro sin demora.
Se llevaron a Sansón dentro. Javier se quedó solo, sentado en la sala, viendo las llamadas perdidas de Inés y su mensaje: ¿Dónde estás? ¿Va todo bien?
Debería llamar y explicarse, pero no quería dar explicaciones. Solo pensaba en el perro.
Ni siquiera pudo agradecer al conductor, que ya se había marchado cuando bajó a buscarle.
Decidió quedarse allí hasta saber si Sansón se salvaba. Ya había tomado una decisión: si podía, adoptaría al perro. Y si con Inés no funcionaba, al menos no estaría solo.
*****
Casi una hora después, desde la sala Javier veía cómo al otro lado se escuchaban varias voces cerca de recepción. Unas voces que le resultaban conocidas.
Giró la cabeza, y, para su sorpresa, vio en la entrada a Inés, seguida de una mujer y, al momento, ¡el mismo conductor del coche negro!
El hombre le sonrió ampliamente nada más verle.
Te lo dije, hija. Aquí estaría, esperando por Sansón.
Javier enseguida supo que eran los padres de Inés. Y se puso tenso.
Javi, ¿por qué no me has llamado? ¡Estaba preocupadísima! Inés le abrazó nada más verle.
Lo siento, Inés Creí que a tus padres no les haría gracia que llegase con un perro callejero en brazos.
¡Tonto! rió. ¿No te he contado que a mis padres les encantan los animales? Mi madre ha recogido ya tres gatos de la calle. Los tenemos en casa.
¿De verdad?
Claro.
Los padres se acercaron y, por fin, Javier enfrentó el momento que tanto temía.
Vicente extendió la mano sonriente: Ahora sí, nos conocemos oficialmente.
Javier añadió Victoria, avanzando a abrazarle, lo que has hecho está a la altura de un hombre de verdad. Deberías haber venido directamente a casa. Pero no te preocupes, si el perro mejora, estarás invitado siempre.
Mejorará, no tengan duda interrumpió el veterinario saliendo del quirófano. Tenéis suerte. Sobrevivirá.
Esa misma noche, permitieron a Javier llevarse a Sansón con él. Ahora solo hacía falta cuidarle y darle cariño.
El amor a veces es lo único que salva dijo, antes de irse, el veterinario. El amor devuelve la vida.
Javier pensó en irse a su casa con el perro. Pero Inés y sus padres insistieron en que lo llevase primero a su piso. Sus gatos sabrían cuidarlo mejor que nadie, y, de paso, aprovecharían para celebrar el rescate y el feliz encuentro.
Mientras Sansón, rodeado de tres gatos curiosos, descansaba en el sofá creyendo que la mala racha por fin acababa, Javier charlaba en la cocina con los padres de Inés.
Se había equivocado. Eran gente sencilla, amable, cálida. De las que de verdad importan.
Días después, Cuando Sansón empezó a recuperar fuerzas, Javier propuso llevárselo a su piso.
Inés apareció con la maleta.
¿Vas a dejar que me quede contigo? bromeó.
¿A ti? ¿Hablas en serio?
Más que nunca. Resulta que mis padres me han prohibido quedarme en casa.
¿Por qué? preguntó Javier sorprendido.
Quieren nietos cuanto antes. Dicen que toca ampliar la familia.
Los dos rieron a carcajadas y Sansón, feliz, movía el rabo.
No entendía mucho, pero sentía que estaba justo donde debía estar, rodeado de gente buena.
Y así termina esta historia: nunca sabes a quién ni cuándo puedes ayudar, ni dónde te llevará, pero cuando somos capaces de abrir el corazón, la vida nos recompensa con lo mejor.





