Un encuentro inesperado

Un encuentro inesperado

Mi abrigo de plumas calienta casi solo de la cintura para abajo. El relleno se ha desplazado con el tiempo, y la parte de arriba es ya poco más gruesa que una simple gabardina, dejando que el viento se cuele por todas partes. Menos mal que llevo encima unos pantalones de lana tejidos a mano y unas botas de borreguillo, y que me ajusto bien el pañuelo de lana sobre los hombros, pasándolo por las mangas, para no quedarme helada.

El coche que me había prometido mi amiga de mercado, Inés, me ha fallado. Nos hemos quedado varadas junto a nuestras bolsas enormes, sacos de ropa y mercancía. Era imposible meter todo en un solo vehículo, así que nos separamos cada una buscándose la vida para volver a casa.

Cuando trabajaba para una patrona las cosas eran mucho más sencillas. Pero el dinero no alcanzaba. Crío sola a mis dos hijos, y no hace mucho decidí lanzarme de vez en cuando con Inés a los viajes de compras a Portugal. El dinero seguía sin rendir más, la mercancía aún sin vender, pero los problemas se multiplicaban.

Ahora era necesario, por la mañana, acarrear todo al mercadillo, y por la tarde recoger, cargar y llevarlo de vuelta a casa, subiendo las bolsas al cuarto piso a saltos, a menos que mi hijo estuviera en casa para ayudar.

Aún hace un par de años cantaba a voz en grito aquello de Libertad sin ira, pensando, como muchos, que esos cambios traerían una vida mejor. Pero cuando cerraron el consorcio donde trabajaba y nos despidieron a todos, mi marido se esfumó y no me quedó más remedio que ponerme a buscarme la vida en el comercio ambulante, aunque siempre pensé que no era para mí.

Ahora estoy aquí, al borde de la carretera, el suelo hecho un lodazal mezclando nieve y barro. Aunque soy aún joven, tengo los labios partidos y la cara colorada a fuerza de estar tantas horas congelada enviando suertes y saludos en las corrientes de aire gélido del mercado. Los ojos me lagrimean.

Los coches pasan a toda velocidad, levantando chorros de agua sucia. Decido no mirar el asfalto marrón y frío, sino mejor elevar la vista a las copas blancas de los árboles y a los tejados donde la nieve sigue siendo pura y limpia. Demasiado barro ya en la vida, mejor evitarlo.

Hago otra vez señas, y al fin se detiene a mi lado, como todo aquí, un coche extranjero cubierto de mugre.

¿Me acercas a la calle Colón por un precio razonable? pregunto a través de la ventanilla y de pronto me quedo muda.

Lo reconozco al instante. Como si no hubiese pasado el tiempo. Apenas ha cambiado, si acaso, ha mejorado aún más. Esa mirada profunda, con un punto de misterio; las cejas ligeramente arqueadas, una sonrisa sutil en los labios.

Mientras me recompongo, él mismo sale del coche y empieza a cargar mis bolsas en el maletero.

Caigo en el asiento delantero, aprieto el pañuelo y busco excusas para justificármelo todo, preparada para decirle por qué precisamente hoy voy tan desarreglada. Seguro que él también me ha reconocido.

¿O tal vez no?

¿Cuántos años habrán pasado?

***

Tenía entonces veintidós. Enviada a hacer las prácticas de fin de carrera a una antigua finca forestal. En Madrid me esperaba Antonio, mi prometido. Todo iba por buen camino: prácticas, tesis, boda.

¿Que qué podía cambiar en tres meses de prácticas? Nada, pensaba yo…

Me hospedó la señora Encarnación, empleada también en la finca y de carácter entrañable, que vivía con su suegro muy mayor, don Gustavo, ya casi sin oír. Nos hicimos amigas enseguida y cuidábamos juntas del abuelo.

Un día me tocó vivir una urgencia: al abuelo le dio un mal rato. Salí corriendo a buscar ayuda y en la calle solo pasaba un tractor. Paré al conductor, un chico alto y guapo: estaba serio, y su mirada era tan profunda como misteriosa.

Entramos a la carrera en casa, él tomó al anciano en brazos como si no pesara nada y lo sentamos delante en el tractor. Yo me monté detrás, con el alma en un hilo.

Llegamos con rapidez donde la practicante de pueblo, y justo apareció la ambulancia. Él entró con nosotros en el coche y me acompañó hasta el hospital.

Ya tranquilos, cuando dejamos al abuelo en manos de los médicos, nos pusimos a hablar.

Resultó que trabajábamos para la misma empresa y vivíamos muy cerca. Se llamaba Andrés.

Pero ya se hacía muy tarde. Menos mal que tenía la confianza de que Andrés era un chico cabal, pero aun así me resistí cuando me ofreció pasar la noche en casa de su madre.

No, estaré incómoda, prefiero en el hospital. Mañana me recoges, ¿vale?

¿Pero dormir en esas sillas? Anda, que mi madre es de fiar y la casa grande, yo me quedo en el patio con Genaro.

Al final le hice caso. Andrés tenía razón: dormí en unas colchones mullidos que me supieron a gloria, hasta que la señora Lidia, una anfitriona increíble, me despertó con desayuno.

Mientras comíamos, me contó la historia: Andrés se había casado joven y mal, la mujer lo abandonó y le dejó a cargo de un hijo pequeño. Él trabajaba como un reloj suizo, llevaba una granja de cerdos, montaba su propia casa.

Yo solo asentía sonriente, sin dar lugar a malentendidos: tenía novio, tendría boda. Un divorciado con niño no encajaba en mis planes.

Pero desde aquel día me crucé con Andrés a menudo: en la finca, en el comedor, paseando. Encarnación era muy amiga suya y entre los dos recogimos al abuelo cuando le dieron el alta.

Le gustas, pregunte y se puso rojo como un chiquillo me soltó un día Encarnación. Hacéis buena pareja.

¡Pero si tengo ya a Antonio…!

Todo puede cambiar. Andrés es un hombre legal. Ha montado una granja que da trabajo, y su hijo necesita madre…

Y la verdad, el corazón me latía fuerte siempre que lo veía. Era un hombre firme, cariñoso, de esos a los que todos respetan. Yo, la chica de ciudad, pintada de blanco con mi abrigo claro y mis modales de señorita, era como una aparición en aquel pueblo embarrado de Castilla. Los hombres tosían y se cuadraban al verme pasar.

Señora, Su Alteza, ¿qué hace usted por aquí?

Te llevo, Natalia me decía a la salida de la finca. El paseo en tractor por el pueblo, adonde el alumbrado público ya no llegaba porque el ayuntamiento no podía pagar la luz. Esto solo es hasta que mejore, ya lo verás.

Andrés era de los que asumían la responsabilidad por todos. Ah, si yo entonces hubiera comprendido que eso es lo esencial en un hombre.

Empezó a rondarme de forma más directa: traía leña, medicamentos, favores a Encarnación y a mi abuelo adoptivo. Yo no quería, me resistía. ¿Cómo iba yo a quedarme en un pueblo? Mi vida estaba en Madrid, en los preparativos de la boda, las ilusiones de mi familia.

Por las noches, a la luz de la chimenea y solo interrumpida por los ladridos de los perros, me atrevía a imaginarme casada con él, compartiendo la vida con su hijo, teniendo otros niños parecidos a él. ¿Podía dejarlo todo por eso?

La realidad podía más: Antonio ya había comprado las alianzas, su madre ahorraba para la boda, los míos me esperaban. ¿Qué diría si me liaba con un hombre divorciado de pueblo?

Aun así, en mi corazón florecía una esperanza dulce e indefinida. El dramatismo de tener un novio en Madrid y un enamorado en el pueblo llenaba mis días de una pasión que rozaba el delirio.

Un día, llevada por un arrebato y después de varias lágrimas, busqué el acercamiento físico como si en ello se despidiera una vida y se saludara otra. Él se resistió, leyó mis ojos, pero yo ya había decidido. Fue la primera vez para mí, y resultó tan bello que nunca podría arrepentirme.

Pero la decisión, la real, nunca llegó. Tal vez era cobardía, falta de mundo… O simplemente pánico.

Una mañana, yendo al pozo a buscar agua, vi a un niño rubio que trepaba peligrosamente por el brocal. Me apresuré, lo aparté y justo llegó corriendo una chica menuda, con cara tristona, la madre. El niño, Eguílaz, no quería soltarla. ¿De quién era? ¿El hijo de Andrés? Me invadió una angustia: un niño ajeno, receloso… ¿Podría yo llegar a quererlo?

Luego fue la madre de Andrés, doña Claudia, a buscarme y llorar. Me dijo entre lágrimas que el niño ya quería a la vecina, a esa pobre Galiana, siempre callada, que en ese drama improvisado era la más perdida. Que yo había roto su paz.

Yo boquiabierta. ¿La responsable? ¿La rompehogares? No, el herido aquí era yo. ¡Andrés casi rompe mi historia! Pero resultó al revés: era yo la forastera rompiendo el cuento de otros.

Andrés me suplicó no marcharme, no dejarlo. Me acompañó hasta la estación, confesando que lo de Galiana era pura fantasía de su madre. Pero yo no quise escuchar: me dolía, me sentía utilizada, y decidí volver a Madrid.

Esa imagen final, su camisa a cuadros, los hombros caídos, la frente arrugada de pena tras el cristal del tren, la reviví tantos años…

Lloré de vuelta bajo el traqueteo de los raíles.

Así fue mi práctica de fin de carrera.

Pero la juventud acierta a curar casi cualquier cosa. Me casé con Antonio, y mi vida giró a lo doméstico.

**

Ya en el coche, con el pañuelo ajustado, busqué argumentos para entenderme, por qué me presentaba así, de esta guisa, justo hoy. Tal vez él ni me recuerde…

¿O sí?

¿Cuántos años? Dieciséis. Ya dieciséis.

Al principio viajamos en silencio.

Vaya invierno, ¿eh? rompí, tras vernos splasheados por un coche.

Así son las ciudades. Pero en el pueblo, ya lo verás, está todo limpio, las carreteras en perfecto estado.

¿Eres de por allí?

Sí, ando y vengo por trabajo.

Gracias por llevarme. Hoy falló el coche. Normalmente voy en mi propio coche, pero hoy… Yo pago…

Giró la cabeza y me miró con esa expresión suya tan especial. Entendí al instante: me reconoció.

Hola susurré, por si acaso.

¡Qué tal, Natalia!

¿Me reconociste? Pensé que ya me habrías olvidado.

No te olvido dijo, mirando serio al frente.

Algo dentro de mí se contrajo. Qué calor. Me quité el pañuelo de lana de la cabeza.

¿Y tú qué tal, Andrés?

Él dudó un momento, sacudiendo los recuerdos.

Bien, en general. Me las apaño, la vida es así. Veo que tú también.

¿Sigues en la finca forestal?

No, eso se acabó hace mucho. Ahora por cuenta propia.

Sí, ahora es lo que mejor funciona. ¿Montaste al final tu granja?

Hace años. Y una empresa. Carne, charcutería…

Todos vendemos algo hoy en día.

Entonces recordé, de repente, la etiqueta de aquellos embutidos que compraba mi madre: Pardillo SL. Me había hecho pensar en él, pero lo descarté por coincidencia.

Espera, ¿la charcutería Pardillo es tuya?

En cierto modo, sí. ¿No te gusta?

No, al contrario… ¡A mi madre le encanta! No me lo hubiera imaginado.

Él explicó, medio disculpándose:

Empezamos poco a poco, con la granja. Mucho ganado, mucha gente sin trabajo. Fui ampliando, hasta montar la fábrica y después las tiendas. Ahora llega a toda la provincia.

Me sentí algo inferior al verlo tan bien, tan distinto del joven del tractor. Yo, con este abrigo remendado y las botas gruesas, la que fue señorita entre pueblerinos. Ahora él era empresario y yo apenas me mantenía a flote.

¿Y tu hijo?

Andrés sonrió.

Tres hijos.

¿Tres?

Sí, tres varones. ¿Y tú?

Un chico y una chica contesté, secándome la frente.

Eguílaz está en el ejército, lo mandaron a zona de conflicto. Lo pasamos fatal, Galiana hasta encaneció. Esta primavera ya vuelve, gracias a Dios. El mediano en el instituto, el chico en quinto de primaria.

Sí, Galiana. Así que al final se casó con aquella chica discreta.

Sentía ganas de confesarle cuánto añoré a veces no haberme quedado; pensarlo tantas veces y ahora, al verlo…

Antonio ha resultado un marido mediocre. Al principio bien, con su trabajo de ingeniero; nos mudamos a una ciudad pequeña, con vivienda de empresa, todo prometía. Pero enseguida comenzó a discutir, a saltar empleos, a beber. Fuimos de casa de la suegra a la mía. Me sostuve hasta no poder más, pedí el divorcio, me fui con mis hijos.

Quise contarle todo eso, pero dije otra cosa:

Mi mayor pasa a segundo de bachiller, la niña está en tercero de la ESO. El tiempo vuela.

Sí que pasa.

Silencio. Teníamos ganas de hablar de lo realmente importante, pero ambos creíamos que ese punto solo lo era para nosotros mismos.

Sentí culpa hacia Andrés. Pero recordé a su madre, a Galiana: al final fue justo que él se quedara.

¿Y tú? él soltó una pregunta al aire.

Bueno, ya ves, me despidieron y estoy buscándome la vida me recogí el pelo. No es fácil sola.

¿Y Antonio?

¿Te acuerdas? Qué memoria…

Sí, yo te vi de novia, ¿sabes? Llegué tras vuestro coche nupcial hasta el restaurante, como un tonto.

¿Perdón? le miré sorprendida.

Encarnación me lo dijo el día antes: Olvídala, que se casa mañana. No lo pensé, fui en vaqueros. Te vi tan feliz, no me atreví a saludar. Volví a casa e hice la vida con Galiana.

Vaya… Si lo hubiera sabido… me sentí vacía.

Mejor así. Te veías tan ilusionada. Habría estropeado el día solo.

¿Feliz? Tal vez. La boda es importante. Pero esa felicidad duró poco. A los cinco años me separé y me fui con mis hijos a casa de mi madre.

Lo siento.

Ya me he hecho fuerte. Puedo sola. Los niños bien, yo defiendo mi puesto en el mercado, aunque esté tiritando en las corrientes. Lugar bueno porque ahí la gente pasa mucho, y yo me hago sitio.

Quería demostrarle que no todo era fracaso, que seguía adelante.

Andrés escuchaba, fruncido el ceño. Luego conté lo de sus hijos y Galiana. Sonrió, pensando tal vez en otros tiempos.

Galiana hornea pan.

¿Pan? ¿Ella?

Al principio uno casero. Luego abrimos la tienda, La Tahona. Ella la dirige. Por eso la ves tan activa.

Recordé entonces una vez en que una amiga insistió en que probara su pan. De pie en la cola, señalándome a la dueña: pequeña, resuelta, con el pelo corto y un pañuelo rosa descolgado. Pensé que me sonaba de algo. Ahora lo entendía todo.

Estamos llegando, ¿no? dijo Andrés buscando la calle.

El siguiente, sí.

Pero de pronto, aparcó y salió corriendo.

Lo vi comprar un ramo enorme de crisantemos en el kiosco de la esquina. Me abrió la puerta y los puso delicadamente sobre mis rodillas, encima de mis pantalones gruesos y mis botas.

Me desbordé. Las flores se empañaban con mis lágrimas, aunque hacía un minuto me creía tan fuerte.

Y después, él me ayudó con los bultos hasta el portal. Yo abracé el ramo, sin saber si invitarlo a subir. En casa todo manga por hombro, lleno de paquetes. Dentro mi madre, siempre inquisitiva.

¿Y si entraba, veía mi vida, y al menos comprendía y me consolaba?

No, Natalia, me tengo que ir. Queda mucho por hacer hoy me apretó la muñeca unos segundos, en un gesto tan hondo de despedida.

Y subió corriendo, sin volver la vista.

¿Llamarlo? ¿Pararlo?

Le vi alejarse y supe: le costaba más a él. Se decía adiós. Y extrañamente, sentí alivio.

Subí con trabajo las bolsas. Mi madre apareció al instante, disparando sus preguntas y noticias; yo solo la escuchaba a medias, aún notando la presión de la mano de Andrés.

Me quedé como en trance, hasta que ya, sentada, pregunté en voz baja:

Mamá, ¿te acuerdas que antes de la boda te hablé de un chico en mis prácticas? El de la finca, el de Castilla… ¿Recuerdas?

Sí, ¿por qué?

Me dijiste: ¡Bastante sería acabar criando cerdos en el campo!

¡Y bien dicho estaba! Si te veo ahora

Hoy lo he visto. El de los embutidos, el de Pardillo. Su mujer, la de la panadería. Así es la vida

Mi madre se quedó pensativa, un dolor leve en los ojos. Guardó silencio un rato, luego se animó con el refrán de siempre:

La suerte no se elige, hija. Si se pudiera, habría peleas.

Me dio pena.

En fin, mamá. Vivimos bien. Hoy vendí dos trajes y tres abrigos. Otro día vendré mejor. Ánimo.

Eso es. Si supiéramos cuándo caemos, llevaríamos ya la venda lista…

En eso estaban cuando llegó mi hijo. Alto, apuesto, mirada serena y algo misteriosa. Ahora más que nunca se me aparecía el padre en sus rasgos.

¿Quién iba a decirle a toda la familia que un bebé tan grande nació supuestamente prematuro? Nadie dudaba: yo, la más formal, incapaz de una alegría fugaz…

Se sentó a la mesa.

Mamá, prométeme que no te vas a enfadar, ¿vale? He encontrado un trabajo en el club hípico. Limpiando caballos, a destajo. No te preocupes, no afecta a los estudios…

Suspiré. Cualquier otro día lo habría reñido. Hoy…

Hazlo, hijo. Es buen trabajo, te hace falta el dinero, y todo esfuerzo es digno. No diré nada.

Vi cómo sonreía de felicidad, mirándome con esa sorpresa de quien nota un cambio misterioso.

Yo no podía dormir. No lloraba, ni me afligía. Algo extraño, una calma que lo envolvía todo.

Miré los crisantemos blancos. Pensé en el destino, en el encuentro de hoy, en la certeza de que los caminos de los dos siguen independientemente.

Aquella vez, su aparición partió mi vida en dos: antes y después. Lo mismo sentía ahora.

Ambos tenemos aún sorpresas y cambios reservados.

No nos veremos más, pero seguiremos marcándonos el uno al otro.

Todo lo que pasa, ocurre por una razón.

Hoy, esta coincidencia, solo podía traerme una valiosa lección.

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Elena Gante
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