Cuando lo encontraron, todos desviaron la mirada. Y dos años después, escribían sobre él en América y Japón.
Lucía salió al patio trasero con la intención de cortar un poco de perejil para la comida, pero se quedó petrificada de repente, como si todo se hubiera doblado hacia atrás en el tiempo y el espacio. Junto a la pila de compost, pegaditos el uno al otro, gimoteaban dos diminutos gatitos, con voces leves como el silbido del viento entre chumberas. Uno era lustroso y robusto, pero el otro Lucía se agachó entre las sombras distorsionadas del mediodía y levantó al más frágil con las manos temblorosas.
Virgen Santa, ¿qué te ha pasado, pobre criatura?
Los ojitos del minino casi sellados por legañas, tan próximos y apretados que parecía que la naturaleza había olvidado que entre los ojos hay un puente. Sus patitas se estremecían como hojas en noviembre, y el pelaje se le apelmazaba en grumos diminutos. Al lado, su hermana era la imagen opuesta: redondita y delicada, con proporciones de cuento y el porte exquisito de una infanta gatuna.
Sin decir palabra, Lucía corrió dentro de casa, cogió el botiquín y con sumo cuidado empezó a limpiar el rostro de la criatura con un algodón bañado en agua tibia.
Vivirás, claro que vivirás.
Aquellas primeras semanas se disolvieron en una secuencia interminable (o así lo soñaba Lucía) de caminos retorcidos hacia clínicas veterinarias en barrios irreales. Alergia al pienso, debilidad en las patas, miedo de los ruidos del reloj de la cocina cada nuevo diagnóstico era un hechizo más de aquel sueño absurdo. Al pequeño lo bautizaron Ciriaco, y luchaba desmañadamente por abrirse camino en la vida, aunque cada madrugada pareciera que el sol salía solo para ver si aguantaba un día más.
¡Míralo, qué gracioso! sonreía Lucía, observando cómo el torpe Ciriaco se volcaba tratando de lavarse, el movimiento de sus articulaciones torcidas parecía la danza de una marioneta sin hilos. Ciri, eres mi milagro.
La hermana fue adoptada casi de inmediatola belleza siempre encuentra su sitio en las casas con ventanas al sur. Pero Ciriaco permaneció con Lucía, y, contra toda lógica de vigilia, ella nunca dudó de que ese debía ser su destino.
Pasados seis meses, cuando el cachorro se volvió más rechoncho y sus andares menos inciertos, Lucía se detuvo a contemplar su rostro con la extrañeza propia de los sueños: aquellos ojos juntos, signo antaño de defecto, ahora le daban a Ciri una expresión perpetua de asombro, como si el mundo fuese nuevo en cada parpadeo del día.
Ciri, ¿sabes que tienes cara de hombre que acaba de recordar que dejó la vitrocerámica encendida? rió Lucía, fotografiando el instante fugaz.
El teléfono de Lucía se iba llenando de imágenes insólitas: Ciriaco estirado de forma imposible en el sofalito, Ciriaco con rostro de eterno pasmo, Ciriaco tratando una y otra vez de saltar al alféizar sin jamás acertar el punto.
Un día, una amiga apareció como si se colase por una rendija. Al ver a Ciriaco, por poco se le atasca el café en la garganta.
¡Luci, pero ¿qué es esto?!
Es Ciriaco, mi pequeño milagro.
¿y siempre pone esa cara?
Siempre, como si le hubieran contado que el Guadalquivir es un río y luego alguien hubiera movido el mapa.
La amiga se apresuró a sacar fotos.
¡Tienes que apuntarle al concurso de Cola Más Larga! ¡Lo hacen esta semana en el barrio!
Lucía se encogió de hombros. La cola de Ciriaco era digna de leyenda, aunque improbable récord guinness. No perdía nada por intentarlo, pensó en ese tono impreciso de las ensoñaciones.
En el concurso, los jueces estudiaban a Ciriaco con susurros intraducibles, pasándose miradas de complicidad como si hubieran descubierto una puerta secreta. Lucía creyó que era solo extrañeza.
¡Sabes le dijo una joven con camiseta del evento, tu gato es único. Tienes que mostrarlo al mundo. Sube un vídeo, compártelo.
¿De verdad crees que importaría a nadie?
Seguro que sí.
En casa, Lucía dudó un buen rato ante el móvil. Ciriaco la miraba desde su pose habitualun poco torcido, ojos como soles recién nacidos, a punto de entender el significado de la siesta. ¿Y si probamos a hacernos famosos, Ciri?, murmuró entre lo absurdo y lo esperanzado.
El primer vídeo tuvo trescientas visualizaciones, el segundo mil quinientas, el tercero
En el tercero el sueño se volvió tornado.
¡Luci, mira esto! entró su marido atropellando los peldaños de la realidad, agitando la tableta como una bandera: ¡Tu Ciriaco ya tiene setenta mil seguidores!
Lucía miraba la pantalla sin parpadear, los mensajes brotaban uno tras otro como si un mago estuviera dictando halagos desde un púlpito invisible.
¡Nunca he visto nada tan adorable!
Su carita es mi ánimo de los lunes por la mañana.
¡Quiero uno igual! ¿Dónde lo conseguiste?
Parece que se sorprende cada día de habitar su propio cuerpo.
Una página personal ya no bastaba. Lucía creó una cuenta sólo para Ciriaco, y no compartía solo fotos, sino pequeños relatos de sus días: persiguiendo reflejos y chocando contra el armario, durmiendo con los ojos entreabiertos como un ermitaño, sentado en la ventana como si filosofara sobre el sentido de la tortilla de patatas.
Los suscriptores subían cada jornada: quince mil, veinte mil, treinta mil Las cifras se deslizaban por la pantalla como números en la lotería de Navidad.
No tardaron en llegar mensajes de periodistas que flotaban entre sueños. Primero la gaceta local, luego una de la Comunidad, después un medio nacional. Y todo empezó a fragmentarse todavía más.
Luci, te escribe un americano le dijo su marido, tendiéndole el móvil: algo sobre una entrevista.
Descubrieron que The Mirror, un periódico de Estados Unidos, planeaba publicar una historia sobre el insólito gato español. Luego llegaron otros: una revista alemana, una web australiana, un periódico japonés.
Ciri, eres una celebridad internacional Lucía le rascó tras la oreja. Te nombran hasta en Tokio, ¿puedes creerlo?
Ciriaco la miró, plácido y desorbitado, y se puso panza arriba, como ajeno a la fama y los cambios de escena.
Algún tiempo después, vino un equipo de televisión desde Alemania, cruzando paisajes distorsionados como mapas de Dalí. Lucía sentía mariposas, temía que Ciriaco se asustase. Pero él seguía en su línea: posando desgarbado y fabuloso, intentó saltar al sofá y erró alegremente.
¡Fantastisch! exclamaba el operador de cámara. ¡Es tan auténtico!
Al terminar el rodaje, la directora estrechó la mano de Lucía con solemnidad.
Gracias por salvarlo. El mundo es menos cruel con personas como tú.
Lucía se quedó mirando por la ventana de su sala, el corazón en la garganta, preguntándose cómo había llegado allí, con ese gatito maltrecho rescatado del montón de compost onírico.
Por la noche, sentada en el sofá la habitación envuelta en la luz cálida de una lámpara y el rumor hipnótico de la lluvia castellana, Lucía acariciaba lentamente a Ciriaco.
¿Sabes, Ciri? susurró. Cuando te recogí, muchos decían que no sobrevivirías, que no merecía la pena gastar euros ni tiempo en un animal así. Pero ahora, escriben sobre ti por todo el mundo. Dicen que les haces sonreír, que tu expresión les ayuda en los días grises. Les das esperanza, Ciri, y eso no tiene precio.
Ciriaco ronroneó como si custodiara un secreto, aún con esa expresión de pasmo como si acaba de entender el sentido de las campanadas en la Plaza Mayor.
Has demostrado que cada ser merece una oportunidad. Que lo que para algunos es defecto, para otros es tesoro. Que el amor puede obrar milagros.
En ese momento el móvil vibróun nuevo mensaje, esta vez desde Lituania.
Lucía sonrió. Jamás pensó que trataría con periódicos de medio mundo, que su gato convertido en celebridad surrealista llevaría alegría a rincones imposibles. Pero eso era lo de menos. Lo esencial pensó era que Ciriaco vivía, tan feliz como permitían sus rarezas, y regalaba a miles el don de sonreír, incapaz de trepar con destreza, pero maestro en la magia de la ternura.
Gracias, Ciri susurró. Gracias por existir y por plantar cara a todas las fatalidades; por enseñar que no hay causas perdidas, solo falta de paciencia y cariño.
Ciriaco ronroneó y cerró los ojos, todavía con un rindis de perplejidad en la carita: como si, incluso dormido, dudara de la maravilla de su propia historia.
Y, en alguna parte, entre sueños y realidades, alguien abría la página del extraordinario gato de Cuenca, observaba sus fotos, y comprendía lo esencial: la belleza es relativa, la bondad absoluta. Y la bondad puede convertir a cualquier desdichado en una estrella para miles de corazones.







