El último hombre sobre la Tierra estaba sentado en una habitación. No era una hazaña, ni una tragedia, ni siquiera un drama en toda regla. Se parecía más a una situación incómoda, de esas que nadie sabe muy bien cómo manejar. Imagínese: uno se despierta por la mañana, va a la cocina, pone agua a calentar y descubre que no hay nadie. Madrid está vacía, Ciudad de México también, Buenos Aires no tiene un alma, Bogotá calla, Lima parece decorado. No hay zombis, no hay ceniza nuclear, no hay marcianos verdes bajando de naves con pistolas láser. La gente, sencillamente, se ha esfumado. Como si alguien allá arriba hubiera decidido hacer un censo universal y, en mitad del trámite, borrara por error a toda la humanidad del archivo.
El último hombre se llamaba Marcos. Tenía treinta y dos años, trabajaba como administrador de sistemas en una empresa gris y sin encanto dedicada a suministrar material de oficina a guarderías municipales. Llevaba gafas de cristales gruesos, le tenía pánico a las arañas y cruzaba siempre con el semáforo en verde, aunque no pasara ni un coche. En resumen, material de héroe no era. Pero, a esas alturas, nadie estaba para elegir.
Cuando ocurrió todo —y ocurrió un miércoles, exactamente a las 14:35, hora de Madrid— Marcos estaba en la sala de servidores, ordenando cables con la seriedad de quien sabe que, si se equivoca, alguien terminará culpándolo de todo. Se distrajo, se enredó con un manojo de conectores, cayó al suelo y se golpeó la cabeza contra un rack metálico. Recuperó el conocimiento una hora más tarde. Salió de la sala tambaleándose y se encontró con el vacío. Los compañeros habían desaparecido, el jefe también, incluso la mujer de la limpieza, que se pasaba el día renegando a voz en grito, se había esfumado, dejando sólo el cubo, la fregona y una taza de té a medio terminar con una rodaja de limón flotando en la superficie.
Marcos pensó primero: “Será un simulacro”. Después: “A lo mejor sigo inconsciente y esto es un delirio”. Luego: “Quizá nos han secuestrado extraterrestres”. Y la idea que más le dolió fue la siguiente: “¿Y si se llevaron a todos menos a mí porque no les servía para nada?”
Pasó un mes. Marcos recorrió media España en un Lexus abandonado que cogió de un concesionario, porque las llaves de su viejo coche las había perdido el primer día del desastre. Repostaba en gasolineras vacías, cogía comida de supermercados desiertos, dormía en hoteles de cinco estrellas sin recepcionista y escribía cada noche en un cuaderno la misma frase: “¿Dónde está todo el mundo?” Intentó mandar señales de socorro, encendió hogueras en azoteas, disparó bengalas que encontró en una tienda de caza. Nadie contestó. Nadie apareció. Hasta las palomas se habían ido. Marcos empezó a sospechar que era el único ser vivo del planeta, con la posible excepción de las cucarachas. Y las cucarachas, como compañía, dejan bastante que desear.
Al cumplirse el día treinta y cinco de su soledad, Marcos estaba sentado en su cuarto. No en el piso donde había vivido antes; allí no quería entrar, porque en la pared seguía colgada una foto de su exnovia, que lo había dejado seis meses antes del fin del mundo, y aún no sabía mirarla sin sentir una punzada en el estómago. Así que se había instalado en otro sitio: un centro comercial. Más concretamente, en la sección de calzado de caballero. Había sillones cómodos, espejos enormes donde podía contemplar sin entusiasmo su cara cada vez más demacrada y, sobre todo, no había fotos de nadie.
Marcos estaba allí, comiendo patatas fritas de una bolsa familiar, bebiendo refresco directamente de la botella y mirando al techo con la expresión vacía de quien ya ha pensado demasiado. En la mano sostenía el mando de un televisor que llevaba días sin funcionar. No servía de nada, pero las costumbres tardan más en desaparecer que las personas.
Entonces oyó un sonido. Suave. Insistente.
Toc, toc, toc.
Marcos se quedó inmóvil. La bolsa resbaló de sus dedos. El nivel de refresco en la botella dejó de importar de inmediato.
—No… no puede ser —murmuró.
Toc, toc, toc. Esta vez más fuerte.
—No. Lo he oído.
Giró lentamente la cabeza hacia la puerta. Era una puerta normal, de plástico, con un cartel que decía “Sólo personal autorizado”. Él mismo la había atrancado al instalarse allí, porque la paranoia era lo único que aún conservaba con buena salud.
Toc, toc, toc.
—¿Quién anda ahí? —preguntó.
La voz le salió rara, como si llevara días sin usarla. O como si la estuviera probando por primera vez.
Del otro lado no respondieron. Luego volvieron a llamar.
—¡No voy a abrir! —gritó Marcos—. ¡Tengo un arma! Bueno… en aquella esquina… una escoba.
La puerta vibró levemente. Quien estuviera al otro lado no parecía impresionado ni por él ni por la escoba.
—Escucha —dijo al fin una voz masculina, ronca, cansada—. Llevo tres días caminando hasta encontrarte. Vengo desde Tomelloso. Ábreme, por favor. Tengo los pies destrozados y me estoy meando.
Marcos se quedó helado. No de miedo, sino de pura sorpresa. La voz sonaba demasiado normal. Nada de misterio, nada de solemnidad. Sólo un hombre agotado que necesitaba entrar y encontrar un baño.
—¿Eres… una persona? —preguntó Marcos.
—¿Y qué querías que fuera? ¿Un duende? —replicó la voz—. Claro que soy una persona. Abre, que como sigas tardando voy a inaugurar el pasillo.
—¡No, eso no!
Marcos saltó del sillón y quitó el pestillo.
En el umbral había un hombre de unos cincuenta años. Calvo, con un jersey estirado de tanto uso y unos vaqueros rotos por la rodilla. Llevaba una mochila al hombro de la que asomaba una barra de pan y sostenía en la mano un mapa de papel, de esos antiguos, doblado mil veces y mordisqueado por la humedad.
—Buenas —dijo el hombre entrando sin ceremonia—. Me llamo Federico. Federico Moreno. Sin documentación, sin padrón y sin ninguna gana de morirme. ¿Puedo sentarme?
Marcos señaló el sillón sin decir palabra. Federico se dejó caer, se quitó las botas —que estaban hechas polvo, y encima era noviembre— y estiró las piernas con un suspiro de felicidad.
—Madre mía, qué gloria —dijo—. Ya pensaba que tú también habías desaparecido. Llevo días sin cruzarme con nadie. Ciudades vacías, pueblos vacíos, carreteras vacías. Sólo viento y yo. Así cualquiera acaba hablando solo.
—¿De dónde ha salido usted? —preguntó Marcos, todavía sin acabar de creérselo.
—De Tomelloso, ya te lo he dicho. Era vigilante de un almacén. Y un almacén, tú ya sabes, sin vigilante no es un almacén serio. Cuando pasó esto, me desperté y no quedaba nadie. Primero pensé: “Pues menuda huelga”. Después pensé: “Hoy debe de ser fiesta”. Y al final entendí que no era ni huelga ni fiesta. Era el apocalipsis, pero sin efectos especiales.
—¿Y cómo me encontró?
Federico soltó una risita, rebuscó en su mochila y sacó un mendrugo duro como una piedra.
—Por el humo —respondió mientras lo mordisqueaba—. No porque tú huelas mal, ojo. Quiero decir que vi columnas de humo en varios edificios. ¿Las hacías tú? ¿Las hogueras de las azoteas?
—Sí.
—Pues ahí lo tienes. Seguí las señales. Pensé: “O hay un ser humano, o hay un robot bastante inútil”. En cualquier caso, merecía la pena comprobarlo.
Marcos iba a seguir preguntando cuando una idea lo golpeó.
—Espere. Ha dicho que caminó tres días. ¿Cómo se orientó? La navegación ya no va. Los satélites dejaron de responder.
—Con brújula —contestó Federico con orgullo, sacando del bolsillo una brújula vieja, de las de antes, con la aguja fluorescente—. Era de mi abuelo. Más fiable que todos tus cacharros juntos.
—Pero… pero esto no tiene sentido. Todo el mundo desapareció. Y usted…
—Yo debí de quedarme fuera de la cuenta —dijo Federico, encogiéndose de hombros—. Cuando ocurrió, estaba en el almacén, al fondo del todo, en la zona donde guardábamos sal a granel. Sacos y más sacos. Me quedé entre dos montones porque estaba revisando una humedad en la pared. A lo mejor la sal hizo de barrera. A lo mejor bloqueó lo que fuera que se llevó a los demás. Yo no soy científico, soy vigilante nocturno. Pero el resultado es éste: tú sigues aquí, yo también. Así que, por ahora, somos dos.
—Dos… —repitió Marcos.
Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Sabe lo que es estar solo un mes entero? —preguntó.
—Claro que lo sé —respondió Federico—. Yo también llevo un mes sin ver un alma. Con la diferencia de que, además, me lo he pasado andando. Y cuando uno anda, no le queda energía para llorar. Sólo piensa en no torcerse un tobillo. Pero ahora que me he sentado… mira, podría echarme a llorar perfectamente. No lo haré. Porque los hombres no lloran. Los hombres se hacen un té.
Marcos tragó saliva, se levantó y fue a poner agua a hervir. La sacó de varias botellas que había ido almacenando del supermercado de enfrente. El té lo trajo de alimentación, el azúcar también. Mientras tanto, Federico inspeccionaba el lugar con la curiosidad tranquila de quien ya ha aceptado que el mundo es absurdo.
—Así que te has montado la vida en una tienda de zapatos —comentó—. No es mala idea. Sillones cómodos, moqueta, espejos. Y, por cierto, ¿para qué quieres tantos pares, si estás solo?
—Por si tengo que salir corriendo.
—¿Corriendo de qué?
—No lo sé. De mí mismo, quizá.
Federico asintió con una seriedad inesperada. Diez minutos después, estaban sentados frente a frente, con tazas humeantes entre las manos y una caja de galletas abierta sobre una banqueta. Guardaban silencio, pero no era el silencio hueco de antes. Era un silencio con respiración ajena, con presencia, con el simple y enorme alivio de no estar ya solo.
—Oye —dijo Federico al cabo de un rato, dejando la taza sobre la mesa—. ¿Y si no somos los últimos?
—¿Cómo que no?
—Pues eso. Si yo sobreviví por casualidad, metido entre sacos de sal, alguien más pudo quedarse fuera de lo que pasó. En un sótano, en un búnker, en una cámara frigorífica, qué sé yo. Igual hay más. Igual hay cientos. O unos pocos. Pero seguro que algunos siguen escondidos, convencidos de que son los únicos, igual que estabas tú.
—Yo no estaba escondido —protestó Marcos—. Estaba administrando recursos.
—Sí, claro, administrando recursos en una zapatería. En fin. Escucha: mañana nos vamos a la emisora que está a las afueras. La de onda larga. Recuerdo haber oído que tenía generador propio.
—Sé cuál dice —respondió Marcos—. Está lejos. Treinta kilómetros, por lo menos.
—¿Y coche tienes?
—Sí. Un Lexus. Aunque ayer lo dejé atascado en un montón de nieve intentando esquivar una farola.
—Fantástico —dijo Federico—. Pues mañana desenterramos ese Lexus y nos vamos en él. Yo he visto una pala por el camino.
Hablaron hasta pasada la medianoche. Federico contó cosas de su vida: el trabajo en el almacén, el hijo al que había criado solo durante un tiempo y que también había desaparecido, el divorcio de su mujer, que se había ido años antes con un monitor de gimnasio. Marcos, a su vez, habló de la oficina, de la sala de servidores, de los compañeros, de la vez que conectó mal un cable y dejó a toda la empresa bloqueada durante tres horas. Se rieron poco, pero cuando lo hicieron, la carcajada rebotó por el centro comercial vacío y sonó extrañamente familiar, como un eco de la antigua normalidad.
A la mañana siguiente salieron temprano. Federico despertó a Marcos a las seis, por pura costumbre de vigilante, porque había pasado media vida levantándose de noche. Marcos, que en su existencia anterior no habría madrugado ni para salvar el mundo, maldijo en voz baja pero terminó levantándose. Se puso toda la ropa de abrigo que encontró en la sección de moda: un plumífero enorme, un gorro ridículo con pompón y unas botas dos números más grandes.
—Pareces un espantapájaros con ansiedad —observó Federico.
—Y usted parece un mendigo con brújula —respondió Marcos.
—Lo cual nos convierte, oficialmente, en una civilización.
Desatascaron el coche entre los dos —aunque, en la práctica, Federico cavaba y Marcos ofrecía comentarios técnicos de dudosa utilidad—, lo arrancaron al tercer intento y se pusieron en marcha. La carretera estaba desierta. Ni un vehículo, ni un peatón, ni un perro abandonado, ni un gato husmeando en la cuneta. Sólo nieve, árboles desnudos y un cielo gris que parecía no tener intención de mejorar.
—¿Sabes una cosa? —dijo Marcos, mirando la línea infinita del asfalto—. Yo casi nunca había salido de la ciudad.
—¿En serio?
—Siempre estaba trabajando. Casa, oficina, casa. Ni vacaciones ni fines de semana. Me daba miedo que, si me iba, todo se viniera abajo sin mí.
—¿Y se vino abajo?
—No exactamente. Se borró antes.
Federico soltó una carcajada breve y volvió la vista hacia la ventanilla. Luego siguieron en silencio. Pero ya no era el silencio del vacío, sino el de dos personas compartiendo el mismo trayecto.
La emisora los recibió sin una sola señal de vida. Grandes antenas, oficinas vacías, monitores apagados, mesas cubiertas de polvo. Pero el generador seguía funcionando. Autónomo, ruidoso, alimentado por un depósito de gasóleo que parecía inagotable. Marcos, gracias a sus años de pelear con aparatos y manuales imposibles, consiguió orientarse entre paneles, interruptores y cableado. Encontró unas instrucciones en alemán, no entendió gran cosa del texto, pero los dibujos resultaron más elocuentes. Al cabo de una hora, el transmisor estaba encendido.
—Habla —dijo Marcos, apartándose.
—¿Y qué digo?
—Lo que sea. Pero que se entienda. Y procura no empezar por insultar.
Federico tomó el micrófono con cuidado, como si fuera un animal delicado. Tosió, carraspeó y se aclaró la garganta.
—Hola —dijo al fin—. Si hay alguien vivo, que responda. Somos dos. Estamos en la emisora central, a las afueras. Cambio.
Nada.
Sólo un siseo largo, estático.
—Otra vez —pidió Marcos—. Más fuerte.
Federico acercó la boca al micrófono.
—¡Eh! ¡Los que queden por ahí! ¡Contesten! ¡Tenemos té, galletas y un Lexus medio averiado! ¡Cambio!
Silencio.
—Ya está —murmuró Marcos, dejando caer los hombros—. No hay nadie.
—Espera —dijo Federico, levantando una mano—. Calla.
Del altavoz salió un ruido tenue. Después, una voz. Femenina. Somnolienta. Molesta.
—¿Pero qué demonios? —dijo la voz—. Yo estaba tan tranquila, disfrutando del silencio, y ahora salen ustedes con lo del té y el coche. ¿Quiénes son, exactamente? ¿Y desde dónde están dando la tabarra?
Marcos y Federico se miraron.
—Somos… los últimos seres humanos —contestó Marcos, acercándose al micrófono.
—No me haga reír —replicó la voz—. Llevo dos semanas instalada sola en un balneario cerca de Benidorm y estaba de maravilla. Sin marido, sin cuñadas, sin citas médicas, sin vecinos ruidosos. Y van ustedes y me arruinan la jubilación. Mire, hagan una cosa: quédense donde están, calladitos. Yo me quedo aquí. Y cuando se me acaben las conservas, entonces ya veremos. Hasta luego.
La comunicación se cortó.
Federico miró a Marcos. Marcos miró a Federico.
—Bueno —dijo Federico al cabo de un segundo—. Al menos no estamos solos.
—No —respondió Marcos, y por primera vez en semanas sonrió de verdad—. Parece que ya somos tres.
—Sí. Y una de esas tres personas es una señora con carácter.
No regresaron al centro comercial. Se quedaron en la emisora. Organizaron el sitio, trasladaron comida, buscaron sacos de dormir, limpiaron dos oficinas y montaron una rutina. Dejaron la radio funcionando por turnos, por si acaso había otros supervivientes desperdigados en algún rincón del mundo. Federico se encargó de los programas matinales: contaba chistes viejos, daba el parte meteorológico basándose en la humedad de sus rodillas y tocaba una armónica que encontró en una mochila abandonada. Marcos se ocupaba del equipo técnico y, por las noches, grababa su “Diario del último hombre”, que un año más tarde él y Federico imprimirían en un solo ejemplar para dejarlo en la estantería más alta de la librería más grande de Madrid, simplemente porque podían.
La mujer de Benidorm, que se llamaba Gloria del Carmen, apareció finalmente tres meses después. Se le habían acabado las latas, el balneario había dejado de parecerle un paraíso y la vista al mar ya no compensaba la falta de conversación. Llegó con varios tarros de mermelada casera, una bolsa de calcetines de lana y una caja enorme de novelas románticas.
—Sin mí, ustedes dos durarían una semana —anunció al cruzar la puerta de la emisora—. ¿Quién les va a hacer un caldo? ¿Quién les va a coser los calcetines? ¿Quién va a poner un poco de orden en este desastre?
—No sabíamos que los calcetines se cosían —admitió Marcos.
—Pues ahí lo tienen. Están perdidos. En fin, desde hoy me encargo yo.
Y acabaron viviendo los tres juntos. No como los últimos habitantes del planeta. Más bien como los primeros de algo nuevo. Porque empezar asusta incluso más que terminar. Pero cuando el principio te encuentra acompañado, da menos miedo.
Al cabo de un año encontraron a otro superviviente: un muchacho llamado Román, que se había refugiado en un búnker presidencial gracias a unas llaves que halló en el bolsillo de una chaqueta abandonada. Del presidente, por cierto, no había rastro. Después apareció alguien más. Luego otros dos. Luego cinco. Al final del segundo año ya eran veintitrés. Una comunidad diminuta, escondida entre pinares, pero con emisora, con conexión a internet —porque Marcos, contra todo pronóstico, logró reanimar un enlace satelital— y con una cocina común donde por las noches olía a guisos, a pan recién hecho y a algo que el mundo había perdido y ellos estaban recuperando: la risa.
Marcos dejó de temblar al pensar en la foto de su exnovia. Una tarde la encontró, la miró con calma y la quemó en una estufa, no por odio, sino por higiene sentimental. Nadie lo juzgó. En la vida nueva no había espacio para ciertas ruinas del pasado. Sólo importaba lo que estaban construyendo entre todos. Desde la nada. Desde el silencio. Desde unos golpes en una puerta que cambiaron el rumbo de todo.
En esta historia no hay invasiones alienígenas, ni epidemias de muertos vivientes, ni una guerra final por la supervivencia. Lo único que hay es una persona corriente atrapada en una situación extraordinaria y otra persona corriente que llama a una puerta en el momento menos oportuno. Y quizá ahí esté la verdad más honda: el fin del mundo no siempre llega con fuego, sangre y explosiones. A veces se parece más a la desaparición repentina de todo lo familiar. Y cuando lo que te rodea es puro vacío, el enemigo principal no es el hambre ni el frío. Es la soledad.
Marcos pasó treinta y cinco días completamente solo. Se le olvidó cómo sonaba una conversación, se le endureció la sonrisa, se le gastó la fe en que al otro lado de una pared pudiera seguir habiendo alguien. Y cuando por fin ese alguien llegó, su primer impulso fue esconderse. Porque acostumbrarse a la ausencia puede ser más fácil que aceptar una esperanza inesperada. La esperanza exige valor. Y el valor, cuando uno cree que está solo en el mundo, escasea más que la gasolina.
Federico Moreno es el reverso de Marcos. No analiza demasiado, no da rodeos, no teoriza. Se mueve. Camina tres días porque alguien tiene que hacerlo. Golpea una puerta porque ésa es la única manera de saber si aún queda vida detrás. No le preocupa parecer ridículo, torpe o absurdo. Hace lo que hay que hacer y punto. Vive como puede, pero vive de una manera que todavía merece llamarse humana.
Y Gloria del Carmen, la señora de Benidorm, es otra especie de superviviente. No es una heroína, ni una rescatadora, ni una líder carismática. Es sólo una mujer que se cansó del silencio y decidió que era preferible cocinar para dos hombres despistados en una emisora perdida que seguir contemplando el mar sin nadie con quien comentarlo. Porque el mar puede ser hermoso, sí. Pero hasta la belleza se vuelve inútil cuando no hay con quién compartirla.
Al final, esta historia no trata de salvar el mundo. El mundo, en realidad, no necesitaba ser salvado. Seguía ahí. Las montañas seguían donde estaban, los ríos seguían corriendo, las ciudades seguían levantadas, los supermercados seguían llenos, el cielo seguía cambiando de color al anochecer. Lo único que faltaba era la gente. Y, sin embargo, la gente termina apareciendo. Aunque al principio queden sólo dos. Aunque uno esté escondido entre sacos de sal, otro se haya quedado encerrado en una sala de servidores y una tercera persona se refugie en un balneario junto al mar. Lo importante es no tener miedo de llamar. Y no tener miedo de abrir. Porque al otro lado puede no haber peligro. Puede haber un tal Federico con las botas rotas y una brújula heredada. Y eso, por extraño que parezca, puede ser el mejor regalo que le quede a uno al final de todo.
Y una última cosa. Si algún día le toca ser la última persona sobre la Tierra, no se quede encerrado en una zapatería. Vaya a una emisora. O, por lo menos, encienda una hoguera. Porque en algún lugar, en Tomelloso, en Benidorm, en un pueblo perdido de La Mancha o en una urbanización vacía junto a la costa, alguien ya estará intentando llegar hasta usted. Tal vez venga andando. Tal vez conduzca. Tal vez arrastre los pies y maldiga cada kilómetro. Tendrá miedo. Estará cansado. Llevará los pies destrozados. Llame usted primero, si hace falta. Abra la puerta por adelantado. Y el mundo, que parecía completamente vacío, volverá a llenarse de sonidos. Los más sencillos. Los más necesarios. Los más humanos.





