Me fui de excursión a Italia con un grupo de jubilados: Nunca imaginé que, a la sombra del Coliseo, conocería a un hombre capaz de devolverme la juventud

Salí de viaje a Italia con un grupo de jubilados. No esperaba nada fuera de lo común; unos días de visitas turísticas, algunas fotos para el álbum, algún recuerdo para mis nietos. Solo quería desconectar de la monotonía y de la soledad que, desde hace años, se me cuela entre los días.

Pensaba que Roma, Florencia o Venecia serían simplemente paradas más en un itinerario turístico. Pero, bajo la sombra del Coliseo, conocí a un hombre que me hizo sentir joven de nuevo.

Estaba de pie bajo los arcos del anfiteatro, maravillado ante la grandiosidad de aquella obra. El guía decía algo sobre gladiadores, pero yo me había distraído con mis propios pensamientos. Entonces, alguien a mi lado bromeó: ¿Te imaginas a los gladiadores quejándose del calor como nosotros? Me giré y lo vi: alto, con el cabello entrecano y una sonrisa en la cara, esa mezcla entre lo familiar y lo desconocido. Llevaba una camisa sencilla y un sombrero de ala ancha, y me miró como si solo estuviéramos los dos allí.

Charlamos. Se llamaba Martín, viudo, jubilado hace algunos años. Había venido solo a Italia porque, según él, ya no quería esperar el momento perfecto para ver Roma.

La conversación fluyó natural, ligera, como si nos conociésemos de toda la vida. Tomamos café juntos junto al Coliseo mientras intercambiábamos impresiones. Me sorprendí al notar lo bien que me sentía siendo escuchado con ese interés genuino que hacía mucho nadie me prestaba.

Los días siguientes del viaje cambiaron por completo. Nos sentábamos juntos en el autobús, compartíamos mesa en las comidas, nos perdíamos entre la multitud de turistas solo para reencontrarnos con la mirada. Había una inocencia, pero también una chispa que hacía tiempo no sentía.

Por las noches, al regresar al hotel, mientras el resto jugaba a las cartas o veía la televisión, nosotros salíamos al balcón. Desde allí contemplábamos la ciudad italiana iluminada y conversábamos de todo: de los hijos, del pasado, de cómo era volver a sentir esa emoción en el pecho, una agitación casi juvenil.

Me descubrí a mí mismo arreglándome más, riendo con más frecuencia. Algunos compañeros de viaje me miraban con sonrisas, unos con ternura, otros con un toque de envidia. Pero yo solo pensaba en que empezaba a recuperar una parte de mí que había enterrado bajo la rutina y la soledad.

Conforme se acercaba el final del viaje, más me asaltaba la pregunta: ¿qué pasaría luego? Él vivía a cientos de kilómetros, tenía su vida, yo la mía. Nos unía solo esa semana, extraordinaria, apartada de la realidad. ¿Era suficiente para pensar en algo más?

El último día salimos a recorrer Roma sin el grupo. Nos sentamos en la escalinata de la Plaza de España, comiendo helado, casi en silencio. Finalmente me dijo: Hace mucho que no me sentía tan bien como ahora, pero temo que, al volver, todo se diluya; tú tienes tu vida, yo la mía. ¿Y si todo esto ha sido solo una ilusión de vacaciones?

No supe qué contestar. Por dentro se debatían en mí dos fuerzas: el deseo de creer que aquello era el principio de algo de verdad y el miedo de que fuera solamente un amor pasajero, que acabaría con el vuelo de regreso.

Nos despedimos en el aeropuerto. Un abrazo, largo, como si no quisiéramos soltarnos, una mirada con promesas no expresadas. Intercambiamos teléfonos, pero ninguno se atrevió a decir: Volvámonos a ver.

Ahora, al recordar aquel viaje, no sé bien qué pensar. Fue como un sueño: intenso, hermoso, pero frágil. Quizá Martín tenía razón y todo fue una ilusión. Quizás sea cobarde no intentar averiguar si el destino me está dando otra oportunidad.

Y me pregunto a mí mismo: ¿vale la pena arriesgar la tranquilidad de una vida ordenada por una emoción que surgió tan de repente? ¿Fue solo una aventura bajo el cielo italiano, o el inicio de una historia que aún no conozco? Porque cada vez que pienso en él, mi corazón late más fuerte, pero la razón me advierte que quizá sería una locura.

Quizá por eso escribo estas palabras, para preguntarle a quien me lea: ¿a los cincuenta, sesenta, incluso después uno puede permitirse abrirse de nuevo a lo extraordinario? ¿Es mejor guardar el recuerdo como un tesoro seguro, o atreverse a descubrir hasta dónde pueden conducir esas emociones? Hoy sé, al menos, que la vida no entiende de edades, solo de momentos y de coraje para vivirlos.

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Elena Gante
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El sueño de una madre