La última petición del duende del hogar, o El pacto que salvó a todos

Tomasa llevaba varios días sintiéndose mal. Le dolían los huesos como si unas manos enormes y despiadadas se los torcieran despacio, con una crueldad tranquila, casi complacida. Oleadas de fiebre le abrasaban por dentro y salían convertidas en un aliento seco y ardiente. Parecía que, si alguien llegaba a tocarle la piel, prendería al instante, como una astilla reseca arrojada al fuego. Las fuerzas la iban abandonando a toda prisa, y llegó por fin el día en que ya no pudo levantarse de la cama.

Las lágrimas corrían por su rostro consumido, pero ella ni siquiera parecía advertirlo. En su cabeza, los pensamientos zumbaban y se atropellaban unos a otros, como un enjambre inquieto que hubiera perdido la colmena.

«Ya se me anda acercando la muerte —pensó, mirando el techo, donde las sombras temblaban al compás del resplandor de la lumbre—. Pronto nos veremos, Leandro. Casi treinta años llevo caminando este mundo sin ti. Me he quedado demasiado tiempo, eso siento».

Volvió la vista hacia la ventana cubierta de escarcha. Afuera, la tarde se espesaba y el invierno iba cerrando el día.

«Y me voy a morir aquí, y nadie se enterará a tiempo. Si mi hija Martina viviera, seguro que vendría aunque fuera a echarme un vistazo. ¿Y Macario? Tal vez pensaría en acercarse, pero ni él puede con sus piernas ya. Desde el otro extremo del pueblo no hay manera de venir con tanta nieve. Y el gato, pobrecillo, también se me va a quedar sin comer. Llevo dos días sin poder levantarme. Tendría al menos que remojarle unas cortezas de pan en agua caliente. Y yo misma no estaría mal con una tacita de tila bien caliente».

Tomasa intentó incorporarse agarrándose al respaldo de la cama, pero en seguida le bailaron luces de colores ante los ojos y en la cabeza le empezó a retumbar un campanazo sordo, doloroso, insoportable. El cuerpo dejó de obedecerle y cayó de nuevo sobre las almohadas, sintiendo cómo la habitación se inclinaba despacio hacia un lado.

«Perdóname, Micho —le dijo para sí al gato, hecho un ovillo a los pies de la cama, respirando con un ronquido suave—. Me estoy muriendo yo y te condeno a ti también. La casa lleva dos días sin calentarse. Está helada de punta a punta. Y la leña ya se terminó aquí dentro; hasta el cobertizo no llego ni arrastrándome. Menos mal que este año el frío no aprieta tanto».

Guardó silencio un rato, reuniendo el poco aliento que le quedaba, y siguió con su pesar:

«Y mi hijo Nicolás ni se imagina que su madre está a punto de irse. ¿Cómo va a saberlo? Bastantes cosas tendrá encima. Dijo que vendría en otoño, para la fiesta del patrón, pero no pudo ser. Ahora hasta la primavera no hay nada que esperar».

Tomasa soltó un suspiro, cerró los ojos y se hundió en un sueño pesado, febril, hecho de recuerdos rotos y escenas del pasado que se mezclaban sin orden.


Tadeo dormitaba encima del horno de leña, pegado al lomo tibio del gato, escuchando entre sueños los murmullos de la anciana. El duende del hogar no era alto, apenas del tamaño de un niño de un año, pero tenía una barba espesa y blanca, y unos ojos viejos, sabios y traviesos a la vez. Llevaba puesto un chaleco de piel gastado que había sido de Jacinta, la madre de Tomasa, atado a la cintura con una cuerda, y unas botas de fieltro que la dueña le había dado una vez “para remendar”, y que él había arreglado a su medida.

—¡Tadeo! —el gato le dio con la pata en el hombro—. ¡Despierta, Tadeo! Menudo guardián de casa estás hecho: la ama se nos muere y a ti ni se te mueve un pelo.

—No estoy dormido —rezongó Tadeo sin abrir los ojos—. Estoy pensando, Micho. A ver cómo salvamos a Tomasa.

—¿Y te está dando resultado tanto pensar? —bufó el gato, desconfiado, con los ojos verdes brillando en la penumbra.

Tadeo dejó pasar la pulla sin contestar. Se incorporó sobre el horno, se acomodó la barba y habló en voz baja, aunque con gravedad:

—He recordado algo que me contó mi abuelo, y a él se lo había contado el suyo…

—Déjate de prólogos y ve al grano —maulló el gato, arañando con impaciencia el ladrillo frío—. No tenemos tiempo. Tomasa apenas respira. Lo mismo se nos muere de la enfermedad que del frío o del hambre, y nosotros aquí, sin poder hacer nada.

—¡No interrumpas, Micho! —Tadeo levantó un dedo con severidad—. Tú ya sabes que las cosas importantes hay que contarlas bien. No se puede andar atropellando. Hace falta orden. Escucha.

Se arrebujó en una vieja mantilla de Tomasa y prosiguió:

—Hay una noche al año en la que los duendes del hogar podemos pedir cuanto queramos, y no se nos niega nada.

—¿Pedir a quién? —el gato entrecerró los ojos—. ¿Y qué noche es esa? Porque, mientras llega, Tomasa se nos ha ido tres veces. Mira cómo está. Y nosotros sin una triste manera de ayudarla.

—¡Que no me cortes! —dijo Tadeo, ya medio ofendido—. Se pide allá arriba, claro está.

Y señaló con el dedo índice hacia el techo, más allá de las vigas, donde, según su entender, se extendían las alturas celestiales, pobladas de ángeles, escribientes y otras criaturas de rango elevado.

—¿Y esa noche? —insistió el gato.

—La noche de Reyes —respondió Tadeo—. Esa noche es hoy.

—Ah… —Micho ladeó la cabeza—. O sea que todavía queda magia en el calendario.

—Eso mismo —asintió Tadeo—. La Nochebuena ya pasó, el Año Nuevo también. Pero la noche en que los Reyes cruzan el cielo sigue siendo especial. Y para los de mi oficio, más aún.

—¿Y piensas subir tú solo hasta allá? —preguntó el gato, escéptico—. Porque yo caminos al cielo no conozco. ¿O es que ahora vas a empezar a volar?

Tadeo se pasó la mano por la barba y sonrió por debajo del bigote.

—Tengo una idea. Pero tendré que dejar la casa por un rato. Eso significa que tú te quedas al mando.

El gato se irguió, esponjó la cola y declaró con una dignidad solemne:

—Puedes contar conmigo. Vigilaré todo como corresponde. Tú ve y arregla lo que tengas que arreglar.

Saltó del horno y se paseó por la cocina con el rabo tieso como una bandera, orgulloso del cargo que acababan de confiarle.

Tadeo suspiró, se santiguó ante la imagen de la Virgen del rincón y empezó a murmurar unas palabras antiquísimas que aún recordaba de su abuelo. El aire de la casa se espesó de golpe. Olía a tormenta, a piedra mojada, a algo lejano y no del todo terreno. El gato, que se había encaramado al banco junto a la pared, arqueó el lomo y soltó un bufido, pero el duende ya se había desvanecido en la penumbra, dejando apenas una corriente fría detrás.


En la oficina celestial reinaba un silencio solemne. Un reloj enorme, con péndulo de bronce, iba marcando los instantes que se escapaban para no volver. Cada tic-tac parecía una advertencia de que el tiempo no perdona a nadie. Sentado tras un escritorio interminable, un ángel joven, de rizos dorados y túnica blanca, hojeaba un tomo antiguo donde figuraban los nombres de todos los guardianes domésticos asignados a las casas de la provincia. En la tapa, en letras doradas, podía leerse: “Registro General de Custodios del Hogar. Volumen XLVII”.

Tadeo se removía inquieto en un banco, lanzando miradas al reloj. Jamás había pisado una dependencia tan alta y se sentía fuera de lugar. El zamarro que usaba en la tierra allí resultaba demasiado basto, demasiado aldeano. Los ángeles que cruzaban el corredor lo miraban con curiosidad, aunque sin mala intención.

Por fin, el joven encontró la página que buscaba y levantó la vista.

—Entonces, Tadeo Hernández —dijo con una voz melodiosa—, ¿usted afirma que es la primera vez que presenta una solicitud formal?

—La primera —asintió el duende, apresurándose a dejarlo claro—. Nunca antes. Ni yo, ni mi padre, ni mi abuelo, ni el padre de mi abuelo. Eso ténganlo bien anotado. Porque mi petición tiene que ser atendida sin excusas ni rodeos.

El ángel acercó hacia él una hoja gruesa, casi cartulina, colocó a un lado un pequeño tintero y le tendió una pluma.

—Escriba con detalle todo lo que desea solicitar —indicó—. Estudiaremos su petición y antes de medianoche tendrá respuesta.

Tadeo tomó la pluma y empezó a trazar las letras con enorme esfuerzo. Escribía despacio, con la lengua asomando entre los labios y la frente arrugada por la concentración. La letra le salía desigual, algo tosca, pero perfectamente legible. Contó quién era Tomasa, cómo había trabajado toda una vida, cómo sufría ahora en la cama, abrasada por la fiebre y cercada por la soledad. Habló de Micho, el gato, que no tenía quién lo alimentara. Habló de Nicolás, el hijo, ausente y sin noticia del peligro en que se encontraba su madre. Y pidió una sola cosa: que a Tomasa le devolvieran la salud y que se aplazara su encuentro con quienes dictan la hora última de cada vida.

Al cabo, terminó. Firmó al pie con un garabato solemne, inventado por él mismo en sus años mozos, y deslizó la hoja hasta el ángel.

El funcionario la leyó con atención, asintió, estampó al final un sello enorme —con corona, estrellas y símbolos imposibles de descifrar— y desapareció tras unas puertas de roble tan altas que parecían la entrada a otro mundo.

Tadeo se quedó esperando. El reloj seguía marcando el tiempo. Los minutos se estiraban como si fueran horas. El duende iba repasando en la cabeza todas las respuestas posibles, rezando en silencio para que no le negaran lo pedido, aunque al mismo tiempo temía que aceptaran: sabía por tradición que, en los asuntos del cielo, siempre había condiciones escondidas.


Al fin, las puertas se abrieron de nuevo. Esta vez salió a recibirlo un hombre alto, canoso, vestido con una larga túnica negra de seda. Tenía el rostro pálido, severo, lleno de arrugas hondas, como si cargara encima siglos enteros de asuntos ajenos. Tadeo se levantó de un salto.

—Hemos revisado su petición, Tadeo Hernández —dijo el hombre con una voz grave, medida—. Usted solicita ver a su ama, Tomasa Ruiz, restablecida por completo. Y pide, además, que se aplace su inminente encuentro con nosotros. ¿Es correcto?

—Sí, señor. Eso mismo pido —respondió el duende, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón.

—¿Y sabe usted —el hombre hizo una pausa, clavándole una mirada penetrante— que, a cambio, deberá permanecer en la tierra para siempre? Esa es la condición para que su solicitud sea concedida.

Tadeo se quedó inmóvil. Aquello no lo sabía. Ni su abuelo ni nadie en su linaje le había hablado jamás de un precio así. Se rascó la nuca, luego la barba y luego volvió a la nuca. El hombre de negro aguardó sin apremiarlo.

—No lo sabía —admitió por fin Tadeo—. Pero no cambia nada. Acepto.

El hombre lo observó largo rato, como si quisiera mirar dentro de él. Luego habló otra vez, ahora con un tono más suave, casi paternal.

—Piénselo bien. En realidad, las cosas le son favorables tal como están. La anciana no llegará al amanecer. La casa quedará vacía. Su hijo venderá el caserón en cuanto llegue el verano, lo tirarán para aprovechar la madera o lo dejarán caer. Usted, por tanto, se quedará sin destino. Vagará un tiempo por estos contornos y, después, se le asignará un nuevo puesto. Y no en la tierra, sino aquí arriba.

Extendió un brazo, señalando la oficina luminosa, las estanterías llenas de legajos, el despacho amplio y cálido.

—Su hoja de servicio es impecable. Yo mismo podría encargarme de que le dieran un puesto excelente. Se sentaría tras un escritorio, ordenaría expedientes, atendería solicitudes… En una palabra: ascendería. Sería un ángel. ¿Qué le parece?

Tadeo bajó la mirada. La idea era tentadora, qué duda cabía. Convertirse en ángel… él, un simple duende de una aldea perdida. Tener un trabajo limpio, calor siempre, té a cualquier hora, nada de correr de noche a cerrar postigos ni de vigilar que no falte lumbre en la cocina. Y, en el fondo, Tomasa ya era muy mayor. Él mismo había pensado más de una vez qué sería de su suerte cuando ella faltara. Ir saltando de un hogar a otro, buscando acomodo. Y si le tocaba una familia desagradecida, o una casa donde nadie dejara ni una gota de leche en señal de respeto…

—¿Y Micho? —preguntó de pronto—. ¿Qué será del gato si acepto?

—¿Qué gato? —el hombre arqueó una ceja—. En nuestros libros solo figura Tomasa Ruiz. No aparece ningún Micho.

—Es el gato de la casa —explicó Tadeo—. Harían bien en tomar nota.

—Ah, el gato —dijo el hombre, con un gesto displicente—. ¿Qué va a pasarle? Al principio cazará ratones, supongo, y luego… ya se arreglará. No se preocupe por animales. Debería pensar en usted mismo.

Por la manera en que le temblaron un instante los ojos al decirlo, Tadeo comprendió enseguida que nada bueno aguardaba a Micho. Lo más probable era una muerte lenta, de hambre, en una casa helada y vacía. Justo aquello que tanto había temido Tomasa. Y de pronto el duende vio con toda claridad al gato recorriendo los cuartos sin entender, maullando junto al horno apagado, buscando a su amiga y compañero, esperando una mano que nunca volvería.

Se le encogió el pecho.

Miró al reloj. Faltaba media hora para medianoche. No había tiempo que perder.

—Acepto —dijo con firmeza—. Cumplo todas las condiciones. Pero devuélvanme abajo. A mi casa. Con mi ama y con el gato. Quiero seguir sirviendo a Tomasa mientras me necesite, y después que sea lo que tenga que ser. Mi oficio está allí. No aquí.

El hombre vestido de negro lo contempló sorprendido. Después asintió despacio.

—De acuerdo —respondió—. Como usted diga, Tadeo Hernández. La solicitud queda aprobada. Las condiciones han sido aceptadas. Puede regresar.

Y chasqueó los dedos.


Tomasa despertó con un olor delicioso haciéndole cosquillas en la nariz. Olía a caldo de gallina, bien hecho, con hierbabuena y laurel, y también a infusión de monte, con ese vapor un poco amargo que calma el cuerpo. En el horno, la leña terminaba de arder, llenando la casa de una tibieza reconfortante.

«¿Será que me he muerto y estoy en el cielo? —pensó, intentando comprender dónde estaba—. Huele como en los días de fiesta, cuando aún éramos todos».

—¡Viva estás, madre, viva y bien viva! —oyó decir desde la puerta.

Allí estaba Nicolás, su hijo, alto, ancho de hombros, con el rostro encendido por el frío de la calle y la alegría en los ojos.

—Ahora te doy de comer y te preparo otra taza caliente —dijo acercándose—. Tenías una fiebre de miedo. Ya te di unas cucharadas de jarabe y te bajó algo. ¿No te acuerdas?

—¡Nicolás! ¡Hijo mío! —Tomasa se incorporó sobre los codos, sin dar crédito—. ¿Cómo has llegado? Yo ya me había hecho a la idea de irme sola, sin volver a verte.

—No empieces a llorar ahora —sonrió él, arreglándole la almohada y ayudándola a sentarse—. He estado fuera por trabajo medio año. Ayer mismo regresé y me vine directo para acá, como si algo me tirara del pecho. Y mira si hacía falta. Pero no te preocupes. Te vas a poner buena. Y luego te vienes conmigo a la ciudad.

—¿A la ciudad? —Tomasa negó despacio con la cabeza—. Ay, hijo… la ciudad no es para mí. Mi casa está aquí. Aquí está enterrado tu padre. Aquí conozco hasta el ruido del viento.

—Ya veremos —respondió Nicolás con una sonrisa—. De momento, come.


Con la ayuda de su hijo, Tomasa mejoró con rapidez. Al segundo día ya podía quedarse sentada en la cama; al tercero se levantaba apoyándose en la pared; y una semana después andaba de nuevo por la cocina, manejando como siempre sus cacharros y empeñada en hacer empanadas, sopas de ajo y rosquillas para que Nicolás comiera como era debido.

—Bueno, ¿y qué? —le preguntaba él, devorando una empanada dorada—. ¿Te vienes ya a vivir conmigo?

—No, hijo —respondía Tomasa, firme—. Yo de aquí no me muevo. Pero escucha tú una cosa: vende ese piso tuyo y ven a vivir al pueblo. Sitio hay de sobra. Tierra también. Solo, no se puede con todo.

Nicolás se lo pensó. Luego lo habló con su mujer. Y, para sorpresa de los vecinos, acabó vendiendo el apartamento de la ciudad y se instaló de manera definitiva junto a su madre. Levantó una casa nueva al lado de la vieja, arregló el huerto, metió gallinas, compró una cabra y, al poco tiempo, nacieron sus hijos: dos muchachos que cada mañana corrían a casa de la abuela a por galletas, leche tibia y alguna historia junto al fuego.

Tomasa vivió todavía diez años más. Diez años completos, buenos y llenos. Envejeció rodeada de voces, de nietos, de cazuelas al fuego y de pasos conocidos. Murió ya muy anciana, con Nicolás al lado, después de haberlo oído decirle al fin aquello que llevaba tiempo guardado en el corazón.

Micho pasó todos esos años junto a ella. Dormía a sus pies, cazaba ratones en el pajar y ronroneaba cuando la dueña lo acariciaba con aquella mano arrugada y tibia. Y cuando Tomasa murió, el gato aguantó apenas tres días más. Se quedó tumbado sobre su almohada, aspirando el olor que aún quedaba en la tela, y luego se fue en silencio. En el pueblo decían que Tadeo había venido a buscarlo en persona, para llevarse a su viejo amigo por el camino que corresponde a los fieles.


Cuando faltó su madre, Nicolás vendió la casa antigua a un matrimonio mayor venido de la ciudad: Pedro y Amalia. Cansados del ruido, las prisas y los edificios, decidieron pasar sus años tranquilos en aquel rincón de campo y compraron precisamente la vivienda donde Tomasa había vivido toda su vida.

Tadeo, al principio, los observó con cautela. Se fijó en cómo encendían el fuego, en si trataban la casa con respeto, en si se acordaban de dejar por la noche un poco de leche o una miga de pan sobre la mesa. Pedro resultó ser un hombre trabajador: reparó el tejado, enderezó la cerca y puso el huerto en orden. Amalia era dulce y hacendosa: horneaba pan, cuidaba geranios en las ventanas y sentía debilidad por los gatos.

No pasó mucho tiempo antes de que apareciera por la casa un pequeño bulto gris, un gatito callejero que los nuevos dueños acogieron sin dudar. Y, sin necesidad de ponerse de acuerdo, ambos terminaron llamándolo Micho.

Tadeo lo miró, se sonrió por debajo de la barba y pensó:

«Así está bien. La casa vuelve a tener calor, los amos son buenos… y el amigo ha regresado. ¿Qué más puede pedir un duende del hogar?».


A simple vista, esta historia parece sencilla: una anciana enferma, un duende que sube a una oficina celestial, una petición concedida y un final feliz para todos. Pero, si se mira con más atención, no habla en realidad de prodigios ni de papeleos del cielo. Habla de elecciones.

Tadeo pudo haberse quedado arriba. Pudo aceptar el ascenso, sentarse en una oficina templada, ordenar legajos y olvidarse para siempre de los inviernos, de las chimeneas, de las guardias nocturnas y de la preocupación por una casa ajena. Tuvo delante la posibilidad de una existencia cómoda, segura, sin sobresaltos. Sin embargo, escogió otra cosa. Escogió la lealtad: hacia una mujer que ni siquiera podía verlo, pero a cuyo hogar había servido durante años. Escogió la amistad: hacia un gato que, aunque solo fuera un gato, se había convertido en compañero de noches y silencios. Escogió el cariño verdadero: ese que no hace ruido, que no presume, que se parece a los gestos pequeños de cada día.

Tomasa también eligió. Podría haberse dejado ir sin pelear, rendirse al cansancio y al frío. Pero no lo hizo. Pensó en su hijo, en el gato, en la casa, y ese hilo invisible que la unía a los suyos la sostuvo cuando el cuerpo ya casi no respondía. Y después, cuando sanó, volvió a elegir. Podía haberse marchado a la ciudad, al abrigo, a una vida más cómoda. Pero prefirió quedarse donde estaban su historia, sus muertos, su tierra. Y Nicolás, al verla, también tomó su propia decisión: regresó a las raíces, entendiendo que la dicha no siempre está donde hay más ruido, más dinero o más oportunidades, sino donde uno es esperado y querido.

¿Y Micho? Micho vivió su vida de gato con una honradez impecable: cazó ratones, durmió al calor del horno, acompañó en silencio, ronroneó cuando hacía falta. Y cuando su dueña se fue, él no buscó otro regazo ni otro tejado. La siguió. Porque para él el hogar no estaba en las paredes ni en las tejas, sino en aquella mujer que lo llamaba “trasto” mientras le rascaba la cabeza con ternura.

Y ese último detalle, el del gatito gris al que vuelven a llamar Micho, no es solo una coincidencia bonita. Es una señal de que el círculo se cierra y, al mismo tiempo, empieza de nuevo. De que la vida sigue. De que el amor y la fidelidad no desaparecen con quienes amamos, sino que continúan, pasan de unas manos a otras, de un corazón a otro, como una brasa que se mantiene viva bajo la ceniza.

Mientras existan duendes del hogar que elijan quedarse por lealtad, gatos que sepan reconocer dónde está su casa y personas capaces de escogerse unas a otras por encima de la comodidad, el mundo seguirá en pie. Seguirá ardiendo el fuego en la lumbre. En cada casa habrá su Tadeo, su Micho, su Tomasa. Y también su pequeño milagro cotidiano. Solo que casi nunca nos detenemos lo suficiente para verlo.

Оцените статью
Lisa Weta
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

La última petición del duende del hogar, o El pacto que salvó a todos
La segunda suegra