La gente quedó asombrada: una perra en una casa abandonada alimentaba a unas crías que no eran cachorros

La gente no daba crédito: la perra en la casa abandonada no alimentaba cachorros

Mira, el otro día volvía Adela Martínez del mercado con las bolsas llenas y un millón de pensamientos dándole vueltas en la cabeza. Otra vez le dolía la rodilla, su nieta había prometido llamarla y ni rastro, y este invierno parecía de locos: que si lluvia y barro, que luego un frío que pela, que luego granizo. En esas andaba, distraída, cuando casi se va al suelo al tropezar con algo.

Al mirar hacia abajo vio pasar corrigiendo el paso una perra callejera, de pelaje rojizo y cuerpo tan escuálido que se le contaban las costillas. Iba hecha una pena, con el pelo hecho nudos, y aún así avanzaba a toda prisa como si tuviera un destino urgente. Llevaba algo en la boca, parecía un trozo de pan.

¡Pero dónde vas, chucha! le salió a Adela, medio enfadada.

La perra ni se inmutó, tiró por el callejón rumbo a la vieja casa de la esquina, la que llevaba meses abandonada desde que se murió la señora Constanza.

Seguramente tiene algún rincón con cachorros escondidos musitó Adela. Ya viene la primavera, es lo que toca.

Siguió caminando pero la imagen no se le iba de la cabeza; algo no cuadraba del todo.

Y al día siguiente, lo mismo, casi un calco. La perra, el trozo de pan, el mismo camino al caserón con las ventanas rotas. Su vecina Puri la llamó desde la terraza:

¡Mira, Adela, que ahí va tu amiga otra vez! Cada día igual, ¿de dónde sacará comida esa pobre?

¿Comida? Adela levantó la vista.

¡Sí, mujer, que la ves, con el pan en la boca! Se meterá en los contenedores, claro. Es que seguro tiene cachorros, puro instinto.

¿Y tú crees que es eso? ¿No será otra cosa?

¿Qué va a ser, mujer? Que es primavera, es lo normal.

Adela asintió, pero una espinita se le quedó clavada. Cachorros, sí, claro, pero esa inquietud no la soltaba.

La perra cruzó otra vez por el tablón caído del jardín y desapareció entre ortigas y trastos. Adela decidió de una vez seguirlatotal, el bloque entero andaba comentando el tema. Con mucho cuidado se coló por la valla medio derruida, que protestó con un crujido, aunque aguantó.

Dentro, sólo ruinas: botellas, cristales, maleza hasta la rodilla. Y desde el fondo del patio, un quejido que se deslizaba apenas distinguible.

Adela avanzó, rodeando el cobertizo, y de pronto se le paró el corazón. Allí estaba la perra roja sentada junto a una caseta destartalada. Delante de ella, tumbada, había una perra negra enorme, ya mayor, atada a una estaca con una cadena oxidada y tan corta que apenas podía moverse.

La negra estaba ciega, con los ojos cubiertos por una película blanquecina. Se notaba famélica, el pelo encrespado y sucio, jadeando. La roja le dejó el pan delante, la empujó con el hocico y se quedó muy quieta.

La otra, a tientas, encontró el pan y se lo comió de inmediato. La roja se limitaba a mirar, sin mover el rabo, esperando. Cuando la negra acabó, la roja la lamió en el hocico y se tumbó a su lado.

A Adela casi se le saltaban las lágrimas.

Madre mía”, pensó. La perra se priva de comida para alimentar a la ciega… cada día.

No sabe cuánto tiempo estuvo allí parada hasta que la roja por fin la miró. En ese gesto parecía decirle: ¿Vas a quedarte ahí mirando, o vas a echar un cable?

Un momento, espera susurró Adela, sobrecogida.

Pegó la vuelta a su piso como si tuviera veinte años menos, aunque las rodillas le rechistaran. Cogió lo que tenía: pollo cocido, arroz, embutido, una botella de agua y volvió.

La misma escena: la roja junto a la negra.

Anda, toma suspiró dejando el pollo delante de la roja. Pero nada, ni se movía, sólo ojo avizor a que la negra comiera primero.

Adela entendió. Acerco la comida a la boca de la ciega, que desde luego no tardó en devorarla. Recién cuando quedó un pedacito, la roja se lo llevó.

Así está bien… musitó Adela, conmovida. Bebed, chicas.

Las vio recostarse juntas, bebiendo agua, mientras ella disimulaba las lágrimas.

¿Pero tú qué haces aquí llorando? interrumpió Puri, asomando la cabeza por el hueco de la valla.

Mira para quién guardaba el pan le dijo Adela. No son cachorros.

Puri se calló, la nariz roja de la emoción.

¿Y cómo es posible que nadie hiciera nada? ¿Quién la dejó aquí amarrada…?

Constanza, seguramente. Murió y la perra se quedó sola y olvidada.

¡Pero si hace ya medio año!

Medio año aquí, sola, y sólo la roja la buscó y la alimentó. Cada día.

Puri se agachó para acariciar a la valiente.

Eres una campeona, de verdad.

A la caída de la tarde, todo el vecindario se congregó en el descampado: uno traía pan, otro mantas, los hombres trajinaban con la cadena.

Esto no lo corta ni San Pedro, habrá que traer una radial dijo don Julián, el del cuarto, mañana la bajo.

A la mañana siguiente apareció con la máquina. Todos mirando. Uno vigilaba que no asustaran a la perrilla.

La máquina chirrió y saltaron chispas. La negra tembló de miedo.

La cadena por fin cedió.

Ya está, libre suspiró Julián quitándose el sudor con el pañuelo.

Adela se arrodilló a acariciar a la perra liberada.

¿Te vienes a mi casa, guapa? Mira que allí hay comida, mantas y la roja también viene. No os separo.

La negra agitó apenas el rabo, como sabiendo que la entendía.

Intentó levantarla pero pesaba demasiado. Julián se la cargó.

Dime dónde, Adela.

Al portal tres, piso veintiuno.

Toda la comunidad se apartó para dejarles pasar. La roja detrás, pegadita.

No tengas miedo, vienes conmigo le susurró Adela.

En la puerta las esperaban las típicas abuelas de banco de portal con su cara de juicio.

Adela, ¿pero qué haces? ¿Te llevas las perras pa casa?

Me las llevo.

¡Pero si están llenas de pulgas, qué peste y qué pelos…!

Las lavaré.

¿Y los vecinos qué dirán?

¿Y qué? y subió la voz más de lo normal. ¡Medio año ha estado esta perra aquí, ciega, muerta de hambre, y nadie se enteró! ¡Solo la roja lo vio, solo ella hizo algo! ¿Y nosotros? A mirar para otro lado.

Se le quebró la voz, resoplando. Las demás se callaron, bajando la mirada.

Yo no sabía nada musitó una. Solo que Constanza murió y nadie se acordó…

Eso es, nadie se acordó. Nadie.

Entró al zaguán con el corazón pesado. Julián dejó la perra negra en una manta vieja extendida en la salita.

¿Te ayudo en algo más? preguntó.

Gracias, yo me arreglo.

Cerrar la puerta, dejarse caer de espaldas. La roja ahora la seguía con los ojos, sentada al lado de la nueva compañera, con una gratitud tan enorme en su mirada que a Adela se le encogió el alma.

Bueno suspiró, sacando una sonrisa. ¿Nos presentamos? Yo soy Adela. ¿Y vosotras cómo os llamáis?

La roja ladró muy bajito.

Pues Roja te vas a llamar. Y tú mirando a la otra Negra, ¿te gusta? Venga, trato hecho.

Les puso un cuenco de arroz con carne delante. Negra lo olisqueó pero no se atrevía. Adela le tendió un pedazo en la mano y la perra se lo tomó despacio.

Eso es, buena chica. Come, que estás a salvo.

Alimentó a Negra trocito a trocito, despacito, con Roja mirando y, de pronto, apoyando su cabeza en el regazo de Adela. Jamás sintió tanta gratitud en una mirada.

Esa noche, Puri llamó por teléfono.

¿Qué, cómo van esas dos? ¿Sobreviven?

Claro contestó Adela, templada. Ahora mismo duermen las dos.

¿Tú no descansas?

No puedo, le doy vueltas a la cabeza.

¿A qué?

Adela se quedó pensando un rato.

A que a veces somos peores que los animales, Puri. Porque una perra no olvida a otra, pero nosotros sí. Pasamos de largo, no queremos ver.

Anda, mujer, tranquila.

¿Y cómo voy a estar tranquila? ¿Qué cara se me queda? Me muero de vergüenza, ¡de verdad! Vergüenza de verdad.

Colgó, bajó al suelo junto a las dos perras dormidas y rompió a llorar bajito, sin importarle nada.

Los días pasaron. Negra fue recuperándose poco a poco. Al principio no se movía, luego empezó a incorporarse, todavía algo insegura. Roja siempre pegadita, como si le guiara.

Tienes tu propia lazarillo, Negra le decía Adela. Mejor que ninguna.

La historia voló por todo el bloque, gracias a la boca de Puri.

¿Has oído lo de Adela? susurraban las señoras en el banco. ¡Que tiene dos perras en casa!

Una ciega, sí, lo sé. Y la otra, recogida.

Pero dicen que la roja la alimentaba. ¡Imagínatelo!

Eso no puede ser…

Que sí, que lo ha visto Puri.

Ahora, cuando Adela las sacaba a pasear, la gente se paraba. Unos sonreían, otros hacían que no con la cabeza.

Muy bien hecho, Adela le dijo un día Julián. Eres una persona de verdad.

De verdad, la Roja. Yo sólo tuve la suerte de no mirar para otro lado.

Una tarde, tocaron a la puerta. Era una muchacha desconocida.

Hola, ¿es usted Adela Martínez?

Sí. ¿Y tú quién eres?

Me llamo Clara. Escuché hablar de tus perras. Soy veterinaria. Si quieres, reviso a Negra, sin cobrarte nada, de corazón.

Adela se quedó boquiabierta.

¿Gratis?

Sí, de verdad. Es mi manera de ayudar.

Clara examinó a Negra con suma calma. Luego sentenció:

Es mayor, y está enferma. La vista no la recuperará, pero puede vivir bien si la cuidas así.

¿Cómo debo hacerlo?

La chica sacó vitaminas, medicinas para las articulaciones, pomada.

Te apunto todo para que sepas usarlo.

Dime cuánto te debo…

Nada, es mi regalo. Por lo que has hecho por ellas.

Adela se mordió los labios para no volver a llorar.

Mil gracias.

Gracias a ti dijo Clara, acariciando a Roja.

Cuando se fue, Adela se sentó en el sofá. Negra a sus pies, Roja a un lado. Por primera vez en muchísimo tiempo sintió, de verdad, que alguien la necesitaba. Y supo que eso, eso era la felicidad.

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Elena Gante
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