El precio de la soberbia
Clara, ¿puedes prestarme un par de cosas? suplicó con voz queda Lucía, cruzando el umbral del cálido piso de su hermana.
Sus ojos se detuvieron, sin quererlo, en el recibidor: espacioso, con muebles de diseñador, espejos con marcos elegantes y un puf perfecto junto a la puerta. Todo parecía sacado de la portada de una revista de decoración. Lucía sintió la punzada familiar aunque no menos amarga de la envidia: su hermana siempre lo tenía todo en orden.
Clara apareció en la puerta del salón y la miró de arriba abajo, analítica pero serena. Incluso en un sencillo conjunto de punto, durante un martes cualquiera, irradiaba esa elegancia natural que Lucía perseguía en vano desde hacía años.
Bueno, ¿qué misterio traes? preguntó Clara, apoyándose en el marco.
Lucía se acomodó nerviosa el puño de su abrigo, que aunque no era nuevo seguía en buen estado. Procuró no pensar en el cuadro caro del pasillo, ni en la impecable limpieza del espacio, ni en el aroma a café recién molido que lo inundaba todo.
Es una tontería… murmuró, centrándose en su petición.
Clara mantenía la mirada fija, y Lucía comprendió enseguida que no se libraría con evasivas. Soltó un largo suspiro y, de golpe, soltó:
El sábado tenemos reunión de antiguos alumnos. ¡No puedo faltar! Y tengo que ir impoluta, ¿entiendes? Quiero que todos crean que tengo la vida perfecta, que he triunfado.
¿Para qué? replicó Clara, girándose. ¿Por qué esforzarte por gente con la que ni hablas, de una ciudad distinta, a la que dudo que vuelvas a ver en tu día a día? Si vives en otra provincia
Lucía se pasó una mano por el pelo, sintiendo el deseo intenso de tener una cocina como aquella con barra americana, electrodomésticos integrados y lámparas colgantes de diseño y de poder saborear un café lento en un entorno bonito.
¡No lo entiendes! estalló de pronto. Para mí es crucial, necesito que vean que he conseguido todo. Que nadie piense que no he llegado a nada.
Guardó silencio al notar cómo la invadía la envidia mirando a Clara, que parecía ni siquiera advertirlo, o quizá sólo le restaba importancia.
¿De verdad quieres fingir ser otra persona? preguntó Clara, sentándose sin brusquedad. ¿Crees que vas a impresionar a alguien así?
No va de eso negó Lucía. Solo deseo que piensen que mis sueños se han hecho realidad.
Bueno por fin suspiró su hermana, veamos qué puedo prestarte. Pero prométemelo: será la última vez que trates de vender una imagen que no es la tuya. No es como decirlo, no es decente.
¡Tú no te enteras!
Y Lucía comenzó a desgranar su historia…
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Durante el bachillerato, Lucía fue la verdadera estrella de la clase, y todos lo reconocían. Por los pasillos siempre iba acompañada de un séquito de chicos; todos querían captar por un momento su atención. Los profesores, sin proponérselo, se ablandaban ante su cara melancólica y su mirada suave, casi magnética. Sus padres no sabían decirle que no: con levantar la ceja o suspirar levemente, conseguía lo que pretendía.
Se habituó a tenerlo todo: si quería las zapatillas recién llegadas a Madrid, su madre se las conseguía al día siguiente. Si aparecía un chico nuevo y atractivo, al poco ya la acompañaba a casa. Todo se volvía una especie de prueba: ¿hasta dónde llegaría, qué límites podía cruzar, cuántos deseos podía ver cumplidos?
“Porque puedo”, se repetía como mantra. La frase se le convirtió en lema, justificación para todo. Si una amiga se fijaba en el mismo chico, entraba en competencia sin dudar y casi siempre salía ganando. No era amor lo que sentía, más bien un reto: ¿a ver si me escoges a mí? Y el resultado solía ser favorable.
Poco a poco, las amigas de siempre comenzaron a distanciarse. Una dejó de invitarla, otra hizo nuevas amigas. Pero Lucía lo asumía: siempre encontraría gente pendiente de quedar bien con ella, deseando entrar en su círculo. Y si no jugaban bajo sus reglas, no merecían su presencia.
En la fiesta de graduación se sintió reina de la noche. Salón decorado con guirnaldas y globos, ambiente de fiesta y todos girando en torno a ella, esperando cada palabra, cada mirada. Lucía estaba justo donde quería: en el centro.
Envalentonada por tanta admiración, se pasó de la raya. Cuando la conversación giró a los recuerdos del instituto, soltó sin filtro reproches, viejas pullas e incluso comentarios crueles sobre el físico de algunas compañeras. Las frases le salían solas, alimentada por la expectación: a ver cómo reaccionaban, si se defendían.
¡Lo mío será de ensueño! proclamó Lucía, altiva, alzando la cabeza y recorriendo con la mirada a las demás. Su tono indicaba que aquel espléndido futuro estaba ya estrenándose.
Se detuvo un instante, saboreando cada mirada, para continuar aún con más ansia:
Ya me lo imagino: un marido rico que me cumpla cualquier antojo, un chalet enorme con servicio, quizá mi propio negocio Aunque ni eso: pienso vivir sin trabajar. Todo llegará sin esfuerzo: dinero, lujo, admiración, todo será mío.
En sus ojos brillaba la ambición, y una sonrisa ufana se dibujaba en su cara. Lucía visualizaba grandes lámparas, coches nuevos y cenas en restaurantes exclusivos.
¡Y vosotras a saber! Cambiando de tono, se dirigió a una muchacha modesta, la empollona de la clase, siempre en primera fila y tomando buenos apuntes. Tú terminarás dando clases en algún pueblecito, o fregando suelos en una tienda. Es lo tuyo, porque eres invisible. Tu marido será un operario que llegará borracho y te dará una paliza.
Los pronósticos salían con sorna, celebrando su propia excepcionalidad.
Y sin esperar respuesta, se volvió a otra:
¿Y tú? Currando en una oficina cualquiera, haciendo cuentas, soñando con un vestido nuevo Jamás tendrás lo que yo voy a conseguir.
Lucía siguió repartiendo maldiciones, una detrás de otra, cada cual más agria: que si vivirían hacinadas en un piso, que si sólo serían esposas sin futuro profesional Y siempre salpicando los augurios de bromas hirientes.
Algunas bajaban la cabeza, otras intentaban disimular con una sonrisa, pero el ambiente estaba claramente tenso: Lucía hería de verdad.
Ella, en cambio, se regodeaba con el efecto, viendo cómo incluso los chicos reían con ella, por no quedar fuera del grupo.
Y así selló la noche.
Al elegir carrera, decidió ir a la Universidad Complutense de Madrid. No tanto por vocación, sino porque le parecía lo más exclusivo: prestigio, más oportunidades, el mejor ambiente. Madrid parecía el lugar perfecto para encontrar pareja entre jóvenes de familias acomodadas, empresarios e hijos de políticos. Además, tenía el piso de la abuela cerca de Chamberí, lo que le ahorraba compartir piso o residencia: ventaja sobre las demás.
Al principio, todo marchó como soñaba. Amuebló su casa con detalle, se hizo de nuevas amistades, salía a menudo. Llamaba la atención en fiestas; mantenía la sonrisa, el aspecto impecable y las maneras de quien se sabe especial. Estaba convencida de que pronto encontraría un novio a la altura.
Pero al llegar las clases, la realidad la golpeó. Las asignaturas eran exigentes; las prácticas y los exámenes, serios. Lucía estaba acostumbrada a obtener lo que quería sin grandes esfuerzos y aquí no le servía su encanto natural. Aplazaba tareas, faltaba a clase pensando que podría salir del paso improvisando.
Y en el primer cuatrimestre lo pagó: suspendió en casi todas las materias. Los profesores, que al principio la trataban con cierta simpatía, se volvieron exigentes: O te pones en serio o tendrás que dejarlo. Y Lucía notó, por primera vez, cómo su seguridad se diluía.
Se dio cuenta de golpe: la infancia había terminado. Ya no era la más guapa ni la más lista. Las otras estudiantes eran tan brillantes como ella, y además trabajadoras, resolutivas, con proyectos de futuro bien claros. Ella seguía anclada en la imagen del pasado
Eso la sacudió, pero no lo suficiente para cambiar realmente. En lugar de centrarse en aprobar, Lucía se fijó otra meta: encontrar marido. Antes de que pase mi momento, pensaba, sintiendo que su esplendor tenía fecha de caducidad.
Aumentó los encuentros, salía con hombres mayores, se arreglaba lo máximo En las conversaciones insinuaba temas de boda, familia, estabilidad. Pero cuanto más denotaba su prisa, más inseguridad transmitía, y eso alejaba a los interesados.
Finalmente, creyó dar con el candidato perfecto.
Ese hombre, llamado Álvaro, era hijo único de una familia influyente: ellos tenían clínicas privadas, vivían en la Moraleja y se codeaban con gente importante. Álvaro era discreto y educado, con estudios en Londres y puesto en la empresa familiar.
No era guapo de película: bajito, algo rechoncho y con cierta timidez. Pero eso a Lucía no le importaba. ¿Para qué quiero un Adonis? Con él tendré casa, posición y libertad, pensaba. Se visualizaba como señora de chalet, asistiendo a recepciones y viajando por Europa.
Lucía ideó su estrategia. Primero, aparecer en los lugares que frecuentaba Álvaro: cafeterías de moda, el gimnasio del barrio. Después, mostrar su lado más brillante: ingenio, saber estar, simpatía. Elegía la ropa con esmero, cuidaba cada palabra y gesto.
Poco a poco, consiguió acercarse a Álvaro. Entablaron amistad, salieron por Madrid, iban a restaurantes. Álvaro parecía interesado; Lucía dejaba caer sus ideas sobre el valor de la familia, y sobre lo bonito que sería tener una pareja de verdad.
No contó con que la familia de Álvaro valoraba el origen y las referencias sociales. Cuando él mencionó a Lucía, su madre arqueó las cejas:
¿Y de dónde sale esta chica? ¿A qué se dedica su familia?
Bueno estudia. Sus padres son normales, de una pequeña ciudad de Castilla y León contestó Álvaro.
¿Normales? ¿Sabes lo que significa nuestro apellido? Nos movemos en un mundo donde importan la reputación y las tradiciones. ¿Te gustaría que alguien dijera: El hijo de los de la clínica se casa con una cualquiera, sin clase ni relaciones?
Intentó que su madre entrara en razón:
Pero es lista, simpática
Listas hay a montones zanjó ella. Queremos alguien de nuestro ambiente, no problemas.
Mientras tanto, Lucía ya fantaseaba con presentarle a sus padres, comprar juntos un piso Hasta que un día Álvaro la citó para hablar “serio”.
En la cafetería, él estaba tenso. Tardó en soltarlo:
Mis padres no ven bien lo nuestro, dicen que venimos de mundos distintos.
Lucía sintió que se le helaba el cuerpo, pero forzó una sonrisa:
¿Y eso importa? Somos adultos, elegimos nosotros.
Para ellos sí dijo Álvaro, resignado. Incluso ya tienen otra candidata para mí. No quiero enfrentarme a mi familia. Lo siento.
Lucía se quedó sola en la mesa, mirando el vaso vacío. No lloró: era más cabreo, decepción seca.
“¿Por qué? Lo había hecho todo bien. ¡Todo! Si por lo menos hubiese conseguido quedarme embarazada, no me dejaría.”
Pero lo peor estaba por llegar. Semanas después corrió el rumor entre los círculos de posibles pretendientes: que iba buscando hombres adinerados, que había usado a Álvaro por interés. Y esas habladurías volaban de boca en boca.
Al volver a aparecer por bares y fiestas, notaba las miradas, los cuchicheos tras su espalda y las sonrisas tensas. Alguno de los que antes coqueteaba ahora pasaba de largo, como temeroso de acercarse.
Lucía fingía estar por encima de todo, pero sabía que su reputación se había venido abajo. Al menos, en aquellos ambientes.
Volver al pueblo nunca fue opción: significaría perder. Llevaba años contándole a sus padres lo bien que le iba en Madrid: que sacaba matrículas, tenía prácticas en una multinacional, y hasta le rondaba un novio excelente.
Sus padres, orgullosos, repetían sus éxitos a familiares y amigos. Lucía imaginaba sus caras relucientes y eso la forzaba a continuar la mentira. No soportaba la idea de decepcionarles. No sabría cómo explicarles la realidad.
La única que conocía la verdad era Clara. Lo descubrió en una visita inesperada.
Vuelve, aquí no harás nada. Confiesa a mamá y papá que mentiste en todo le dijo muy seria Clara.
Lucía se irguió, seca, y contestó:
¿Reconocer una mentira? ¡Jamás! Voy a luchar y a triunfar como sea.
Y en ese momento, de verdad lo creía. Seguía yendo a citas, buscando contactos, intentando colarse en nuevas amistades. Pero los años pasaban y el marido rico no aparecía. Los pocos interesados se iban pronto, hartos de sus expectativas y exigencias.
Mientras tanto, el dinero de la abuela lo poco que quedaba aparte del piso se iba acabando. Primero Lucía intentó ahorrar. Luego cortó cafés, ropa nueva, gimnasio. Pero las facturas subían. Al final, tras contar los últimos euros, tuvo que doblarse y buscar trabajo. Quería algo acorde a su nivel, pero sin titulo universitario ni experiencia, solo recibía negativas.
Y así la antigua reina del instituto terminó contratada de cajera en un supermercado. Al principio, le costó horrores. A cada cliente sentía la vergüenza de que la reconocieran, oír comentarios sobre lo bien que estaba para ese puesto, obligándose a sonreír, pasar productos, y despedirse con amabilidad.
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¡Y ayer me llegó la invitación para la reunión de antiguos alumnos! remató Lucía, casi enfadada. ¡No puedo faltar! Si no, pensarán que estoy fatal y que me da vergüenza.
Clara dejó la cuchara con la que acababa de remover el té y miró atentamente a su hermana. Había una duda en sus ojos, pero no juzgó de inmediato.
¿No crees que ya saben la verdad y te han invitado solo para ridiculizarte? insinuó con cautela. ¿Recuerdas lo que dijiste en el baile de fin de curso?
Lucía levantó la cabeza de golpe y se sonrojó.
¡Tonterías! bufó, apartando la mano como si ahuyentara a una mosca. Lo disimulo todo muy bien. Nadie lo sabe seguro. Solo tengo que aparecer y marcar territorio, que sepan quién manda.
Clara se recostó, acariciando el borde de la taza. Algo no cuadraba en toda esa historia. ¿Para qué invitar a alguien así, que sólo había sabido ridiculizar y pasar por encima de las demás? ¿De verdad esperaban reconciliarse con quien tantas heridas había causado?
Pero no lo expresó. Sabía que Lucía haría lo que le diera la gana, y ya se enfrentaría luego a la realidad.
Bueno asintió Clara. Si decides ir, adelante. Pero piensa si sabrás encajar lo que pueda pasar.
¿Y qué va a pasar? se enfadó Lucía. Llevaré el mejor conjunto, me peinaré Nadie notará nada de mi vida actual.
Vale. Si necesitas ayuda con la ropa o el pelo, ya sabes.
Lucía suspiró, casi aliviada.
Gracias respondió. Necesito tu opinión. Debo estar impecable; no pueden notar nada.
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Lucía salió corriendo del restaurante, lágrimas emborrando su rímel. El aire frío de la noche le azotó el rostro, pero avanzaba a trompicones, como si los pasos no fuesen suyos. En su cabeza resonaba un reproche: ¡Clara tenía razón! No debí venir nunca
Al principio, todo pintaba bien. Nada más entrar al salón, las miradas se tornaron hacia Lucía. Había planeado cada gesto: paso lento, sonrisa segura, un vistazo displicente al móvil. Todo tenía que transmitir que era una mujer ocupada que había hecho un hueco solo por cortesía.
Se acopló pronto a un grupo poco allegado del colegio. Y se lanzó a relatar su vida ficticia: marido empresario ahora de viaje en Bruselas; un chalet con jardín de rosas en Pozuelo; veraneos en la Costa Brava. Lucía se perdió en su mentira sin notar los gestos: las miradas cómplices, las sonrisas tapadas, el escepticismo contenido de las excompañeras.
Se sintió la reina Hasta que alguien se atrevió a decir:
Oye, que yo vi a Lucía hace poco… anunció un excompañero en voz alta, y lo que cuenta no se parece a su realidad.
Se hizo el silencio. Lucía intentó esbozar una sonrisa que simplemente no salió.
Sí, sí intervino una antigua compañera, mostrando su móvil. Tengo fotos. Nos cruzamos hace unas semanas.
Y empezó lo peor. En una pantalla grande, alguien conectó el móvil, mientras iban saliendo varias fotos de la auténtica Lucía.
Ahí estaba, tras la caja del súper, forzando una sonrisa ante un cliente malhumorado, en uniforme y con la chapa de nombre. Después, inclinada ante un stand del descuento, pensando qué podía comprarse con el sueldo. Luego, subiendo al bus con una bolsa de la compra. Y por último la más humillante, con bolsas pesadas, entrando en un portal antiguo y oscuro.
Primero alguien se rió. Luego otro. Creció la carcajada. Alguien soltó: ¡Y presumía de vivir en un chalet! Otro añadió: El marido empresario será el reponedor del súper
Lucía sintió que se deshacía. No es que lo suyo fuera tan diferente de la vida de otros, pero hacía apenas minutos había mentido sin pudor sobre lujos irreales. Y las imágenes desnudaban sin piedad su farsa.
No esperó a más: giró en redondo y salió corriendo. No oyó los gritos que la perseguían, ni supo quién trató de impedírselo. Solo el frío de la noche y las lágrimas descendiendo por su cara.
En su huida chocó con un hombre. Estuvo a punto de caer.
¿Está usted bien? preguntó el desconocido con voz sincera y amable. Lucía se detuvo, paralizada por tanta honestidad.
Alzó la mirada: era un hombre corriente, en abrigo sencillo, con una bolsa del Carrefour. Pero sus ojos mostraban auténtico interés. Y el muro de Lucía se resquebrajó.
No apenas susurró, dejándose llevar por el llanto. Mi prometido me dejó antes de la boda
Nada en la vida la había hecho aprender de verdad…







