Cómo Tania se convirtió en madre gracias a la bondad de su corazón…

Cómo Lucía se convirtió en madre gracias a su bondad…

Lucía entró en el portal del bloque y, al acercarse a la puerta de su piso en Madrid, vio una caja. Sorprendida, se acercó y miró dentro. Dentro, acurrucados, había un perro y un gato. Los dos la observaban temblorosos y asustados.

¿Y esto? ¿Quiénes sois? preguntó Lucía, como si los pobres animales pudieran contestar.

En ese momento, la puerta del piso de al lado se abrió y apareció la vecina, doña Rita.

Ay, Lucía, buenas tardes. Qué cosas ¿Sabes que Carmen, la del segundo, falleció? Pues al final su sobrina no se ha encargado de los animales.

Ha preguntado a todo el mundo, pero nadie los quiere. Yo tengo mi propio gato y no tolera a otros, y otros vecinos tienen alergia… ¿Tú con Mario no te animarías? No tenéis hijos, todavía sois jóvenes y os va bien.

Es que nunca nos habíamos planteado tener animales, y menos dos de golpe… respondió Lucía, algo desconcertada.

No conviene separarlos, pobrecitos. Están muy unidos. Siempre dormían juntos. Carmen paseaba al perro y el gato salía por su cuenta al jardín, no dan mucha guerra…

¿No os animáis? insistió doña Rita con voz compasiva.

¿Y si no los cogemos? preguntó Lucía. ¿Qué será de ellos?

Pues decían que los iban a llevar a sacrificar. Ya tienen la caja y todo preparada El piso se ha vendido casi, y los nuevos dueños no quieren saber nada comentó la vecina.

En ese momento entró un hombre al portal y miró a Lucía. También asintió hacia la caja:

¿No os los quedaríais? Son tranquilos y apenas comen. Ya son mayores, no les quedará mucho… Nadie los quiere Sería una pena, la tía los adoraba.

Vale, está bien. No puedo soportar la idea de que los sacrifiquen. ¿Cómo se llaman? Llevamos aquí solo dos años y conocemos a poca gente… dijo Lucía. El hombre sonrió agradecido y metió la caja en el recibidor de Lucía y Mario.

El perro es Bruno y el gato, Gaspar. Muchísimas gracias… dejó encima de la consola del pasillo un billete de cincuenta euros y una correa. Esto para los primeros días, al menos. De corazón, gracias…

Lucía cerró la puerta y se quitó el abrigo. Luego se agachó para hablar con sus inesperados huéspedes.

Bueno, chicos. Mario se va a quedar sorprendido. Menuda sorpresa se lleva. Espero que no nos eche a todos de casa… Pero es buenazo, seguro que se adapta… les hablaba Lucía en tono tranquilo.

No os preocupéis, chicos, aquí nadie os va a hacer daño. ¿A sacrificaros? ¡Qué barbaridad!

El gato pareció entender y, con cuidado, salió de la caja para empezar a explorar el piso. El perro permaneció un rato más quieto, mirando cómo Lucía y su peludo compañero se movían por la casa.

Lucía fue a la cocina y miró en el frigorífico. Evidentemente, no tenía nada de comida de animales, pero coció arroz, le puso un poco de carne y pensó que aquello sería suficiente para los dos.

Para su alegría, tras recorrer el piso, el gato apareció en la cocina dispuesto a probar el arroz que Lucía había puesto en un cuenco grande. Invitó también a Bruno, que al principio no quería acercarse, pero al ver a Gaspar comiendo con ganas, se acercó y miró a Lucía con ojillos tristes.

Al poco, llegó Mario, el marido de Lucía. Se quedó realmente sorprendido, pero juntos decidieron buscar, por si acaso, un hogar más espacioso para ellos, a poder ser, una casa con jardín.

Lucía y Mario llevaban casados cuatro años. Hacía dos que se habían mudado a ese piso en el barrio de Chamberí. Se querían y vivían tranquilos, casi nunca discutían. Solo la falta de hijos les ensombrecía el matrimonio.

Pero si eres una maniática del orden, nunca quisiste animales… se sorprendía Mario.

Yo pensaba que tendríamos un niño, pero mira, ellos están aquí. Es que no puedo soportar lo de sacrificarlos… Perdóname… a Lucía se le llenaron los ojos de lágrimas.

A mí me encantan los animales también. Bueno, pues qué le vamos a hacer, cuidaremos de ellos y ya está. Mañana en el trabajo pregunto si alguno se los puede quedar le dio un abrazo Mario.

Desde ese día, la vida en casa cambió. El gato y el perro se adaptaron enseguida. De hecho, su antiguo piso estaba justo encima de Lucía y Mario. El edificio y el patio eran los de siempre.

Sois unos campeones les decía Lucía, como si hubierais vivido aquí de siempre

Sacaba a pasear a Bruno tres veces al día y el gato salía de excursión por la ventana, volviendo por el mismo sitio, cosa que agradecía Lucía porque así era muy cómodo.

Doña Rita estaba feliz de que Lucía se hubiera quedado con los animales y colaboraba a su manera: traía huesos del cocido para Bruno y dejaba restos de arroz para Gaspar.

Por las tardes, Mario y Lucía se reían a carcajadas viendo al gato jugando con nuevos juguetes y al perro soñando plácidamente en su camita nueva.

Ambos dormían siempre juntos, se querían mucho y la pareja comprendió que no era buena idea separarlos.

Al cabo de unos meses, Lucía y Mario decidieron que no buscarían más dueño para los animales: se habían acostumbrado tanto a ellos, que no soportarían separarse.

Los fines de semana venía a menudo la madre de Lucía, que vivía en la calle de al lado. También acabó cogiéndoles cariño, aún habiéndose extrañado al principio por la adquisición de su hija.

Yo me quedaría con el gato, pero como vivo en un tercero y está tan acostumbrado a salir comentaba a su hija.

Pero Lucía siempre le contestaba:

No, mamá, tú mejor ven cuando nos vayamos de vacaciones, así les cuidas y riegas las plantas. Eso sí nos hará falta.

Llegó el verano y se fueron unos días a la playa. Lucía llamaba a su madre casi a diario, pendiente de los peludos.

Están genial, se portan muy bien, comen, duermen juntos y cada día paseamos por el patio. Disfrutad vosotros le tranquilizaba su madre.

Cuando Lucía y Mario volvieron, se sorprendieron de cómo les recibieron Bruno y Gaspar. El perro movía el rabo, saltaba y gemía de la emoción.

El gato, tras la efusiva bienvenida del perro, fue directo a Mario y comenzó a restregarse ronroneando por sus piernas.

Vaya, parece que nuestros peludos nos quieren de verdad decía feliz Mario. Lucía acarició a Bruno y se puso a darles de comer enseguida.

Ahora se levantaba antes para sacar a pasear a Bruno y alimentarles tras el paseo.

Meses después, Lucía, emocionada, le dio a Mario la noticia de que por fin esperaban un hijo. Fue un momento largamente esperado y de enorme felicidad.

La madre de Lucía se lo decía siempre:

No me extraña que el destino te pusiera por delante a Bruno y Gaspar. Como una prueba del Cielo de tu capacidad para cuidar y querer, hija. Y mira, ahora te ha recompensado la vida, ya hay que prepararse para la maternidad.

Sí, mamá, puede ser. Aunque no creo yo mucho en supersticiones, la verdad Pero la mejor preparación para ser madre han sido estos meses con mis peludos.

Limpiar, cuidar, atender, mimar Son como niños, hija.

¿Quieres que me los lleve yo, así te será más fácil con el bebé? sugirió su madre.

No, mamá, qué va. Podemos con todo. Nadie nos estorba. Es más, tú ven y así paseas al bebé por el patio mientras duerme, o te quedas en casa un ratito.

Se abrazaron.

El embarazo de Lucía fue muy bien y cuando llegó el niño, Mario estaba loquísimo de alegría, igual que Lucía y toda la familia.

Bruno, por su edad y carácter bonachón, ni ladraba casi. Gaspar no causaba ninguna molestia, y en los meses de calor pasaba el día vageando por el jardín o subido al tilo del patio. Vivían todos en armonía, la familia ya estaba al completo.

Y las vecinas, con la inestimable ayuda de doña Rita, contaban la historia de cómo Lucía se convirtió en madre gracias a su bondad por todas las calles del barrio.

La historia se extendía como ejemplo de que el universo sí nos devuelve lo que damos de corazón.

¿Y tú, qué opinas? ¿Crees que doña Rita tiene razón? Déjamelo en los comentarios y si te ha gustado, dale al me gusta.

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Elena Gante
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