Semen llegó al pueblo para visitar a su tía, la hermana mayor de su madre, a quien ella le pidió que cuidara antes de fallecer.

Hoy he vuelto a escribir en mi diario, después de un viaje que me ha removido mucho por dentro. Hace unos días, viajé al pequeño pueblo de San Vicente para ver a mi tía mayor, la hermana de mi madre. Fue la última petición que me hizo mamá antes de fallecer: que cuidara de su hermana María Ángeles.

Mi tía Ángeles es menuda y mayor. Ya le he propuesto en más de una ocasión venirse a vivir a Madrid con nosotros. Allí tendría su propia habitación, podría salir al jardín, y además hay otras señoras con quienes hacer migas y pasar los días charlando. Pero ella, testaruda como es, no quiere dejar su casita de toda la vida.

Así que cada tres meses, me las arreglo para coger cinco días libres sin sueldo en el trabajo, monto en el AVE y vengo a verla. Perder dos días en el viaje ya se ha convertido en rutina, y los otros tres los dedico a ayudarle con la casa, hacer compras y arreglar el huerto. Por suerte, como jefe del departamento y con mi mejor amigo como director general, puedo permitirme estos respiros cortos.

Este año, con la locura que fue la primavera en la empresa, no pude venir en marzo y tuve que atrasarlo hasta finales de abril. Al llegar, descubrí que la tía había empeorado mucho tras el invierno. La vecina de siempre, Carmen, me contó que dos veces llamaron a la ambulancia.

¿Y por qué no me avisaste? le recriminé. Te llamé varias veces y tú siempre decías que estaba bien.

Es que me hizo prometerle que no te agobiara me respondió Carmen encogiéndose de hombros. Dijo que cuando ella faltara, ya te avisaríamos.

Ese día fui al ultramarinos, a comprarle la lista habitual: azúcar, sal, arroz, lentejas, latas de atún, leche condensada… Al volver, vi un cachorro de pastor alemán, no tendría ni cinco meses, sentado junto al portal.

El animalito tenía una cabeza grandota y el hocico algo alargado, curioso de ver.

Tía Ángeles, ¿de dónde ha salido este cachorro?

Se me coló hace un mes. Abrí la cancela y allí estaba, tiritando de frío y todo huesos. Lo he ido recuperando a base de buenas comidas. Lo tengo para que me haga compañía.

Le acaricié la cabeza y él se acurrucó, muy confiado, poniéndome el hocico en la rodilla. Desde niño he querido tener perro, pero en casa nunca me dejaron. Ahora tampoco es fácil: mi mujer, Cayetana, tuvo una gata una vez pero se perdió tras tres años, y como no tenemos hijos, solemos viajar mucho. Ya nos hemos acostumbrado.

¿Cómo se llama tu nuevo amigo? pregunté.

Le puse Colmillo. Así se llamaba mi gato.

Me eché a reír.

¿Pero es normal llamar a un perro con nombre de gato?

¿Qué más da? Se le nota que le gusta dijo ella.

Colmillo no se separó de mí ni un momento mientras estuve allí. Antes de irme, le pedí a mi tía que no me ocultara nada si se encontraba mal, que llamara cuando necesitara medicinas y que no fuera orgullosa. No me molestas, tía, eres mi familia, le insistí.

Ya te tengo demasiado atareado me contestó suspirando. Pero, hijo, no queda mucho tiempo.

No diga eso, tía Ángeles. Viva todo lo que pueda; soy yo el que agradece venir.

¿Puedo pedirte una cosa más? Si yo falto, no abandones a Colmillo. Es un alma buena.

Claro. Si pasa algo, le buscaré un hogar.

No. Prométeme que te lo llevas contigo. Creo que no ha llegado a mi puerta por casualidad.

El perro, como si entendiera, se arrimó aún más y me miró intenso.

Vale, tía. Me lo llevo, lo prometo.

Un mes después, falleció mi tía. La enterramos y guardé el luto con los vecinos. Después, llevé a Colmillo al cementerio y nos despedimos juntos.

Llegó el día de marcharnos a la ciudad. Compré bozal y correa y fuimos a la estación de Alcalá de Henares para volver a Madrid.

Adquirí dos billetes en el vagón donde permitían mascotas. Al entrar en el compartimento, Colmillo se erizó y gruñó al hombre que había sentado junto a la ventana.

El tipo, mirando a Colmillo, soltó:

¡Menudos locos, andan viajando con lobos ahora!

Oye, cálmate le repliqué. Es un perro, es Colmillo.

¡Ese es un lobo de verdad! Yo soy cazador y conozco bien a esos bichos.

Colmillo mostró los dientes.

Saca a ese monstruo o lo mato aquí mismo.

Mejor cállate y déjanos en paz si quieres llegar entero a tu parada.

Al final, el hombre prefirió irse al pasillo.

Nos quedamos solos. Miré a Colmillo y, como si pudiera contestarme, le pregunté en voz baja:

¿Colmillo, eres de verdad un lobo? Él me puso el hocico en la rodilla y meneó el rabo. Da igual, seas lo que seas, eres magnífico.

Al rato, se asomó la revisora.

¿Qué, lleváis un lobo o un pastor alemán?

¿Le ha liado ese individuo de fuera? Vamos, señora, que es una raza especial de pastor, de rastreo.

Entiendo. ¿Tiene papeles?

Claro, los tengo… Uy, creo que me los dejé en la taquilla al comprar el billete. Si no los tuviera, no me hubieran vendido el billete, ¿verdad?

Exactamente dijo ella, sin más.

La realidad es que la hija de Carmen, la vecina, era la que estaba en taquillas. Así que no hubo problemas.

Al llegar a Madrid, llevé a Colmillo al veterinario del barrio. La doctora, nada más verlo, preguntó:

¿Sois del circo?

¿Por qué dice eso?

Porque traes un lobo.

Bueno, es de pueblo, pero era el perro de mi tía recién fallecida. Cumplo su última voluntad al cuidarlo.

La veterinaria se acercó, examinó bien y aseguró:

Es un híbrido: mitad lobo, mitad pastor alemán. Son animales fieles, nobles y tranquilos. No te preocupes. Vamos a registrarlo y ponerle unas vacunas, para que todo esté en regla.

Cayetana, mi esposa, se encariñó en seguida con Colmillo. Ella misma se encargaba de bañarlo, darle la comida y sacarlo.

Pasaron unos diez meses. Ya en invierno, en plenas fiestas, Cayetana decidió salir a pasear con Colmillo por el parque de El Retiro, que pilla a diez minutos de casa. Había oscurecido y las calles estaban vacías.

De repente, Colmillo se tensó, puso las orejas en guardia y salió disparado hacia la oscuridad. Cayetana lo llamó una y otra vez, pero estuvo desaparecido unos cinco o siete minutos. Cuando ella ya iba a llamarme, vio venir a Colmillo, que traía un bulto en la boca, arrastrándolo con dificultad.

Corrió hacia él y descubrió que era un recién nacido, vivo. Aunque ella es médico, llamó enseguida al 112 y a la Policía. Ambos servicios llegaron rápido. No pudo acompañarles porque tenía a Colmillo, pero tras dejarle en casa nos fuimos corriendo a la comisaría.

Allí nos comunicaron que era una niña, de un mes, sana y fuerte. Traía una nota: se llamaba Inés y su madre pedía que la cuidaran buenas personas. Cayetana, nada más verla, se enamoró de la pequeña.

Nos miramos mi mujer y yo. Yo supe al instante lo que ella ansiaba y asentí. Se lo dijo al funcionario: Quiero adoptarla. Soy médico y podemos darle un buen hogar.

A los dos meses, Inés, la niña que nos buscó Colmillo, vivía ya con nosotros.

Mientras la vida sigue, pienso en todo lo que ha sucedido. Entendí, al mirar a mi hija y al perro tumbado a sus pies, que hay encuentros que no son fruto del azar. Aprendí que el cariño y la lealtad, humanos o animales, siempre acaban por curar las viejas heridas.

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Elena Gante
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Semen llegó al pueblo para visitar a su tía, la hermana mayor de su madre, a quien ella le pidió que cuidara antes de fallecer.
The Girl They Laughed At Held the Key to Their Future