Simplemente seguir adelante

Simplemente seguir adelante

Marina, una niña pequeña y traviesa con dos coletas que salían alborotadas en direcciones opuestas, corría por la amplia y luminosa terraza del chalé familiar en las afueras de Segovia. Sus ojos brillaban de alegría y en sus mejillas se dibujaba un rubor sano, fruto de los juegos al sol de la tarde. Al ver cómo el amigo mayor de su hermano se dirigía tranquilamente hacia la puerta, Marina se paró en seco, aún jadeando, y salió disparada tras él.

Sin mediar palabra, se encaramó a él y le aferró la mano con sus pequeños dedos cálidos. Alzó la mirada con esa sinceridad infantil tan desarmante y soltó una carcajada cristalina:

¡No te soltaré nunca! Cuando sea mayor, me casaré contigo, ¡prometido! Solo espérame, ¿vale?

El joven se quedó un instante perplejo, con las cejas arqueadas por sorpresa, hasta que su rostro se iluminó con una sonrisa entrañable. Contempló a la pequeña revoltosa con ternura y algo de asombro. Con tono amable y desenfadado, bromeó:

Te esperaré.

Acto seguido, desordenó cariñosamente el cabello de Marina, haciendo que sus coletas se despeinaran aún más. Ella entornó los ojos un segundo, pero enseguida volvió a sonreír y se agarró con más fuerza.

Mientras tanto prosiguió el chico, agachándose un poco para quedar a su altura, estudia mucho y hazle caso a tus padres. Para que algún día puedas ser digna de llamarte mi prometida.

Su voz no tenía nada de rigor; transmitía esa calidez especial que los adultos reservan a los niños que les son especialmente queridos. Marina pareció meditarlo de verdad, como valorando seriamente aquellas palabras, y después asintió enérgicamente apretando aún más su mano:

¡Vale! ¡Seré la mejor!

En el aire flotaba esa ligereza de los días de verano, impregnada de risas, luz y sueños infantiles que por un instante parecen tan a mano, tan reales…

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Tiempo después, Marina hojeaba distraídamente el libro de matemáticas en su habitación. Fuera, el atardecer convertía el cielo de Segovia en una promesa de noche tranquila y la casa, normalmente animada, estaba envuelta en un silencio poco habitual, roto apenas por los murmullos de otra estancia. A través de la puerta entreabierta se colaba la voz viva de su hermano Nico, que hablaba por teléfono.

Marina afinó el oído y se arrimó más a la puerta, tratando de entender la conversación. En cuanto percibió el nombre de Jaime, su corazón se aceleró. Se concentró aún más, captando frases sobre encuentros, sobre una cafetería, sobre su sonrisa… No le cupo duda: hablaban de la nueva novia de Jaime.

Casi sin darse cuenta, Marina se levantó y se deslizó de puntillas hacia la puerta de la habitación de Nico, apoyando un oído contra la madera fresca. Cada palabra le arrancaba un pellizco interno, pero se negaba a rendirse a los malos pensamientos. A lo mejor no va por ahí, se esforzaba en convencerse.

Cuando Nico colgó y salió al pasillo, Marina se incorporó de golpe, como si la hubieran sorprendido haciendo algo prohibido. Ya era tarde: su hermano la había visto.

¿A Jaime le gusta otra chica? disparó Marina sin esperar preguntas, intentando sonar despreocupada aunque la voz le temblaba.

Nico la escudriñó unos segundos antes de suspirar. Su mirada era más de comprensión y cansancio que de reproche; hacía tiempo que se había dado cuenta de cómo su hermana miraba a su amigo, cómo se le iluminaba la cara al oír su nombre y cómo le espiaba las fotos por las redes.

¿Otra vez con lo mismo? bufó apoyándose en el marco de la puerta. Marina, tienes ya dieciséis años. Deberías superar este enamoramiento, ¿no? Solo es un capricho de niña.

La joven levantó la barbilla con aire desafiante y en sus ojos se encendió una chispa obstinada. Cruzó los brazos, haciendo ver que no había nada que la hiciese cambiar de idea.

¡Nunca! negó enérgicamente, haciendo que sus rizos dorados saltaran en el aire. ¡Tú no lo entiendes! ¡Me va a querer, ya lo verás! No es un capricho de niña. Es de verdad.

Su voz sonó firme e incluso algo retadora, aunque en el fondo trataba de convencerse también a sí misma. Recordó las miradas furtivas de Jaime, sus sonrisas tímidas, los roces casi casuales, y guardó todos esos recuerdos como piezas de una esperanza secreta.

Nico la contempló en silencio, consciente de que ningún razonamiento serviría de nada. Aquella pasión infantil se había convertido en algo mucho más hondo para Marina…

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Un rayo de sol se coló entre las cortinas, llenando la habitación de un resplandor dorado. Marina entró en el salón casi levitando, arrastrada por un vendaval de alegría. Su rostro brillaba tanto que hasta la mañana parecía apagarse a su lado, y la sonrisa era tan ancha que le tiraba de las mejillas.

Sin ni siquiera recuperar el aliento, corrió hacia su hermano, que estaba sentado tranquilamente tomando café y hojeando su móvil.

¡Me ha pedido salir! exclamó Marina, rebosante de felicidad. Su voz tintineaba como una campanilla y no podía evitar apretar los puños de pura emoción. ¿Te lo imaginas? Ha venido por mi cumpleaños con una cajita con mi nombre grabado y al darme el regalo me ha dicho que, como ya soy mayor de edad, por fin podía decirme lo que sentía. ¡Jaime me quiere!

Daba pequeños saltitos, pasándose la mano por el pelo como si necesitara estar perfecta en todo momento. En sus ojos relucía tanta ilusión que incluso el aire a su alrededor parecía chisporrotear.

Nico levantó la vista del móvil y posó la taza con lentitud. Le sonrió con una calidez sincera. Llevaba meses intuyéndolo, por su hermana y por su propio amigo: últimamente Jaime le sacaba el tema a la mínima, preguntando por Marina, por sus aficiones, por las flores que le gustaban o proponiendo salidas juntos al campo.

Es tan guapa… solía decir Jaime, mirando al horizonte. Tan lista, tan buena… Ojalá cumpla los dieciocho. ¿No te importa si estamos juntos?

Siempre le contestaba: Si ella es feliz, yo feliz. Conocía a Jaime como alguien de confianza, responsable, un amigo leal. Mirando ahora a su hermana, radiante de alegría, supo que era la mejor opción posible.

Pues muchas felicidades dijo Nico, poniéndose en pie y abrazándola. Me alegro muchísimo por vosotros.

Marina se aferró a su hermano, con la sensación de no estar del todo despierta. Todo era más brillante, más amable y esperanzador. Y, como fondo, el ronroneo suave del gato calentando el alféizar, orquestaba la felicidad silenciosa de aquel instante…

*******************

Horas después, Marina permanecía sentada en un estrecho pasillo del hospital sobre una silla de plástico. Las paredes, en un color arena desvaído, y la débil luz de la noche de invierno parecían empañar cualquier esperanza. Miraba al frente, pero su mirada vagaba entre recuerdos, viendo mucho más allá del suelo cerámico y de los médicos que pasaban a toda prisa.

Sus manos caían inertes sobre las rodillas, la ropa arrugada, el pelo recogido de cualquier manera. Casi como una muñeca rota, sin ese calor y energía que la caracterizaban. Una y otra vez se repetían las últimas escenas de la víspera: ella y Jaime sentados, comentando bocetos de la decoración del banquete de bodas, discutiendo sobre el color de las cintas para el encaje blanco, él bromeando y prometiendo que todo sería perfecto Y ahora, de repente, Jaime ya no estaba.

Todo había sucedido de manera absurda y brutal. Un conductor perdiendo el control, varios coches hechos añicos. Nadie sobrevivió. Ni Jaime, ni las otras dos personas, ni el responsable del accidente. Un segundo tan solo y la vida se quebró, como un espejo cuyo reflejo futuro se hizo añicos antes de existir.

El silencio lo cortó el eco de unos pasos. Nico cruzó la esquina, pálido, con los ojos enrojecidos por las lágrimas no lloradas. Se arrodilló a su lado y la abrazó con un cuidado tembloroso, luchando por contenerse por ella.

¿Marina? musitó, como temiendo romper la frágil cuerda de su consciencia. ¿Marina, háblame por favor?

Marina volvió la cara lentamente. Sus ojos estaban secos, pero la herida que asomaba en ellos era tan honda que el corazón de Nico se encogió. Miraba como a través de él, hacia un horizonte invisible solo para ella.

¿Hablar de qué? contestó con voz sin vida, como si pronunciase palabras ajenas.

Nico tragó saliva, buscando frases que no dolieran aún más.

De lo que sea le apretó el hombro con suave insistencia. Dime lo que sientes. Llora si hace falta, Marina, no te lo guardes dentro.

Ella negó con la cabeza. Los labios le temblaron un instante antes de contestar, encogiéndose de hombros con una extraña serenidad:

No puedo. No tengo lágrimas. Ni ganas de seguir.

Sus palabras quedaron suspendidas, densas como las nubes tras los cristales. Nico cerró los ojos, tratando de ahogar el grito de impotencia. Sabía que no podía venirse abajo, tenía que ser la roca de su hermana aunque el mundo se le desmoronase.

Tras aquella noche Marina se recluyó en sí misma. Cualquier intento de comunicación resultaba inútil. Las visitas médicas tampoco lograban respuesta. Permanecía siempre inmóvil, con la mirada clavada en una esquina, como si el mundo hubiese dejado de tener sentido.

Finalmente, tras un pequeño pinchazo, el sueño venció su resistencia y poco a poco la consciencia se disolvió, sumiéndola en un letargo oscuro en el que nada ni nadie podía alcanzarla.

Al abrir los ojos, descubrió su habitación de siempre. Las cortinas, la balda repleta de novelas, la fotografía enmarcada junto a la cama… todo le resultaba familiar y al mismo tiempo extraño, como volver a una casa que se recuerda pero en la que uno ya no se reconoce.

Marina giró despacio la cabeza y vio a Nico, desgarbado, los ojos rojos y la cara sin afeitar, charlando bajito con su madre, que había vuelto apresurada del trabajo. El rostro de ella, pálido y con ojeras, solo transmitía determinación.

Me preocupa mucho alcanzó a oír Marina, aunque fingía dormir. Desde que era pequeña, siempre fue solo Jaime para ella ¿y ahora?

El tiempo cura, hija respondió la madre con voz vacilante, sabiendo que ocultaba su propia duda. Estaremos a su lado, la vigilaremos.

Marina escuchaba, pero no podía moverse ni dar señales de vida. Todo por dentro estaba vacío, como si alguien le hubiese arrancado la fuerza de vivir. Cerró los ojos, prefiriendo fingir sueño. No quería enfrentar los cuidados, ni explicar que el dolor solo cambiaba de forma, escondiéndose bajo el agotamiento.

Permanecieron un rato juntos, hasta que Nico salió despacio y la madre se sentó junto a la cama, acariciando de vez en cuando la mano de su hija con la esperanza de transmitirle un poco de coraje. La habitación se sumió en un silencio espeso, solo interrumpido por el tic-tac del reloj y la respiración entrecortada de Marina

*******************

Nueve días Cuarenta días El tiempo se arrastraba, lento y pegajoso, como la miel, adherido a cada instante. Marina apenas cambiaba de postura: sentada en la repisa de la ventana, abrazando sus piernas, mirando al jardín con la mirada perdida.

De vez en cuando, su vista se posaba en el banco de madera bajo el arce del patio. Allí, una tarde cálida de septiembre, Jaime, nervioso y confuso, le propuso matrimonio. Marina recordaba cada detalle: el temblor en sus dedos sacando el anillo, las palabras atropelladas, la confesión hecha de golpe por miedo a echarse atrás. Ella se había reído de pura felicidad, interrumpiéndole antes de que terminara para decirle un sí rotundo.

El banco ahora parecía ajeno, inútil. Los árboles desnudos, el suelo yermo. El invierno llevaba ya semanas apoderándose del jardín, pero Marina ni lo notaba. Todo se detuvo aquel mismo instante en que le dieron la noticia.

¿Vienes a cenar? susurró su madre, aproximándose para tocarle el hombro con delicadeza.

Sus dedos estaban fríos demasiados días sin calor familiar auténtico. La madre contempló a Marina con una tristeza transparente, conteniendo lágrimas que no podía permitirse soltar.

No tengo hambre musitó Marina, sin apartar la vista.

Tienes que comer, hija. Ayer tampoco probaste bocado, debes reponer energías intentó hablarle con firmeza, pero la voz le traicionaba.

¿Para qué? Marina giró la cabeza. La mirada era opaca. No le debo nada a nadie.

La mujer se quedó un instante petrificada, como si esas palabras la atravesaran físicamente. Tratando de recomponerse, suspiró hondo y se apartó, derrotada.

Se detuvo en la puerta, echó un vistazo a la hija que seguía mirando fijo hacia fuera, y salió en silencio. En el pasillo la esperaba Nico. Cambiaron una mirada de impotencia.

He hablado con el médico: necesitamos ayuda, no podemos solos susurró la madre, arrugando el delantal entre los dedos.

Nico asintió. Hacía tiempo que era consciente, pero no se atrevía a decirlo en voz alta. Ver a su hermana tan apagada era un suplicio.

Llamaré a la doctora Morales dijo sacando el móvil. Nos prometió ayuda si todo empeoraba.

La madre asintió, mirando de reojo la repisa donde Marina seguía inmóvil, como fundida en el vacío de la ventana y de los días que no avanzaban.

Cuando cayó la noche y la luna asomó entre los tejados, Marina al fin se obligó a levantarse de la ventana. Le costaba mantenerse en pie, había perdido peso, hasta los gestos más simples requerían de una voluntad que apenas recordaba tener. Se tumbó en la cama, tapándose hasta la barbilla.

El silencio era absoluto, salvo por el murmullo lejano de la familia. Cerró los ojos, deseando dormirse rápido y no soñar. Pero el sueño fue todo lo contrario a lo que esperaba.

Soñó con Jaime. Le veía igual que siempre: sonrisa cálida, sudadera gris. Solo que ahora su expresión era seria, casi severa.

Marina oyó con nitidez, como si de verdad estuviese allí. Mira cómo estás. ¿Qué te estás haciendo?

Intentó responder y no pudo. Jaime se acercó, con autoridad dulce:

¿Te has visto al espejo? Te estás dejando. No puedes seguir así.

Intentó tocarle, pero su mano no tocó nada. Él era solo un suspiro, un destello atrapado en la memoria.

Sin ti… no puedo lloró Marina en sueños.

Sí puedes, y debes. Siempre has sido fuerte. Tienes que vivir, seguir adelante insistió con ternura y firmeza. Te quedan tantas cosas… Habrá días buenos y días malos, eso es la vida. Pero no puedes pararte. Siempre estaré contigo. Cuando mires al cielo, búscame entre las estrellas. Si me llamas, te ayudaré.

Ella sollozó, queriendo retener al menos su sombra, pero él se iba difuminando.

No te vayas suplicó Marina, extendiendo las manos. Por favor…

En respuesta, solo quedó un eco, esta vez muy suave:

Vive, Marina. Prométemelo.

Despertó de golpe. Estaba en su habitación, iluminada por la luna. La almohada mojada de lágrimas, el pecho agitado como un tambor.

Sin pensar, gritó, un alarido desgarrador que rompió la quietud de la casa. Entraron corriendo su madre y su hermano.

¿Qué te pasa, Marina? la madre la abrazó, buscando descubrir si era dolor físico.

¿Te duele algo? ¿Dónde? preguntó Nico, nervioso, su instinto protector en vilo.

Pero Marina solo se abrazó a sí misma, llorando en silencio, incapaz siquiera de explicarse. El rostro de Jaime y su promesa no dejaban de retumbarle por dentro.

Prométemelo volvió a oír.

A través del llanto y el temblor, respondió:

Lo prometo…

Su madre la abrazó fuerte, y Nico apoyó la mano en el hombro de su hermana. No tenían palabras, solo una presencia hilvanada de cariño y consuelo.

Y así, acurrucada entre los brazos de su madre, Marina se preguntaba cómo seguir: ¿cómo respirar, caminar, sonreír sin él? Pero sentía, al fondo del dolor, el brote tímido de una idea nueva: si él confiaba en su fuerza, si él le pedía que viviese, debía intentar responderle.

Aunque fuera solo por él.

************************

En una tarde lluviosa, la familia se reunió en el salón. La madre sirvió té, pero las tazas quedaron intactas; nadie tenía apetito, ni energía para centrarse en los detalles cotidianos. Sabían que había que tomar una decisión.

Deberíamos mudarnos propuso Nico, mirándole a su hermana. Aquí, cada rincón te recuerda a él. Cada paseo por estas calles te duele.

Marina estaba encogida en el sillón, las piernas abrazadas. No discutió ni replicó; solo miraba la lluvia distorsionando el paisaje tras la ventana. Su rostro era pálido, pero en sus ojos ya no habitaba la nada.

En otra ciudad podréis respirar dijo la madre, tomando la mano de Marina. Nuevo ambiente, nueva gente… Tal vez sea el inicio de otra etapa.

Marina giró la cabeza: su voz era apenas un susurro, pero ya no resultaba hueca.

¿Y a dónde?

En Valladolid, tengo un amigo que me puede ayudar con trabajo. De momento alquilaremos un piso, luego veremos explicó Nico.

La madre añadió:

Para ti también habrá un instituto bueno. Nos organizaremos, lo importante es que estés mejor.

Marina, pensativa, vio desfilar los recuerdos: ella y Jaime riendo en el banco del patio; paseando de la mano; él regalándole flores en la puerta del colegio Cada lugar, cada objeto, le recordaba a Jaime. El dolor de las pequeñas rememoraciones era insoportable.

Bien aceptó al fin, con tono desgastado pero firme. Vámonos.

Lo dijo empujada por una mezcla de desesperanza y temblorosa esperanza, su primera elección consciente en mucho tiempo.

Las semanas siguientes se sucedieron entre cajas, despedidas y trámites. Marina apenas participaba; observaba mientras su familia embalaba recuerdos, limpiaba estanterías, cerraba capítulos. A veces, al encontrar algún pequeño objeto una entrada de cine de su primera cita, una foto antigua, el llavero que Jaime le regaló, se detenía, contemplándolo largo rato antes de guardarlo.

El día de la mudanza, salió al balcón y, por última vez, miró el patio donde empezó todo. Notó una punzada aguda en el pecho, pero esta vez no se dejó dominar por la pena. Saldremos adelante, se repitió. Tengo que hacerlo.

Valladolid les recibió con un cielo gris y bulliciosa modernidad. El piso, aunque estaba todavía desordenado, era espacioso y luminoso. Marina se pasó un buen rato junto a la ventana de su nueva habitación, observando la vida desconocida de la calle. No reconocía nada, pero era justo esa falta de recuerdos lo que le ofrecía una extraña libertad. Tenía la oportunidad de empezar de nuevo, de escribir una página distinta.

Las primeras jornadas fueron duras. Se despertaba sintiendo que nada de aquello era suyo; echaba en falta los lugares de siempre y a sus viejos amigos. Algunas noches, volvía a soñar con Jaime, que la consolaba y alentaba, haciéndola despertarse con lágrimas aún frescas en la cara.

Pero poco a poco, algo cambió. Descubrió los primeros tulipanes floreciendo en el parque próximo. El camarero del bar de la esquina memorizó su pedido y la recibió con una sonrisa, la segunda vez que fue.

Eran pequeños pasos, insignificantes quizás, pero suficientes. Marina no olvidaría jamás a Jaime; no era cuestión de olvidar, sino de honrar su recuerdo. Vivir no era traicionarlo, sino cumplir con su deseo, su último ruego.

Asistía a clases, ayudaba a su madre, paseaba a veces con Nico por las calles nuevas. Cada jornada era una superación, pero cada jornada traía algo bueno no en lugar de lo perdido, sino como añadidura.

Y en lo más profundo del alma sentía que él la contemplaba desde alguna parte.

Y que estaría orgulloso.

Porque seguía en pie.

Porque seguía adelante.

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Elena Gante
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בדרך אליו, פחד שלא עוזב את הלב