En la frontera de la envidia
Sí, es justamente lo que necesitaba Nunca sospechará que la que tiene delante no es su prometida
Aldara se quedó muy quieta ante el espejo antiguo de la habitación, la madera rechinando en el silencio, mientras enredaba con dedos trémulos una hebra rebelde tras la oreja. El reflejo ante ella titiló, y por un momento, su corazón golpeó de forma extraña, como si estuviera bailando una jota nerviosa: lo que veía superaba todo lo que había imaginado. El maquillaje, el peinado, la expresión de los labios, incluso la curva de la ceja, cada detalle copiaba con precisión fantasmagórica a su hermana. Aldara contuvo el aliento, pensando que, con el vestido favorito de Teresa, ni su propia madre lograría diferenciarlas a primera vista.
Ese pensamiento la hizo esbozar una sonrisa, un gesto arrebatado que pronto sofocó al mirar de reojo el reloj de forja en la repisa. Las manecillas se arrastraban, cada vez más cerca de la cita: en veinte minutos Santiago estaría a la puerta. Aldara sintió cómo una inquietud extraña trepaba por su pecho, densa y eléctrica, como si la estancia se llenase de un vapor invisible. Nadie debía descubrir la farsa, ni un movimiento de más, ni una nota errónea en su voz. Porque si Santiago siquiera intuyese algo, si el plan se desmoronaba, Teresa volvería a triunfar, como tantas veces antes, y ella volvería a la sombra fría.
Inspiró hondo, lluvias de ansiedad recorriéndole los dedos, y fue hacia la puerta. En ese instante, sonó el timbre antiguo y vibrante como un campanario diminuto. Allí estaba Santiago, la luz de la tarde recortando su silueta. Aldara cruzó el umbral de lo irreal a lo cotidiano, dibujando en el rostro una sonrisa liviana, casi flotando, y una chispa dulce brilló en sus ojos.
¡Santi, hola! susurró, domando su voz para arrancarle la música secreta de su hermana.
No le dio tiempo a responder; Aldara, con ligereza espectral, se alzó sobre los pies y rozó su mejilla con los labios, exactamente como había ensayado. Ni un gesto de más; todo era mecánico y fascinante a la vez.
Pasa, ¿quieres un café? propuso, retrocediendo y haciendo una invitación con la mano de manera estudiadamente afectuosa, fingiendo una tarde cualquiera, ocultando bajo capas de normalidad toda una conspiración de deseo y fieras hermanas.
Santiago frunció el ceño un instante, oliendo el aire de extrañeza, como si escuchara ecos en una catedral desierta. Pero pronto sonrió, ligero y travieso, comprendiendo sin comprender, o haciéndose el ignorante. ¿A qué jugaba la hermana de su prometida, cuál era su secreto disfraz? Decidió fluir, como si no supiera nada, y siguió a Aldara dentro.
Aldara fue a la cocina, bailando una coreografía improvisada de tazas, cucharas y el brillo triste de una botella de vino caro en la estantería, esperando su momento. Sabía que Santiago no era amigo de copas; le sentaba mal el vino, pero a veces, en buena compañía, se permitía una copa para romper murallas. Y eso era parte de su plan: necesitaba que él se relajara, soltara el lazo de la prudencia, y así poder completar el engaño.
Mientras se entretenía con la cafetera, Santiago se sentó a la mesa, cruzado de brazos y mirándola como si ella fuera una pintura antigua en un museo extraño. Había en su mirada curiosidad, pero también ironía, una danza de dudas y medias sonrisas. Al fin, rompió el silencio con voz grave:
Aldara, ¿por qué haces todo esto? preguntó en un tono calmo. ¿Y dónde está Teresa, por cierto? Si esto es una broma, tampoco es tan graciosa.
Por unos segundos, Aldara se congeló, escaneando el universo en busca de las palabras correctas. La confusión brilló en su mirada, fugaz, y después se repuso, sonriendo con una precisión dolorosa.
¿Cómo lo has notado? No es ninguna broma, es un experimento. Teresa no sabe nada.
Santiago arqueó una ceja, girando su taza. Era evidente que le intrigaba la locura de Aldara, pero decidió no demostrarlo.
Sois tan distintas aunque seáis gemelas murmuró, ladeando la cabeza. ¿Cómo se puede confundir a dos personas así?
No esperó respuesta, sacó el móvil y rápidamente mandó un mensaje a su prometida, preguntando dónde estaba. La pantalla iluminó por un segundo el ambiente, luego volvió la penumbra.
¿Y cuál es el núcleo de este experimento? insistió, metiendo el móvil en el bolsillo.
Aldara jugueteó con el borde de la taza, bajó la mirada y, tras un sorbo de té, explicó animada:
Siempre nos confunden. Dices que no nos parecemos, pero si vamos vestidas igual, ni mamá distingue una de otra. Con el mismo peinado, el mismo vestido somos como gotas de agua.
Recordó, con una pausa amarga, otras ocasiones menos encantadoras en las que este juego de espejos les había causado problemas: el chico que la invitó a salir, pero se acercó a Teresa por puro azar, la amiga de su hermana que la confundió y le confesó cosas que no quería oír
¿Y por qué no cambiáis de peinado? inquirió Santiago, encogiéndose un poco. Él recordaba que Teresa le había dicho que Aldara se negaba a cambiar nada de su aspecto, y que en el fondo le gustaba aquel permanente equívoco.
Aldara torció la boca, divertida. Parecía que probaba una aceituna amarga.
No tiene gracia. Juramos no cambiar de imagen hasta acabar la universidad. Es nuestro pacto secreto. Y también hizo una pausa, sonriente y pícara, a veces viene bien. Incluso los profesores nos confunden.
Se rió con una carcajada sorda, satisfecha por sus propias travesuras de estudiante.
Ya veo respondió Santiago, mirándola con ojos sosegados. En ese momento le vibró el móvil. Lo miró de reojo y asintió, murmurando para sí. Teresa me dice que me espera en nuestro café. Ni sospecha dónde estoy.
Le dedicó una mirada cálida a Aldara, como si quisiera tranquilizarla.
No te preocupes, no le diré nada de este experimento tuyo. Sé que te importa tu hermana, no quiero líos entre vosotras por mi culpa.
Un suspiro silencioso de alivio remeció a Aldara. Sonrió, más agradecida que nunca.
Gracias, Santi. Eres un hombre bueno.
Nos vemos dijo él al levantarse. No tardaré, no quiero preocupar a Teresa.
La puerta se cerró, y en el silencio la casa se hizo vacía y enorme, como si la realidad se hubiera diluido en el aire, dejando a Aldara sola con su fracaso. Se dejó caer en una silla, agarrando el borde de la mesa, luchando contra un llanto que no llegaba pero le oprimía el pecho. ¿Por qué no funcionó? ¿Por qué él no cayó? Su plan, trabajado al milímetro, se había desmoronado como un castillo de cartas.
En su mente, Aldara volvía una y otra vez a aquel primer día en que Santiago apareció en sus vidas. Su sonrisa, el desparpajo, la elegancia de sus frases despreocupadas Todo había encendido en ella el resplandor de un anhelo irracional. Cuando él estaba cerca, sentía el pulso acelerado y la boca seca. Durante semanas había repasado mentalmente qué decirle, cómo reír, cómo brillar. Pero una y otra vez, le pudo el miedo, la inseguridad, el temor a destruir la frágil paz entre hermanas.
Teresa fue más audaz. Un buen día apareció con Santiago y lo presentó a la familia, como quien lleva flores al salón, y sus padres se deshicieron en elogios. Encantados, joven, le decían. Aldara miraba la escena desde la puerta, con una amabilidad que era apenas una máscara sobre la tempestad explosiva de sus entrañas.
¡Él debía haberla amado a ella! ¡A ella, que le había dedicado tantas horas de ensueño, que lo había reconocido antes que nadie! Pero Teresa simplemente extendió la mano y se lo llevó, incapaz de imaginar que su hermana pudiera tener sentimientos propios.
Aldara resopló, clavando las uñas en el mantel. Sabía que no debía dejarse arrastrar por la oscuridad de estos pensamientos, pero ¿cómo acallarlos? Siempre pasaba lo mismo: Teresa era como un destello de sol, alegre, espontánea, simpática. Le encantaban las reuniones, los bares, podía pasarse la noche charlando mientras al día siguiente sobraban las buenas notas en la facultad.
Aldara era distinta: reservada, metódica, amante de la lectura y el silencio. Los viernes prefería la compañía de un libro antes que la de cualquier fiesta. Cada vez que Teresa la invitaba a salir, Aldara se excusaba: No tengo ganas de perder el tiempo, contestaba con una dignidad amarga, convencida de estar en el lado correcto de la historia.
¿Y si estaba equivocada? ¿Y si sólo debió, un día, aceptar la invitación, presentarse en la fiesta, mirar a los ojos de los otros y reír, ser menos sombra y más luz? Tal vez entonces Santiago la habría visto, no a la hermana formal y seria, sino a una mujer digna de amor. Pero ahora, sólo tenía su reflejo en el cristal de la ventana.
Teresa, la impulsiva, la magnética. Ella no hacía esfuerzos. Gustaba así, sin maquillaje, sin miedo. Aldara rumiaba su dolor, viendo el destino como una balanza trucada que nunca le favorecía.
El día que Teresa anunció, con una sonrisa radiante, que se casaba, a Aldara se le rompió algo por dentro. Felicitó, abrazó, encajó el golpe con sonrisas falsas, pero dentro todo le daba vueltas, supurando resentimiento.
Durante noches no durmió. Y entonces urdió el plan: si Santiago caía bajo el hechizo de su interpretación, si Teresa los veía juntos, todo terminaría. Nadie se quedaría con él. El precio sería el desgarro, pero también la equidad. Preparó la botella, ensayó frases y gestos, calculó la caída de la luz. Pero, cuando el momento llegó, Santiago la desenmascaró en segundos.
Derrota completa, un abismo de tristeza la engulló. El tiempo pasaba y la boda se acercaba, y Aldara no hallaba salida ni consuelo.
Debo idear algo nuevo, se repetía, retorciendo la tela del mantel entre los dedos. Antes de que sea demasiado tarde. Mil pensamientos dispersos giraban en círculos, y ninguno parecía lo suficientemente fuerte para salvarla.
********************
Unas semanas después, Teresa, resplandeciente de felicidad, congregó a la familia en torno a la mesa grande y entre rubores y sonrisas anunció que esperaba un bebé. Los padres aplaudieron, las preguntas saltaron, los planes de futuro llenaron las horas.
Aldara permanecía callada, abrazando una taza fría, obligando su rostro a una sonrisa hueca. Cada palabra de Teresa, cada mirada pletórica de los padres, era como un dardo diminuto y cruel.
Imaginó la nueva vida: cenas familiares donde Santiago sería esposo, fiestas donde él y Teresa se reirían juntos, el embarazo creciendo y ocupando todo el espacio. Aldara veía esos cuadros en sueños, y cada uno era insoportable. Su mente giraba en espirales: tenía que hacer algo, ya, antes de que todo fuera irreversible.
De pronto, una idea oscura y clara, como niebla, descendió sobre ella: ¿qué mayor herida que la pérdida de ese esperado bebé? Era abominable, pero las emociones la empujaban lejos de toda razón. Teresita miró a Aldara, con una confianza simple y pura. Por un momento, el corazón de Aldara vaciló, pero el resentimiento era más fuerte. Rápidamente ató cabos: bastaría un médico amigo, un medicamento que sólo causara pequeñas complicaciones Nada grave, tan sólo un desvío, y el azar haría el resto. Por dentro, soltó una risa hueca y amarga, casi sin emitir sonido, y Teresa interpretó la expresión como compañera de su alegría.
Vuestra dicha tiene fecha de caducidad, pensó Aldara, replegándose en el fondo de sus propios ojos.
********************
¿Quieres zumo? preguntó Aldara a su hermana, usando ese tono pragmático de la que oculta un ciclón bajo la piel. Sonrió, la misma sonrisa ensayada.
¡Gracias, eres la mejor! Teresa le sonrió con un cariño puro, apretándole la mano.
Aldara se detuvo un segundo, sintiendo dentro una sacudida súbita. Salió a la cocina, sacó el cartón de zumo y llenó el vaso con movimientos mecánicos. Palpó en su bolsillo y rozó la pastilla diminuta. La sostuvo, entre la urgencia y la náusea.
¿Qué estaba haciendo? Miró el vaso, luego la pastilla. Las imágenes de Teresa riendo, los padres emocionados, Santiago acariciando con ternura el vientre redondo, pasaron por su mente fugaces como sombras de nubes.
¿Podía de verdad ir tan lejos? ¿Convertir la envidia en delito? Un terror feroz la sacudió; no era ella, era una sombra la que había tomado la palabra. No, no podía no debía.
La mano se abrió. La pastilla cayó, pequeña y sin peso, sobre la encimera. Aldara cerró los ojos y respiró hondo, temblando.
¿Estás bien? preguntó Teresa desde la puerta, preocupación sincera en la voz. Te has quedado muy pálida.
Aldara la miró. En ese instante, vio la verdad en los ojos de su hermana: amor sencillo, confianza, una felicidad tan limpia como el agua de un manantial. Cosas simples, y por eso mismo, infinitas.
Me he mareado un poco, nada más respondió, forzando una sonrisa. Aquí tienes el zumo. Ahora me haré un té. No pasa nada.
Se giró al fregadero y llenó la taza de agua, las manos temblando. Los movimientos le costaban como si trajinara en sueños dentro de un mar de gelatina espesa.
Por dentro, todo era caos y vértigo. Volvía mentalmente al instante en que casi cruzó el umbral sin retorno. Qué fácil es caerpensócuando se alimentan durante tanto tiempo las sombras del rencor.
Puso la infusión en la taza y removió despacio. El aroma tibio la abrazó, devolviéndole algo de paz. Observó a Teresa, contando anécdotas alegres sobre el futuro, y comprendió con brutal claridad lo cerca que había estado de la tragedia.
¿Cómo he podido? pensaba, anclada en su taza. Es mi hermana. Mi hermana.
Era el punto final de un proceso largo y tóxico. La envidia y la frustración acumuladas durante años habían estado a punto de devorarla. Ahora sabía que necesitaba ayuda, que ya no bastaba guardárselo ni luchar sola. Había que hablar, buscar manos amigas.
¿En qué piensas? quiso saber Teresa, inclinando la cabeza con una media sonrisa.
En el trabajo y en pedir consejo para organizarme mejor improvisó Aldara.
No era mentira, pero tampoco toda la verdad. Teresa pareció aceptarlo y continuó su charla. Y allí nació en Aldara una determinación inédita: no permitir nunca más que aquellas sombras gobernasen su vida. El primer paso sería reconocerlo. Buscar ayuda. Decir me he perdido, necesito salir.
************************
El tiempo pasó y Teresa trajo al mundo a una niña preciosa, el tesoro de la familia. Era una noche de junio, de esas en las que la brisa cálida parece teñirlo todo de magia. Por la mañana, los abuelos la admiraban a través del cristal del hospital: una criatura diminuta con mofletes sonrosados y pestañas negras como alas de gorrión.
Los días se llenaron de momentos dulces. Teresa y Santiago acunaban a la niña, aprendiendo el arte imposible de la crianza. Los padres de Teresa llegaban cargados de ropitas y peluches; la abuela tejía patucos diminutos. Y, sobre todo, la pequeña tenía a su tía Aldara.
Desde su metamorfosis interior, Aldara fue la presencia constante, primero ayudando, luego disfrutando cada segundo con su sobrina. Aprendió a calmarla, a hacerle reír, a vestirla con batitas de flores o trajecitos de ositos. Se volvió su aliada, su cómplice en historias y juegos.
Organizaba meriendas de mentira con tazas de juguete, mostraba libros de colores, aplaudía cada balbuceo y cada paso incierto. Teresa, observando, rebosaba gratitud. Una tarde, cuando todos dormían y la casa por fin se calló, Teresa abrazó a su hermana.
Gracias, Aldara. Sé que la quieres mucho. Para ella eres indispensable.
Aldara le devolvió la sonrisa, sonrojada, notando cómo en esos gestos sencillos encontraba la plenitud que tanto tiempo le había sido negada.
Ahora, mirando a su sobrina, Aldara comprendió: a veces el destino da portazos solo para que encontremos ventanas abiertas. Que sólo cuidando de alguien más, con entrega y sencillez, hallamos al fin el camino hacia la serenidad y la dicha Aunque el mundo entero sea un sueño raro y cambiante, allí aguardaba la llave de la reconciliación y la vida real, tibia y generosa como un sol de Castilla.






