Un paso hasta el altar

A un paso del altar

Clara se plantó delante del espejo de su habitación y no podía dejar de mirarse. Se giraba despacito, primero a un lado, luego al otro, admirando su reflejo, con una sonrisa feliz que le brotaba sola, como los churros en la feria. El vestido ese, EL VESTIDO caía sobre su figura suavemente, y la falda, vaporosa y llena de vuelo, oscilaba cada vez que Clara movía un pie. Se dedicaba a levantar el borde, luego lo soltaba, imaginando cómo sería caminar hacia el altar vamos, como si fuera la protagonista de una película de sobremesa en Antena 3 un domingo lluvioso.

En la puerta asomó Lucía, su hermana mayor. Se apoyó en el marco, cruzó los brazos y se quedó allí, con esa sonrisa irónica tan típica de hermana mayor, mirando a Clara como si estuviese viendo la versión extendida de una comedia familiar.

Que sí, mujer, que estás preciosa dijo al fin, conteniendo la risa lo justo. Pero tú vas a necesitar otro vestido. Con ése, del banquete no sales viva. Piensa en el baile, en los invitados, en el tío Pepe intentando sacarte a bailar ¿Te imaginas? Tú ahí, atrapada en mil metros de tul, sin poder ni moverte.

Clara se quedó petrificada, resobando la falda, de repente consciente del asunto. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Ese vestido era el ideal para la ceremonia y el postureo fotográfico el vestido con el que soñaba desde que veía las bodas de las Infantas: elegante, digno de portada de Hola, un golpe visual de esos que la abuela nunca olvida. Pero para las sevillanas (o, en su defecto, una conga improvisada) y el baile desenfrenado hasta las tantas, igual le iría mejor algo corto, blanco, simple tipo modelo “me caigo pero me levanto”.

¿Tú crees? frunció el ceño, valorando la amplitud de la falda con nuevos ojos. Bueno, vale. ¿Me ayudas a buscar uno?

¡Hombre, claro! afirmó Lucía, muy segura. Porque como vayas sola acabas haciendo noche en el probador, probándote todo lo habido y por haber, y a última hora sales sin nada. Ya bastante milagro es que lograses decidirte por éste.

Clara se encogió de hombros, avergonzada y divertida.

Me lo hicieron a medida, según mis dibujillos. Si llego a pisar un salón de bodas, hoy vivo allí, seguro. Demasiada oferta, demasiados encajes ¡Una se marea!

Se separó del espejo y se sentó en la cama, lanzándose a Lucía como náufrago desesperado.

¿Mañana estás libre? ¿Podemos ir juntas de tiendas? Si no, fijo que acabo abrazando un perchero sin decidirme.

Lucía entró, le alisó con primor una arruga imaginaria del vestido, y le sonrió como sólo la gente que te ha visto con brackets puede hacerlo.

Por ti, muevo el mundo. Total, no te casas todos los días, ¿no? ¡Vamos a por el vestido bailongo perfecto!

*********

Clara se encontraba en la cocina, rodeada de invitaciones blanquísimas, su bastión de cartitas ordenadas. Era de noche, ya habían encendido la farola de la esquina, y la lámpara le iluminaba las manos, que garabateaban nombres en los sobres con caligrafía de boda real. Clara quería que cada invitación fuera especial, así que nada de imprentas: firmar una por una era su pequeño acto de amor y, si sobrevivía a la tendinitis, de heroicidad.

Su madre y Lucía intentaron ayudar, pero Clara se plantó como Don Quijote ante un molino: ¡Es mi boda! Como mínimo, esto lo hago yo.

Ya queda poco, ya queda poco susurraba mientras le daba la vuelta a la enésima tarjeta, con la mano dormida de tanto trazo. Madre mía, no recordaba que escribir dolía tanto la muñeca.

Lucía apareció en la puerta, la observó en silencio (mirada de menuda pringada adorable) y al final se sentó enfrente, con ese aire de hermana mayor que mira y sonríe.

¿Seguro que no te echo una mano? Mira la montaña que te queda ¿Y Enrique dónde está? La mitad de estos son de sus amigos, ¿no?

Clara soltó el boli, estiró los dedos y se dejó caer en la silla. Menos mal que alguien había inventado las pausas.

No para de trabajar explicó, acariciando el montón acabado. Está cerrando cosas antes de cogerse las vacaciones de boda. Ya sabes, para no estar luego con la cabeza en Excel mientras estamos en Menorca.

Se quedó un segundo pensativa, con mirada de poeta enamorada.

Después de la boda nos piramos a un sitio tranquilo, con calor y mar Quiero estrenar la vida de casada sin WhatsApp ni suegras amables.

Ya pero hombre, ¡firmar diez invitaciones tampoco le iba a matar! soltó Lucía, forzando la diplomacia.

Por más que la pequeña brillara de felicidad, Lucía no podía evitar pensar que Enrique tenía algo raro. Había algo en él que no acababa de encajar quizás era que, a veces, parecía que estaba de cuerpo presente pero el alma la tenía pidiendo tapas en otro bar. Encima, era él quien había propuesto la boda, con sólo tres meses de novios. Había organizado restaurante, lista de invitados (familia de media España pendiente de la confirmación) y hasta había elegido el color de los manteles.

Clara lo flipaba con él y estaba en las nubes, pero Lucía sentía que, aunque participaba mucho, había algo de pega. Demasiado perfecto todo, como si pusieras un filtro de Instagram pero aún así supieras que hay una mancha en la cámara.

A lo mejor es sólo cosa mía, mi instinto de hermana mayor controlona rumiaba Lucía en silencio. O simplemente soy yo, que tengo menos fe en la especie masculina que la abuela en los móviles táctiles

Mira, lo importante es que seas feliz. Lo demás, pues ya veremos se resignó. A veces hay que confiar. Y si la vida te la juega, al menos que te pille bailando sevillanas.

*****

Clara estaba encantada con lo bien que iba todo. Enrique se encargaba de los grandes gastos: pagó un restaurante que parecía un decorado de Almodóvar, contrató el fotógrafo más solicitado de Madrid y planeó una luna de miel en las Canarias. A ella solo le quedaba lo divertido: escoger vestido, hablar con la peluquera y decidir entre ramo redondo o en cascada. Vamos, casi un retiro espiritual.

Un día, tomando té con Lucía, su hermana no pudo resistir la tentación de opinar (¿qué sería de una boda sin eso?):

Oye, ¿no te parece que vais un poco rápido? dijo Lucía, jugueteando con la cucharilla. Os conocéis cuatro días. Igual podríais vivir juntos primero No sé, probar a ver quién friega más, pelearos por la colada y luego ya, boda por todo lo alto.

Clara ni se molestó, ya conocía esa preocupación maternal.

No te preocupes, Lu, nos vamos a entender de maravilla afirmó, soñadora. Yo cocino genial, adoro limpiar, y si él no ayuda, pues me llama la señora María, la del portal. ¡Y además le quiero con toda mi alma! Es que así no se puede fallar.

Le dio un sorbito al té y añadió, convencida:

Nunca antes había sentido algo así, ni con el guitarrista del Erasmus. Esto es auténtico, y no pienso dejarlo escapar.

Lucía asintió, resignada. ¿Quién puede discutir con unos ojos chispeando de ilusión? Si hay alguien capaz, desde luego no es una hermana mayor blandita.

Bueno, pues si tú lo tienes claro, yo te apoyo. Lo importante es que tú estés contenta y le apretó la mano, como niña el primer día de cole.

Clara agradeció el gesto. Sabía que la hermana veía a Enrique como el rey del detalle: todos los días, ramo de flores sin motivo alguno; notitas románticas por la casa; hasta le traía café al trabajo (¡con leche de avena, como a ella le gusta!). Las compañeras de oficina decían entre bromas:

Chica, ¿dónde los crían así? Cuando encuentres otro, me lo pides pa Reyes…

Y luego, lo de ir a buscarla y devolverla al trabajo cual chofer de película: que si entra, guapa, que si ¿quieres que te acerque a la puerta?. A la gente le refluía la envidia, pero Clara estaba feliz.

Lucía, pese a todo, seguía intranquila. No sabía explicar por qué, pero algo dentro le chirriaba, como la puerta del trastero.

Un día, decidió no guardarse la duda:

Clara, sé que Enrique te trata como una reina, pero ¿no te parece todo un poco demasiado? Que si mil flores, detalles diarios, café personalizado ¿Cómo reacciona él cuando, yo qué sé, las cosas no van como pensabas? ¿Cuando hay una bronca, te sigue trayendo rosas o te saca la espina?

Clara reflexionó y, pacífica, sonrió:

Siempre has sido la dramática de la casa. De verdad, Lu, te lo digo de corazón: no busques problemas donde no los hay. Yo estoy bien. Confía en mí.

Lucía se echó atrás hasta que, claro, la vida le dio la razón. No hay sexto sentido femenino, sólo experiencia y mala leche acumulada.

***********

Clara acudió a casa de Enrique feliz, carpeta en mano, para repasar juntos la wedding planner improvisada: lista de invitados, música para el vals, menús y, por supuesto, el plan B del tiempo (que por mucho que la abuela rece, a veces Madrid en junio suelta chaparrón). Soñaba con una tarde de risas y pizza, los dos maquinando juntos, pero

Nada más entrar, todo se torció. Enrique la recibió en la puerta, pero no hubo abrazo, ni risa, ni nada. Se limitó a meter las manos en los bolsillos y lanzar miradas al techo, como buscando a San Pancracio para que le sacara de ese apuro. Su cara, tensa y gélida, era la de quien va a ver a Hacienda, no a su prometida.

¿Cómo que no hay boda? musitó Clara, con el suelo moviéndosele bajo los pies. Apenas podía articular las frases, mientras él la miraba con una mueca agria.

¿Qué has hecho? Nada en especial contestó Enrique, sin alma ni ganas. Eres mujer, con eso basta. Las mujeres sólo buscáis a ver quién tiene más saldo en el banco. Cuando aparece el que tiene mejor cartera, adiós muy buenas. Sois todas iguales, lo juro por la Sagrada Familia

Clara se quedó de piedra. Llevar tres meses sacrificándose, solo pensar en él, hasta cambiar la fecha de sus vacaciones para organizar la boda, y viene él con esas. ¿En qué momento se había saltado algo?

No entiendo nada Jamás he mirado a otro, tú lo sabes intentó explicar, con la carpeta apretada como un salvavidas.

Enrique bufó y siguió mirando por la ventana:

¿Sabes? Eso dices, pero luego te veo reírte con otros, parece que les coqueteas Las mujeres sois de manual.

El nudo en la garganta de Clara era de los que ni un chato de vino afloja. Lo que veía delante ya no era el Enrique amable; era un tipo frío, herido y resentido, que soltaba bilis de otro tiempo.

Nunca he intentó de nuevo, pero la voz se le quebraba.

No hace falta que te justifiques la interrumpió él. Yo pensaba que eras diferente, pero las mujeres, de una a otra, sólo cambiáis el nombre.

En ese momento, Clara comprendió que él no hablaba con ella, sino con todos sus fantasmas: con la exnovia que lo dejó tirado, con el miedo de quedarse solo, con sus inseguridades de manual de autoayuda fallido.

A ti te da miedo que te vuelvan a dejar a pie de altar, ¿eh? dijo Clara, alzando la voz, por primera vez.

Enrique soltó una carcajada triste y dolorosa. Le contó, con palabras ásperas, cómo su ex le había roto cuando ya tenía el vestido, los anillos y hasta el playlist terminado; cómo lo dejaron plantado justo antes de dar el sí, quiero, delante de toda la familia y con doscientos euros tirados en canapés.

¿Sabes lo que duele eso? continuó. Haberte dejado la pasta, las ganas y la autoestima y que aún encima te lo digan con una sonrisita? Da las gracias de que no lo hago delante de nadie. Vete, me tienes hasta el moño.

Clara, herida y sorprendida, fue incapaz de replicar. Salió de allí, conteniendo como pudo las lágrimas que le caían por dentro, como si en vez de lágrimas fueran piezas de Lego sueltas en la cabeza.

Enrique se desplomó en el sofá, enterrándose en sus propias miserias. Igual sí debería ir al psicólogo, pensó, con su orgullo masticado como chicle viejo.

La realidad era que Clara le gustaba, de verdad. Le hacía reír, le cuidaba, y hasta le soportaba los partidos del Madrid. Pero la herida, la paranoia y la inseguridad podían más. Veía fantasmas de exnovias hasta en el reflejo de la tele apagada.

Suspiró, miró el móvil en la oscuridad y, después de dudar un rato largo, marcó el teléfono de una terapeuta.

Hola, mire, necesito ayuda Tengo miedo de que todo se repita. No quiero quedarme solo otra vez. ¿Podría acudir mañana?

Al otro lado, una voz serena y amable:

Te espero. Mañana, a la hora que quieras.

Enrique miró el resplandor de la Gran Vía por la ventana y murmuró:

Perfecto, ahí estaré.

***************

Un año después, Clara volvía a estar en un salón vestido de fiesta, rodeada de la familia y los amigos. Pero esta vez había algo distinto: en sus manos tenía el mismo vestido, igual de bonito, pero menos peso en el alma. Enrique estaba a su lado sí, ese Enrique, y la miraba como si no creyera en su buena suerte. La música empezó a sonar (ese vals español que sólo baila bien el camarero) y él la llevó al centro de la pista.

Bueno, marido, ¿qué tal se siente uno al otro lado del altar?

Raro contestó Enrique, sincero hasta el tuétano. Pero bien. Como si por fin hubiera llegado aquí, de verdad.

Ahora sí que sí. Sin sustos, sin miedos, sin historias raras sonrió Clara.

Recordaba perfectamente aquel día, un año atrás, en que él la había echado. A la mañana siguiente volvió, sin dramas, decidida:

No pienso irme hasta que hablemos. Sabes que tienes miedo, pero eso no puede ser excusa. Si quieres, lo superamos juntos.

Él calló mucho, y luego milagro de la Virgen del Rocío, que todo lo puede aceptó. Empezaron terapia, compartieron miedos y heridas con una profesional que manejaba más dramas que el guionista de Hospital Central. Poco a poco, él aprendió a confiar y a distinguir a Clara de sus fantasmas. Ella le acompañó sin agobios, sin juicios.

Y ahora estaban ahí: bailando, sonriendo, y por primera vez, sin esa prudencia fría en los ojos de Enrique.

Me alegro de que no te rindieras, Clara susurró él, apretando su mano.

Yo también. Ahora soy capaz de bailar aunque me pisen el vestido. Y contigo, hasta el final.

Mientras la música bajaba, siguieron girando, despacio, felices, sabiendo que el miedo ya no reina y que hasta los zapatos de novia están hechos para seguir bailando.

Porque el primer paso no era hacia el altar, sino hacia delante, juntos, con todo (y con todos, incluida la cuñada criticona) mirando y aplaudiendo.

Que, al fin y al cabo, la felicidad es mucho más fácil si hay chistes, segundas oportunidades y un poco de terapia de vez en cuando.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: