La huella en la nieve
El último día de enero, Madrid amaneció envuelto en una quietud extraña, como si toda la ciudad contuviera la respiración esperando algo inexplicable. Desde primeras horas de la mañana el cielo se había teñido de un gris plomizo y el aire, frío y denso, olía a nieve que aún no había caído.
Viajaba en el tren de cercanías de regreso a casa, desde el centro hacia las afueras. El vagón iba prácticamente vacío. Apenas unas cuantas personas: una señora mayor con abrigo oscuro, un joven con auriculares que miraba distraído por la ventana y yo. El tren avanzaba despacio entre las estaciones, dejando atrás los altos edificios y adentrándose poco a poco en la zona donde la ciudad se funde con el campo.
De repente, sin ningún aviso, comenzó a nevar. Al principio caían copos pequeños y tímidos que se derretían al tocar el suelo. Pero en pocos minutos la nevada se volvió intensa, espesa, casi cegadora. Los copos caían tan tupidos que apenas se distinguía el paisaje al otro lado del cristal.
El tren se detuvo entre dos estaciones. No en un andén, sino literalmente en medio de la vía, rodeado de campos que ya empezaban a cubrirse con una fina capa blanca. Las luces del vagón parpadeaban débilmente. El silencio era absoluto, roto solo por el suave repiqueteo de la nieve contra las ventanas.
Miré a mi alrededor. Los pocos pasajeros se removían inquietos en sus asientos. Nadie hablaba. El revisor pasó por el pasillo y murmuró algo sobre “un problema técnico” y que “pronto continuaríamos”. Sin embargo, su voz no sonaba muy convencida.
Me levanté y me acerqué a la puerta. A través del cristal empañado vi cómo la nieve caía con fuerza, cubriendo los raíles, los postes de electricidad y los árboles desnudos que bordeaban la vía. Todo se volvía blanco, uniforme y silencioso. Era como si el mundo exterior se estuviera borrando lentamente.
Entonces lo vi.
A unos veinte metros del tren, caminando entre la nieve virgen, había una figura. Un hombre mayor, con un abrigo largo de color oscuro y un sombrero de fieltro. Avanzaba con paso lento pero seguro, dejando huellas profundas que la nieve empezaba a cubrir casi al instante. No miraba hacia el tren. Simplemente caminaba paralelo a las vías, como si supiera exactamente adónde se dirigía.
Nadie más parecía haberlo notado. Me quedé allí, pegado al cristal, observándolo. Había algo hipnótico en su forma de moverse: sin prisa, sin duda, como si la tormenta no le afectara en absoluto.
El tren dio una sacudida y las luces se encendieron con más fuerza. El revisor anunció que reanudaríamos la marcha en breve. Cuando volví a mirar, el hombre ya no estaba. Solo quedaban sus huellas, que la nieve borraba rápidamente.
El tren arrancó con un suave traqueteo. Avanzamos despacio, dejando atrás aquel tramo de vía. Miré hacia atrás hasta que la curva lo ocultó todo. La nevada seguía cayendo con la misma intensidad.
Llegué a mi estación casi una hora más tarde de lo habitual. Cuando bajé al andén, la nieve ya había cuajado y crujía bajo mis botas. Caminé hacia casa con la imagen de aquel hombre grabada en la mente. ¿Quién era? ¿Adónde iba caminando entre las vías en medio de una tormenta de nieve?
Nunca lo supe. Pero aquella tarde, mientras Madrid se cubría de blanco y el mundo parecía detenerse por un momento, sentí que había presenciado algo sin explicación. Algo pequeño y, al mismo tiempo, profundo.
A veces, entre dos estaciones, entre dos momentos de la vida, ocurre algo que no entendemos. Y quizá no hace falta entenderlo. Solo hay que mirarlo, guardarlo en la memoria y seguir adelante, mientras la nieve borra suavemente las huellas a nuestras espaldas.






