Cucarachas
Las cucarachas en la cabeza de Marieta bailaban una jota. Una así, alegre y con mucha chispa.
Movían las patitas en plan linternitas y hacían dos zapateados, tres palmadas al ritmo de la música que retumbaba en el interior de Marieta cada vez con más fuerza.
Por lo general, las cucarachas de Marieta eran hasta educaditas. Tranquilas, discretas, de buena familia. Vamos, que de linaje no les faltaba. Marieta había trabajado su genética durante años, diseñando bichitos premium para compensar que, claro, de serie venía un poquito escasa.
La abuela siempre le decía que las cucarachaslas de la cabeza, ojoeran cosa buena. Que si tenías cucarachas, eras alguien interesante, único, con chispa. Que la vida era más divertida así, para una y para la peña de alrededor. Porque, chica, cuánta falta hace algo de adrenalina en lo cotidiano.
Eso del adrenalina tampoco era un concepto de Marieta; era todo herencia de la abuela Aurelia, que a sus ochenta y poco seguía siendo de lo más moderna. Venga palabras nuevas y ocurrencias, como si aún estuviera en la movida madrileña. La mujer, vamos, era activa como pocas.
La cuestión es que, de tecnicismos, nada. En el DNI Marieta tenía que Aurelia era su bisabuela, pero la llamaba abuela porque la suya, de verdad, hace tiempo que se fue a jugar al mus con San Pedro, y la bis abuelita ocupó el puesto a tope desde entonces. Al final, las etiquetas, para la peña de la tele. Detalles sin importancia.
Abuela Aurelia era su persona favorita all over the world. Más que su madre, que esa ni jugaba en la misma liga.
Su madre Bueno, de esas no hacen ya. Inteligente, guapa, además directora. Pero no de cualquier lado, sino de colegio. Eso sí: no del colegio de Marieta, por suerte, porque Aurelia puso el grito en el cielo.
¿Para qué quieres tus problemas en el cole, hija? le soltó a su madre en una de esas.
¿Pero por?
¡En una mano! Allí será una alumna más y aquí la hija de la directora. No le jorobes la reputación, que le hace falta. Por perderla no cuesta, pero para ganarla ¡Y no me faltes al respeto, que eres mayorcita!
Aurelia era muy al pan, pan, y al vino, vino. Sin rodeos. Y así educó a la madre de Marieta desde que la dejó sin madre, cuando la niña tenía cinco años. El asunto de la bisabuela quedó en esa conversación tabú que no se tocaba ni en nochebuena.
Fue un accidente, Marbella. Una tontería. Un carámbano, un tejado sin limpiar, y ya ves Costó una vida humana. Por suerte, solo una. Tu madre iba de la mano, pero Manuela la empujó y la salvó.
¿Eso le puede pasar a cualquiera, abuela?
¿Quieres que te mienta?
¡No!
¡A cualquiera, hija! A ti, a mí, ¡hasta al Papa! Pero no hay que tenerle miedo, sino vivir. Cada minuto, como si fuera el último. Da lo mejor de ti, haz del mundo un lugar más bonito, más justo, más luminoso. ¡Luz, Marbella! Que oscuridad nos sobra.
Tú lo dices fácil, pero hacerlo
¡Y menos mal que lo sabes! Una cabeza bien amueblada. Tus cucarachas tendrán pedigrí, hija.
¿Qué pedigrí ni qué cucarachas, abuela? ¡Quita, anda!
Lo de los insectos, Marieta lo llevaba regular. Las mariposas, las abejas, venga. Hasta monas. Pero las cucarachas de toda la vida eran otro cantar.
¡Abuela, una cucaracha!
¡Déjala! Igual tiene familia contestaba Aurelia, aplastando a la visitante con una zapatilla y, acto seguido, peinando la casa en busca de herederos.
Marieta sabía, conforme crecía, que abuela era blanda porque entendía que Marieta gritaba mucho pero las acciones ya tal. Para cuando se arrancaba a hacer algo, la cucaracha había tenido tres nietos.
Esta tardanza de Marieta era legendaria. Desde la abuela, hasta entrenadores de gimnasia rítmica.
A tu hija hay que buscarle otra actividad. Ágil y capaz, sí, pero le cuesta decidir rápido. Y eso es un peligro. Piénsalo advirtió uno.
Lo pensaré dijo Aurelia, que al día siguiente la llevó al club de ajedrez.
Allí nadie metía prisa y le celebraban hasta los parones. ¿Un paraíso? Desde luego. De ahí no sacó a Marieta ni con agua caliente.
Cada competición salía la abuela con el trofeo por la escalera para que hasta el del primero se enterase.
¡Manuela, eres una estrella!
Abuela, me asustas
¿Por qué, criatura?
Porque te oí decirle a mi madre que si eres estrellado no tienes felicidad.
¡Mujer, eso lo has entendido al revés!
¡Explícame entonces, que soy una niña!
Abuela Aurelia respondía a todo sin miedo y con mucha pasión. No siempre coincidía con los deseos de la madre de Marieta.
¡Abuela! ¿Otra vez diciéndole a Marieta cosas raras? Hoy me ha preguntado qué es eso de salir preñada sin marido. ¿A qué viene eso con trece años?
¿Por qué no? Ahora los chavales van muy rápidos. Si vieras el salseo de su clase ¡Al lado de eso, yo parezco una novicia! Y llevo tres matrimonios, ojo.
Marieta no me ha contado nada de eso
¡Te tienes que buscar la conversación tú! Somos así, los Martínez Muy modositos por fuera, pero en la cabeza, tenemos cucarachas montando fiestas flamencas, hija. Nada grave, tranquila. Es muy lista la niña.
¿Y qué hago yo con esa inteligencia? ¡Hace unas preguntas!
Como yo contigo, ¿no recuerdas?
Jamás me escondiste nada.
¡Claro! Mejor que la vida te dé un par de tortas ahora y no después. Que luego duelen más. Prefiero que se estrelle un poquito conmigo que luego vaya bailando sobre los mismos errores.
Pero abuela
¡Ay, no te sulfures! ¡La vida! Y Marieta jamás será un error.
Eso no lo discuto. Es verdad
Y tú tampoco. Te quiero igual, aunque seas un desastre, como cuando te largaste de casa dos semanas. Ni un reproche. Solo me faltaba, ¿no?
Te quiero, abuela.
Ya lo sé. No me fastidies la crianza ahora.
No, abuela
La madre, que tanto temía no volver a encontrar la felicidad, acabó encontrándola cuando Marieta tenía dieciséis. Casi un año estuvo saliendo con su nuevo amor sin contarle nada a la familia. Hasta que Marieta los vio en una cafetería. Su grupo de amigas ni se enteró de por qué salió disparada. Su madre, ajena. Ella, con cara de quien había visto un fantasma: su madre reía de una manera distinta, rejuvenecida. Entendió que tenía el derecho, igual que cualquiera.
¿Lo sabías, abuela?
Me lo olía.
No quiero molestarla.
Pues no la molestes. Simple.
¿Y si él le hace daño, abuela?
Aurelia, que estaba con las croquetas en faena, se limpió las manos y la abrazó.
¿Tú crees que vamos a quedarnos de brazos cruzados? Nuestra Elisa no está sola. Aquí estamos.
Marieta sospechaba: no en vano, su abuela había sido inspectora de policía antes que cocinera de peluches. Había resuelto dos casos de famosos criminales; le quedaban contactos y alumnos que le mandaban WhatsApps a diario. Si había aprobado al pretendiente, por algo sería.
Y claro, al final, tuvo que ceder a su madre. El elegido se llamaba Andrés Prieto, tío serio, vino de visita, pidió la mano y todo, siguiendo el manual escrito en pergamino. Marieta, por una vez, dijo sí. No había doblez.
Además, la arruguilla de preocupación habitual de su madre desapareció y eso, solo por eso, merecía la pena.
La convivencia con los nuevos miembros de la familia no fue fácil. Menos aún cuando llegó su hermanito Álvaro, que encendió aún más a mamá y a Marieta la puso un poco de los nervios.
¡Menuda educación te hemos dado, hija!se quejó Aurelia, con guasa.
¡Abuela!
Es que, ¿eh? Pensé que si no vivías con tu madre era para dejarles espacio. Pero resulta que es porque eres egoísta: quieres a tu mamá toda para ti. Me has desengañado, hija.
¡Pero abuela!
Nada, niña, lo que te pasa es que ahora tienes que aprender a dar. Porque amor es eso: cuanto más das, más vuelve. ¿O te piensas que tu madre ya no te quiere?
No
Pues entonces, doma a tus bichos. En un par de años lo pasarás tú, que parece que te aburras Y vendrás diciendo: Abuela, que quiero casarme
Y lo del aburrimiento era broma. Marieta tenía faena para rato: universidad, prácticas, algún ligue no correspondido Por entonces, ya conocía a Daniel, un chico de su curso que al principio solo servía para discutir.
Se toparon en la escalera el primer día de clase. Marieta iba toda arreglada, deprisa, y bajó rodando dos peldaños. Y Daniel, gafotas invisible hasta entonces, dijo: Hay que mirar por dónde vas. A un paso de insultarle, recogió su bolso casi lanzándole un gracias por nada.
Después la profesora Lucia suspiró: Daniel es un chico estupendo, como tú, futuro médico. ¿Qué os pasa?
Nada bufó Marieta.
Lo de ser médico era una vocación noble, pensaba. Y cuanto más difícil, más interesante. Y los problemas, Marieta y sus cucarachas, los coleccionaban.
Álvaro le ayudó a reconciliarse con los niños. A ese lo adoraba: revoltoso, cariñoso y encima dependiente de su hermana. Se fue quedando los fines de semana en casa de mamá, ayudando, sí, pero también aprovechándose para superar manías. Porque a Álvaro se le quería fácilmente.
Pero la duda surgió: Abuela, si no me gustan los niños, ¿puedo ser pediatra?
Pero ¿y quién te ha dicho que no te gustan todos?
No sé
Te estás liando tú sola. Pero mejor eso que lo contrario. Ser pediatra implica saber controlar tus monstruos. Haz prácticas con otros críos y luego, decides.
Y Aurelia la colocó como becaria en la vida en la casa de Verónica, madre de familia multitudinaria a la que le faltaban manos.
Así fue como Marieta descubrió que tenía madera: se integró en la casa de Vero, entendió que los niños no eran iguales y que cabía el amor a cada uno, aunque viniesen juntos.
La universidad llegó. Aprueba, pero apenas. Y alucina cuando ve que Daniel está en el mismo campus.
¡Vaya, tú por aquí!
Él ni se inmuta. Un año entero apenas un saludo con la cabeza. Hasta que coincidieron de voluntarios de payasos para niños hospitalizados.
Marieta, poniéndose una horrorosa peluca naranja, oye detrás:
A ti no te esperaba yo aquí. ¿Te has perdido?
Entre bromas, picos y carreras, la función acabó con un globo en forma de flor de Daniel para Marieta.
Enhorabuena, lo hiciste genial. ¿Café luego?
Bueno, venga.
Solo tengo una hora, luego doy clases.
Así se enteró Marieta de que Daniel vivía solo con su madre y daba clases particulares para ayudar en casa.
Y, poco a poco, descubrió que, sí, sus cucarachas eran gemelas. De la misma raza.
La abuela Aurelia, por supuesto, opinó:
¡No los dejes escapar! Cuando te encuentres con una cabeza con la cúpula igual de animada que la tuya, atrápala como sea, hija.
¿Tú conociste a gente así, abuela?
¡Claro! Mis tres exmaridos fueron de campeonato en sus locuras. Y aún así, no nos fue mal, aunque no cuajara. Ya te contaré cuando te toque a ti.
¡Vale!
¡Y Daniel me encanta! Es más majo que tú.
¡Hala!
Porque te aguanta a ti, hija.
¡Abuela!
Que sí, que sí. Además, prepara los nervios que te va a pedir matrimonio un día de estos.
Dicho y hecho, Daniel se lo pidió formato clásico: anillo, discurso, la madre llorando y la abuela, con artritis y todo, aplaudiendo.
Verónica llegó con su tropa: abrazos y lágrimas, y le susurró a Marieta:
No lo pierdas, Marieta.
No podría, aunque quisiera: tenemos los bichos de la misma familia.
¡Pues bienvenida al club! Chica, ahora sí que me quedo tranquila.
¿A dónde vas?
A abrazar a tu abuela y luego a Daniel, claro. De la buena gente hay que rodearse, que se encuentran pocas veces en la vida.
Y así, las cucarachas de Marieta bailaban la jota, lanzando confetis Porque, por mucho que uno lo intente, cuando la vida se pone de fiesta, mejor unirse y, si acaso, llevar el ritmo.







